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Full text of "Obras de Don Rafael Delgado [microform]"

THE UNIVERSITY 
OF ILLINOIS 

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- VIBRO CORRHSPONDIBXTE 


1- ACADEMIA KSPASÍOLA. 


rliio 'le níiniero de la Mexirnna. 


TOMO I. 


' UKNTOS V NOTAS 



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MIEMBRO CORRKSPONUIBXTE 


KEAI. ACADKMIA KSPASoLA. 


í individuo de número de la Mexirüna. 


TOMO I. 


(JUKNTOS V NOTAS 


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MÉXICO 

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Cerca de Santo Domingo N\>. 4 

1902 



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V 

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BIOGRAFÍA DEL AUTOH. 



> 






En ninguna parte mejor que al frente del pri- 
mer tomo de las obras de un autor, y más si 
esas obras se recopilan en una Biblioteca del 
género de la presente, caben las noticias bio- 
gráficas del mismo autor. Porque — aparte de la 
natural curiosidad que se despierta casi siempre 
€n los lectores de un libro por conocer la per- 
sonalidad del escritor que los deleita ó que los 
instruye, hay que satisfacer la necesidad que 
sr^ existe de acopiar datos y fechas que más tarde 
habrán de utilizar los historiadores de las lite- 
raturas regionales, y que á su vez aprovecharán 
los que á la universal consagran sus estudios. 
Creen, ó aparentan creer, los que desdeñan 
^ esta clase de noticias, que basta saber el nom- 
• bre y la nacionalidad del novelista, del poeta, 
del filósofo, del historiador, etc., y afirman que 
se conoce el árbol por sus frutos, como si tratán- 

Ücl^'udü. — A. 



394932 



VI 

dosc de lucubraciones del espíritu tuviera exac- 
ta é invariable aplicación el manoseado apoteg- 
ma. En cambio, otros, que son los más, y entre 
ellos los más dignos de ser escuchados, opinan 
que entra por mucho en la predilección de que 
son objeto ciertas inteligencias superiores, las 
cualidades personalír.imas, peculiares, de los que 
han reflejado en sus obras su virtud y su cien- 
cia, ó, cuando menos, han recogido en ellas \a¿> 
fragantes y hermosas flores de su imaginación 
cultivada. Los primeros dicen que se conforman 
con una lacónica bibliografía; los segundos 
quieren que á ésta la acompañen é ilustren dis- 
quisiciones sobre la época, las costumbres, la 
educación, los gustos, y sobre todo aquello que 
más derechamente ha podido influir en el des- 
arrollo de la inteligencia cuyas son las produc- 
ciones que se enumeran. 

Para no ir á buscar en agenas historias litera- 
rias una muestra ó ejemplo de lo que deben ser 
las bibliografías si sí desea que no semejen vul- 
gar catálogo de librería, citemos las magistrales 
noticias que de autores mexicanos del siglo XVI 
nos dejó el sabio García Icazbalceta. Y como 
podría objetársenos que los trabajos del ilustre 
académico versaron siempre sobre asuntos y 
personajes de lejanos tiempos, diremos que tra- 
tándose de contemporáneos, hay más razón to- 
davía para dar á conocer, no solamente sus 
obras, sino su propia vida, toda vez que este 
justo homenaje entraña una enseñanza y un es 
tímulo para los jóvenes que aspiran á algo más 
que á la pasajera satisfacción que causa el aplau' 
so de las personas qm á su derredor viven,: y 
ponqué los aman, los admiran. 



VIÍ 



. í^as consideraciones que preceden y otras que 
en anteriores escritos de la misma índole del 
presente he expuesto, hánme animado á no 
abandonar el cultivo de la biografía cuando he 
sentido impulsos de romper la pluma para aho- 
rrarme las desazones que produce el ver cómo á 
la labor más noble y honradamente ejecutada, 
se le da torcida interpretación, y esas mismas 
consideracioues me decidieron á obsequiar la 
invitación que el editor de esta Biblioteca me 
dirigió con el fin de que le proporcionara una 
noticia biográfica del aplaudido novelista Don 
Rafael Delgado, para colocarla al frente de las 
obras de tan atildado escritor. Tengan presentes 
estas declaraciones los que me llamen biógrafo 
impenitente al ver que no abandono el cultivo 
de este género de literatura, que ha sido desde 
mi mocedad el de mi predilección . 

Hijo del Sr. D . Pedro Pablo Delgado y de 
Ja Sra Doña María de jesús Sainz Herosa, 
ambos de muy distinguidas y opulentas familias 
de la ciudad de Córdoba [ Veracruz], n^ció D. 
Rafael Delgado el día 20 de Agosto de i^%3, en / 
la ciudad que acabamos de nombrar. Su a^elo^ '^ 
paterno procedía de San Andrés Chalchicomu- 
la [Puebla] y €l mai.erno era oriundo de Rama- 
íes en las montañas de Santarider (España). El 
primero ocupó en Córdoba puestos muy promi- 
nentes. Establecido allí desde muy joven, des- 
empeñaba, segiin tenemos entendido, el cargo 
de Alcalde de esa entonces Villa, cuando Itur- 
bide y O'Donojú se reunieron para tratar de la 
Independencia. El Sr. Delgado, con otros indi- 
í/idu©s del Ayuntamiento cordobés, fué en co- 



VM 

misión hasta Orizaba para recibir al Liberta- 
dor. 

El abuelo materno del Sr. Delgado fué un 
buen español, honrado y laborioso, que llegó á 
hacer una gran fortuna. Tuvo muchos hijos, 
entre los cuales se cuenta al Sr. Dr. D. José 
María Sainz Herosa, que hizo una brillante ca- 
rrera eclesiástica pues fué Doctoral de la Cole- 
giata de Guadalupe, Canónigo de la Catedral 
de Jalapa, y Doctoral de la de Puebla. De este 
sacerdote heredó nuestro biografiado una selec- 
ta y rica biblioteca. 

El padre de D. Rafael fué por muchos años 
Jefe Político de Córdoba y murió pensionado 
por el Gobierno de Veracruz, siendo Secretario 
de la Jefatura Política de Orizaba. Su honradez 
proverbial y su austera rectitud le concitaron, 
cuando era autoridad en Córdoba, no pocos 
enemigos. En lucha con éstos, dio muesras 
de su ánimo noblemente templado y de su ener- 
gía incomparable, así como probó mil veces en 
su administración dotes de prudente gober- 
nante. Retirado de la política dedicóse á sus. 
negocios propios en una finca de campo, y aun- 
que no dista mucho de Córdoba, se estableció 
él con su familia en Grizaba, ciudad en la cual 
debió haber nacido el novelista que en brillan 
tes y correctísimas páginas ha descrito la belle- 
zas de la industriosa ciudad veracruzana. Deci- 
mos que en Orizaba debió haber nacido, por- 
que por caso fortuito vio la primera luz en Cór- 
doba, de la cual fué llevado á Orizaba cuando 
no contaba dos meses de existencia. Después, 
en la poética Pluviosilla, como con tanto acier- 



to como fortuna llama á Orizaba, pues el nom- 
bre se ha hecho verdaderamente popular, ha 
})asado casi toda su vida. 

Allí mismo, en el Colegio de Nuestra Señora 
de Guadalupe, establecimiento con justicia afa- 
mado y del que era Director D. José María 
Ariza y Huerta, de grata triemoria, hizo D. 
Rafael Delgado la instrucción primaria elemen- 
tal, hasta que en Enero de 1865 fué traído á la 
ciudad de México y puesto en el Colegio de 
infantes de la Colegiata de Cuadalupe, plantel 
entonces floreciente, en el cual solamente logró 
completar su instruccción primaria, pues en Fe- 
brero de 1866, en atención á que la capital iba 
á ser sitiada i)or las lro|)as republicanas, fué lla- 
mado al seno de su familia. Esta había ido á me* 
nos, arruinada porlas guerras civiles que en aque- 
llos años de triste recordación sembraban por 
todas partes luto y pobreza. 

P"l Sr. Delgado, padre, que como hemos 
apuntado ya, al dejar los cargos púl)licos se de- 
dicó á las labores del campo, había hecho des- 
de 1862 cesión de bienes y empleádose en la 
administración de intereses ágenos. Por cierto 
que, dicho sea de paso, el concurso del Sr. Del- 
gado es célebre en el foro veracruzano, por la 
integridad del cesionario, y por haber durado 
diez y ocho años, no menos que por haber sido 
los bienes cedidos superiores con exceso al im- 
]jorte de las deudas, sin embargo de lo cual esos 
bienes sólo sirvieron de botín ])ara cuantos en el 
concurso intervinieron; no así para los acree- 
dores que fueron los que menos alcanzaron. 

En Mayo de 1868 entró D. Rafael Delgado 



X 



'Mi ei Colegio Nacional de Orizaba, reorganiza 
do por acjuellos días por el tan sabio cuanto mo- 
desto jurisconsulto Lie. D. Silvestre Moreno 
Cora, eminente como literato, integéirimo como 
Magistrado y nunca loado lo bastante como edu- 
cacionista y mentor de la juventud. En dicho 
Colegio hizo lo que ha venido á llamarse estu- 
dios preparaiorios, teniendo por principales 
maestros al mencionado Sr. Moreno Cora, al 
hermano de éste, D. Aniceto y al Sr. Lie. Don 
José de Jesús Jiménez. 

Hasta ocioso parece decir con cuan grande 
aprovechamiento frecuentó las aulas el señor 
Delgado, pues basta recordar que de discípulo 
j)asó amaestro y maestro meritísimo. De labios 
tlel Sr. Moreno Cora sabemos que desempeñó 
durante diez y ocho años, desde el de 18^5, las 
cátedras de Geografía, Historia Universal-tres 
cursos, -é Historia especial de México, siendo el 
introductor del estudio de la Geografía histórica 
y sacando muy buenos y aprovechados discípu- 
los, por la inteligencia que demostraba en sus 
lecciones y el gran empeño que tomaba por el 
sdelanto de los alumnos De más de esto, so- 
portó con resignación las épocas de verdadera 
))enuria por las cuales pasó el Colegio, sin que 
!a cortedad del sueldo ni la irregularidad con 
Tjue le era pagado le apartaran del cumplimiento 
de sus deberes como profesor, revelando así que 
■el afecto al establecimiento en que recibió su 
educación literaria, y no mezquino interés, le 
movía á continuar prestando sus servicios; ser'- 
vicios penosos y hasta abrumadores, para los 
que no ven en el magisterio un sacerdocio y por 



Xí 

lo ttiismo no lo ejercen, como él, noble y desirl- 
teresadamente. Y como aquellas tareas no le' 
bastasen, por lo exiguo de los emolumentos, 
para llenar las obligaciones y necesidades que 
la vida impone, hubo época en que regenteó al 
propio tiempo que las mencionadas cátedras, 
varios establecimientos de instrucción primaria. 
Nada de eso fué, sin embargo, suficiente ])ara 
apartarle de los estudios literarios á que desde 
niño se inclinaba con verdadera vocación que 
sus cariñosos padres fomentaron y que le apar- 
tó en los años juveniles de los peligros comunes 
á esa edad. Su padre, sin ser dado á las letras^ 
gustaba de la lecturu.tenía buenos libros y, aun- 
que en modestísima medida, le proporcionaba 
obras nuevas. Había en su hogar la costumbre 
de leer después de la cena y él era el lector. 
Conoció entonces casi toda la literatura mexi- 
cana, con especialidad á los autores costum- 
bristas, predilectos del padre de Delgado, -que 
tanta influencia han ejercido en su manera no- 
velar, como él mismo lo reconoce. 

A esos estudios unió el déla apología católica 
persuadido,— él nos lo ha dicho, -de que el co- 
nocimiento profundo de la religión de sus pa- 
dres le era indispen.sable. 

Sus aficiones literarias llevaron á Delgado á 
cultivar la literatura dramática. Consagróse á 
ella y estudió el teatro griego, el latino, el fran- 
cés y el italiano. Los dramaturgos alemanes, 
así como Sakespeare le son conocidos, aunque 
no en la lengua original. Los críticos y los his-* 
toriadores literarios le han ocupado largas ho- 
ras. Todos esos estudios los hizo bajo la diree = 



y&^' 



XII 

ción amistosa, querida y respetada del Sr. Mo- 
reno Cora, quien siempre puso á su disposición 
su rica biblioteca. 

Quien así había nutrido su espíritu y dado 
pábulo á sus aficiones dramáticas, natural era 
que emplease su plurrfti en trabajos de ese géne- 
ro. Así sucedió; y en 1878, dio al teatro dos 
y obras: Za caja de dulces, drama en tres actos, 
y/' en prosa, y Una taza de té , proverbio en un acto, 
en verso, producciones que fueron representa- 
das por el actor español Don I^nrique Guasp 
de Péris, cuya reciente pérdida lamentamos to- 
dos los que veíamos en él á uno de los más fer- 
vorosos amantes del arte y á uno de los conta- 
dos actores que han alentado á los autores me- 
xicanos. 

Cuando se estrenó la primera de esas obras, 
La caja de dulces, los amigos y admiradores del 
autor, aficionados á las letras muchos de ellos, 
dieron á Rafael Delgado un banquete y le re- 
galaron una corona de plata y una pluma de 
oro; demostraciones (jue recuerda con ternura y 
gratitud y que fueroii para él poderoso estí- 
mulo 

Al año siguiente dio al teatro una traducción 
del delicioso proverbio de Octavio Feuillet: El 
caso de conciencia, y más tarde el monólogo An- 
tes de la boda. 

La poesía lírica, si bien no ha sido objeto 
principal de su predilección, ha sido cultivada 
por Delgado con muy buen éxito, particular- 
mente de los diez y seis á los treinta años, pe- 
ríodo en el cual publicó muchos versos. Entre 
sus sonetos, los que describen algunos espec- 



XIII 

táculos de la naturaleza en las cercanías de Ori- 
zaba, pueden sostener dignamente la compara- 
ción con los que sobre los mismos asuntos escri- 
bió Pesado, y mejor elogio no cabe. En el Álbum 
publicado con motivo de las bodas de oro del 
limo. Arzobispo Labastida figura una oda de 
Delgado,escritaen el metro enaltecido por Man- 
zoni en su famosísima canto á la muerte de Na- 
poleón, oda que es, en concepto de entendidos 
críticcs, una de las mejores producciones d? 
nuestro biografiado. 

En el año de i88 1, por iniciativa del Sr. Mo- 
reno Cora, Rector del Colegio, fundóse en Ori- 
zaba la "Sociedad Sánchez Oropeza," y en su 
sección literaria trabajó Delgado empeñosa- 
mente. Por espacio de más de seis años esa So- 
ciedad dio una velada literaria cada mes, y casi 
en todas ellas tomó parte Delgado, siendo no- 
tables entre los estudios que con el nombre de 
Conversaciones leyó entonces, el que se intitula 
"El amor al libro," así como otros tres, dedica- 
dos al estudio de los poetas líricos contempo- 
ráneos Leopardi, Núñez de Arce y Becquer. 
Llenas están muchas páginas del Boletín que la 
"Sociedad Sánchez Oropeza" publicaba, con 
trabajos así en verso como en prosa, del enten- 
dido profesor que nos ocupa. Y es esta opor- 
tunidad propicia para tributar merecida^a al 
fundador y sostenedor de dicha Sociedad, por 
haber dedicado su saber y sus energías al des- 
pertamiento del amor á las letras en la hermosa 
ciudad veracruzana, en una época en la que ni 
en la capital misma de la República se miraban 

Delgada.- B. ^' 



XIV 

con interés, ya no con fervoroso entusiasmo, las 
nobles lides de la inteligencia. Cuando se escri- 
ba con detenimiento y abundante acopio de da 
tos la historia de la literatura en México, el Bo- 
letín de la modesta Sociedad orizabeña propor- 
cionará documentos inestimables para demos- 
trar que más de una vez en esas que desdeño- 
samente llaman los escritores capitoHnos ciuda- 
des de segundo ó tercer orden, ha ardido y lan- 
zado vivos resplandores el fuego sagrado que 
purifica y engrandece á los pueblos. Se verá en- 
tonces cómo sin cenáculos ni soberbias magis- 
traturas, sin profanaciones orgiásticas, en los hu- 
mildes salones de un colegio provinciano se ha 
alzado un altar al arte y se ha amado lo bello, 
nada más que lo bello. 

Volviendo á nuestro autor, diremos que entre 
los frutos más delicados de su ingenio figuran 
los Cuentos que forman el libro con que el edi- 
tor de esta Biblioteca ha querido dar hoy prin- 
cipio á la publicación de las obras selectas de 
D. Rafael Delgado, seguramente porque en esos 
cuentos se ve cómo nació y cómo fué desenvol- 
viéndose la facultad creadora de uno de nues- 
tros primeros novelistas, hasta llegar á colocarse 
al lado de los más célebres cultivadores del gé- 
nero literario que comparte con la novela de 
largo aliento los favores ó, mejor dicho, la pre- 
dilección del público lector aquí y en todas par- 
tes. El género no es en verdad nuevo, pues 
existen numerosas producciones de la misma 
índole de muy distintas épocas, llamándoseles 
leyendas, novelas cortas, relatos de sucedidos 
etc., etc., y también cuentas, como ahora se esl 



XV 

tila; abarcando en esta denominación desde las 
más fantásticas lucubraciones hasta las sencillas 
narraciones con que se ha cautivado siempre la 
atención de los niños. Caben hoy en el cuento 
la fábula y el apólogo en prosa, con resabios de 
hondas filosofías, como caben en él las leccio- 
nes de historia anecdótica ó popular ala mane- 
ra de las Tradiciones peruanas que con tanta 
fortuna vulgarizó Ricardo Palma en la América 
hispana. La boga y privanza del cuento débese, 
á mi entender, á su corta extensión y ningunas 
pretensiones, sin que esto quiera decir que no 
exija al autor dotes singularísimas; casi las mis- 
mas que al verdadero novelista. Quien no po- 
sea facultades descriptivas, quien no sepa ma- 
nejar el diálogo con soltura, quien no tenga un 
estilo fácil y pintoresco y no acierte á revestir 
de encanto y de interés asuntos que á primera 
vista no merecen ocupar nuestra atención, debe 
renunciar á escribir cuentos. Porque éstos han 
conquistado en nuestros días el auge de que 
disfrutan, gracias á los primores de la forma, las 
más de las veces hasta llegar á constituir mu- 
chos de ellos verdaderas joyas de subido precio, 
por la habilidad del artífice más aún que por la 
substancia ó materia en que fueron labrados . 
Los cuentos que no reúnen las excelencias y 
primores de la obra artística, son incoloros, de- 
sabridtís, f&tiles, aun para los lectores de gusto 
menos exquisito y menos exigente. 

En los de Rafael Delgado se nota ó descubre 
!a influencia de los de Alfonso Daudet, maestro 
en el género, como lo fué también en la que 
podríamos llamar la alta, la gran novela. Bien 



XVI I 

sabido es que Daudet, antes de elevarse á las su- 
periores esferas en que llegó á ser un astro de 
primera magnitud, fué un cuentista delicioso, y 
que las Carias de mi molino, las Carias á un au 
senté y los Cuentos del lunes forman, por decirlo 
así, el hermoso pórtico del templo de su gloria 
literaria, y todos saben también que su habili- 
dad para cincelar pequeñas obras maestras, co- 
mo dijo Zola ai estudiarle, preocupó á sus ami- 
gos cuando intentó ensanchar el espacio en que 
su espíritu se había cernido, es decir, en su as- 
censión del cuento á la novela. Aquella preocu- " 
pación desvanecióse bien pronto; el amable pro- 
venzal demostró que en sus cuentos había ejer- 
citado sus fuerzas como previa preparación pa- 
ra acometer empresas de largo aliento. 

Así Rafael Delgado, — en cuyos Cuentos se 
not.1, como acabamos de apuntar, la influencia 
de la provechosa lectura de los de Daudet, — 
ensayó sus fuerzas, ejercitó sns facultades en pá- 
ginas que fueron feliz augurio de más duradera 
gloria que la que alcanza el autor de simples 
cuentecillos sin trascendencia moral ni literaria. 
Son en su mayor parte bocetos de novela; pero 
bocetos primorosos, como aquellos que los pin- 
tores no llegan á trasladar á lienzos de grandes 
proporciones y que, sin embargo, por la maes- 
tría con que han sido trazados, por la brillantez 
de su colorido, por la pureza de sus líneas, por 
la expresión de sus figuras, se hacen dignos de 
figurar en una galería artística, y con efecto, fi- 
guran en ella a las veces, ó cuando menos en- 
tre los ejemplares predilectos de los amateur s 
que saben descubrir y admirar las excelencias- 



de las obras aún inconclusas El vulgo y los 
que sin formar parte de él no tienen sin entibar* 
go el ojo experimentado ni la intuición revela- 
dora de la belleza estética, no pueden darse 
cuenta de lo que significa en las esferas del arte 
literario una narración episódica, brevísima, á 
grandes rasgos, y que versa sobre un asunto 
que, á lo que creen, sólo pudo ocupar al autor 
que le dio importancia sin merecerla. No así 
los que poseen la facultad de leer entre líneas, 
y á quienes basta que se les inicie un pensa- 
miento para darle todo el desenvolvimiento de 
que es susceptible. Paraéstos, no pasan inad 
vertidas la galanura del lenguaje, la verdad de 
las descripciones, la intención, la moral del 
cuento, ó sea la enseñanza que sin dogmatismos 
ni imposiciones encierra dentro de sus estrechos 
límites. 

En las páginas de este libro encontrarán sus 
lectores suficientemente demostrada la justicia 
de las observaciones que de apuntar acabo res- 
pecto al género literario que desde tan diversos 
puntos puede ser estudiado, que tan varios as- 
pectos reviste, que tan distintas ideas informan 
y en el que, por su misma complejidad que tan- 
to le asimila con la novela, están comprendidos 
los múltiples asuntos que ía vida humana y el 
modo de ser de las sociedades ofrecen al escri- 
tor para ejercitar sus facultades; ya le conduz- 
can éstas á la atenta observación y fiel traslado 
de la naturaleza, ó al análisis psicológico, bien 
z\ idilio enternecedor ó á la sátira fina y pun- 
aante. No son naderías, ni baladís, ni insigni- 
ficantes chascarrillos los cuentos, por breves y 



~'^^> 



XVIII 

ligeros que sean, debidos á plumas expertas 
como la de Rafael Delgado. En aquel que meno* 
res atractivos parezca tener, siempre se hallará 
la forma exquisita, el sabor delicioso de una 
prosa castiza y los chispazos del ingenio. 

¿ Para qué referir el argumento de los que me 
parecen más delicados ó más bellos? Va el lec- 
tor á solazarse con aquellos que más á su gusto 
cuadren: en uno verá cómo un amigo generoso 
y bueno aparta á un joven del abismo del suici- 
dio; en otro asistirá al despertamiento del amor 
en el corazón de un niño que más tarde - si lle- 
ga á leer la Angelina de Rafael Delgado, — mi- 
> rara convertido en el apasionado Rodolfo, her- 
, mano gemelo del Efrain de Jorge Isaacs. Pági- 
nas adelante repercutirá en su alma la honda y 
amarga queja del patriotismo encarnado en un 
viejo veterano que vertió su sangre en Padierna 
y Churubusco en lucha desigual con el rapaz 
invasor, y cuyas heridas, más aún las del alma 
que las del cuerpo, sangran cnando lee en un 
periódico la noticia de que en prenda de recon- 
ciliación se quiere devolver á México las ban- 
deras que en aciagos días perdiera; aquí, con 
infinita y angustia que oprime el pecho, con- 
templará el cuadro de una travesura macabra 
que determina cambio tal en el carácter del 
protagonista, que de casquivano mancebo, tór- 
nase éste ejemplar sacerdote, y asi en cada uno 
de los demás percibirá poéticas armonías, ale- 
gres muchas, entristecedoras no pocas, pero 
siempre gratas, siempre dulces; relatos que ha- 
lagan lo mismo á la inteligencia que al cora- 
zón. 



XIX 

Entre los Cuentos de Rafael Delgado aquí 
reunidos en haz encantador de variados mati- 
ces y de suave perfume, figuran tres que,— si he 
de decir la verdad, y sólo la verdad, no perte- 
necen al género de los que con propiedad son 
así llamados. Intitúlanse El Caballerango, La 

Gata y Torooo / Yo los habría puesto al fin 

y por vía de apéndice, para dar con ellos una 
muestra de lo mucho que vale el autor como 
costumbrista. Lo es de talla tan elevada, que 
es lícito decir que podrá alguien entre nuestros 
escritores actuales igualarle tal vez, pero supe- 
rarle nunca. 

Páginas descriptivas y no cuentos son lasque 
llevan por título: Bajo los sauces, Crepúsculo y 
Mi Semana Santa. 

Me he detenido á hablar de los Cuentos tal 
vez más de lo que es pertinente en unas noti- 
cias como las presentes de mero carácter biográ- 
fico, sin pretensiones de análisis ó de crítica li- 
teraria, porque destinadas como están á figurar 
al frente de dichos trabajos, he creído que á ellos 
debía consagrar especial estudio, siquiera fuese 
con menor detenimiento del que merecen y que 
de buen grado llevaría á cabo. 

Prevenida así la censura que podría hacérse- 
me por lo que dicho queda respecto á los Cuen- 
tos del encomiado novelista, pasemos á tratar 
con la brevedad posible, de sus tres produccio- 
nes principales. 

La primera de ellas, Za Calandria, es una 
verdadera joya de nuestra moderna literatura. 
Fué publicada por primera vez en 1889 en la 
Revista Nacional de Letras y Ciencias, y reim- 



T*tP^ 



presa después, por cierto que en edición limpia 
y correcta que honra á los tipógrafos orizabe- 
ños, en 1891, precedida de un prólogo del mis- 
mo que esto escribe. Esta circunstancia me exi- 
me de decir ahora cuántos y cuan grandes son 
á mi entender los merecimientos de la obra, pues 
no haría más que repetir lo que en su oportuni- 
dad manifesté con toda la sinceridad y con todo 
el entusiasmo de que soy capaz. Ni es necesario 
tampoco insistir en señalar aquí las bellezas y 
el indiscutible mérito de La Calandria, toda 
vez que en el magistral estudio sobre La novela 
en México, debido á la docta pluma del Sr. Mo- 
reno Cora, y escrito precisamente con motivo 
de La Calandria, están expuestos, bañados con 
luz meridiana, los primores que esmaltan y ava- 
loran tan esmerada obra artística. Llena el es- 
tudio del Sr. Moreno las páginas 393 y siguien- 
tes, hasta la 427 del tomo XXXI I de esta Bi- 
blioteca, tomo en el que fueron recopilados nu- 
merosos y excelentes opúsculos del ilustre maes- 
tro de Rafael Delgado, quien no obstante la 
sobriedad que le es genial y que se revela en la 
mayor parte de sus escritos literarios y especial- 
mente en los críticos, no escatima los elogios á 
que, á su juicio, es acreedora la obra. 

Angelina es el título de la segunda novela, y 
de ella se han hecho ya dos ediciones, como de 
la primera. Es, valiéndom; délas propias pala- 
bras del autor en el prólogo por él mismo escri- 
to, la historia de un muchacho pobre; pobre 
muchacho tímido y crédulo, como todos los que 
por allá por el 67, se atusaban el naciente bigo- 
te creyéndose unos hombres echos y derecho 



XXI 

historia sencilla, vulgar, más vivida que imagi- 
nada, de un lector de libros románticos; novela 
sin hondas trascendencias y problemas, pero eso 
sí, novela que porque lo es, es una obra artísti- 
ca puesto que el objeto principal es la belleza. 

Angelina, — decimos nosotros,— sin ser ni mu- 
cho menos, una imitación de la celebrada Ma- 
ría de Jorge Isaacs, legítimo timbre de gloria 
para las letras colombianas, tiene grandes afini- 
dades con ella. 

Embellecen las páginas por nuestro compa- 
triotas escritas, descripciones maravillosamente 
exactas de una región encantadora de nuestro 
suelo, en la cual con mano pródiga derramó el 
Hacedor Supremo, para encanto de los ojos y 
arrobamiento del alma, bellezas peregrinas, im- 
ponderables, cuya copia ó descripción está re- 
servada á los artistas eximios, llámense pintores, 
poetas ó novelistas. 

Aquel Rodolfo que nos presenta Delgado en 
el cuento que aparece en las páginas 165 á 173 
de este libro, adolescente más bitn que niño, 
por mis que así le llame, es ya un joven de cu- 
yo corazón se desbordan la ternura y el amor, 
como de las cascadas de Rincón Grande y Ba- 
rrio Nuevo las espumosas aguas, purísimas y 
arruUadoras. Rodolfo, en el cuento, es presa de 
una alucinación y ama á Cordelia, la heroína de 
la tragedia del rey Lear, de Shakespeare, repre- 
sentada en un magnífico grabado que adorna el 
gabinete de estudio del padre del joven soña- 
dor. Aquel amor que le arranca lágrimas, que 
le aleja de los entretenimientos propios de su 
edad, no es sino el primer vagido de la pasión 

Delgad».-C. 



,•;.■?>■: 



XXII 

verdaderamente amorosa que más tarde se adue- 
ñará del alma de Rodolfo. 

En el cuento alborea entre nieblas sonrosa- 
das el hermoso día del amor primero, que ba- 
ñará de luz espléndida y poblará de armonías 
dulcísimas, la voz de Angelina, la casta y pu- 
ra doncella predestinada al dolor y á las lá- 
grimas, al sacrificio, y que acaba por buscar el 
consuelo y la paz convirtiéndose en Hermana 
de la Caridad. 

Dijo Rafael Delgado en el prólogo de su no- 
vela, que ésta había sido vivida, más bien que 
imaginada, y no necesitaba decírnoslo para que 
así lo comprendiéramos. Tanto es así, que, en- 
tre los que la han leído, muy contados son los 
que no ven en ella algo así como un relato auto- 
biográfico. 

Acerca de la Angelina existe un estudio del 
insigne hablista y literato Don Rafael Ángel de 
la Peña, notable y acertado como suyo, y quie 
no deben prescindir de leer los que deseen robus- 
tecer con opiniones doctas su propio juicio res- 
pecto al novelador de que tratamos. 

De Los parientes ricos, tercera novela de Del- 
gado, pocas palabras tenemos que decir, porque 
aun no se termina su publicación. En lo que de 
ella conocemos, y es según tenemos entendido, 
la mayor parte, encontramos las mismas galas 
del buen decir, las mismas facultades pictóricas 
que en las anteriores,desarrolladas acaso con más 
fulgurante brillo por la práctica ó ejercicio, y 
encontramos como novedad, que el autor, siri 
prescindir de su amado terruño, hace pasar una 
parte de la acción en la metrópoli mexicana, y 



XXIII 

en medio, como se usa hoy decir, diverso del 
en que hasta ahora han actuado sus personajes. 
Sin ser una novela tendenciosa, brinda verdade- 
ras enseñanzas, pues como todo cabe dentro del 
género. Los parientes ricos son, si no me equivo- 
co, una sátira de las costumbre^ que privan hoy 
en cierta clase de la sociedad que está inficio- 
nando, corrompiendo más bien, á su fiel imitado- 
ra, que es la llamada clase media. Parecen haber 
sido escritas á propósito de los Parientes ricos de 
nuestro^Delgado, las siguientes líneas de un ar- 
tículo que apenas hace un mes publicó el crítico 
fi-ancés Marcel Ballot acerca de una novela pa- 
risiense: "Cuánto preferimos, dice Ballot, esta 
sátira social en que la observación se reviste de 
espiritual fantasía^ al sadismo laborioso y dis- 
plicente de ciertas páginas, á esas complicacio- 
nes malsanas, á esas imágenes pavorosas que 
parece haber soñado, bajo la embriaguez del 
veneno, algún mórbido fumador de opio!" 

La sátira en la última producción de Delgado 
es tan fina, tan delicada, que los mismos flagela- 
dos sonreirán al recibir los primeros latigazos; 
después vendrán los resquemores y, tal vez, tal 
vez el crugir de dientes, la rabia por la impoten- 
cia en que se hallan para reducir á cenizas los 
ejemplares todos del libro, y al autor mismo. 

Y bien, dirá acaso el que haya tenido pacien- 
cia para seguirnos hasta aquí, ¿á qué escuela li- 
teraria ó, para ser más exacto, á qué agrupación 
de novelistas pertenece el autor de la Calandria^ 
de Angelina y Los Parientes Ricos? Responderé 
sin vacilar: á los realistas. Sí, no hay por qué 
asustarse: Rafael Delgado es novelador realista 



XXiV 



en la más noble y genuina expresión del voca- 
blo, como lo son igualmente Don José López 
Portillo y Rojas en La Parcela y en sus Novelas 
Cortas^ D. Emilio Rabasa en La Bola y en sus 
dos novelas posteriores, el Dr. D, Porfirio Pa- 
rra en Pacotillas, en ese libro notable por más de 
un concepto, que la crítica no ha analizado toda- 
vía pero que día llegará en que se le asigne el 
prominente lugar á que es acreedor, y Don Ma- 
nuel Sánchez Mármol en Juanita Sonsa y en sa 
inédito Antón Pérez; cuatro autores realistas que 
en nuestros días forman la vanguardia de los 
que en México han hecho ñorecer esa rama de 
la literatura que lleva el nombre de novela, ctí'í- 
tivándola con esmero todos ellos, conforme á 
la técnica de su propia escuela, sin diferir en los 
procedimientos pero sin dejar por eso de impri- 
mir á su obra, cada uno de ellos, el sello de su 
genialidad y de su temperamento; por donde 
viene á observarse, para bien de Fas letras me- 
xicanas, que á pesar de que nuestros primeros 
novelistas comulgan en un mismo altar, eí con 
junto de su producción no es monótono, porque 
por feliz manera realizan la unidad dentro de la 
variedad. | 

Volvamos á nuestro autor. 

Decimos que es realista, porque el realismo 
comprende y abarca, según lo dijo tiempo há, 
muy atinadamente, la Sra. Pardo Bazán, lo na- 
tural y lo espititual, el cuerpo y el alma, y con- 
cilia y reduce á unidad la oposición del natura- 
lismo y del idealismo racional, excepción hecha 
de las exageraciones y desvarios de las dos es- 
cuelas extremas y por precisa coasecuencia ex- 
clusivistas. 



iSÜií'.. 



XXV 

De Rafael Delgado puede decirse lo que de 
Daudet observa Zola es decir, que tiene la pa- 
sión de los vastos horizontes reales; que cree en 
la necesidad de los medios exactos y de los per- 
sonajes estudiados según el natural; que saca 
la materia de sus obras de la vida moderna y 
aún profesa por los cuadros populares y bur- 
gueses un particular cariño. Hay todavía otros 
puntos de contacto éntrelas novelas de Daudet 
y las de Delgado. Sea el primero, que aquél, 
como éste, rindió cuito á la {)oesía antes que á 
la novela, y por eso existe en sus obras algo así 
como el perfume de sus florestas y como el canto 
de las aves que las pueblan. En segundo lugar, 
cuando Delgado emplea la sátira no lanza dar- 
dos envenenados sino que, como el novelista 
pro venzal, sonriente, sin acerbidad visible, según 
el crítico acabado de citar, oculta la violencia 
<le sus ataques. Cualquier lector experimentado 
verá de resalto estas similitudes en muchas pá- 
^inas de Angelina, poéticas sin empalagoso al- 
míbar, y en las incisivas frases satíricas que aquí 
y allí están diseminadas en /^.os Parientes RicoH. 

Con los Goncourt tiene también ciertas seme- 
janzas, por más que tan dispares sean si en el 
naturalismo pornográfico de los hermanos Goun- 
court se hace hincapié nada más. Determinan 
ese parecido la importancia secundaria que Del 
gado atribuye como aquéllos á la trama de la 
novela hasta protegerla desdeñosamente puede 
tiecirse, y sobre todo la manera que tienen para 
sentir Iq^ bello en la naturaleza los trí's nove- 
listas. Cuanto pudiera yo decir á este respec- 
to, sería incoloro, poco convincente, comparado 



-.i .rr .^-:y;." -r ' 



XXVI 



con lo que Zola con maestría insuperable escri- 
be al estudiar la obra de los Goncourt. Escu- 
chadle: 

"Los Goncourt, dice, han aportado una sen- 
sación nueva de la naturaleza. He ahí su nota 
característica. No sienten como antes de ellos 
se ha sentido. Tienen nervios de una delicade- 
za excesiva, que centuplican las menores impre- 
siones. Cosa que ven, la reproducen pictórica 
y musicalmente, brillando y vibrando, henchida 
de una vida personal. Un paisaje no es ya una 
descripción; al conjuro de las palabras, surgen 
los objetos y todo se reconstruye. Hay entre lí- 
neas una continua evocación, un espejismo que 
suscita ante el lector la realidad de las imáge- 
nes. Y hasta resulta excedida la realidad; la 
pasión de los dos escritores le comunica el es- 
tremecimiento de la fiebre del arte: prestan á la 
verdad algo de su emoción nerviosa. Los me- 
nores detalles aparecen animados como de un 
temblor interior; las páginas se truecan en ver- 
daderas criaturas, exuberantes de vida, de suer- 
te que la ciencia de escribir se encuentra tras» 
tocada: los novelistas usan pincel y cincel cuan- 
do no tañen un instrumento. Ya el objetivo no 
es contar, no es exponer pensamientos ó he- 
chos, unos en pos de otros, sino presentar al 
lector cada cosa con su dibujo, con su color, con 
su olor, con el conjunto completo de su exis- 
tencia De ahí una magia extraordinaria, una 
intensidad de reproducción, desconocida hasta 
el presente; un modo de describir que suscita 
el espectáculo mismo de las cosas y hace tocar 
con el dedo todas las mateiiaHdades del relato. 



XXVII 

Parece como si se contemplase la pintura de una 
naturaleza animada, exaltada, donde las piedras 
poseen sentimientos de seres vivos y donde las 
personas prestan á los horizontes su tristeza ó 
su alegría." 

¿Asimilóse Rafael Delgado las facultades má- 
gicas de los Gouncourt, por haberse nutrido con 
la lectura de las creaciones de estos grandes ar- 
tistas que convirtieron, como dice Zola, en pin- 
cel y cincel la pluma? ¿O son por ventura las 
ineludibles influencias que en su espíritu han 
ejercido las obras maestras del insigne Pereda, 
el afortunado renovador de la prosa del siglo de 
oro de las letras castellanas y cuyas facultades 
pictóricas no van á la zaga de las de los geme- 
los literarios franceses que acabamos de nom- 
brar? Aventurada sería cualquiera afirmación 
en uno ó en otro sentido, por más que para 
comprobarla en el segundo se adujeran las ana- 
logías que sin búsqueda laboriosa se notan en la 
manera de sentir y pintar la naturaleza admira- 
ble y especialísima de Pereda, y la característi- 
ca de Delgado. Demás de esto, no andaría des- 
caminado quien atribuyera esas analogías al 
atavismo. Porque, — no debe haberlo olvidado 
el lector, — sangre montañesa circula en predo- 
minante proporción por las venas del autor de 
la Calandria, que es nieto, por el lado materno, 
de un oriundo de Ramales de las montañas san - 
tanderinas, y la ciencia tiene demostrado por 
medios experimentales, que el varón hereda ca- 
si siempre, por modo indefectible, fisiológica y 
psicológicamente á la madre, á la inversa de 
la hembra, que refleja y reproduce al padre. 



xxvm 

Como quiera que sea, el hecho es que el estu- 
dio atento de las creaciones de Delgado enseña 
que han influido en él así los grandes noveladores 
franceses como los que honra y gloria son de 
España, sin que esto implique por manera algu- 
na imitación servil ó ausencia de propia y origi- 
nal personalidad. Ser adepto de una escuela, 
seguir sus procedimientos, no excluye la libérri- 
ma facultad, al realizar la obra personal, de re- 
velar en ella la idiosincracia exclusiva de cada 
ser, ya se trate de los artistas de la palabra ó de 
los de la pintura y de la estatuaria. 

Antes de pasar adelaníe, debo advertir que 
me condujeron á las rápidas disquisiciones que 
preceden, los reparos que más de una vez he 
oído oponer á la factura — séame permitido aquí 
oponer el empleo de este vocablo en el sentido 
en que hoy se usa en materias artísticas - de las 
novelas de Delgado. Censúranlas algunos de 
exceso de descripción y de pobreza de trama ó 
sea carencia de intrincado argumento, sin parar 
mientes en que si bien dentro del género pue- 
den vivir holgadamente descripciones y peripe- 
cias, los modernos noveladores que de más re- 
putación gozan, en el mundo, han dado de ma- 
no á los recursos empleados hasta el abuso más 
censurable y más enojoso por los emborronado- 
res de romances folletinescos, poblados de es- 
pantables y embrollad» 'S episodios. 

Hablándonos de ?,ví% I'arientes Ricos, nos de 
cía una vez Rafael Delgado: ''En mi plan no 
entra por mucho el tnredo. Da interés á la no- 
vela, es cierto, pero snele aj^artar la mente de la 
verdad. Para mí la novela es historia, y no siem- 



XXIX ; 

pre tiene ésta la trama y disposición del drama 
escénico. A juicio mío, debe ser copia artística 
de la verdad; algo así como la historia^ arte be- 
llo. He querido que Los Parientes Ricos fuesen 
cosa así: página exacta de la vida mexicana." 
En esta declaración íntima, confidencial, es- 
tán reunidas la técnica de Delgado, sus arrai* 
gadas convicciones, su credo estético. Ya lo ha- 
bía yo apuntado: es realista sin pretensiones de 
psicólogo, ni de materialista ó experimental, y 
por lo tanto, novelador más bien afin de Peie- 
da, que de Daudet y los Gouncourt, sin embar- 
go de que, -ya lo hemos visto,-irradian en sus 
obras los fulgores de los geniales naturalistas 
franceses. Si aquél, es decir, si Pereda nos tras- 
lada á sus montañas queridas y nos lleva de la 
mano hasta las cumbres y desfiladeros donde 
azota nuestro rostro la helada ventisca, para 
íiespués refrigerarnos allí al amor de la lumbre 
junto al fogón en que cre|)itan los sarmientos 
i|ue despiden ca'or y perfume al propio tiempo; 
si Pereda nos hace coniemplar con azoramiento 
las temi^estades hórridas del Cantábrico enfure- 
cido cuyos tumbos suenan á su oído como sin- 
fonía maravillosa, Delgado nos conduce á las 
márgenes fértiles del Albano. donde brotan flo- 
recillas que saturan el ambiente de perfumes 
suaves, ó bien, por senderos que sólo él. Delga- 
do, hollara, nos hace ascender á eminencias 
desde las cuales se descubren los paisajes más 
encantadores; sitios que convidan al idilio y á 
los ensueños juveniles, tanto como á ia medita- 
ción ó al reposo. El, para quien las ciencias na- 
turales no tienen secretos, ha hervorizado en 

i)elf?¡i(lo — D. , 



XXX 



aquellas agrestes soledades; con amor, no con 
cariño, con verdadero amor, os da á conocer los 
heléchos más raros, las orquídeas de colores más 
fúlgidos, las aves mejor pintadas y más canoras, 
las palmeras más gallardas; hasta los insectos que 
á la hora de la siesta forman con el zumbar de 
sus alas casi impalpables, un concierto armónico 
que os arrulla dulcemente ¿Qué extraño, pues, 
que con verdadera fruición se entregue, en sus 
horas de artista literario, á la tarea gratísima de 
despertar en sus lectores la pasión por los gran- 
des cuadros de la naturaleza? ¿Qué ej^traño que 
predomine en sus obras la descripción de lo que 
es bello, con prescindencias de hondas filoso- 
fías? i 

Todavía hay que hacer mención de un dato 
que la vida de Delgado nos ofrece y que bien 
puede aducirse para demostrar que existe, que 
no es una teoría vana, la ley de la herencia. 

Nieto de montañés, ama el campo más que 
las ciudades, y ya que-porque carece de fortuna 
y vive de sus trabajos profesionales regenteando 
cátedras-no le es dado vivir en el campo, pro- 
cura residir lo menos lejos posible de él. Como 
Pereda, se malhumora y desespera en la corte 
madrileña y parece como que se asfixia cuando 
dentro de su recinto se halla, y corre á poco en 
busca de su montaña natia, así Rafael Delgado 
tórnase displicente si á morar en México se 
ve obligado, y en breve abandona la ciudad 
cortesana, imitadora de cuanto las capitales eu- 
ropeas ofrecen al que gusta más de los goces 
de los sentidos que de los del espíritu. 

Ni los halagos de la amistad, ni las promesas 



XXXI 

de mejoramiento de fortuna, ni las facilidades 
para dar á la estampa un libro, ni la ambición 
noble de figurar en el que es por la naturaleza 
de las cosas el obligado escenario en que se 
mueven y agitan las personalidades conspicuas, 
nada es bastante á modificar su indómita pa- 
sión por lo bello en la naturaleza, junto á la cual 
le parecen ficticios, insípidos y hasta envenena- 
dores los refinamientos de la vida en el gran 
centro urbano. 

Pasemos á otro orden de ideas. 

El estilo de Delgado, pulcro y galano, no es, 
como pudiera suponerse, la resultante del labo- 
rioso escogitamiento de vocablos peregrinos y 
de frases redondeadas por la lima con pacientí- 
simo esmero. Es suyo, es personal, espontáneo. 
Por eso corre sin tropezar con ningún obstácu- 
lo; por eso tiene color, ritmo; por eso deja co- 
mo esculpidas las imágenes. Y porque su voca- 
bulario es copioso y al par selecto, Delgado no 
se desespera antes de hallar la manera de ex- 
presar su pensamiento, ya sea para hacernos 
asistir á los grandes espectáculos de la natura- 
leza, ya para que compenetremos los diversos 
estados de conciencia de los seres á que da vi- 
da en sus novelas. En su producción literaria, ó 
digámoslo de otro modo, en la gestación de sus 
escritos y en lo que gráficamente podría llamar- 
se su alumbramiento, no sufre la tortura que á 
Flaubert martirizaba cuando en obseso por su 
neurótica pasión por lo extremadamente exqui- 
sito y perfecto, pasaba días enteros, meses, para 
llegar á escribir una página. Afortunadamente 
no aqueja á Delgado esa enfermedad de los re- 



XXXII 

hnados y de los que por el ansia de singulari- 
zarse no quieren llamar pan al pan y vino al 
vino. Lecturas provechosamente hechas de las 
obras clásicas de las literaturas antigua y mo- 
derna, han trasfundido en su estilo la vida, el 
color y la armonía, la propiedad del sentido de 
las palabras, el acierto en la elección de los epí- 
tetos, sin que á virtud de esa trasfusión hubiese 
desaparecido lo que es propio, exclusivo de los 
escritores geniales. Todo menos que eso, y muy 
suspicaz será quien pretenda señalar al margen 
de las páginas de los libros de Delgado reminis- 
renciis de otros libros, pues lo que con justicia 
puede observarse es que si la forma es bella, 
magistral no pocas veces, es porque Delgado no 
es un autor improvisado, sino que á su labor ha 
precedido la preparación más esmerada, el abo 
no vivificador de los estudios serios y el riego 
de nuevas lecturas, que refresca y abrillanta el 
estilo. 

Merecimientos tan indiscutibles, llevaron á 
Delgado á ocupar un sitial en la Academia Me- 
xicana Correspondiente de la Real Española, 
eircunstancia de la cual, si bien se mira no de- 
bería yo hacer mención, para no concitarle la 
inquina de los pseudocríticos á la Valbuena, 
para los cuales el tílulo de académico es sambe- 
nito y no condecoración, acaso porque no han 
ahondado para comprenderla, toda la verdad 
que encierran aquellas palabras que sirven de 
exordio á la contestación que dio el sapientísi- 
mo Menéndez Pelayo al discurso de entrada de 
Don Eduardo de Hinojosa en la Academia de 
la Historia: " Son las Academias, dice, congre- 



%^' 



XXXÍlí 

gaciones de hombres est'idiosols, instftuida'g pa* 
ra algún fin de pública y superior enseñaft¿a. 
Sus puertas, cerradas siempre á la vanidad en- 
diosada, al espíritu de improvisación y de aven- 
tura, al histrionismo ostentador y temerario, 
suelen abrirse de par en par al mérito positivo 
y modesto, que las más de las veces ni aun ne- 
cesita salir de su retiro para llamar á ellas. Las 
honras académicas van por sí mismas á buscar- 
le, á sorprenderle quizá, en medio de sus útiles 
vigilias, dándole nuevo aliento para continuar- 
las. No es título de alarde y vana gloria el de 
académico, no es título de jerarquía nobiliaria, 
puesto que no ía hay en la república de l'aslétías;- 
es, ante todo, título de función y oficio que sólo 
pueden desempeñar los doctos y capaces. Para 
empresas y hazañas de otro género tiene U so- 
ciedad otros premios más apetecibles, más en- 
vidiados y más brillantes; al hombre literato y 
eistudioso, sólo le quedan las palmas que del es- 
tudio nacen y con el estudio crecen." 

Fero necesito detenerme, substrayéndome de 
la atracción que sobre mí ejerce el asunto. 
Apuntados quedan apuntados nada más, co- 
mo coi) viene en trabajos de la índole y de las 
dimensiones del presente — los diversos aspecto* 
que ofrecen las labores de Delgado cómo edu- 
cacionista y como novelador, si meritorias y 
útiles las primeras, sanas y deleitosas las segun- 
das por cuanto-como alguien ya lo ha hecho 
notar^empre hay en ellas un sentimiento ele- 
vado y moralizador, que deja en nuestta alma 
un recuerdo apacible y grato, y esto sin preten*- 
siones de analista. 



■ X 



XX XIV 1 

De su vida pública daremos razón en muy 
cortas líneas. Ha sido varias veces regidor del 
Ayuntamiento de Orizaba, secretario del mismo 
H. Cuerpo y de la Jefatura Política de la pro- 
pia ciudad, mostrando en el desempeño de di- 
chos cargos celoso afán por el progreso y el 
bien común, dedicación al cumplimiento de sus 
deberes y honradez y energía iguales á las que 
desplegara en el ejercicio de tales funciones el 
autor de sus días. 

Cuanto á sus ideas políticas y religiosas, po- 
cas palabras son suficientes para satisfacer el 
natural deseo que tienen de que no se les prive 
de este dato, los que leen la biografía de un es- 
critor de nota. Hijo de familia esencialmente 
católica, Delgado profesa hoy y ha profesado 
sien^pre, la religión heredada, y como creemos 
haberlo indicado ya, fortalecida por sus estudios 
de la apología cristiana . Mas no porque sus 
creencias sean arraigadas y sincero su conven- 
cimiento, ni porque á visera alzada las confiese, 
endereza sus escritos á la propaganda y por en- 
de al combate con los que por otros principios 
propugnan. Lanza, es verdad, de cuando en 
cuando en las páginas que escribe, una que otra 
saeta á los que hacen alarde de ultra-liberales 
ó jacobinos; pero sin ensañarse, y en el trato so- 
cial respeta todas las creencias honradas, como 
quiere que sean respetadas las suyas, que así 
también ío son. 

Y basta ya. Otros á su tiempo y sazón se en- 
cargarán de dar mayores proporciones á estas 
noticias, convirtiendo en bien dibujado y colo- 
rido cuadro el boceto que á mí se pidió que eje- 



XXXV 

cutara; boceto que Delgado, si fuera egoísta y 
vanidoso, miraría con complacencia, por cuanto 
que las páginas por mí escritas, sin belleza y sin 
relieve, aumentarán por razón del contraste, el 
goce que proporcionarán al lector los sabroso? 
y delicados Cueíitos que este libro encierra. 



Coyoacán, Agosto de 1902. 

Francisco Sosa. 




/ 



^1, ;-f j'i^v-^'T" j 




IROLOGO. 



Todos estos cuentos y todas estas no- 
tas, — que algún nombre he de darles, — 
fueron publicados en periódicos del Esta- 
do de Veracruz y de la capital de esta Re- 
pública, Hoy salen nuevamente, con po- 
cas enmiendas y correcciones, (que ni 
tiempo ni buen humor he tenido para ha- 
cerlas), en obsequio de algunos antiguos 
y por ende fieles amigos, y á instancia? 
del editor de esta Biblioteca. ., 

Confieso llanamente, y válgame algo la 
franqueza, que no tengo tales escritos por 
cosa muy subida y quilatada de mérito ; 
pero asimismo declaro, lector amabilísi- 
mo, que no los creo indignos de tu discre 
ción ni merecedores de perpetuo olvido. 

Son hijos míos, hijos de mi corto enten- 
dimiento, y nacidos todos ellos en horas 
de amargura y en día? nublados, casi a^ 
mediar de mi vida, de esta pobre vida mír 
que no será muy larga, y en años en qur^ 



XXXVJII 



sólo el cultivo del Arte puede alejar de 
nosotros el recuerdo de seres amados, 
idos para siempre, y en que, dolorido el 
corazón, nos entregamos de grado á laí 
añoranzas de la muerte. \ 

Algunos de los cuentos, sucedidos, no- 
tas, bocetos ó como te plazca llamarlos. 
"El Desertor," "El Asesinato de Palma- 
Sola," "Justicia Popular," y otros seme- 
jantes, son meros apuntes de cosas vistas 
y de sucesos bien sabidos, consignado? 
en cuartillas por vía de estudio, con obje 
to de escribir más tarde, (mi sueño azul) 
una novela rústica y veracruzana, á mane 
ra de "La Parcela" de mi admirado ami- 
go don José López-Portillo y Rojas ; no- 
vela en que palpiten la vida y las costum- 
bres campesinas de esta privilegiada re- 
gión ; páginas en que puedas ver cómo 
aman, odian y trabajan nuestros labriegos, 
cómo viven y cómo alientan y se mueven : 
en suma : tales como son. Otros, (hablo 
de los cuentos y de las notas,) son impre- 
siomes mías, algunas muy íntimas y perso- 
nales, — las que yo me sé, — y lo restante 
trata de cosas más vistas que inventadas. 

j Dios me dé salud y reposo para poner 
mano á la susodicha novela rústica, y no 
me niegue favor y ayuda para que salga 
digna de nuestra naciente literatura regio- 
nal, y del pueblo que habrá de inspirarla 
y producirla ! 



XXXIX 

Algo necesito decirte de uno de los 
cuentos que vas á leer, de uno intitulado 
''El Asesinato de Palma-Sola." Y es que 
un periodista de Villaverde — muy señor 
y amigo mío — tuvo á bien reproducir el 
cuentecillo, y hacerle variantes, y ponerle 
un vocabulario, "ad usum Delphini," de 
cuyo valor y de cuyas calidades no quiero 
ni debo responder. 

Comprendo que para los lectores espa- 
ñoles y sudamericanos vendría como de 
perlas, á la fin de este libro, un vocabula- 
rio que les enseñara lo que dicen ó quieren 
decir ciertas palabras de uso corriente en- 
tre nosotros. Quede reservada tamaña 
labor á los filólogos, y á quienes, como el 
inolvidable García Icazbalceta, gusten de 
catalogar vocablos y de rebuscar, en libros 
viejos y nuevos, voces y modismos que va- 
yan á aumentar con oro de América, (no 
aquél de duendes de que hablan las histo- 
rias, sino otro tan acrisolado como bien 
habido), el inmenso tesoro de la incompa- 
rable lengua del pasmoso Cervantes y de 
mi amadísimo Pereda. 

Y.... dispensa las mil erratas que, á 
pesar de mi empeño, ha sacado este libro, 
y perdona las faltas de este prólogo y de 
las páginas que vas á leer. 

1902 

RAFAEL DELGADO. 



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ADOLFO. 

Á MICROS 



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sa historia?. 


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Era un guapo mozo. La última vez que 
vino á visitarme fué en Navidad, después - 
del baile de» la señora de P. . . aquel bai- 
le de , fantasía, suntuoso y brillante co- 
mo una fiesta de hadas, que tanto dio que 
hablar á.'los periódicos y tanto qiLe dis- 
paratar en jerga hispano-gálica á los Ltan- 
gostinos de la prensa. V ic >'^I:jtt 

Estuvo sentado en ese sillón, cerca de 
esta mega, triste, desalentado como un 
enf«-mo. Durante la conversación, si tál^- > 
nombre merece el hablar con monosílabor,-. ? 
jugaba, con este- lindp cuchillo de nácar.i: ,.. 
ó se entretenía en hojear una colección .<í<ft:í.v 
estampas de Goupil. r ' 

Era un guapo mozo : distinguido, ele- ' 



':!^:- 



gante, un ser mimado de la Fortuna. Me 

parece que le veo Gallardo cuerpo, 

frente despejada y hermosa, facciones de- 
licadas, recta y fina nariz; pálido, con la 
palidez de Byron ó de Werther; ojos ne- 
gros, grandes, rasgados, vivos, llenos de 
pasión ; barba cortada en punta, á la anti- 
gua usanza española; bigote retorcido y 
echado hacia adelante; en fin, algo de "la 
fatal belleza de un Valois." Además, ta- 
lento, cultura, juventud y riqueza. 

Amado de sus padres, como hijo único, 
heredero de cuantioso capital, admira- 
do por sus trenes y sus caballos, rodeado 
siempre de amigos, le envidiaban todos 
los hombres é interesaba en su favor á to- 
das las mujeres. .,; 

i Qué distinguido cuando se vesÜa 
el frac ! ] Qué gentil á caballo, vestido con 
nuestro elegante traje nacional! t Qué re- 
gia majestad la suya en el baile de la 
señora P . . . . ! Calzas negras, dé seda ; ju- 
bón y ropilla de terciopelo negro, acu- 
chillado de azul; birretina de luenga plu- 
ma, y al cinto una daga milanesá con el 
puño cuajado de brillantes. 

Entró en el salón, alegre, fegocijado, 
feliz, ebrio de vida y de amor ; pero des- 
pués de la media noche, en el cotillón, á 
la hórl del jrego dé los ramilletes y dé la 
mlmzana dé oro, observé que al éstrééhir 
la mano de Enriqueta, la encantadora 
hija del General A convertida esa iio- 



* "i". 



che en una Ofelia "deliciosa y espiritual" 
— ^así lo dijo en "El Abanico" el cronista 
Querubín, — cuando todas las miradas esta- 
ban fijas éil él, le vi demudarse, temblar, 
bajar los ojos, y murmurar al oído de su 
con^áñera una de esas frases frivolas y 
vanas, una estupidez de salón, acaso en- 
cubridora de pena profunda. 

A poco salía de aquella casa para prin- 
cipiar una vida de horribles degradacio- 
nes que acabarán por llevarle al sepul- 
cr<). ' '■ :-.., •.■;>^.-: -^,_. 



. /' 



II ■''-' -^ 

Esa misma noche, cuando nadie se lo 
esgéraba, cuando á ninguno se le ocurría 
semejante coáa, el General anunció á sus 
amigos y á sus íntimos el próximo enla- 
ce' de sü hija Enriqueta con el banqueíó 
Z., caballero muy estimable y respetado 
por sus altaá prendas morales y por sus 
millones; persona mayor de sesenta años 
ó poco menos, y hasta entonces célibe. 

'No dábamos crédito á tal noticia. Cuan- 
do ésta corrió de boca en boca por los sa- 
lones, los caballeros se quedaban atóni- 
to¿, las damas sonreían, las niñas ca- 
saderas rhurmurabart por lo bajo y en los 
ojos de todas céhfelleaba una dulpe ale- 

v: L«¿~Cónio ha sido esto ? ^ ' "^ . 'n^. '; 



■•X■^. 



—¡Sépalo el diablo! 

— Pues nada más cierto. Acabo de ©ir- 
lo de los labios del papá. . . ,, i; ¡ 

— ¿Y Adolfo qué dice de todo eso? 

— ¡ Qué se yo ! La invitó á bailar el pri- 
mer valse, pero apenas dieron una yuel- 

ta No cesaban de hablar. ..... de 

algo grave, sin duda. Ella apenada y tris- 
te. El, colérico, sombrío .... De seguro 
que aquí se decidió la cuestión..... ¡Si 
tendremos un duelo! 

Y un coro de risas saludó al noticioso 
que decía estas palabras. 



III 



Adolfo amaba á Enriqueta con toda el 
alma, como se ama á los veinticinco aAos, 
cuando tenemos abierto el corazón., á to- 
do sentimiento generoso; la amaba con 
,ese amor profundo de la edad viril que 
enlaza dos seres y hace de. dos, vidas una 

sola. ,(' ;.,>l;0' ■'' 

Enriqueta también le amaba. 

El anciano pidió la mano de la rubia 
señorita, y en pocos días, gracias al em- 
peño de la familia y no sin largas confe- 
rencias, penosos debates y quejas y llo- 
ros, aceptó al caballeroso banquero. 

¿Cuándo y cómo terminaron los amores 
de Adolfo y de la blonda señorita? Nadie 
logró saberlo ; pero todos aseguran que fué 



7 '^: 

cu el baile de la señora de P ; por- 
que desde esa noche, el amigo bullicioso 
y alegre, el chispeante y reg^ocijado Adol- 
fo, se volvió meditabundo, triste y som- 
brío 

Dicho se está que la última vez que vi- 
no á visitarme fué por Navidad. Yo es- 
peraba que conversaría del baile y que, 
sin tocarle ei punto, me hablaría de la 
boda de Enriqueta, anunciada para los úl- 
timos días de enero. Adolfo tenía suma 
confianza en mi discreción y de seguro 
que venía en busca de alivio y de consuelo, 
como en otras ocasiones; que no por ser 
mi amigo uno de los preferidos de la suer- 
te, dejaba de arrastrar, como todos los mor- 
tales, la pesada cadena de las humanas 
desventuras. Me engañé : apetias desplegó 
los labios durante la visita. 

—¿Qué estás escribiendo? — ^me dijo — 
¿ Versos ? ¡ Ilusiones, locuras ! ¡ Sueños, pa- 
labras bonitas! Pétalos de rosa que la críti- 
ca de un gacetillero famélico esparce al 
viento de la mofa .... . 

Y sin dejarme replicar, añadió: -^ 

— Vengo á decirte adiós ' V 

— ¿Estás de viaje? 'í ' ■ ' " 
Sí^ í' .1,; . .>->oí;íí :^Mi!- . ' '^ ; 

— ¿A Europa? 

No respondió ; se puso á mirar las es- 
tampas. Comprendí que el dolor le' abru- 
maba. Para aliviarle, quise que tne contara 
sus cuitas, y le dije : H ■ • '-*-^?* 






— ¿Es cierto que ^iw:íquet^ se casa con 
do^ Alberto? 1 

— Si,-:— respondió con visible esfuerzo, — 
se cas^ y sin atnar al que va á ser sa espo- 
so ; se casa porque 

— ¿ Y qué piensas hajC€f ? \ 

— Nada.) 

-¿Na4?.. ! 

— Nada. 

— ¿ Qué. dificultades, qué obstáculos pue- 
den imp^dir^e un enlace ¿No te anaa? 

— ¿ Que si no rae anié^ ? ¡ Ay Ciarlos ! 

— Pt^es bien, si es así, con facili4ad con- 
seguirías que 

— Xe con\prendp Pero no lo haré. 

— ¿Porqu^^ 

Mi ,a,niigo calló. Dos lágri^ias, dos lá- 
gr^fp^Jf de^qsa^s que bajan quen^ando el ros- 
tro, rodaron por sus mejillas. Sacó el pa- 
ñuelq, se enjugó Í<ps ojos, y después de un 
rato. de silencio, prosiguió: 

— ¿ Pqr qué ? Porque nó. Don Alberto es 
un antiguo corr^pañero de mi padre ; amigos 
desde la niñez se aman como dos herma- 
nos; juntos se educaron, no pueden vivir 
el uno sin el otro, ... 

■ — ¿Y qué? 

— Óyeme: hace quince años mi padre 
estaba casi arruinado ; unos cuantos meses... 

y la bancarrota, la miseria, acaáo el 

hí^^r^bre! Atrevidas combinaciones mercan- 
til^ le tenían en graye compromiso y á 
punto de quedarse en la calle, á un pan pe- 



íjí^; ■-:.•■ -'-"^ííí^" 



dir. . . . 1q supo dou Alberto, y ese ancia- 
no, ese caballero que ahora me arrebata 
cuanto constituye mi dicha y mi felicidad, 
le salvó. Dinero, crédito, cuanto tenía, to- 
do lo puso en manos de mi padre, aun á 
riesgo de arruinarse también. ¡ Cuánto soy, 
cuánto tengo, cuánto valgo, todo, todo se 
lo debo á él ! Voy á pagar con el más du- 
ro sacrificio tantas mercedes .... 

— Pero. . . . 

— Así saldaré una deuda de familia. ¡ Eh ! 
¡No hablemos más de eso, Carlos! ¡Por 
tu vida te ruego que no digas nada de ló 
que te hé contado! Nada de esto sabe En- 
riqueta. Para ella aparezco y apareceré 
siempre como un galanteador vulgar, vano, 
inconstante, frivolo, más enamorado de un 
carruaje ó de un caballo de carrera, que de 
una mujer bella y amable. . .¡Adiós! 

— ¿Te vas? , . 

—Sí. 

— ¿A dónde? ¿A París? ¿A Italia? ¿A 
España ? > , 

— No lo sé. En busca de olvido; á atur- 
dirme, á ahogar en el bullicio de las prime- 
ras ciudades del mundo este dolor que me 
consume ; á distraer esta pena que me ani- 
quila i , 

IV 

Tres años después supe en la casa de 
la señora de P que Adolfo había Vuel- 

Delgado. — a 



lo- 



to de Europa. Fui á visitarle, y no me qui- 
so recibir ; volví otra vez y me le negaron. 
. Alguno me dijo que estaba inconocible, de- 
gradado ; que había perdido en Monte-Car- 
io un capital ; que había pedido á la "mu- 
sa verde" el alivio de un mal incurable, de 
un amor sin esperanza. ... 

¿ Dice usted que desea conocerle ? j Pa- 
ra qué! Por ahí anda, por esas calles, por 
los barrios de peor fama, de taberna en 
taberna, arrastrando en los fangos 'del vicio 
una alma generosa, los restos de una vida 
infortunada, y, toda entera, una pasión in- 
dómita y terrible. 

Ya no es el garrido mancebo de arrogan- 
te aspecto, de gallarda cabeza, de facciones 
delicadas, de aristocrática apostura, de es- 
pañola barba, de vivos y apasionados ojos... 
Encorvado, enfermizo, decadente, torpe en 
el andar, hirsuto el cabello, hinchado el 
rostro, en nada se parece al gentil caballe- 
ro de los bailes de la señora de P . . . . 

Noches pasadas, al volver de la ópera, 
le vi en una taberna, solo con su embria- 
guez, echado sobre el mármol de una me- 
sa, una copa en la mano, contemplando con 
ardiente mirada los cambiantes opalinos 
de la fatal bebida, en la cual se reflejaban 
los rayos de oro de la luz eléctrica. 

¿Qué miraba mi pobre amigo en el fon- 
do de aquella copa? ¡Acaso el rostro de 
una señorita rubia, vestida con el traje de 
la pálida Ofelia I . ,.-^, 



MI VECINA. 



A MANUEL BRINCAS. 







. ' ,'.''. . -s. ..í; 3ff^ .. >■■:■■ ni'^V)! 

• ■, ■ ..•■••-,■ ;:--.w,ii .ibl.i,0h.i.-' ;.-Ú>:,i.i-, 

.'■ • ^ ;:' . í ^•j ♦-.;.;;•. ; ' «fMf 

_:'..'■ '. .-íi •;-'^V.^ 

;>Fksta de boda! Ruidosa fiesta que 

ha;^dado ^«le habhir á todo él barrio, q^e 
hlk feVuelito la calle entera, desde la eípecie- 
ríáde don Venando, hasta la casa de Chu- 
cho Cal-wiicoi el sastre afamado de te gente 
obrara, y desde la carbonería de la tía Che- 
pa hasta la Escuela de don Qeto de la Pátí^^' 
ta, una ék:u)elá municipal, en la cuál se ha 
desiarrolfódó en éátos últinWs días e! ^[Usto 
por el cífttó dít modo tan stíctivo, qtie itte 
tieíie Idféstrók^dOs los tímf;^os. J^úidosa 
fiéStSí éüyós e<?6% regocijados llegan h^tá 
aqtfí, á turbar con sus interminables polr 
cas y suí mazurcas lánguidas, el triste 'ái- 
le*i¿io dSé ittf Igafeitíétc. Déáde bleA teiüil^ 
pttj^o hWfiofe t^nibb Música.' ' ¡Y qué íiiíN^, 
sic* r Uíi/áiltferio 'vith'áké, ü'n^^ flauta que- ' 
rellpsa, un violín trémulo y uñ'bajo éñrón- 

taáss ;3ie ée '^rt;il!|ijia leé fileéñ f^<M 
zosy '^iéenÚio^^pck tres désgárran/eí re- 
pertorio iíayztieléSfco COTÍ sus correspondien- 
tes y popularos derivados. 



-^klm 



.■: ít^- 



Está qi^jliia^jiaü 

só la chica, y á las cuatro y media to3os los 
pacíficos vecinos despertamos al ruido de 
los simones. Se ha casado Clarita, la per- 
la del barrio, la guapa morena de ojos ne- 
gros y talle cimbrador. Ayer todavía era 
una chiquitína que, con la almohadilla bajo 
el brazo, salía para la amiga en puntito de 
las ocho. 

Pálida, enclenque, enfermiza, tristemen- 
te traviesa y vivaracha, no prometía larga 
vida. Puedo decir que la he ;visto. cr-cd^. 
¡Quince años! Tres lustros pasados coma i 
un sc^lo. ... i Y qué bien lograditosl La ■ 
que hace poco tiempo parecía; delicada y dé- 
bil, es hoy una real mozaj una nuichacba ea» 
cantadora ^n todo ¡el .esplendor. de; la bef- 
lleza primaveral.» • ;> ■' >fo^::í t;t B??r.d síj 

El novio es un talabartfro, (Je rostfo f rai^-?/ 
co, mirada sincera y regiüar estatura. Vis» 
te por lo común de chafro :: pantaJi^a ce9Í4a - 
y chaquetilla galana, y gast^i ia« -^ji|í)r€;f<»- . 
de felpa negra, "á. Jo P€>nciaíK>,"-muy bi^ . . 
revirado y calado cpn singuJ3,r - ¡desgaire. .„ . 
Hoy íwida de ataque : pantalón. iii§gro y ae^ 
cho, corbata- azul y saqqito. «i^a#). < ;l4i« I ; 
novia fué á la igl^§i?L y«sti!4a 4e .Wfm(K>» <í«P - 
largo v^lo y corona 4^ ^f|^ar^,:y^y^>gUefer>t 
pa.-y r^guapal; . . -- lur.;-.- -vj .v>-:-.'U- 

j Po]>fe,,c.hica¿rM^ digna ^^.tp4^ií^t«íp 
por la }^acend$¿a j^ri^^bajador^ «>r¿¡ :'5*s¡,'.;j 
dreerá un artesano irit^igentejt int^ige^" 
tísimp, hábil en su oficio como pochos, y que , 



gozaba de gran crédito. Cuentan que tu- 
vo sus épocas de prosperidad y dl^sahogo ; 
pero en los últimos años de su.vida scsvió 
en la más espantosa miseria, 'r. 

El pobre hombre echaba sus "zarambe- 
cos" y de "mona" en "mona," de "turca" en : 
"turca," de "jurria" en "jurría"yde"zumba ■ 
en "zumba," llegó á ser en pocos años un 
ebrio asqueroso y repugnante. ¡Adiós taller! 
¡Adiós parroquia! ¡Adiós crédito y como- . 
didades ! Vendió cuanto tenía : ropas, mue- 
bles, herramientas y qufthi ayer no carecía 
de nada y hasta se tenía guardados en la 
cómoda algunos cientos de duros, andaba , 
muerto de hambre, cayendo y levanta,ndo, 
de tienda en tienda, de "changarro" en ■ 
"changarro," mientras su mujer y sus hi- 
jos estaban á un pan pedir. Dos hijos que • 
bien merecían otra suerte, Clarita — la que 
hoy se ha casado — y Antoñito, un desgra- 
ciado niño corcovado y contrahecho, picareis- 
y malicioso como un diablo, con una gata 
sarcástica y burlona que alejan de cuan- 
tos le miran todo sentimiento de compa- 
sión. 

Seis ó siete años bregaron con la mise- 
ria. Doña Marcelina — la madre — ^al ver 
los desórdenes de su marido, se puso al tra- 
bajo, y con tal empeño, que á poco tuvo fa- 
ina elcliocol ate hecho por sus manos ó mpr 
lido bajo su direccióp. Antiguas amistades* . 
viejos conocimientos entre familias ricas y 
especieros del buen comercio le valieron, 



i6 



y en tanto que su desdichado marido co- 
rría sus "prándig^s" con otros de la misma 
calaña, gastándose á las veces lo que Mar- 
celina ganaba, Clarita iba á la escuela de la 
Sociedad Católica, y el jorobadito, que no 
sacaba buey de barranco, recibía cada tun- 
da de su maestro, que Dios tocaba á jui- 
cio. 

Por fin quiso Dios llevarse al borracho, 
quien muy contrito y bien dispuesto, em- 
prendió el gran viaje y se fué á descansar 
á la ciudad de Canillas, dejando en paz á su 
mujer y á los "hijos de su alma," que ya 
no podían con él, y que — digámoslo bajito 
— casi casi se alegraron de verle tendido en- 
tre cuarto velas. Le lloraron, sí, le lloraron 
con abundantes lágrimas; pero la verdad 
es que para ellos el fallecimiento de don 
Crispín fué el principio de una era de feli- 
cidad y bienestar. Cesaron 'as penas y los 
disgustos, acabaron las ríñasí y las penden- 
cias nocturnas, y no hubo ya palizas' y 
reveses. r/v; v> ♦^•.[ ..■ 

Marcelina pudo ahorrar algunos reales, y 
Clara tuvo vestidos domingueros, y el cor- 
covadito una peseta cada domingo para ir 
á los toros. 1'^ 

Creció la muchachita, espigd que era una 
gloria el verla, y suaves tintas de rosa, tiñe- 
rcwí sus mejillas. Vistiéronla dé fárgo, la sa- 
carím dé t» ami|[ia, y la buena madre contó 
con ella para el trabajo. No la púsó al me- 
tate, ni al comal, ni al tablilleo ; Clara tomó 



.•■^J.. 



17- ■-■ .íi-^ :' 

á su cargo el gobieri>a de la casai la cocina, ^^ 
ellavadero y la aguj^» y Jas pobres gentes.-) 
se arralaron de tal mpdo, que pronto go-.- 1 
zaron de una tranquila :felÍGÍ4;;id. Trabaja^ t 
ban, sí, de diario^ pero sin disgustos ni pe^ ;^ 
ñas, alegremente, como si el chocolate fuer- ^ 
ra á darks, á la fin y á la postre^ crecido é : 
inagotable capital^ . 

El muchachor aprendió á i encuadernador, ^ 
y como era listo y buscavidas, y sabía con- 
graciarse con los patrones, no le faltaban 
cada sábado sus cuatro ó cinco dure». 

Marcelina, antes flaca y amojaniada, dijo .,/ 
á echar carnes y se pu«o tamaña de gorda, .¿ 
que parecía que. nunca había tenido penas . 
ni cuidados y.que se la pasaba mano so-r , 
bre mano. 

Pero entonces, — porque no ha de ha- , 
ber felicidad completa — otros disgi^os vi-U. 
nieron á turbar su dicha: los qui? íe causa^ 
ban ciertos amartelados que no^ dejaban á.,< 
Clara ni á sol ni á -sonibra. Primero uu-k 
estudiante del Preparatorio, relamido y ele-' 3 
gantón, de on4as en la fraite y cuellos al-,^. 
tisimos, un sietemesino callejera qu^ pinta-.q 
ba unas águilas en la esquina que i VÍrgeiir|y 
Santa 1 aquello era un escándalo. t)e la n»-r 
ñan¡a; á la noche ahí estaba, con el- lifiro . 
bajo el brazo y en la boca tremendo puro,,; 
acechando á la chica y, requebrando descaer,,., 
radamente á cuantas he^braa pasaban jupr^^ 
to á éL Luego un dependiente de "14:.. 
Vizcaína," un gachupín, adusto al parecer,.^., 






i8 

pero en realidad sobrado alegre, que noche 
con noche subía y bajaba en busca de Cla- 
ra: Efa seguida un empleaditc de la Recep- 
toría, serio, apacible, mátalas callando, que, 
sin que nadie se diera cátá de ello, hizo lle- 
gair á manos de la niña una epístola minús- 
cula^ expresiva y apasionada. A ninguno 
de éstos correspondió Clarita, ni con una 
mirada, y uno por uno fueron todos dejan- 
do el campo. 

El colegial y el gachupín riñeron una 
noche. Hubo garitos, temos, y sapos y cu- 
lebras, salieron á tomar aire las pistolas, se 
armó la de Dios es Cristo, vino el gendar- 
me del planto, y los Amadises fueron á pa- 
rar á la de cüadfitos, de donde no salieron 
hasta después de pagar á razón de cinco du- 
ros por cabeza, sin contar el treinta por 
ciento federal. 

El escribientillo se fué en busca de aven- 
turas á mejor barrio, no sin oír antes de 
doña Marcelina, todo un sermón terrífico. 
Díjole su merecido, el huevo y quien ío 

puso, por desmandado y atrevido, y la 

paí, una paz octaviana, volvió á reinar en la 
chocolatería. 

Clara era una buena muchacha. Jamás 
contradijo á Marcelina, nunca le ocultó que 
éste y aquel le paseaban la calle y le hacían 
cucamonas, y las cosas iban á pedir de 
boca. Pero — ¡fué preciso! — la chica no 
quería quedarse para vestir santos, y un día,, 
cuando nadie se lo esperaba, declaró que 
tenía novio. 



19 - 

' — Pero ¿ quién es, hija ? — ^preguntó asom- 
brada Marcelina. > fí ... •' i • 

—Miguel. ^ \:' *í \uj¿0ii 

— ¿Qué Miguel? -^ 

— El que trabajaba en casa de los Pérez 
y que ahora tiene su talaibartería aquí a la 
vuelta -^ 

— ¿Ese? 

— ¡ Ese ! — exclamó la muchacha. — ¡ Y á 
ese sí lo quiero! 

— Pero, hija, ¿qué le has visto? ; 

— ¡ Pues nada ! Que es bien parecido, y j 

buen muchacho y trabajador, y que 

por eso anda siempre muy bien plantado, y , 
que — agjegó toda encendida — me quiere y ^ 
lo quiero ! Y mañana vendrá el señor cura , 
á pedirme y se lo digo á usted para que no . \ 
le coja de sorpresa 

— ¡ Pues bonito ! ¡ Bonito ! j Así de golpe y 
zumbido ! 

Y Marcelina se echó á llorar, á llorar co- ^ 
mo una Magdalena. Pero Garita la acari- ' 
ció, la mimó, le rogó, le suplicó, por cuan- 
to más quería, que la perdonara y tres ^. 

días dr ¿pues, un domingo, las vecinas que *; 
fueron á misa de doce, llegaron diciendo í.;,,"! 

— ¿ Sabe usté, comadre ? 

— -¿ Qué cosa ? 

—Que hora sí beberemos el chocolate, 
porque Clara, la hija de la vecina, se va á . 
casar con Miguel .... ya comenzaron á ro- 
dar. 

— ¡Vayal ¡Con razón yo los vi anoche 



¿ó 



tan apareados en la puerta ! Pues que se ca- 
sen, hijita, que se casen, ¡Dios los ayude! 
¡ Que se casen, que más padeció Cristo por 
nosotros! 



Y se casaron hoy. Las buenas gentes. es* 
tan de fiesta; y de fijo, esta noche habrá 
baile hasta que salga el sol. 

Doña Marcelina está triste, llorosa, ape- 
nada/ pero comprende que el muchacho es 
bueno, y que la Garita de su alma va bien, 
muy bien, mejor que con el estudiante y 
que con cualquiera de los otros pretendien- 
tes. 

Ella se quedará en su casa, seguirá con 
su chocolate, y los casados se iráh á' la ,su^ 
ya, que los casados casa quieren. 

Pero Clara no olvidará nunca que allí, en 
esa casa que tengo enfrente, pasó días muy 
amargos y angustiosos, y otros muchos de 
alegfré y risueña felicidad ; vendrá frecuente- 
mente á ver á su buena y cariñosa madfé y 
al pobre corcovadito, y dentro de alga;ios 
meses, á más tardar de aquí á un aíía, la 
chocolatera será saludada por las vecinas 
en estos términos : 

— ¡ Con que ya ! ¡Ni parte que da usté, ^ 
vecina ! ¡ Con que ya tiene usté uu nieto ! 



f- 



21 



— ¡Ya hija, por la misericordia de Diost 
— contestará la abuela llena de alegp-ía — 
¡ Y sin novedad ! 

— Pues allá le llevamos su alhucema, ve- 
cina, para que se zahume usté y se le mue- 
ran los "pepeyotes !" 







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AMISTAD. 



Á PANCHO ARIZA. 



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Entramos. El salón estaba casi obscuro. 
Gentes y cosas le robaban la luz meridia- 
na, y el humo de los cigarros lo velaba ;to- 
do ; todo aparecía como á través de uns^^a- 
sa, tenue aquí, espesa allá, que todo lo, en- 
volvía y que por doquiera extendía sus .plie- 
gues azulosos. Daba náuseas el. aire .viciado 
de la cantina, la fetidez que lastimaba los 
más fuertes estómagos y» en Jai cual se; mez- 
claban hedores de gástricos despojos, ajüen- 
tos de borracho, olor de tabaco. jtnalo,. aro- 
mas de ajenjo, de cog^nac y ,de bitter,.,tufo 
de salazones, y agradable perfume. de. fre- 
sas recién cortadas y de naraiijas tempra- 
neras. 

Casi todas las mesas estaban oqupada^; 
sólo una, allá en el fondo, limpia y escue- 
ta, parecía esperar á los parroquianos 4ami- 
gos suyos, ó á pacíficos transeúntes, que .en- 
traban en la cantina más por buscar asien- 
to que por tomar una copa. 

Delgado,— 4 



26 

Adentro, ir y venir de criados; los canti- 
neros que servían atareados á los mar-, 
chantes, mientras en inquieto rumoroso 
hormigueo, en parejas ó en grupos, los co- 
rredores de minas — los "coyoteSj" como los 
ha llamado el pueblo — redondeaban y afir- 
maban una operación, ponderando las ex- 
celencias de tal ó cual papel en alza, char- 
lando del porvenir de esta ó de la otra mina, 
y tratando de engañarse mutuamente, agu- 
zaban el ingenio y apuraban los recursos 
supremos del oficio para decidir á un tímido 
ó atemorizar á un valiente. 

Afuera la corriente constante de carrua- 
jes y trenes suntuosos ; coches de alquiler ; 
ciclistas que iban como saetas disparadas 
por mano poderosa ; lagartijos atildados que 
paseaban luciendo su lindísima estampa; 
busconcillas guapas que se lucían en la g^an 
artería; mujeres hermosas, alardeando de 
su belleza y de sus lujos; ruido, bullicio, 
confusión, la triste y tormentosa alegría del 
"todo México" á la hora de la gran exhibi- 
ción diurna tn la célebre calle, — feria de 
vanidades, paraíso de bobos, perdición de 
mujeres, pudridero de corazones, corrup- 
ción de almas, y semillero de vicios. 

Tomamos un asiento en torno de la me- 
sa vacía, allá en el fondo de la sala. La me- 
sa contigua quedó libre. Los que en ella 
trataban misteriosamente de no sé qué 
préstamos á tipo subidísimo tomaron el 
portante. 



Nosotros, — mi compañero y yo,— hablá- 
■ bamos de bellas letras. Conversación que 
I allí producia singular contraste. ¡ Arte 1 i El 
' Arte al lado de la codicia, del interés, de la 
; maliciosa ambición, del medro capcioso, 
del agio repugnante ! 

Vino el criado, — un mocetón cuyos cabe- 
llos delatan al menos listo, que en aquel 
cuerpazo mal dispuesto, corre sangre líbica 
—y nos sirvió. A mí una copa de manzani- 
lla, el vino regocijado de las comarcas an- 
daluzas; á mi amigo un vaso de ajenjo, la 
perniciosa bebida, en la cual busca una ge- 
neración decadente el sentido estético, la 
inspiración epiléptica y neurótica, esa que 
hoy goza fueros de soberanía, talento. . . . . 
genio. 

Ante un bohemio que busca en la "musa 
verde" inspiración y numen, recuerdo al 
poeta : . . 

"Dietro d'un nuoyo lábaro 

Noi conquistiamo il ver,^ 

E distilatta nei lambichi Tanima, 

. ' Ecco sapiam quanto si yuoí di fosforo 

^,', Per fare un Alíghier/* 

y me digo: aígún día sabremos á cuántos 
litros de la verde bebida equivale Shakes- 
peare, y cuántas copas del opalino líquido 
bastan para producir un Cervantes. 
. Charlábamos gratamente. De pronto en- 
trón dos individuos. Era el uno, alta y fof- 



■28 

,. oído,, pasaba de los treinta años, y en su.tez 
marchita, y en. sus cabellos jque enipezaban 
á sniblanquecer, se leian muchas páginas /de 
SU: azarosa historia, muchos capítulos de 
una vida traída y llevada por las llanuras 
del placer y por los. penosos barrancos de 
.la pobreza. Por el aspecto, un cobrador de 
ck^ fuerte. 

_/31 otro era, un mozo de buen aspecto, 
ajtmque endeble y eirfermizo, correcta- 
mente vestido y de modales finos. En la 
manera de tomar asieáto y en el tono cor- 
tés con que llamó al criado, comprendimos 
que era persona bien nacida. 

— ¿ Qué toman ?-^preguntó el mancebo. 

—Una limonada — respondió ejt Jo- 
ven. / 

—¿Vusted? . ■ 

—i Tequila ! — dijo el otro. 

— ¡ No ; nada ! — interrumpió enérgica- 
mente su amigo. 

Entonces pudimos observar mejor á 
nuestros vecinos. 

El mayor era presa de febril agitación. 
Sus ojos' brillaban como dos ascuas. Cru- 
zó los brazos sobre la mesa y entre ellos 
ocultó el rostro, como rendido al peso de 
uña desgracia. 

Trajo él criado la limonada. Pero. el Jo- 
ven no se dio cuenta de ello. Se incjiaó, y 
algo dijo á su amjgo,,pero en vózMnayhB,- 
ja. Querrá convencerle, decidirle á tQmar 
vnia resolución. Se trataba "de algo muy 






grave. Uno se agitaba inquieto, desespera- 
de El otro trataba- de aparecer seré-" 

noj'peró estaba trémulo, y en'íus ojosne-' 
gróS} dulces de mirada y de' benévola e3t- 
preaión;' titilaba una lágrima. Insistía, tra- 
taba de serenar á su amigo, dé calmar aqi(&>- 
Ha alma combatida por hóirenda borrasca, 
y en la cuál centelleabain sepa Dk)s qué ra- 
yos de abominable tentación. Parecía ré- 
beldfeié todo consueld, á toda reflexión, re- 
nuente á toda calma. Sé obstíiíaba en no 
hablar, con- la torpe y fatal pertinacia de 
quien próximo á caer en un abismo recha- 
za la mano bondadosa qué acude á salvar- 
le - •• -UJ>i». •. •-. . ..• -■ '¡^'■"■■■ 

Aquí era la mano de un amigó, dé uit''' 
amigó' cariñoso, fiel, que ccdiéitdo á nobír ' 
lí simo afectó, seveía despreciado, y luchatfá: 
y Itjchábá'én vano pórdárluz á aqUélcefé- 
bro entenebrecido, y en levantar aquella 
alma á reglones serenas, apartándola dé' la 
deshonra^ del delito, dél crimen acaso. 

E*' uno imperaba la desesperación. Eh' 
el otro la angustia, la congoja. . . Por fin, 
algo dijo, con lo cuál venció la tenaz resis-. 
tentíia de su amigo. Incorppt-óse éste; y dé; ' 
modo violento sa<í6 del 'bótóHb tiíi revójvéf 
y lo arrojó sobi^e iá mesa.' 

Tomó el joven rápidameiite el arna bri- 
llantísíma^ y g^árdófeeíá con la mayor cauH 
tela, mientras su compañero, todavía éxcití 
tadói se mesaba el. cabéHó y se revolvía coi^ 
mo tigre irritado por su cadena. Abrió ía' 






3Ó 

cartera, sobre la cual apoyaba un codo, y 
tomando un fajo de billetes, los contó y los 
recontó tristemente, como si no pudiera 
convencerse de que no estaban completos. 

¿Qué le pasaba á ese hombre? ¿Era 
víctúna de la vergonzosa infidelidad de su 
esposa? ¿Aígún amigo había abusado de 
su confianza ? ¿ Se había arruinado en po^os 
minutos, en peligrosa operación de agio? 
¿IJabía jugado dmero ajeno, dinero confia- 
do á su honradez y á su buena fama ? 

Me pareció que ante aquel hombre ha- 
bía, estado de pie, envuelto en su largo y 
sangriento sudario, el fantasma aterrador 
del suicidio, llamándole, sonriéndole, pro- 
metiéndole el olvido, el descanso, la impu- 
nidad. ... La amistad, la santa amistad, hi- 
ja del cielo le había ahuyentado. Habló en 
voz baja el joven, recogió la cartera y los 
billetes, contólos uno á uno, agregó á ellos 
quince ó veinte que sacó del bolsillo, y aca- 
riciando el hombro de su compañero, dí]o- 

7^¡ Vamonos ! j E§tás salvado ! \ Si era lo 
más fácil 1. . . . Pero tú, sólo tú, que eres tan 
tenaz y necio, callabas y pallabas. , . ,; 7 . 

—Pero — murmuró el otro. 

- — ¿Elso? Ya veremos. . . Cuando pue- 
das. . . Mañana, cualquier día. . ó ¡nunca! 
¡ No hablemos de eso! ,. , ,.:,,.,; ^ j 

Y se fueron. El uno sonriente y satisfe- 
cho. El otro sereno y cabizbajo. 

Pasarán los días, los años y los meses; 



3í " ■'--'■'■■ 

dará vueltas el mundo, y acaso esi alma 
generosa, que hoy salvó de !a deshonra á 
un amigo ; que, á fuerza de ruegos y de ca- 
riñosa energía, le apartó del crimen, no ten- 
ga en caso semejante, ni quien le ame ni 
quien le consuele, y le .ileie de los abismos 
en que diariamente pe^e-en tantas almas 
nobles, dignas de mejor destino. Acaso 
cualquier día reciba como premio de esta 
buena acción, negra ingratitud, y con ella 
el insulto, el ultraje, ia hiula y el ridículo. 
Así suele suceder. ¡ Así sucede ! v 



ÍN 



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d^míiií.'ajii^ 



. . y 



AMPARO. 



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A ELIEZER ESPINOSA 



■v^fl'" "O '^Tr'TV-T.-^;aj|sfi-f. 



^•i£;, 




I. 



El padre muy honrado y trabajador, an- 
tiguo empleado de un ferrocarril, pereció, 
como tantos otros, en un descatrilamiento. 
La infeliz viuda, abandonada on extraña 
tierra, dolorida y delicada, buscó y halló 
trabajo en una fábrica de cigarros ; mas dé- 
bil por naturaleza no soportó mucho 
aquella tarea superior á sus fuerzas y se 
enfermó. La tisis, esa enfermeda:d de los 
pobres y de los miserables, le echó la ga- 
rra con tanta crueldad que pronto la in- 
feliz viuda, antes tan activa y diligente, co- 
menzó á languidecer de tal manera, que era 
cosa de milagro cómo se sostenía y aten- 
día á todo. 



Sin embargo, como podía, iba á la 



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brica. 

Después de aqUvilla nuir'.D.^ fiesj^rnrii, 
después de aquella horrible noche en que 



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36 



írÁii:^¿":-"T 



le entregaron el cadáver de su marido íes.- 
trozado por la locomotora y despedazado 
en el Hospital por los médicos, la viuda se 
gastó cuanto tenía. Pasados tres meses, la 
miseria y el hambre entraron en aquella ca- 
sa y tomaron posesión de ella. 

Él jornal era corto, hubiera sido fácil du- 
plicarlo, pero la viuda se veía obligada á 
trabajar poco. Las fuerzas le faltaban. La 
calentura y k)s sudores eran continuos. 

— ¡ Esto acabará en breve ! — decía triste- 
mente, cuando algunas compañeras le in- 
dicaban remedios. — No es la enfermedad 
lo que mata, es la tristeza. ¿Qué será de 

mi hija si yo me muero ? Yo pronto 

me he de morir. . . 

Vino la primavera, la estación de la vida, 
y la pobre enferma mejoró de salud ; alivio 
de algunos días que pasó como una nube 
desvanecida por el viento. • ; I 

A las cinco ya estaba en pié, preparando 
el desayuno ó vistiendo á la niña, poique al 
irse tenía que dejarla en casa de unas veci- 
nas, las cuales cuidaban de la chiquitína y 
la mandaban á la escuela. 

A las seis de la mañana, á la fábrica: á 
hacer cigarros ó á encajillar, hasta las sie- 
te de la noche que terminaba el trabajo, 
del cual salía abrumada de fatiga, teñi- 
das las manos de rojo por el papel verme- 
llonado que usaban para empaquetar. 

El regreso á la casa á la luz de los focos 
eléctricos, por las calles llenas de obreros 



^:^ 



■ 37 - 

que salían de sus talleres, tenía para la infe- 
liz cigarrera cierta meiancólica alegría. 
Hasta parecía que se olvidaba de sus pe- 
nas, ansiosa de ver á la niña que ya la es- 
peraba, muy contenta y cada día más bella, 
con esa encantadora belleza de las criaturas 
desgraciadas que llega al corazón como un 
suspiro de dolor. 

El mal seguía avanzando. La obrera de 
día en día estaba más delicada, sin apetito, 
con sudores y calentura todas las noches; 
pero el amor maternal vigorizaba aquel or- 
ganismo. A la vista de Amparo, la buena 
mujer se sentía sana y robusta, y hasta aca- 
riciaba la esperanza de recobrar la salud, 
de que vinieran mejores tiempos y de que 
Dios no le negaría una vida larga, muy 
larga, para ver á la chiquilla hecha una real 
moza, bueña y linda como una plata, casada 
con un hombre de bien, si no rico, por 
lo menos acomodado, á cuyo lado fuera 
feliz y dichosa. 

La niña se dormía, y la pobre mujer, 
quemada por la fiebre, sentábase á la ca- 
becera para velar el sueño de la chiquilla. 

Abatida, inerme, guardando el sueño de 
aquel angelito de negros cabellos, recorda- 
ba tiempos mejores, días de alegría y 
abundancia ; sus amores con el padre de 
Amparo ; la boda á la cual concurrieron mu- 
chas personas, tantos amigos que ahora no 
ponían ya los pies en aquella casa. Venci- 
da por el dolor se echaba á llcM-ar, quedito^ 



38 

muy qucdito, para no despertar á la pcquc- 
ñuela. ¿Qué suerte se le esperaba á la 
pobre niña, huérfana y sola? Confiada á 
extraños, recogida por alguna persona pia- 
dosa, al lado tal vez de gentes duras de 
corazón, la chiquilla sufriría desprecios y 
malos tratamientos, se enfermaría, mori- 
ría privada del calor y del cariño mater- 
nal. 

Bien sabía la obrera que estaba tísica, que 
su enfermedad era incurable, sin remedio; 
pero sus esperanzas, único tesoro de los 
desgraciados, la engañaban, y de rodillas 
daba gracias al cielo que le otorgaba, no 
por ella, sino por su hija, larga vida, una 
vida muy larga. Al fin, sudando á mares, 
se acostaba á media noche; no muy cer- 
ca de la niña porque como todos decían 
que la tisis es contagiosa, temía que se le 
pegara la enfermedad .... Y se dormía has- 
ta que los primeros ruidos matinales y la 
madrugadora luz, entrándose por las aber- 
turas de la puerta, la despertaban para ir 
al trabajo. i 

Entonces. . . . otra pena. Era necesario 
despertar á Amparo. Esta se resistía y se 
hacía un ovillo ; quería llorar, pero al fin, 
cediendo á los ruegos maternales, saltaba 
del lecho soñolienta y silenciosa. 

Llegó el otoño, el triste otoño, con sus 
nieblas, con sus días grises, con sus flores 
amarillas, con sus rosas pálidas. Los fres- 
nos del inmenso patio de la fábrica co- 



•.iífcv- 



39 ■ 

lueiizaiüii á soltar las hojas, y la enferma 
no fné al trabajo: tuvo que guardar cama. 
P\ieron á visitarla algunas compañeras, y, 
alarmadas, llevaron un médico. El facul- 
tativo declaró que aquello acabaria pron- 
to; recetó no sé qué cosas, puso al pie de 
la prescripción : "pauperrimus," ordenó que 
trajeran un sacerdote, y se despidió diciendo 
que ya no tenía que hacer. 

La enferma decía á la chiquilla. 

— Si me muero te haré mucha falta ; 
pero Dios velará por tí. Reza, hijita mía, 
reza para que la Virgen te ampare! Oye: 
allá en el cielo hay unos angelitos tan lin- 
dos como tú, unos angelitos de alas blancas 
que te cuidarán y vendrán á darte cuanto 
necesitas. Esos angelitos son los que cui- 
dan de las niñas buenas, sumisas y obedien- 
tes ; de las niñitas buenas como tú. La Vir- 
gen los tiene para que velen por ellas. 

¿ Verdad que serás buena ? Reza, reza 

Vamos : "Padre nuestro. ..." 

La chiquitína, sonriendo, repetía la divi- 
na plegaria. 

Vino el sacerdote. Fué preciso separar 
á Amparo. Al día siguiente, cuando la en- 
ferma se sentía mejor, en los momentos en 
que nadie se lo esperaba, la desdicha viuda, 
llena de dulces esperanzas, se durmió pa- 
ra siempre. ■ "^ 
. ■ ■ ^ -i, : ■ :¿ i;;r 



40 



II. 



Triste vida la suya entre aquella gente 
soez y grosera que la castigaba y la maltra- 
taba sin motivo. El marido llegaba ebrio 
todas las noches; la mujer le reprendía el 
vicio, y, de ordinario disputaban y reñían. 
La niña, temblando de miedo, se acurru- 
caba en la estera que le servía de lecho, se 
cubría fe cara con la manta y procuraba 
dormir. Chiquilla como era, trabajaba to- 
do el día. La infortunada no se quejaba de 
ello: era justo que de algún modo pagara 
el pan que comía ; pero que no la azota- 
ran, que no la golpearan ! . . , . ¡Si ella todo 
lo hacía bien y era obediente y buena! 

Ni juegos ni descanso. Era una criada 
que costaba poco, casi nada, y á la cual 
podían maltratar impunemente. No iba á 
la escuela. De buena gana hubiera ido, 
aunque la castigaran como á Lupita, la 
hija de la portera, que siempre volvía llo- 
rando de la amiga ! 

La mujer que recogió á Amparo — y, á 
decir la verdad con la mejor intención — 
se vanagloriaba de severa y dura, y se creía 
obligada de castigar á la chica por cualquie- 
ra cosa. 

— •; Así se hace ! — decía. — ¡ No fealdrá?^ 
una perezosa ! ¡ Los arbolitos desde chiqui- 
tos se enderezan ! 

Y por quítame allá esas pajas, por lo 



.<>- 

^á,. 



41 • - 

inás insignificante, por lo más mínimo, ha- 
bía golpes, azotes, injurias y malas pala- 
bras. La huerfanita huía é iba á refugiarse 
en su jergón, creyendo librarse allí de su 
verdugo. 

Una vez, volviendo de la compra, en una 
mano un cesto de carbón y en la otra un 
jarro de leche, tropezó y dejó caer el cacha- 
rro. El castigo fué duro y cruel; verdade- 
ra venganza. La mujer tomó el mango de 
la escoba y lo hizo pedazos en la espalda de 
la chica. 

Otra vez estaba Amparo en la puerta de 
la calle, y pasó un caballero que al ver á la 
niña afligida y llorosa, metió mano al bolsi- 
llo y le dio un duro. La inocente niña en- 
tró en la casa contentísima, pensando en 
confites y caramelos, y haciendo sonar la 
moneda. 

Dijeron que había robado, le quitaron el 
duro y la azotaron. 

— ¡ Embustera ! — gritaba la mujer al fus- 
tigarla. — ¿ Quién te ha de dar á tí ? 

La chiquilla corrió á su jergón y se arro- 
pó, mirando al cielo, en espera de que los 
angelitos de atas blancas vinieran á soco- 
rrerla. Ya se imaginaba cómo vendrían: 
en bandadas, en raudo vuelo, trayendo sen- 
dos canastillos de oro llenos de caramelos, 
de confites de mil colores, y de hermosas y 
brillantes monedas. 

Un día la pusieron á lavar una jaula, la 
jaula de un pajarillo cantador, el único ser 

Delgado. — 6 _ 



42 



V 



que eii aquella casa no era duro ni áspero 
con la niña, antes, por el contrario, la ale- 
graba y la divertía. Acababa la obra, 
cuando la huerfanita contenta y satisfe- 
cha, daba por terminada su tarea. Dios 
sabe cómo se abrió la puertecilla y el clarín 
emprendió el vuelo por el espacio azulado 
en busca de arboledas y bosques florecien- 
tes. . ; 

Amparo se estremecía espantada. 

— ¡ Cuando sepan lo que ha pasado — pen- 
só — me matarán ! 

Salió á la calle, sigilosamente, recatán- 
dose de su verdugo. Trémula, azorada, 
llenos de lágrimas los ojos, consideró el 
castigo que le estaba reservado, y presa de 
honda congoja, levantó al cielo su mirada, 
buscando á los angelitos de alas niveas. 

— Vendrán — se decía — vendrán .... Pe- 
ro ¿ por qué no vienen ? ¿ Estará muy lejos 
el cielo? Sí; vendrán trayendo al pajarillo 
fugitivo .... 

Esperó en vano; los angelitos no vinie- 
ron .... Entonces huyó, sin rumbo, por 
las calles más solitarias, lejos, muy lejos, 
asustada, recelosa, siempre mirando al cie- 
lo, siempre mirando las nubes, aquellas nu- 
bes inmóviles, como si fueran de mármol, 
que no se abrían, que no se abrían para 
dar paso á los alados protectores .... Y 
como si sus verdugos la siguieran, siguió 
corriendo, corriendo sin cansancio ni fatiga. 



-•iasvv 



43 



III. 



En barrio lejano, á la puerta de una ca- 
sa deshabitada, halláronla á media noche 
unos guardianes del orden público. Estaba 
sin conocimiento, ardiendo en calentura. 
La recogieron, y como nadie dio razón de 
sus padres, ni la conocía ninguno, la lleva- 
ron al Hospital. 

Allí murió días después. En el delirio 
de la fiebre, la infortunada criatura habla- 
ba de un clarín que se le había escapado; 
de angelitos de alas blancas que traían en 
ricas jaulas de oro pajarillos de mil colores ; 
de una legión de querubines que venían 
por ella. 

— j Delirios de chiquillos ! — murmuraba 
el médico. 

— j Cosas de enfermos ! — repetía la en- 
fermera. 




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En Legítima Defensa. 



AL SR Lie. DOxN SILVESTRE MORENO. 

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i-y 



— ¡ Buenas tardes ! — dije, y detuve mi ala- 
zán delante del portalón. Nadie contestó. 
Volvi la vista por todos lados y descubrí 
á un chicuelo casi desnudo que corría asus- 
tado hacia el jacal vecino. , 

— i Buenas tardes ! — repetí. 

— ¡ Téngalas usted, señor ! — contestóme 
entonces el anciano desde el interior de la 
casa, una casa de madera, nueva, bien dis- 
puesta y cómoda. 

— ¡ Apéese del caballo ! ¡ Y vaya si está 
bonito el animal! — prosiguió examinando 
atentamente mi caballería. 

Obedecí al buen campesino, y eché pie á 
tierra. 

— ¡Tomás! — gritó con acento imperio- 
so, revelador de un carácter enérgico y de 
un hombre acostumbrado á mandar y á 
ser obedecido. 



.>.-• ":•'''< 



48 



Acudió un mancebo. 

— ¡ Toma ese caballo, y paséalo 1 

Y volviéndose á mí: 

— ¿ Sigue usté el viaje ó pasa usté la no- 
che en esta pobre casa? 

— Pernoctaré aquí. 

— ¡ Ah ! — me contestó. — Pues entonces 
que desensillen ! ¡ Pase usté ! [ 

Entré. 

— ¡Tome usté asiento! — díjome con rús- 
tica afabilidad. — Aquí, afuera, que hace mu- 
cho calor. 

Estamos en mayo y no ha caído ni una 
gota de agua ; los pastos están secos, el ca- 
fé no florea todavía, y por todas partes se 
está muriendo el ganado! 

— ¿Y á usted qué tal le ha ido? 

— ¿A mí? — repuso, arrimando un tabu- 
rete de cedro, toscamente labrado. — ¡ Gra- 
cias á Dios, bien ! Tengo monte y agua 
por todas partes. ¿No oye usté el río? 
¡ Aquí no falta el agua ! 

Y sentándose á mi lado principió á te- 
jer una conversación tan sencilla como in- 
teresante, acerca de sus" faenas agrícolas, 
de sus ganados, de su trapiche, de lo que 
prometían sus cafetales, si Dios mandaba 
dos ó tres aguaceritos sobre aquellos cam- 
pos. : . ; I 

Mientras le oía yo él fumaba su puro, un 
puro grueso, de tabaco cosechado allí, y 
cuyo humo azul perfumaba gratamente el 
portalón. Yo examinaba al labriego. Ros- 



tro de lineas duras, escaso de barba, muy ./ 

expresivo y franco. Era rico el buen hom- 
bre y vestia como cualquiera de sus peones : 
zapatos de vaqueta amplios y de suelas do- 
bles ; pantalón de dril y blusa de franela 
azul. Era de cuerpo robusto y de muscu- 
latura recia. 

— ¿Quiere usté tomar algo? — me dijo de 
repente. — Cerveza, vino, aguardiente añejo 
de la casa ? ¡ Vea usté que lo tengo muy 
bueno! ¡Tiene fama! Los amigos de Vi- 
llaverde y de Pluviosilla siempre lo cele- 
bran, y se lo beben .... que es un g^s- 
to! Espéreme usté. 

Y entró en la casa. - - .^ 

En tanto contemplaba yo el paisaje, y 
examinaba el sitio. Allí, tal vez en el lu- 
gar en que yo estaba sentado, acaeció el 
suceso. 

Caía la tarde, y el sol se hundía detrás 
de la cordillera, dejando ver el nevado pico 
del Citlaltépetl. El calor era horroroso, so- 
focante. Olía á hierba recién segada y 
marchita por el sol, y ni el más leve soplo 
de viento movía las altas copas de los po- 
chotes, el follaje de los tamarindos y los 
gráciles flabelos de las palmas. Desde aque- 
lla altura se domina la llanura en dos ó tres 
leguas ; pero la calina apenas dejaba ver, 
á través de sus velos, los ranchos lejanos, 
los terrenos rojizos, la espesura de bosques 
y cafetales, los campos zacarinos. Crasci- 
taban los tordos en lo alto de las palmas y 

DeJgado.^7 



5® 

en los mangueros de inmensa copa, y á lo 
lejos se oía el rumor del Albano, allí muy 
caudaloso y espumante, y el tomear de 
los vaqueros en la dehesa. 

Recordaba yo la dramática historia y me 
ocurrió oírla de labios del honrado labrie- 
go, dos veces protagonista en ella. Temí 
hacerle mal ; temí lastimar con el recuerdo 
de la sangrienta escena aquel hidalgo co- 
razón, aquella alma nobilísima, aquella hon- 
radez á toda prueba. Pero la tentación era 
irresistible. 

Volvió el anciano seguido de un mucha- 
cho, peón de labor sin duda, el cual traía 
en un plato blanco, de bordes ornados con 
floricones rojos, una copa vacía y un vaso 
de agua límpida, fresca, incitante. 

— No es agua del río — me dijo, destapan- 
do una botella panzuda — es de un manan- 
tial cercano. ¡ Agua muy fresca, señor ! 

Sirvió la copa de aguardiente — muy rico 
en verdad — se negó á beber conmigo, me 
ofreció un puro y se sentó á mi lado. ¡ 

Charlamos de mil cosas. El honrado 
labrador, habló, con muy buen juicio, de 
política y de religión; de agricultura, que 
era su tema favorito; de las gabelas que 
pesaban sobre los campiranos, como él de- 
cía, y, poco á poco, le llevé á referir y co- 
mentar sucesos de nuestras guerras civiles ; 
los horrores de ellas ; los perjuicios que oca- 
sionaron á propietarios y cosecheros ; los 
crímenes que en ellas se cometieron y que 



siempre quedaron impunes, y las mil des- 
gracias que causaron. 

Habíamos llegado al punto que yo desea- 
ba. Obscurecía. Un vientecillo placente- 
ro, fresco y vivificante, mecía las copas de 
los árboles, trayendo aumentados y más 
intensos los rumores del río. Encendían 
luces en las habitaciones, y, á lo lejos, en las 
hondonadas y en las espesuras pobladas de 
cocuyos, fulguraban con rojiza llama las 
hogueras de las chozas. 

— i Ah, señor ! — suspiró penosa y doloro- 
samente el anciano. — Qué de cosas ! i sólo el 
poder de Dios pudo salvarnos ! Usté sabrá 
lo que á mí me pasó . . . . ¿ No ? . . . . 

— ¡ No ! — le respondí con un movimien- 
to de cabeza, pero sin disimular mi cu- 
riosidad. 

— ¿No? Pues va usté á oírlo, cómo fué, 
cómo lo cuenta un hombre honrado que 
no tiene de qué avergonzarse; que no ha 
dicho nunca, señor, nunca, una mentira; 
que en jamás la diría, ni para salvar su 
vida. Me duele la entraña cuando cuento 
esto; sí, me duele, pero me consuelo al 
contarlo, porque quiero que todos sepan 
cómo fué, cómo pasó, cómo estuvo todo, 
para que no me juzguen malo, perverso y 
criminal ...» 

No me dejó responderle y continuó: 

— Era en tiempo de la guerra esa que 
llamaron de los tres años. Yo he sido 
siempre un hombre bueno (aunque me to- 



'. -^-^V-T-.í^»^ T"**? 



5^ 

me la mano al decirlo, señor) ; bueno ; pe- 
cador, sí, porque ¿ quién es un santo ? j qué 
pocos ! — pecador á quien Dios perdonará, 
pero, créalo usté, honrado, laborioso, aman- 
te de la familia, como fueron mis padres. 
Pregunte usté á quien quiera, á cuantos 
me conocen desde que era yo asi ... , 

El labriego tiró su puro y señaló con 
la mano la estatura de un niño, y prosi- 
guió: 

— ¡ Y todos le dirán que no miento ! ¡ No 
miento, señor! 

Estábamos en tiempo de guerra. Por 
aquí, por allá, por todas partes, pasaban 
las guerrillas. Como el camino real no 
está lejos y como por aquí hay caminos, 
que pocos conocen, para la Sierra y para 
Tierracaliente, no había semana que las 
partidas no vinieran, ya de unos, ya de 
otros. Yo atendía bien á todos. ... y con 
sacrificio, porque apenas, con un piquillo 
que heredé de mis padres, comenzaba yo á 
trabajar. Les daba lo que pedían : víveres, 
pasturas, caballos. ¡ Qué, señor, si no ha- 
bía caballo seguro ! Los mejorcitos los 
teníamos escondidos, allá, en el monte, por 
donde ve usté aquella luz que se mueve. Yo 
para avanzar un poquito pedí dinero pres- 
tado. ¡Me lo "dieron, con mi firma! Se 
acercaba el plazo y poco á poco fui reu- 
niendo el dinero, sin dejar de pagar las con- 
tribuciones y los préstamos extraordina- 
rios. De algunos me escapaba yo por es- 









53 

tar aquí, pero eran pocos. ¡ Por la mise- 
ricordia de Dios todo iba bien! El gana- 
dito engordaba que era una gloria verlo; 
las siembras se lograban, y aunque había 
que trabajar mucho, de sol á sol, algo se 
hacía. Con el dinero que me habían em- 
prestado compré este rancho, y era preci- 
so cumpHr el compromiso, que para eso es 
el honor, y, aunque me hubieran conside- 
rado, yo quería pagar, pagar, para no te- 
ner deudas, lo mesmo que para sostener 
mi palabra y conservar mi crédito. ¿No le 
parece á usté? Pues bien, una noche, 
á estas horas, como en este momento, en 
agosto, el viento de agosto, por más señas 
día de San Bernardo, estaba yo aiquí en la 
casa. Era sábado y tenía yo que rayar á 
la gente luego que acabaran el trabajo. Es- 
taba yo labrando entonces el llanito del Jí- 
caro, allá al pie del cerro de los Cristales.... 
(se llama así porque allí brota una agua 
muy limpia). Estaba yo aquí, en la casa. 
La casa no era como ahora. Era una ga- 
lera con techo de zacate. Aquí, de este la- 
do, estaba la tiendecita. ¡ Cuatro bote- 
llas, unas cuantas velas y un tercio de oco- 
te !.... I Ya usté sabe ! Más acá la sala ; de- 
trás el cuarto de los santos, el santocali, 
como dicen los rancheros ; la iglesia, como 
yo le decía; lueo^o el cuarto para dormir, 
y allá, al pie del jcbo, el jacal para el tle- 
ciiile. Sería como la oración. Acabábamos 



54 

I 

de encender las velas cuando PYancisco, 
el padre de ese muchacho que le cogió a 
usté el caballo, entró corriendo y me dijo 
azorado : 

— ¡ Ahí vienen ! I 

— ¿ Quiénes ? — pregunté. | 

— ¡ Los de la guerrilla ! 

¡Y se fué!.... Yo pensé en el dinero 
que tenía para el pago, y corrí á esconder- 
lo. Apenas tuve tiempo de echar las tres 
talegas en el barril del agua. El agua su- 
h\() hasta derramarse. Allí se escapó. Pa- 
recía que el barril estaba acabadito de lle- 
nar, y no pensaron que allí estuviera el di- 
nero. Ni se acercaron al barril que es- 
taba detrás del mostrador. Ellos no quc- 
rían agua ; j si acaso aguardiente ! . . . . ¡Y 
se lo di, se lo di, y dinero también ! Lle- 
garon. El jefe y su segundo eran conoci- 
dos, eran de San Cayetano, un pueblo de 
la Sierra. ¡Los traté bien, muy bien! Lo- 
di copas, pan, chocolate. Les ofrecí carne ; 
que matarían una ternera; pero no quisie- 
ron. Yo, haciendo paciencia, estuve con- 
versando con ellos. Vea usté, señor : ¡ eso 
de hablar con un borracho es de todos los 
diablos ! Ya estaban muy tomados, lo 
mesmo jefes que tropa (unos diez ó doce), 
cuando el segundo despachó á los solda- 
dos. Se quedaron ellos con el corneta. En- 
tonces el segundo, encarándose conmigo, 
me dijo : 

— ¡ Déme las armas ! 



— No tengo armas — contesté. — ¡ Ya se 
las llevaron los de la guerrilla del Sordo ! 

— ¡ Qué sordo ni qué sordo, viejo tal ! — 
me contestó. — ¡ Usté guarda (y me echó 
otro tal) las armas para los mochos ! 

Señor, yo tengo vergüenza; no me g^s- 
ta que me ofendan ni me atropellen, y se 
me subió la sangre á la cara . . . , j pero hi- 
ce paciencia ! ¡ Hice paciencia ! No porfia- 
ron para las armas. Entonces el corneta 
aijo: 

— ¡ Que dé el dinero, el dinero que tiene ! 
¡ El comandante nos dijo que lo tenía ! 

Lo sabían bien, porque dijo cuánto era: 
¡ tres mil pesos ! El soplo de algún peón, 
¡ vaya usté á saber ! Yo les contesté : 

— ¡ Hoy mandé el dinero ! ¡ Ya habrá lle- 
gado á Pluviosilla ! 

¡ Que yo lo tenía ! j Que nó ! ¡ Que sí I Yo 
se los habría dado, pero era mi honor el que 
estaba de por medio. ¡ Era mi crédito ! i Era 
el fruto de mucho trabajo, de mucho tra- 
bajo ! ¡ Mis tres cosechas ! Les dije : ¡ bus- 
quen! Buscaron de arriba á abajo. Cuan- 
do salieron de la casa, yo le di otra copa 
al jefe que se había quedado como cuidán- 
dome, y saqué del cajón el dinero de la 
raya: 

— i Tome usté, esto es lo que tengo ! 

Lo cogió. Pero el segundo, que era 
malo, habxó quedo con el jefe y entonces 
éste se echó sobre mí pistola en mano : 

— ¡ Ande, suelte el dinero Y me di- 
jo, me dijo algo de mi madre 



-' '^-'^■■'" 



56 

No pude más, no quise dejarme atre- 
pellar. ¡ Quién sabe lo que quedrían ha- 
cer conmigo ! Me hice á un lado, me aba- 
jé detrás del mostrador, me barrí, ya con la 
escopeta en la mano, apunté, disparé .... 
y el jefe, herido, se bamboleó y cayó ! 

La voz del anciano estaba trémula, pero 
en ella no había ni cólera ni remordimiento. 

Calmóse, se repuso, y continuó, al ver 
que yo nada respondía: 

— Cayó aquí, cerca de esa puerta. Allí es- 
taba el mostrador. Yo, al verle caer, huí por 
la otra puerta, gané el monte. . . y ¡ojos 
que te vieron ir ! 

Supe después que recogieron el cadáver 
y que se lo llevaron atravesado en una mu- 
la. Yo me presenté á la Autoridad. Estuve 
preso .... y, como todavía hay justicia en 
la tierra, me absolvieron, y salí libre! 

Iba yo á hablar. El buen viejo me inte- 
rrumpió, y me dijo : 

— ¿Otro trago? ' 

Y me sirvió otra copita de aguardiente. 

— Vea usté, — continuó, — maté en defen- 
sa propia, ¿no es verdad? Me querían qui- 
tar el producto de mi trabajo. Defendí mi 
honor y mi hacienda, mi crédito y mi fa- 
ma de hombre de bien. Me considero ino- 
cente .... i y soy inocente ! 

Aquella afirmación, en labios del honrado 
labriego, tenía una elocuencia abrumadora. 

— Pero, — agregó tristemente, — ¿qué va- 
lía ese dinero comparado con la vida de 
aquel hombre . . , cuya familia se vio de la 



>.-i>iV 



57 : /. / 

mañana á la noche sin jefe, sin apoyo, tal 
vez sin un pedazo de pan ? . . . ¡ Dios la ha- 
brá ayudado ! . . . . 

Acaso quiso decirme con esta frase lo 
que yo sabía ; que repetidas ocasiones lia- 
bía favorecido á aquella familia, ocultándo- 
se siempre, sin que sospecharan de dónde 
procedía el auxilio. 

— Esa familia quedó sin jefe, es cierto. 
La de usted pudo haber quedado sin el su- 
yo... 

—No. Yo no tenía entonces familia. 'Me 
casé diez años después. 

—¿Y es cierto que más tarde los hijos 
([uisicron tomar venganza? 

— ¡ Sí, señor ! Me sorprendieron aquí mis- 
mo, una noche. No pude, ó, más bien, no 
quise defenderme. Me amarraron, me insul- 
taron, me llevaron al monte y me quisie- 
ron fusilar. Yo me puse en manos de Dios... 
— ¿Y cómo se salvó usted? 
—Vea usté, yo creí que había llegado mi 
última hora, y me encomendé á Dios con 
toda mi alma. Y les dije: Yo maté al pa- 
dre de ustedes en defensa propia, en defen- 
sa de mis intereses, de mi nombre y de mi 
vida. Soy honrado, lo he sido siempre. No 
había odio entre nosotros ; yo no lo ofendí, 
él sí^ me ofendió ; yo no lo ataqué en su ca- 
sa, él sí ; yo no lo insulté, él sí me insultó. 
¡ Hagan ustedes lo que quieran de mí ! Yo 
me pongo en manos de Dios. La justicia de 
los hombres me ha absuelto y me ha dejado 

Odiado.— 8 






-^ «.^iif...^ 



5» 

libre. Si los hombres se equivocaron y soy 
culpable, dejen ustedes que Dios, que todo 
lo sabe, me castigue. 

— Y ¿ qué contestaron ? 

— Nada. ¡ Me dejaron amarrado y se fue- 
ron ! Después .... ¡ no los volví á ver ! Uno 
murió de vómito en Veracruz ; otro, en 
campaña, en tiempo de la Intervención 
francesa. 

— Debe usted estar tranquilo. 

— ¿ Tranquilo ? — exclamó tristemente. — 
Siempre. Nó ; á veces me siento abatido. 
Bien pude huir ; pude darles el dinero ; aca- 
so no querían matarme .... , 

— ¡ Y el insulto ! 

— ¿ El insulto ? ¡ Palabras de borracho ! . . 
Pero. ... ¡ Eh ! ¿ No vamos á cenar?. . . Ya 
tendrá usté gana .... Y con el añejito es- 
te. .. 

Levantóse ... y al levantarse miró hacia 
el extremo del portalón. ... 

— Vea usté. . . dicen que eso parecía un 
lago de sangre 

Había obscurecido completamente. El 
viento refrescante de la noche susurraba en 
el bosque. ¡ Qué de cocuyos en hierbajes y 
frondas ! ¡ Cuan solemne la voz del Albano 
en la augusta serenidad de aquella noche 
tropical, profusa de luceros ! I 

— Oiga usté, — díjome el labriego en to- 
no afable, — mientras nos ponen la cenita 
podemos rezar el rosario. Yo lo rezo todas 
las noche con mis mozos. ¡ Es un deber re- 
zar! ^: Quién no necesita de Dios? 



i^" 



^--fl^^aBta.*. 



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EL CABALLERANGO. 



A GILBERTO GALINDO 






.^¿^lÁiüMÉrflIk 



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■ ;4}i. 



— ¿Onde vas, herman? 

— Por áhi, hermano, al banco! * 

— Entra á encachártela; te la convido. 
Luego dices que yo nunca me abro, y ya 
lo ves, soy parejo. Ora tengo mis níque- 
les ... . j oye ! 

Y al decir esto, quien así discurría, se 
golpeaba suavemente el bolsillo del panta- 
lón, dejando oir el sonido argentino del di- 
nero. 

— Pero si el patrón me está aguardando 
y voy por el "Tordo." . 6 l'.raí 

— Ándale, entra; aquí está mi compadns- 
Tiburcio. Anoche la corrimos juntos y ahoy . 
venimos á rematarla. 

— A curártela, manito; luego se te echaf 
de ver que estás crudo. 

— Anda, dijo el primero, empujando i.á i 
su amigo, ¿de qué te la echas? _ ^¿ir 



^^: 



^ 



62 



r— s-Ya S9l«s* . . ., . idttke; pefo biciv píca- 

^" Y lentatrieñte, arfástrattdb tas pies de ün 
modo característico, y con ese bamboleo 
particular que tienen para caminar los ji- 
netes consuetudinarios, semejante al que 
adquieren los marineros con el compasado 
movimiento del inestable bajel, nuestros in- 
terlocutores bajaron el quicio de una puerta 
y entraron en la tienda. 

Esto pasaba en una de- las más concurri- 
das y de mejor parroquia, en la de "La Po- 
blanita," calle de la Angostura, centroide 
reunión de artesanos que hacen san-lunes, 
de garroteros en descanso, de operarios ce- 
santes y de corredores al por menor de mer- 
cancías y ppoductos nacionales. 
. í • — Compadre, ¿ de qué la toma ? 

— -Yo, compadre, lo mesmo... "vaca." 

— Ya lo oye, doña, dijo el que invitaba; 
mi compadre Tiburcio repite; para nos- 
otros ya sabe mi constelación : "beso" 

.... bien picadito. , 

La expendedora se apresura á servirlos. 
Ffente al compadre puso un gran vaso de 
fondo estrecho y ancha boca, lleno de ple- 
beyo "tepache" mezclado con rompope, y 
ante los afectuosos amigos otro mediano, 
rebosando cierto líquido fragante y de color 
de topacio^. >>n y.- 

—No, doña, dijo Tiburcio levantando los 
hombros con aire gitanesco y dando un 
paso atrás, ponga eso en dos copas; que 



aunque los vea así como los ve, sin levita, 
ni mi compadre ni este muchacho están her 
chos á tomarlo asi. 

De quienes asi hablaba Tiburcio, viejo 
garrotero que contaba ya tres "choques'' 
y quince "descarriladas," eran dos mance- 
bos de lo más escogido y selecto de la 
gente habilidosa que almohaza corceles, 
va en pos de médicos de clientela numero- 
sa, acompaña á señores y señoritos acau- 
dalados, y conquista gatas que es un pri- 
mor, por esas calles que diariamente ca- 
lienta con sus rayos de oro el rubicundo 
Febo ; un par de caballerizos ó mozos de 
espuela, como los nombraban nuestros 
castizos y ceremoniosos abuelos, ó mejor 
dicho "caballerangos," como los llamamos 
nosotros que, en nuestra ardiente y demo- 
crática brega, vamos al trote, si no es onc 
á escape, igualando clases y vulgarizando 
á maravilla la rica y decorosa lengua de 
Cervantes. 

El uno, que representaba 2I parecr. co- 
mo treinta años, aunque de fijo le faltaba 
para cumplirlos poco menos de un lustro, 
era gruesote, de tez quemada, de bigote 
negro é hirsuto, ancho de espaldas, muy 
estevado, vigoroso, atrevido y hasta inso- 
lente. Vestía de blanco: ceñida chaqueta, 
pantalón estrecho y rebelde chaleco, no 
muy niveos á causa de la tormenta de la 
víspera, corrida á media bolina por calles 
y callejas de los barrios extremos. Llevaba 



;^N ij^uijnfp^vpmi^^p^pi^d 



64 



al cuello chillona corbata, y con airecillo 
de bueno y rasgadote, tenía echado hacia 
atrás un sombrero gris, alón y muy usado, 
cuya copa piramidal, apabullada, parecía 
sujeta en el arranque con anchísima cinta 
atada en nudo plateresco de laberínticos 
y caprichosos enlaces, que, á decir verdad, 
se dejaba á la zaga esos moños tan cucos, 
que con sus lindas manos suelen hacer las 
damas para premiar en una corrida de Be- 
neficencia á nuestros aficionados prácti- 
cos del arte de Frascuelo. 

El otro era gentil y apuesto. Perfecta- 
mente conformado, de alta estatura y de 
cuerpo gallardo y escultural, lucía con do- 
nairosa naturalidad un traje que, dada su 
condición y clase, era, como las señoras 
acostumbran á decir, irreprochable. 

Elástico pantalón amarillo que ajustaba 
artísticamente las piernas aceradas y mus- 
culosas ; chaleco blanco é inmaculado, más 
dócil y sumiso que el de su compañero ; 
chaqueta bien cortada con ribetes de seda ; 
camisa de color con dibujos caprichosos ; 
corbata de tonos aristocráticos, acaso pren- 
da desechada por el amo y debida á su pró- 
diga largueza ; zapatos vaquerizos de sue- 
las gruesas, tacones bajos y prolongadas, 
agudas y encorvadas puntas ; y completan- 
do el todo, partes alícuotas de su elcsfan^íi 
genuina, una leontina de acero ennegrecida, 
y un rico jarano de felpa leonada, con galo- 
nes y calabrotes de seda á lo Ponciano, v 



decorado con descomunal toquilla de mons- 
truos esféricos remates. 

Así vestía; pero lo que había que ver y 
que observar, eran aquella cara simpática, 
de color trigueño, algo encendido; aquella 
nariz correcta, aquellos labios carnosos y 
sensuales, sombreados por un bozo picares- 
co, y sobre todo, aquellos ojos negros, ras- 
gados y despabilados, y aquellas cejas espe- 
sas y arqueadas, que eran sueño y tenta- 
ción eterna de más de una gata resabiosa, y 
de más de una niñera dengosa y ladina — el 
más seguro pasaporte para dominar en un 
baileeito con fueros y privilegios de legiti- 
ma soberanía, y el más eficaz elemento pa- 
ra sembrar la pingüe simiente de la discor- - 
día entre camareras y galopinas, y convertir 
una cocina en un verdadero congreso de di- 
putados independientes. Era, en fin, uri Lo- 
velace de la clase baja, limado en casa ri- 
ca, bien educado por el amo, cuyos ejem- 
plos son para el caballerango de enseñanza 
fructífera; en suma, un don Juan sin tizo- 
na y .. . vestido de charro. 

¿ Que más quería para imperar como un 
César en el corazoncito de tanta gente fe- 
lina, como carga rorros, pasea chiquillos y 
maneja escobas ? 

Pero dejemos á nuestros caballerangos 
que se la "encachen," como suelen decir en 
su jerga original ; dejémoslos fumar sendos 
puros y apurar sendos vasitos de "beso de 
novia," mixtela que, sea dicho entre parén- 



-í^^ 






66 

tesis, para mi gusto, no corresponde á su 
,po<?tico y dulcísimo nombre; dejémoslos 
un rato y tratemos de estudiar el tipo para 
j^i"ato recreo y provechosa enseñanza de to- 
dos, que bien se merece el caballerango que 
emborronemos en honor suyo unas cuan- 
tas cuartillas de papel. 



II 



Es el caDalIerango un artículo ae necesi- 
dad y de lujo. Desciende, por lo común, de 
mayorales ó vaqueros llegados á más, ó de 
artesanos en quienes el amor á la equita- 
ción echó tales y tan profundas raíces que 
llegó á ser herencia de sus hijos. 

De ordinario pasa los primeros años de 
la vida en un banco de herrar, manejando 
el pujavarfte y las tenazas y recibiendo co- 
ces de las bestias y regaños terribles del 
maestro, hasta que por favor de algún se- 
ñorito de aficiones hípicas, sale para ser- 
vir en una "casa grande," con el importan- 
te encargo de acicalar y poner guapos á 
los estimables moradores de la caballe- 
riJEa.' . I 

Durante esta época de sus primeros ser- 
vicios, en que deja, por decirlo así, el pelo 
4e la dehesa y se va puliendo y purificando, 
no tiene en casa de sus amos representa- 



ción ninguna ni título siquiera para ser 
nombrado, y como no sabe ni servir la me- 
sa, ni cepillar una levita, en todo el esca- 
lafón femenino de la casa, desde la aristo- 
crática señora y la gruñona ama de llaves, 
hasta la camarera malmodienta y la mari- 
tornes lenguaraz, todas le acusan de flojo 
y haragán. Pero ¡ ah ! de aquella larva des- 
preciable é incolora, como una mariposilla 
de su capullo, ha de salir, el mejor día, el 
bello y flamante ejerriplar que ya conocen 
mis lectores. 

Entonces todo cambia para él, y quien 
antes se llamaba Pedro ó Juan, á secas, es 
ya el "caballerango" y tiene un título pom- 
poso en la lista doméstica. Las criadas le 
miran con respeto, como que es ya merece- 
dor de las confianzas del amo; se le en- 
cargan delicadas misivas ; se le confían car- 
tas que deben ser entregadas en propia 
mano ; las tardes de corrida lleva á los ni- 
ños á los toros ; sale con las chiquillas de 
paseo, y, lo que es todavía más honroso 
para él, recibe la comisión de cobrar di- 
nero. Espera al amo cuando viene tarde, 
le acompaña si está de viaje, y casi todo 
el día se está en la puerta, de ocioso, sin 
que nadie le diga oxte ni moxte, á caza 
de cigarreras y fregatrices ó acechando á 
las trasteadoras más relamidas de la vecin- 
dad. 

No tiene día libre: á todas horas puede 
ser necesitado, y ni por nada ni por nadie, . 



68 



ni por su mismo amo, se le puede ocupar 
cuando dice que es hora de "ayatar" caba- 
llos ó de llenar pesebres. Frecuentemente 
dispone de las noches, y con tal que esté 
de vuelta muy de mañana, ninguno le res- 
ponde ni le llama al orden, lo cual es cau- 
sa de rencores y malas voluntades entre 
sus compañeros de servicio. Ni la misma 
señora de la casa goza del derecho de pre- 
guntarle dónde estaba, de dónde viene, por- 
que la "caballeriza," la "talabartería" ó el 
"banco de herrar," le dan al punto una 
respuesta que no tiene réplica. ¡ Son tan- 
tos sus quehaceres ! . . . . 

Si se le quiere sujetar no chista; pero á 
poco amenaza con dejar el servicio, y como 
cuida tan bien á los caballos y los tiene 
tan lustrosos como un manto de seda, no 
se le puede despedir; así vive, y á menos 
que no vaya á terminar sus días á las ór- 
denes de un cura de aldea, envejece y 
muere en la casa, amando y respetando á 
su amo que le mima, le viste y le con- 
siente, y llega á ser, á veces, por su fide- 
lidad y amor á los niños, á quienes enseña 
á cabalgar, una especie de ayo que de or- 
dinario saca muy buenos y aprovechados 
discípulos. 

Pero el tipo más interesante del ca- 
ballerango es el que sirve á jóvenes ricos 
y solteros ; éste es calavera, coleador y 
charro en toda la extensión de la palabra, 
enamorado y valentón. Es como el con- 



; :ííS3 



69 

íidente de su amo ; sabe todos sus secretos ; 
conoce todos sus líos ; anda en todos sus 
trapícheos; le guarda la espalda en todas 
sus aventuras, y participa de todas sus 
diversiones. 

Justo es decir que sabe pagar tanta be- 
nevolencia con un amor sin límites, con 
una admiración invencible. Todo lo de 
su amo es lo mejor: nadie monta mejores 
caballos que él ; nadie es más rumboso que 
su señor, ni más guapo, ni más valiente, ni 
más afortunado en amores, ni otro nin- 
guno tiene queridas más bonitas. Cuando 
estas riñas con su señor, suele acontecen 
que hereda la encomienda, y por lo menos, 
conserva la amistad. ¡ Gran fortuna que 
le permite conocer y chacotear con los in- 
dividuos más conocidos del género! Pero 
sucede, en ocasiones, que el señorito asienta 
la cabeza, entra en juicio, se enamora, se 
casa, y entonces el caballerango no se hace 
ni se acostumbra á la nueva vida. El 
amo, como todo neófito, se torna exigen- 
te, quiere poner en orden á su escudero, 
éste no acepta el yugo y . . . . se va ! 

Entonces, si no encuentra otro amo á 
su gusto, cosa difícil, se hace chalán ó se 
dedica al toreo (si tiene valor y dotes pa- 
ra ello), y llega á ser un picador de cartel 
de las "primeras Plazas de la República," 
conservando siempre en el fondo de su co- 
razón un cariño sincero para su amo. 

Si estas cosas no le entran, ni tiene vive- 



••■••— »^-»».»-í.«»»í- "■ ■■■"■■-— ^*~"*~ 



K 



70 



za para vender potros inútiles como potros 
de mejora, ni para ocultar los defectos de 
un caballo y dar con él un palo á los afi- 
cionados poco inteligentes, para en una 
hacienda, y si le gusta la vida aventurera 
del soldado, ó con los años no asienta la ca- 
beza, se engancha en la Gendarmería Ru- 
ral, endosa la blusa larguísima que recuer- 
da la camisa de fuerza de las casas de Orates, 
y se planta el jarano gris con las colosales 
letras bordadas de plata : E. V., que lo mis- 
mo pueden decir "es valiente," como rezan 
según el acuerdo del gobierno: "Estado 
de Veracruz." 

En esta carrera pierde sus hábitos de lu- 
jo y de pulcritud ; pero no olvida sus bue- 
nos tiempos, ni pierde la costumbre de cal- 
zar bien, ni se le acaba la afición á las 
hembras, y sigue, por esas calles de Dios, 
requebrando criadas, conquistando gatas y 
chuleando nodrizas. Esto cuando va fran- 
co, porque cuando va en armas se conten- 
ta con guiñarles el ojo, así, á la pasadita, 
con el aire de un César al frente de sus le- 
giones vencedoras. Tal es el caballerango. 






71 



III. 



Nuestros dos amigos tomaron ya sus 
copas. El uno se quedó con el cortitíádre. 
Tiburcio y continúa "encachándosela" yf 
departiendo confidencias dé amores y dé' 
aventuras, después de discutir con gráh ca- 
lor quién posee los mejores caballos de la 
ciudad, mientras el otro vuelve ya del l;)ah- 
co, montando en pelo un hermoso caballo 
tordo-rodado, fogoso, lleno de brío, dé ga- 
llardo y majestuoso "tranco." 

Vedle: ¡qué bien sentado que va! ¡Con 
qué elegancia y soltura deja caer las piernas 
escultóricas ! ¡ Con qué donaire lleva el som- 
brero jarano ! ¡ Con qué maestría gobierna 
el piafante corcel ! 

Las mujeres que pasan le miran con in- 
terés, los chicos le contemplan con la bo- 
ca abierta, y los inteligentes de la calle sa- 
len á la puerta para verle, en tanto que él, 
dueño de la situación, pasa orgulloso co- 
mo un rey. Al cruzar bajo los árboles, por 
frente á la tienda donde están sus amigos, 
ni siquiera se digna volver la cara para sa- 
ludarlo. Estos le ven pasar y dicen : 

— ¡ Ahí va ése ! ¡ De veras que es bueno «1 
"Tordo!" 

— ¡Y qué buen ginete lleva! 2 

El compadre Tiburcio se lo queda miran- 



72 

do con tal interés, que se le duernien los 
ojos; el otro sale á la puerta, se echa el 
sombrero hacia atrás, y bamboleándose, to- 
ca palmas y grita : 

— j Manuelito ! ¡ Manuelito ! ! 

¡ No te la eches ! Oye : si la "güera" se eno- 
ja con tu patrón, pártele .... yo sé lo que 
te digo! — Y completa el consejo con una 
ruidosa carcajada. ! 

Nuestro jinete, enrojecido por la indis- 
creción, saluda levantándose lentamente el 
sombrero, y sonriente y dichoso prosigue 
su camino triunfal. 



'.\- 




•:sr-' 



LA GATA. 



AL SR. DON MANUEL BLANC. 



i 



"J'V- 



Digtio de la pluma festiva del Curioso 
Parlante, del estilo profundo de Fortún y 
de los pinceles de Valeriano Bécquer, es el 
tipo que hoy ofrezco al buen humor de los 
lectores. 

Por desventura mía no tengo ni la verba 
salada de Mesonero, ni las tristes genialidad 
des de Zarco, ni el colorido delicado del 
infortunado pintor, para presentaros, como 
es debido, con todas sus gracias y donaires 
y su más y su menos, esta nueva especie 
del reino femenil que pollos tempraneros, 
lechuginos crónicos y solterones contuma- 
ces han clasificado entre los individuos de 
la raza felina. 

Hace tres lustros — y apelo para justificar 
mi dicho al testimonio de los pisaverdes de 
antaño — designábanle todos con el nortibre 
genérico de "garbancera ;" con el de "gar- 



'í*í 



bancerita" si era guapa y coqueta, con el 
de "garbancito" si muy joven y tímida, y 
con el de "garbanzo" si pasaba de los vein- 
tiocho agostos, era recia de carnes y po- 
co llevadera de bromas y chulees en es- 
quinas y mostradores. 

¿ Cuándo cambió de nombre ? No he po- 
dido averiguarlo, por más que he puesto á 
contribución el saber de muchos amigos 
míos, muy estudiosos y eruditos, y peritísi- 
mos en eso de Zoología .... doméstica. 

Pero "gata" ó "garbancera" — como os 
plazca llamarla — la servidora coquetuela y 
lista, que nos hace la cama, nos sirve la 
mesa y suele satisfacer nuestro apetito con 
los portentos de su talento culinario, es 
merecedora de un breve estudio por lo me- 
nos. 

Debo principiar por deciros que, aunque 
á veces admiro sus ojitos negros y chis- 
peantes y gozo con su ingenua alegría, si 
la veo ostentar en calles y espectáculos sus 
galas domingueras, y hasta llego á extasiar- 
me, de cuando en cuando, con sus pies 
aristocráticamente calzados, no me apasio- 
no por el género, y prefiero al plebeyo re- 
bozo, la española mantilla, y el suave per- 
fume de la Champaca de Lahor al aroma, 
delator de vulgar estirpe, de la Kananga 
del Japón. 

La "gata," por carácter y naturaleza, es 
á todos simpática, no sólo para el sexo feo, 
sino hasta para las señoritas que no pueden 



■Wr 

77- ■■;--f ;> ; f . 

menos que admirar su lindo palmito, sin 
polvos ni afeites, y tienen para ella cierta 
benevolencia compasiva. 

La ''gata" es de ordinario el complemen- 
to de una familia numerosa, quien le encar- 
ga por lo común del cuidado de los niños, 
y el factótum de la casa. No entran aquí 
las de mujeres celosas y rasca-rabias, donde 
una consorte fundadamente temerosa evita 
hasta la sombra del peligro). A ella, siem- 
pre dispuesta á salir á la calle, sin que la 
arredre la lluvia, ni la espanten las som- 
bras de la noche, se confían, con incalifica- 
ble ligereza, secretos encargos, delicadas 
misivas y compras que exigen malicia y 
buen humor, toda vez que hay que tratar 
con mercaderes expertos y muy amigos de 
vender en siete lo que vale cuatro. Nadie 
como ella para pedir muestras en las tiendas 
de ropa y prestar, en casos graves, oportu- 
nos servicios de tercería amorosa; para re- 
solver terribles conflictos provocados por 
una madre severa ó un padre intransigente 
y llevar á manos de gallardo doncel, perfu- 
mado y lacrimoso billete. 

Busquemos un tipo. 

Es alta, esbelta, de talle cimbrador que, 
provocando la censura diaria de gruñona 
cocinera, vive oprimido, del día á la noche, 
por estrecho y pretencioso corsé ; tiene ojos 
negros, rasgados y relampagueantes, tor- 
neada pierna y atrevido pie, el domingo 
ajustados por tirante media y gentil bolita 



4x:- 



.78 

de alto y encorvado tacón. Viste falda de 
lana con adornos de seda, de medios colo- 
res, como que, aunque poco á poco, ha 
sacado provecho de lo que oye á sus lindas 
y elegantes amas, en esas serias y graves 
discusiones, acaloradas y sin término, en 
que la costurera ó la modista llevan la voz 
ministerial y una mamá económica repre- 
senta la oposición, guardadora celosa de los 
fondos domésticos. Completa su vestido 
blanco saco de hilo con tiras bordadas, imi- 
tación, que hoy está en privanza entre la 
gente felina, de esa prenda que designan 
nuestras damas con el nombre de "mati- 
née.'' Rodea su cuello exiguo pañolito de 
vivos colores sujeto por modesto alfiler de 
relicario, en el cual, tras un vidrio, limpio 
como un diamante, ostenta su figura un 
personaje desconocido ó una rosa de Es- 
mirna pintada en papel, de esas que hoy 
amenizan con sus graciosos dibujos los 
aparadores atestados de bujerías ; pendien- 
tes de celuloide ; una cinta de raso azul que 
contiene suavemente los cabellos, los cua- 
les, cortados sobre las cejas en rizado fleco, 
prestan á su fresco rostro un aspecto de re- 
finada distinción ; boca graciosa ; ebúrneos 
dientes que no conocen polvillos ni opia- 
tas ; mejillas morenas con tintes de natural 
carmín, indicios de completa salud, y que, 
á la sombra de la espesa patilla, redoblan 
sus provocativos encantos ; esfumado bozo 
sobre el labio, y oportuno lunar que dupli- 



..¿f^;. 

<!>*<■ 



79 /•;. 

ca la expresiva malicia del atractivo ros- 
tro. 

Tan linda personita va envuelta en un re- 
bozo que si no conserva el perfume del te- 
lar, tiene el aroma de cedro del baúl en que 
permanece guardado seis días de la semana, 
durante los cuales vive su dueña consagra- 
da á la badila y á la escoba. 

Es de verla cuando va por esas calles, 
suelta de movimientos como gorrión de se- 
mentera, flexible de cintura y con andar 
precipitado; y es de admirarla cuando á-las 
tres de la tarde de un hermoso domingo, 
sale muy orgullosa con sus pespunteadas 
botitas, luciendo, al saltar el arroyo, la 
blancura incomparable de sus enaguas tie- 
sas y ruidosas, para ir en busca del amarte- 
lado zapatero, Ámadis invencible de la bel- 
dad felina, ó del talabarterito gallardo y 
vigoroso — de botines amarillos, blanco y 
estrecho pantalón, faja de grana, ceñida 
chaqueta de airosísimo corte, nivea cami- 
sa, corbata chillona y sombrero jarano de 
tremenda copa, ribeteado de galones de pla- 
ta y rodeado con escandalosa toquilla — que 
cerca le espera, ostentando sus atléticas for- 
n^as, en aptitud artística, con el sarape al 
hombro, último toque de su apolínea belle- 
za tardes y noches de los días festivos. 

Aquel galán desenfadado y barbilindo, 
dueño de aquel corazoncito lleno de aspira-^ 
clones y temores, es el bello ideal de la 
"gata" en los años felices en que apenas 



8o 



pretende sacar la planta fuera de su ola- ^ 
se, para entrar, por buen ó mal camino, en 
otra más elevada y más brillante. 
^ ■ Narrar el dulce idilio de esos amores, se- 
ria cosa nniy larga, y baste decir que prin- 
cipia en el hueco de un zaguán y tiene 
por teatro dominguero, como alguna esce- 
na del ''Don Juan" de Mozart, fresca y di- 
latada calle de árboles, en los confines al- 
pinos de la Alameda ó en el remoto calle- 
jón, á la luz espléndida de una tarde de 
verano, al eco de las tórtolas que zurean 
en sus nidos ó á la margen del rio que 
adormece á los amantes con el arrullo de 
las linfas parleras. El primer amor de la 
"gata," tierno y lleno de abnegación, es 
breve como todo lo bello, y muy raras ve- 
ces hace de la inquieta servidora la due- 
ña de un hogar que la pobreza honre y el 
trabajo embellezca; por lo común es des- 
graciado, porque un sinnúmero de peligros 
la arrastran y la desvían. 

Los grandes peligros de la "gata" po- 
dían simbolizarse en un mostrador ó en una 
levita. El tiroteo de frases galantes de hor- 
teras harto vivos ; el requiebro ineludible de 
boticarios y mercaderes de telas que des- 
piertan en la pobre muchacha locas espe- 
ranzas ; el tentador halago de flamante ves- 
tido ó de un calzado nuevo, y el incansa- 
ble acecho de señoritos y caballeros que 
en domicilios, banquetas y corrillos pro- 



8i jij 

caces la persigue y la hostiga, suelep d^ 
al traste con su recato y su virtud ; pero, np 
le faltan medios de defensa : tiene a su al- 
cance desde el mohín desdeñoso, hastftla 
frase burlona que parte medio á medio ; .des- 7 
de el revés bien dado á quien la violenta y 
la estruja, hasta lo que constituye la fuer- 
za de su debilidad y que es frecuentemen- 
te su tabla salvadora: la broma con Ja cual 
echa todo por tierra, y que es coiop el ^u-,, 
premo recurso de su estrategia. ;, . 

Conoce á todo el mundo y con todo$. tr^''A 
ta, llamándolos, sencillamente, con un..d<^ 
tamaño como una torre: Don í*edro, Dofi 
Darío, Don Manuel; salvo á sus íntiniíWiP 
á quienes les son simpáticos, á los c^^^ 
llama Manuel Ortiz, Antonio Valladares, 
y que son en los bailecitos vespert^ps p. 
nocturnos sus compañeros fieles y coa^tg^- 
tes para la mazurca melancólica, la 4iP^ . 
voluptuosa ó el valse arrebatado. ,. j:^/ 

En estos saraos de extraordinario regOr.. 
cijo para el pueblo felino, y en los ci^^es 
un salterio vibrante, un bajo soñolientp y 
una flauta lánguida, mecen duljcenje?^ a. 
la "gata" en sus sueños de señorita, se 4f- •, 
ja galantear como una dama de alto, copete,; • 
por el pollo taurófilo ó el escribientí|ÍQ.trp- , 
ñera que viste corto s^iquito de cjíeyipí.^ól. 
levitín inglés, y baila preso , en la mujr^íl^^ . 
de sus cuellos ; entonces no se , canjjl^jfljgfli,. . 
por la más bella de sus am^s, cnanjdp.cjpif 
aplauso unánime de la familia y admjír^g:^^ 

Delgado.^ii 



82 



sincera de toda una servidumbre boqui- 
abierta, sale para un baile de la Lonja á ser 
cortejada por el novio oficial. 

Allí la "gata" se da tonos de pulcra y 
bien parlada, y repite, venga ó no venga al 
caso, y como Dios la ayuda, cuanto en la 
casa donde sirve ha escuchado de las Fula- 
nitas ó de las Zutanitas : cuanto allí se dice 
de éste ó de aquel, descubriendo indiscreta- 
mente asuntos reservados á las arcanidades 
del hogar; allí bebe copitas de Cognac con 
Kerman, baila con frenesí, y fuma en cada 
enti'eacto. 

Cuando los humos del alcohol han in- 
vadido su cerebro, y siente adormecidos 
sus labios y no puede resistir á la terrible 
descarga de piropos que le asestan sus ad- 
miradores, en grato palique viene la in- 
timidad, la confidencia sigilosa, la revela- 
ción solemne, y principia la conquista pa- 
cífica. Entonces, al son de la pieza más 
en boga, suele el amante de su ama obtener 
sif eficaz mediación para reanudar la co- 
rrespondencia interrumpida por el veto de 
una respetable mamá ; entonces se averigua 
cuanto pasa en las casas, cuanto en ella se 
dice. Cuantas miserias en ella se sufren y 
cuántas abundancias allí se disfrutan. Des- 
dé ese punto de vista, la "gata" es un 
tefrlbie. enemigo doméstico ; pregonero in- 
canstable y revelador fidedigno. 

Ert ocasiones es confidente de la señorita, 
y, á decir verdad, se porta en todo con su- 



.3 ■ ^ ^^ 

ma discreción; trae, lleva y hasta se mues- 
tra desinteresada con el novio, rehusando^ 
con noble proceder, sus generosas dádivas. 

Tiene grandes defectos, pero no le faltan 
cualidades : con sus compañeras de casas 
menos opulentas se muestra enamorada de 
sus amos, ponderando su esplendidez á tro- 
che y moche ; en los apurillos secretos de 
las familias, sabe ir á una casa de empeño 
para que le presten sobre una alhaja valio- 
sa dando ella su nombre, lo que sus amos 
necesitan, y proceder con tales tinos, que 
casi siempre consigue doble cantidad de la 
que á otros diera el prestamista ; sirve mu- 
chas veces á sus amos, cuando vienen á me- 
nos ó corren malos vientos, con abnega- 
ción y cariño; trabaja sin interés y sirve 
para todo ; ama tiernamente á los niños que 
la recompensan ampliamente, guardándole 
el secreto de sus amores y de sus citas clan- 
destinas, y se muestra siempre prendada 
de la señorita que la tolera cuando falta, 
para utilizar sus servicios en caso necesa- 
rio. - 

Malhumorada y respondona, llena de re- 
tobos y de quejas, es causa frecuente de 
disgustos; llora si se le reprende con du- 
reza, pero todo le pasa como lluvia de pri- 
mavera ; y á la mañana siguiente barre re- 
gocijada las habitaciones, asomándose de 
cuando en cuando á la ventana y cantando 
entre dientes su danza favorita, recuerdo 
melancólico del último baile. 



■'"''ít'í'' 



^4 



Si anda por camino recto, puede alcanzar 
la dicha de ser esposa de un honrado ar- 
tesano; pero si da en preciarse de vestir 
bien, suele parar en perdición, bajando, por 
su desgracia, de peldaño en peldaño, todos 
los troníos de la escala social. 

Por lo común, aprende á vivir y acaba 
su vida santamente, asistiendo al sermón 
todos los domingos, y atendiendo pacien- 
temente durante toda la semana, con noble 
afecto, á un solterón malhumorado, lleno - 
de achaques y dolencias ; y la que antes de- . 
jaba el acomodo por los días de Semana 
Santa ó de Navidad para subir y bajar á 
su antojo, es hoy esclava resignada de su 
trabajo; y la que entonces, al sacar á los 
niños de paseo, se hacía acompañar por 
el novio, y traía y llevaba amorosos billetes, : 
al presente, agria y gruñona, y más celosa . 
de la moral que un cura decrépito, es can- . 
cerbero terrible para cuidar á sus compañe- 
ras jóvenes, manda en jefe á la servidum- 
bre, cuida eficazmente de los intereses de 
sus amos, y envejece y muere, siendo depo- : 
sitaría de todas sus confianzas. 

i Obra del tiempo que todo lo muda, to- 
do lo modifica y todo lo transforma! ;..,,-, = . 

"¡ Sic transit gloria mundi!" j. ii 



c<£s<'V 



;■' ,:-|. 



¡üTO .ROOOÜ! 



A EMILIO garcía- 






w^ 













. . , .Nunca he oido a los extranjeros invi- 
tar á Espafla para que deje sus CORRIDAS, 
sin pensar en la fábnla del Icón que se recor- 
taba las unas.— E QUINET. 

^ ,• ■ r- - . . , r I- 

, -^ - ... . -■, ■•^■^' 



I. 



W 



' Tíf. 



Ha terminado la corrida. . '^ 

Los músicos, fatigados y sin aliento, to- 
can los últimos compases de un aire anda- 
luz, á cuyos acordes festivos viene á mez- 
clarse, con cierta indecible alegría, el tinti- 
nante ruido de las muías encascabeladas 
que arrastran por la arena la palpitante 
res. 

El circo resuena con repetidos estrépito- 
sos aplausos, y á la fugitiva luz de un cre- 
púsculo primaveral y ardoroso, los diestros, 
envueltos en sus capas recamadas de oro, 
con el capitán al frente y seguidos de los 



•?% 







,Íbw; 



iiioíiós ^áSio^, atraviesan el coso, despi- 
diéndose de los espectadores con una sonri- 
sa por extremo amable. 

Clarean gradas y lumbreras de som- 
bra, y mientras aquí desmaya el entusiasmo 
y comienza el fastidio, por el opuesto lado 
aumenta el interés, y todo es movimiento, 
agitación y ansiedad. 

El vasto redondel ha quedado escueto; 
pero no bien sale la cuadrilla y se cierra la 
pesada puerta, cuando saltando la barrera ó 
deslizándose por los burladeros, como inva- 
sión de hormigas, desciende á las arenas 
una multitud de mozos y de chicos, en 
su mayor parte obreros, que pronto se 
aparecen en todas direcciones, disponiéndo- 
se para la lid. 

Es de ver aquel movible conjunto de 
arrojados mancebos y de jóvenes resueltos 
que buscan el peligro, sonrientes, placen- 
teros, con heroica sencillez. 

Allí, el tejedor pendenciero de atrabu- 
cadó pantalón y ceñidor purpúreo, de ate- 
zado rostro y cabellos rizados y relucien- 
tes; allí el futuro maestro de ebanistería, 
activo, gallardo, de apolínea estampa y ele- 
gante ropa, famoso en todo el barrio por 
sus aventuras amorosas y su valor proba- 
do; allí el horterilla aristocrático que 
aprendió en la Modelo la "eurística prosaica" 
y que asiste dos veces por semana á la Es- 
cuela de Adultos; allí el zurrador desarra- 
pado, especie de bactracio que vive aspiran- 



do las emanaciones pútridas de los estan- 
ques de una curtiduría, y con él, más se- 
reno, aunque menos entusiasta, el vasta- 
go mayor de un ranchero pesudo, con su 
blusa blanca y su engalonado sombrero, 
muy dolorido de pies por las botas nue- 
vas de piel naranjada ; y con ellos el remen- 
dón de mala catadura, huraño, malmodien- 
to, muy apropósito para carcelero de al- 
gún delfín desventurado, y el barrendero 
aguardentoso, con su embriaguez risueña; 
gran número de pilletes callejeros, andra- 
josos y sucios ; avisadores cetrinos que cal- 
zan idescriptibles zapatos, y son, por el 
vestido, un atentado perenne contra el pu- 
dor; granujas endiantrados en riña eterna 
con el peine ; aprendices de cerrajero, como 
en su cara lo acusa el tizne de la fragua; 
chicos impúberes, industriosos y listos, que 
entran de balde al espectáculo, llevando el 
zarzo y los estoques y que alardean de ha- 
berse tratado con Ponciano y hasta con el 
mismo Mazzantini ; en fin, la espuma y las 
heces de la clase baja, de esa clase de don- 
de suelen salir, lo mismo el revolucionario 
que llega á ser más tarde coronel y dipu- 
tado, que el obrero de singulares dotes; el 
cura infatigable de las regiones montaño- 
sas y el criminal monstruoso, en una pa- 
labra — que preciso es decirlo — todo un 
pueblo vigoroso, enérgico y valiente, que 
no sabe lo que es el miedo, que ama el peli- 
gro por lo que tiene de extraordinario y su- 

Del^ado.— 12 






90 



blime y por cuyas venas corre sangre apa- 
sionada y heroica, de castellanos hereda- 
da : sangre latina. 1 

Va cayendo la tarde : el sol se hunde con 
regia majestad en un antro de, fuego; sobre 
las cimas de los montes de Ocaso reposan, 
enervados* por el calor del día, enrojeci- 
dos cúmulos, y en lo alto del cielo, como en 
áureo piélago de oleaje violado, flotan nu- 
becillas voladoras de flecados bordes, leves 
y raudas, que parecen formar sobre la pla- 
za un toldo deslumbrante y magnífico. 

El incesante movimiento de aquella mul- 
titud desvanece y marea; van de aquí para 
allí; hablan, apostrofan á sus amigos que 
en el tendido quedan, y extendiendo man- 
tas, sarapes, capas de lidia desteñidas y des- 
garradas y multicolores joronguillos, salu- 
dan con aire de gladiadores á sus herma- 
nas, amigas y novias, y echándose atrás, 
con énfasis artístico y graciosa desfachatez 
el jarano afelpado, el apabullado fieltro ó 
el plebeyo sombrero de palma, cansados 
de una espera de cinco minutos, dirigen an- 
siosas miradas á la lumbrera presiden- 
cial. 

De pronto, el Regidor que preside — que 
suele ser un grande aficionado al toreo — 
y que procura complacer á sus represen- 
tados, vuelve el rostro indulgente y cariño- 
so, y con bélico estridor suena el clarín : 

— ¡ i atara ti ! 

Y cien y cien bocas, en grito unánime. 



9» 

potente, irresistible, tremendo, que tiene 
mucho de alarido salvaje y no poco de ex- 
clamación heroica, contestan, ensordecien- 
do el recinto y atronando el espacio : 

— i j ¡ Toroooooo ! !-! 

Todas las miradas se dirigen á la entra- 
da de los chiqueros : el torilero corre á su 
puesto, abre, y, subido en los travesanos 
de la puerta, aguarda con atención reli- 
giosa la siempre inesperada salida del cor- 
núpeta. La multitud tiene los ojos fijos 
en el obscuro callejón que semeja para los 
espectadores noveles cubil de hircanos ti- 
gres. Callan lumbreras y tendidos, y el 
pueblo lidiador que momentos antes reía, 
silbaba, y hasta parecía cantar, calla tam- 
bién. 



II. 

Es un bicho barroso, boyante, de libras 
y de pies; un toro de reserva. ¡Vamonos 
señor ! Y cómo ha entrado en el coso, agi- 
tando la cola, resoplando fuego y removien- 
do el polvo! Recto como una saeta em- 
biste contra el grupo central que se abre y 
dispersa para darle paso. 

La fiera cruza el redondel y remata en 
el fondo, buscando salida; se detiene en la 
valla; intenta saltar, y ensañada golpea el 
muro y bufa colérica y rabiosa. Momentos 
después toma por la izquierda y recorre dos 






92 

Ó tres veces el círculo, pugnando siempre 
por escapar de aquella turba desatentada 
que la hostiga y persigue. Gritos y silbi- 
dos la embravecen é irritan, la encienden y 
exasperan ; y ciega, sin tino, arremete aquí 
y allá contra aquellos, que la retan é insul- 
tan con insolentes apostrofes y frenético 
clamoreo, escapando luego de su furor con 
un salto oportuno ó una carrera tan rá- 
pida como grotesca. Pero todo es en va- 
no : la siguen, la rodean, se le plantan de- 
lante, citándola atrevidos, con resueltos 
ademanes, sin orden, sin reposo, sin arte, 
sin belleza, deseando cada uno — ¡vaya si 
es malo el gusto! — ser el preferido para el 
revolcón de la tarde. | 

Aquello da vértigos ; es el vuelo desen- 
frenado de la oda taurina; el ditirambo ro- 
mántico del valor, que impetuoso, ciego é 
irreparable, se arroja en el torbellino de 
aquella lid de terribles duplicados peli- 
gros. 

No busques en ella, viajero discretísimo, 
las donosuras y gentilezas del torero clásico 
que, siempre apuesto y en cualquier mo- 
mento lleno de gallardía, hace olvidar lo 
comprometido del lance con lo airoso de las 
actitudes y la gracia de los movimientos; 
ni el cumplimiento exacto de las reglas de 
un arte que no consiste sólo en evitar ries- 
gos y salvar peligros, sino en realizar á ca- 
da instante singulares bellezas : no, eso no 
encontrarás allí ; que no es eso lo que busca 



93 / 

el pueblo en este juego que viene á sef, 
tras la corrida correcta y formal, como el , 
saínete regocijado después de la grave y 
empingorotada tragedia ; pero sí podrás en- 
contrar en él — y me parece digno de tu ad- 
miración — un gran acopio de fuerza y de 
virilidad que aquí tiene desahogo y em- .; 
pleo; un alarde inconsciente de valor te- 
merario que fortalece el alma y vigoriza el ? 
cuerpo ; un pueblo altivo y bien templado, ¡ 
haciendo patentes los rasgos más interesan- j 
tes de su carácter : el denuedo y el arrojo. 
Perdida la esperanza de hallar salida, el 
toro, en cambio inesperado, vuelve al cen- .¡ 
tro de la plaza para triunfar de sus enemi- 
gos como el Horacio de la leyenda históri- 
ca. Con el testuz erguido, ostentando las ^ 
potentes astas, recortadas, sí, mas no por •, 
eso menos temibles, y bebiendo á grandes ¿ 
sorbos el aire caldeado del redondel, avan- ., 
za mugidor y terrífico, exhalando por la t 
nariz sanguinolenta los últimos alientos de 
su brío y las primeras quejas de su impo- .] 
tencia. Embiste furioso: caen á diestra y i 
siniestra un lidiador y otro lidiador ; y aquí 
es de ver cómo ruedan por tierra el remen- 
dón ebrio, cuyas piernas apenas puedien 
sostenerle ; el correcto artesanillo que se le- 
vanta hecho una lástima; el granuja que 
siente llegar su última hora, y sobre ellos 
pasa el bicho hozando cuerpos y bañándo- 
los con hálito de fuego. Levántanse las víc- 
timas rengas y maltrechas, mientras desde 



94 

los tendidos y lumbreras los espectadores, 
entre conmovidos y burlones, saludan á 
la fiera con estruendosos vítores. i 

Mas no bien se para el toro, cuando ya 
está cercado de nuevo por aquella multi- 
tud incansable é inquieta que la estrecha y 
oprime. Nada la detiene en su furor tau- 
rino y le echan á las astas mantas y som- 
breros, sarapes y jorongos, cuanto tie- 
nen á mano, para domeñarle y vencerle, y 
hasta le clavan traidora y alevosamente, por 
detrás, las banderillas inútiles que el capi- 
tán obsequioso y galante ha repartido entre 
los aficionados más entusiastas. 

Cálmase un tanto la acosada fiera y con 
desaliento que revela congoja, acaso con 
rabioso desdén, embiste y acomete, floja y 
desmayada, como para dar confianza á sus 
adversarios, disimulando que su energía de- 
cae, y, sin duda, deseando morir antes que 
recibir tales afrentas. Asido de la cola, no 
puede avanzar, y desesperado é imponente 
brama, y rebrama con angustioso afán. 
Imagínate, lector amable, á mío Cid, cerca- 
do de agarenos y reducido á limitado espa- 
cio, sin que Babieca le ayude, ni Colada le 
valga, y comprenderás la ira del orgullo- 
so rey de la pradera, "del noble hijo de la 
torada" que criado en la libre, ilímite de- 
hesa, bajo el inmenso cielo cuyos aires re- 
frescan y vigorizan, temido y respetado 
siempre, se ve, por vez primera, acorralado 
en estrecho recinto, insultado, vencido, es- 



95 ,. ' ■"■ - --i 

carnecido por tantos y tan implacables ene- 
migos que, merced al número, hacen alar- 
de de fuerza y de poder. 

Asido de la cola, pronto caen sobre su 
frente para derribarlo, y más que domeña- 
do, desmayado de rabia, rueda por tierra, 
maldiciendo á sus contrarios con un brami- 
do que parece sollozo. 

El pueblo ensoberbecido, grita y silba, 
palmotea y aclama, y se siente feliz. ¡ Ha 
triunfado ! 

El humillado rey de la llanura hace po- 
derosos esfuerzos para romper la red hu- 
mana que le envuelve y desasirse de sus 
insolentes vencedores ; pero todo es inú- 
til. 

Con los ojos centellantes é inyectados 
de sangre, tragando la espuma de su impo- 
nente rabia, yace en tierra, y quisiera mo- 
rir. 

Entre aquella turba de arrojados lidiado- 
res hay individuos de acreditada fama y de 
renombre popular. Nadie sabe su nombre, 
ni su oficio, ni si tienen casa ; se les ve úni- 
camente en las corridas, y los concurrentes 
los distinguen con un apodo apropiado á su 

figura ó á sus cualidades artísticas. 

Uno se llama el "Diablo;" otro el "Chan- 
go ;" éste "Culebra" .... aquel tiene un 
nombre bárbaro que acaso es, por licen- 
cia taurina, una contracción de su verda- 
dero apellido. 
¿ Ves, lector amigo, entre los que forman 



9^ 

aquel grupo, un joven alto, pálido, ojeroso, 
enj^to hasta la demacración, que con sim- 
pático desgaire y militares bríos, dirige los 
movimientos de la incansable turba, ese 
de blusa azul, muy aseado, y ágil? Ese 
es el "Diablo." 

¿Ves aquel otro, ancho de espaldas, de 
tez cobriza, de cabellos hirsutos y que 
cuando ríe parece un mono? Ese es el 
"Chango." Pues bien, uno de los dos ha de 
jinetear al toro. 

— ¡ Que le monte el Diablo ! — gritan en 
el tendido. 



— ¡ Nooo . . . . ! ¡ Nooooo . . . ! ¡ 



¡ Siiiii . . . . ! 

— ¡ Que nó ! ¡ Que sí ! ' 

Las opiniones se dividen ; pero como en 
ciertas luchas periodísticas, los partidarios 
del "Diablo," que están en mayoría, y gri- 
tan fuerte, son los que ganan. 

El solicitado jinete desea montar y sa- 
liendo del grupo hace más visible su "acre- 
ditada personalidad." ¡ Cómo no ha de ha- 
cerlo ! Manifestarse tímido ó esquivo sería 
tanto como echar en los fangos del arroyo 
su fama de valiente y ágil, conquistada en 
muchos domingos á fuerza de porrazos y 
revolcones; sería como deshonrar un apo- 
do que para su ilustre persona es como el 
alias en el torero de cartel: un título glo- 
rioso con que la fama atruena los ámbitos 
del mundo. 

§e dirige á la presidencia, se quita el 



.^ 



sombrero, y con rostro suplicante y risue- 
ño pide la venia. El señor Regidor parece 
poco dispuesto á concederla y en su edilicia 
cara se lee claramente, como un rotulón 
prohibitivo, que no quiere acceder á tan 
humilde súplica. 

El concurso grita desaforadamente. 

— ¡ Siiiií ! ¡ Siiiií ! ¡ Que lo monte ! ¡ Que lo 
monte ! • 

El señor Regidor, cuya popularidad co- 
rre peligro en aquel trance, y cuya presi- 
dencia aquella tarde ha sido tan acertada 
que no tiene que temer una próxima co- 
gida de los periódicos taurinos, vacila, du- 
da, y, después de consultar con los que le 
hacen compañía, cede, y con una inclina- 
ción de cabeza, majestuoso y cesáreo, dice 
que sí. . ■■'■^, 

Entonces el pueblo soberano, la gran en- 
tidad en cuyo nombre se decretan constitu- 
ciones, se convocan congresos y se aumen- 
tan los impuestos, aplaude con furia extra- 
ordinaria á su representante por tan genero- 
sa merced. 

En tanto los que retienen á la fiera van 
perdiendo fuerza y abandonando el puesto, 
no sin atraerse las burlas de los que con 
mayor atención siguen las peripecias de la 
lid, ni sin merecer de sus comp<^ñeros de. 
faena insultos y loas que suelen ser. causa dA 
muy serios disgustos. . *= 

En aquellos momentos la res hace acopio 
de fuerza, y con soberbio empuje se al- 



98 

za victoriosa. Acomete á cuantos la suje- 
tan y escarnecen, y postra en tierra, entre 
las carcajadas y agudos silbidos de la mul- 
titud, á sus poco antes envanecidos opreso- 
res. El pueblo tiene arranques de genero- 
sa equidad. Al principio celebró la ha- 
zaña del valeroso grupo ; ahora saluda con 
una salva de frenéticos aplausos el rudo 
desquite de la fiera. 

Difícil es volverla á sujuzgar ; pero no 
faltan oportunos auxilios : pronto entran en 
el coi^o un "charro," y tras éste otro que, 
aprestando la reata, acuden para acelerar 
la faena. 

Los "charros" son también aficionados ; 
asiduos concurrentes á los herraderos de 
las haciendas vecinas, donde se entregan 
sin freno al delirio vertiginoso de las "man- 
ganas" y las "colas." Charros de gran fa- 
cha y gran golpe, por mucho que no gocen 
de fama principal entre la verdadera gen- 
te de á caballo. 

Xi Bayardo en torneo, más altivo que 
ellos; montan bien y visten mejor: saben 
atraerse las miradas de las chicas más gua- 
pas del sol, y hasta provocan envidias y 
causan celos á más de un mancebo galan- 
teador v afortunado. 

Con la gracia natural (del. jinete mexica- 
no, apuestos y gentiles, entran haciendo 
escarcear el moro ó el tordillo, y sol- 
tando la reata la revolean por alto para 
enlazar la fiera. Tras dos ó tres lazos mal 



99 

dirigidos y bien silbados, logran derribar 
al bicho, sobre el cual se precipitan en tro- 
pel los del maltrecho grupo, más insolentes 
y enconados que nunca. 

Aqui principia afanosa lucha para poner 
el pretal ; trabajo prolongadísimo, porque 
todos lo estorban y retardan. Uno se po- 
ne á horcajadas sobre la res ; otro pretende 
pasar la cuerda por debajo ; éstos quieren 
ayudarle; aquellos lo impiden, y sobre el 
animal hay un cruzamiento de brazos y de 
manos, que parece que se les multiplican 
y aumentan de un modo maravilloso y sor- 
prendente. En tanto, el jinete recorre la 
barrera en solicitud de algo que no en- 
cuentra, de algo indispensable que los "cha- 
rros" espectadores no le quieren proporcio- 
nar: espuela^.. Por fin se las dan, y enton- 
ces verás á mi humilde hombre, lector cu- 
rioso, apretarse la faja, calarse el som- 
brero, y alistarse para dar principio y tér- 
mino á la hazaña. 

Ya nada fdlta: el "Diablo" se acerca, 
prueba la tirantez del pretal, la encuentra 
buena, y se retira á pocos pasos de distan- 
cia. Alli un lidiador oficioso y cansado le 
calza la espuela, con la misma seriedad y 
nobleza con que lo hicieran castellanas ó 
princesas con el. invencible Amadís. 
. Al fin se monta,, á medias, porque la pos- 
tura del toro sólo así lo permite ; se ajtis- 
ta el sombrero, se ase de la cuerda, le qui- 
tan los lazos que sujetan al bicho 



. — Ji rr^'.T'i-h.- 



lOO 



y . . . . ¡ upa ! . . . . ¡ arriba ! . . . . y ¡ vamonos, 
señor ! 

Dispérsase el grupo, alguno queda para 
irritar al toro, cloblánclole la cola. ... y ¡á 
correr ! 

Parte el toro, enarcando el lomo, levan- 
tando el anca, azotando la cola, tirando co- 
tes y embistiendo al aire. El jinete se 
afianza con los muslos, echa el cuerpo ha- 
cia atrás, grita y apostrofa al toro con sin- 
gulares epitetos que encierran desvergon- 
zadas frases, y le clava las espuelas en los 
lujares, todo entre el clamoreo victorioso de 
sus partidarios, el gritar de los chicos, eJ 
silbido de los granujas y el saludo de los ri- 
suefíos espectadores. 

El toro recorre el redondel, seguido de la 
multitud que no se cansa de acosarle. Dos 
ó tres veces el jinete está á punto de caer; 
más de cuatro siente que los espesos vello- 
nes del testuz, empapados en copioso, su- • 
dor, le pasan por la frente ; pero otras tan- 
tas recobra el equilibrio, resistiendo las 
bruscas sacudidas y el juego traidor de la 
movible y resbaladiza piel en que se asienta. 

Xadie creerla, al verle tan pálido y enju- 
to, y al parecer tan débil, que era capaz de 
tal empresa ; ninguno pensaría que aquel 
joven ojeroso y de aspecto enfermizo, • po- 
seía' tanta fuerza muscularv Él-1'Diablo" pa,-! 
rece clavado en -los lomos. Óe la fiera, -que, ; 
pronto, inútil y agotada, pasa de la carrera 
al trote, y de éste al paso, hasta que, por 



tot 



hii, uiubtia, abatida, se detiene como que- 
riendo vencer con la pereza lo que no pu- 
do conseguir con su perdida brayura. 

Entonces termina el juego y concluye la 
diversión ; los lidiadores se van retirando á 
los burladeros y tendidos, recogiendo los 
trapos, lamentando una caída y queján- 
dose de contusiones y estropeo. 

El regidor benévolo da por terminado 
el espectáculo. Suena el clarín, el jinete 
abandona los lomos de la fiera, como Dios 
le ayuda, de ini salto ó escurriéndose por las 
ancas, las más veces rodando por el polvo, 
y otras cayendo en brazos de sus admira- 
dores y partidarios. En seguida, los cha- 
rros, sacan á lazo el toro del revuelto y to- 
davía ensangrentado redondel. 



III. ■ ~ ■ 

Esto es, lector amable, lo que antes se lla- 
maba *'toro de la plebe" y lo que ahora, en 
tiempos más democráticos, llamamos "el to- 
ro del pueblo." 

Juzga como te plazca ; desapruébalo si 
gustas ; celébralo si quieres ; pero estoy se- 
guro de que, en ningún caso, te atreverás á 
negarme que esta lid en que el arte, como 
hoy acotumbramos á decir, "brilla por su 
ausencia," y que sirve como de escuela pa- 
ra los Poncianos futuros, tiene no poco de 
singular atractivo, de pintoresca hermosu- 



■^>?Í1' 



I02 



ra y de gran virilidad ; que en él nuestro 
arrojado pueblo pone de manifiesto su amor 
al peligro y su valor característico, tem- 
plando su ánimo para los combates y vi- 
gorizando su naturaleza. 

Tendrá mucho de bárbaro, concedo, pe- 
ro en él se forman esos hombres que, lle- 
nos de ardimiento, son para la patria en los 
campos de batalla fieros servidores, indo- 
mables y heroicos. No puede ser de otra 
manera, cuando corre por sus venas nobilí- 
sima sangre, sangre latina. 



IV. 

Cuando asisto á este espectáculo, lector 
discreto, gusto de situarme en la puerta de 
la plaza, para ver salir á los concurrentes y 
recoger los girones de conversación que de- 
jan caer delante de mí. 

La multitud agrupada en la calle va dis- 
persándose poco á poco. La clase alta tor- 
na á su vida triste y monótona, á sus fas- 
tidios cultos y á sus enervamientos refina- 
dos ; el pueblo, el pobre pueblo, feliz con 
su cansancio y orgulloso de sus proezas tau- 
rinas, regresa al hogar en busca de reposo, 
charlando alegremente y acopiando mate- 
rial para contar esa noche á sus amigos 
y vecinos los pormenores de la corrida, y 
alegrar con ellos las horas de trabajo en la 
famosa fábrica, en el obrador humilde ó en 
el acreditado taller. 



103 

Una vez nic detuve en una esquina de I;.i 
calle próxima, para oír lo ([ue dicen al paso 
los espectadores, y admirar las postreras 
luces del crepúsculo. 

J£ntre los que por allí pasaron, iban unos 
españoles decúdores y francos ; unas polli- 
tas (le rasgados ojos, mu\' pagadas de su 
Horida primavera ; dos yanquis trotones, 
muy rechonchos y altiv^os, que en vez de 
botas calzaban cascos de navio, y un viejo 
artesano acompañado de un apuesto man- 
cebo simpático y alegre. Y así decían : 

"Un esi)añol." — ¡ F.so es muleta, chi- 
co ! ¡ Ni en Madrid ! 

*'Las pollitas." — Será lo que tú quieras; 
pero ese hombre es muy guapo! 

"Uno de los yanquis." — ¡ Ah ! Este pue- 
blo moch barbaridá ! . . . . 

"El artesano, dirigiéndose al joven." — 
A mi hermano lo mataron en Churubusco. 
y á mí me hirieron en Molino del Rey . . . 

No oí más. Era ya muy tarde. La no- 
che venía á toda carrera, y sobre las mon- 
tañas del Norte las nubes, bañadas por los 
últimos fulgores del sol poniente, parecían 
alumbradas por el reflejo rojizo de un cam- 
po de batalla. 



VOTO INFANTIL. 



Al Sk. Lh . 
Dox Victoriano Agükros. 



F.ii Febrero de .1892 se presentó al Congreso de los Estados Unidos 
una proposición, encaminada á que esa Repúblira dovolviera a la de Méjico 
Las banderas que nos fueron arrebatadas <lurante la ínjustM guerra de inva- 
Mon, en los años de 1845 á 1848. El periódico EL TIEMPO protestó contra 
tal proposición, por juzgarla humillante para nuestra patria, y tuvo la satis 
íaccion de que a su protesta s.? adhirieran miles de mejicanos. Al fin áe lu. 
¿ró t^ue dicha dr\ olurión nt» St- liicif^ra, — ÍN del K. 1 



-■:,#;■■ 



y- 







Allá por el barrio de los Desamparados, 
frente á la tienda de "El Fénix," en una ve- 
tusta casa de vecindad, á la entrada, en el 
departamento de la izquierda. . . . 

Si algún día acertáis á pasar por esa 
calle tortuosa y mal empedrada, siempre 
lodosa y llena de fango por el desbordado 
arroyo, en cuyas márgenes herbosas vagan 
hasta media docena de patos caseros, fijad 
vuestra atención en una puerta baja y an- 
gosta, sobre la cual, en un cuadrito azul, 
algo más grande que una pizarra, dice: 
"Escuela particular para niños".... Allí 
vive el viejo soldado, en una pobre habita- 
ción que le cuesta cinco duros al mes. Es 
poco, otro cualquiera daría más ; pero el 
propietario que le estima y considera, se la 
alquila en ese precio, á condición de que 
cuide de los entrantes v salientes, cobre al- 



as.. 



roS I 

•quilcies y se entienda con los iiiqniUnos, loa 
cuales le dan mucho trabaJQ ; unos por ma- 
los pagadores, otros por pendencieros y afi- 
cionadas á la caña. Pero dion Antonio, 
con sus setenta años y todo, es hombre de 
temple, y ¡ cuidadito ! . . . C'on él no hay que 
jugar. 

Cuatro piezas tiene el departamento: en 
la una. la mayor, está la escuela, una es- 
cuelita de barrio, acreditada y concurrida, 
donde jueves y sábados se estudia el Ripal- 
da, se reza el rosario, y. . . . se canta el 
Hinmo Nacional, la hermosa canción de 
la patria mexicana que hace latir los co- 
razones ; la siguiente es la recámara de la 
jorobadita, la nieta del inválido, una infe- 
liz muchacha, tan deforme como hacendo- 
sa ; la (Jtra sirve de alcoba á don Antonio 
y en la última tiene la cocina. Una cocina 
nuiy arreglada y limpia, con su brasero <le 
Xecoxtla, con su armario lleno de platos \ 
tazas de mil colores, y con. las paredes 
cubiertas de cacharros ; una multitud de 
cazuelas y cazuelitas, simétricamente colo- 
cadas ; desde la colosal en que, allá por la 
segunda decena de junio, condimenta la ji- 
bosa un mole de guajolote de rechupete, 
hasta lo minúsculo de la alfarería arribeña, 
jarritos, torteritas, pucheros muy cucos, co- 
mo para uso de liliputienses, mil chuche 
rías baratas de barro de la Puebla, que la 
pobre corcovada se ha complacido en co- 
leccionar. 



I09 

Aquellas buenas gentes vivían á costa 
de muchos trabajos, y la escuela fué para 
ellos unas tabla de salvación. Don Antonio 
disfrutaba de una pensión del Gobierno, 
nial pagada, es cierto, y que apenas le bas- 
taba para comer "sota, caballo y rey;" pero, 
en fin, algo era. Y á fe que Don Antonio 
se la merecía. Estuvo en el sitio de Vera- 
cruz con la Guardia Nacional de Pluviosilla. 
Pasada la capitulación, y ardiendo en odio 
contra el invasor, corrió á la capital, se alis- 
tó en un cuerpo que probablemente en- 
traría pronto en campaña. Se batió como 
un valiente en Padierna, y en Churubusco.. 
y después de ver su bandera en manos de 
un soldado de Pillow, una bala de cañón 
le llevó el brazo izquierdo. ¡ Vaya si tenía 
derecho á la pensión ! 

A,llá por los años de 65 á 66, falto de 
recursos, abrumado de deudas y con su 
nieta enferma, en una i>alabra, perecien- 
do de hambre, aceptó del Gobierno impe- 
rial un empleo insignificante, el de portero 
de una oficina, ó algo así, por lo cual, cuan- 
do se restableció la República, el guardia 
nacional de Pluviosilla, el batallador de Pa- 
dierna, el mutilado de Churubusco, el bra- 
vo soldado que sólo simpatizó con el Im- ' 
perio.por cuanto éste contrariaba los inte- 
reses y designios del yanqui. . . . fué acu-';^ 
sa¡dQ de, . . . ¡ traidor á la patria ! 

Indignóse al saberlo, bufó, maldijo y no 
volvió á decir palabra acerca de su pen- 



.;1W:: 



no 

sión. Colocóse en una hacienda, de guar- 
damelado, y de allí volvió enfermo de ca- 
lenturas malignas. 

Cierta vez, hace diez años, alguno le dijo 
(|ue insistiera, que no sería difícil que le 
volvieran la pensión ; con buenas recomen- 
daciones la cosa era segura .... 

— ¡ No en mis días ! — exclamó, y habló 
de otro asunto. 

Pero los tiempos buenos no venían. Un 
día se dijo : 

— Antonio : bien visto, tú no tienes dere- 
cho á nada ; no peleaste en defensa de tu 
patria, injustamente atacada, por interés 
de unos cuantos duros ; asi, puesto que tus 
servicios son desconocidos ó echados en 
olvido, mientras tantos que lucieron uni- 
formes imperiales y comieron y bebieron á 
la mesa del Archiducjue, y recibieron de él 
cruces y grados, medran y están en cande- 
lero, ni solicites mercedes, rii demandes fa- 
vores, que eso seria romo si fueras á pedir 
limosna á quien tiene el deber de no dejar 
que te mueras de hambre. Así, acuérdate 
que en tus verdes años tuviste algunas le- 
tras ; recuerda que si los bigardones de tu 
compañía nunca pudieron subírsete á las 
barbas, bien podrás habértelas con dos ó 
tres docenas de chiquillos ; á.bien que si un 
día se te Droriuncian. ya lo sabes,- con lá Or- 
denanza basta y sobra !' 

Xo, Antonio ; no, señor sargento del 
Mixto de Santa-Anna, no hay que pedir 



IIT 



favor ni qué rendirle á nadie ; vale más que 
te metas á maestro de escuela. 

Y dicho y hecho. Ahí lo tienen ustedes 
en la escuelita del barrio de los Desampa- 
rados. ¡ Y vaya si se cumple allí con la Or- 
denanza ! 



II. 



Son las once y media de la mañana. 

¡ Qué dia tan hermo.-o ! ¡ L'n día prima- 
veral ! Entra la luz á torrentes, y los niños, 
llenos de impaciencia por salir, trabajan 
con inusitada aplicación. Al otro día es 
día de fiesta, día de San José y la hermo- 
sa campana del viejo temólo de San Fran- 
cisco repica alegremente, anunciando la 
próxima solemnidad. 

Don Antonio ha recorrido ya todos los 
bancos, todas las filas, como él dice, y 
mientras los niños copian las invariables 
muestras que dicen, y no se cansan de re- 
petir : "Palo Alto," "Cerro Gordo," "Ve- 
racruz," "Padierna," "Churubusco," etc., 
etc., ó *'Tcxas," "Nuevo México." "Alta 
California," etc., etc., el inválido maestro 
lee en la silla, su libro favorito, un libro 
muy releído, y resobado, tentación eterna 
de los chiquillos, que tiene estampas' lin- 
djeimas ííe guerra y soldados, y ál princi- 
pio, frente á la portada, un Napoleón á ca- 
ballo, pasando los Alpes, que es una dicha 
el verle. 



'W^" 



112 



Arriba del asiento del señor don Anto- 
nio, una Giiadalupana con su lamparilla 
delante; á la derecha, contra la pared, el 
pizarrón, y al otro lado un mapa de Mé- 
xico. 

Al^\uias veces preguntaban los niños: 

• — Señor maestro: ¿por qué ha pintado 
vd-. de «ejLí^ro esa parte de los Estados 
Unidos que linda con nuestra República? 

"~¿ Por (|ué? — respondía el anciano, ha- 
ciendo un gesto y atusándose el poblado 
y encanecido bigote, un verdadero bigote 
de granadero. — ¿ Por qué ? ¿ No os lo he 
dicho } a, á ti y á todos ? ¡ Ah ! Porque esa:s 
tierras están siempre de duelo; fueron ini- 
cuamente arrancadas á la patria; están ba- 
jo extranjero dominio.... ¿Ya lo oiste? 
; Ya Ici oyeron todos ? ¿ Ya ? Pues no lo 
olvidtín, y ¡ á su lugar todo el mundo ! 

Leía el veterano, los niños trabajaban 
alegremente, y quien á la sazón pasara, no 
creería que estaba á las puertas de una es- 
cuela. 

En la última mesa de la tercera clase, un 
jovencito de modesto traje, vivaracho y 
bien tratadito, de ojos inquietos y despeja- 
da y noble frente, acaso periodista dentro 
•de algunos años, deja la pluma, se entre- 
abre la blusa, y cautelosamente saca un ro-. 
lio de papel : un periódico. Sobre las fod-i- 
llas, protegido por la mesa, desdobla ei plie- 
go, le coloca luego sobre 6\ cuaderno de 
escritura, y siguiendo el ejemplo del señor 
don Antonio, se cchu á leer. 



La sección europea no le interesa, y pasa 
adelante; sigue con la parte amena y alH 
encuentra grato entretenimiento, pero ¡ay! 
arrastrado por el encanto de viva narración, 
olvida que está en clase, alza el papel por 
alto y trata de volver la hoja. 

— ¿Qné es eso, Enrique? — exclama el 
veterano. — Linda manera de perder el tiem- 
po 1 ¡ Bonito ! Pareces un diputado que Se 
entera de los sucesos del día ! Ven acá, trae 
ese papelote. 

Gran rumor en la clase. Los alumnos vol- 
vieron el rostro para ver á su compafíér©, 
que, sonrojado y temeroso, dejaba su asien- 
to y se disponía á obedecer la orden de su 
maestro. Llegóse á la mesita y alargó el pe- 
riódico. 

— ¡ Amiguito ! ¿ Qué es eso ? ¡ A la plana ! 
¡A la plana! Aquí no se viene á leer los 
periódicos Aquí no queremos po- 
líticos, sino muchachos aplicados al estu- 
dio 

Enrique volvió á su asiento. Don Anto- 
nio arrojó el diario desdeñosamente y vol- 
vió á su lectura. Repasaba, por milésima 
vez, el desastre de Waterloo. - 

Los alumnos siguieron escribiendo. La 
campana de San Francisco entonó un llue- 
vo canto, como diciendo á los muchachos: 
"¡ Mañana á pasear ! ¡ Mañana es día festi- 
vo!" ... --■' 

El inválido, movido por irresistible cu- 
riosidad, dejó la cesárea historia; se puso 

Delj^ado. — 13 



114 

en pie y tomó el periódico. Extendiólo so- 
bre la mesa y fué recorriendo los nofrtbres 
de cada artículo. Alguno de ellos le intere- 
só, sin duda, porque, reclinándose sobre la 
mesa, se puso á leer con grande atención, 
y á poco se le vio ponerse pálido, y luego 
rojo como la grana. Algo murmuraba, al- 
guna exclamación se le escapó. Los niños 
se decían : ¿ Que le pasa al maestro ? 

No pudo más el buen anciano, é irguién- 
dose con noble altivez, dando un golpe en 
la mesa, tan fuerte que algunos libros ca- 
yeron al suelo, gritó: | 

—¡Silencio! ¡Atención! ' 

Silencio sepulcral. Los chiquillos se mi- 
raban asombrados ¿ Qué pasa ? ¿ Qué 

tiene el maestro? 

Con trabajo dominó su emoción el vete- 
rano, y,F>or fin con trémula voz empezó 
á hablar : 

—Hijos míos : yo nunca leo los periódi- 
cos ; no gusto de ellos, prefiero los libros ; 
pero acabo de ver en este diario qUe trajo 
Enrique, una noticia que me ha llenado de 
indignación. ¿Sabéis lo que pasa? ¿No? 
Pues voy á decíroslo; algo que tiene que 
disgustar á todo mexicano que ame á su 
patria, como yo la amo, como os be di- 
cho que debéis amarla Oidme con 

atención, os lo ruego, tened presente que 
ya sois unos hombrecicos, unos hombrucos 
que deben ser formales. Oidme, yo os lo 
piclo- ....'■'.. 






Con acento conmovido, lien») de expre- 
sión, narró clara y exactamente las desven- 
turas de la patria, durante la guerra con 
los Estados unidos ; lamentó los desastres, 
celebró el valor de los defensores del sue- 
lo natal, cantó, — digámoslo así. porc|ue can- 
to parecía la elocuencia del noble inváli- 
do — himnos gloriosos á los héroes de esa 
guerra, á los bravos paladines c|ue lidiaron 
contra d invasor; tuvo rasgos sublimes al 
hablar de los "muchachitos" de Chapulte- 
pec que se portaron allí como unos héroes, 
y terminó maldiciendo de los que, sin razón, 
ni motivo, por vil codicia, por codicia de 
mercaderes, invadieron el territorio mexi- 
cano y arrebataron á sus hijos aquellas re- 
giones que en el mapa de la escuela apa- 
recían pintadas de negro. 

-—Pues bien — continuó — hijos míos ; ya 
estoy viejo, enfermo, achacoso ; pero si hu- 
biera hoy otra guerra con los yankees, os 
dejaría, sí, muy contento, para ir á perder, 
batiéndome, como lo hice en Churubusco, 
contra esos perros, el único brazo que me 
queda. 

La chiquillería estaba atónita, muda, bo- 
quiabierta, con los ojos llenos de lágrimas. 

— Pues bien — prosiguió encendido, cen- 
tellante la mirada — en esa guerra el enemi- 
go nos quitó algunas banderas; ¡nosotros 
también se las quitamos ! y allá las han te- 
nido como trofeo de gloria .... ¿De gloria ? 
7 Gloria es vencer al fuerte ! ¡ Gloria, es 



v»i'*."' v»j"""V''^-~--'?-w^^' "íl ■-'^'■í'Pir 



16 



triunfar de igual á igual en una guerra jus- 
ta! Y ahora, ahora, llamándose amigos, 
quieren devolvernos esas banderas, tintas 
aún en la sangre de nuestros soldados. No 
sería yo quien, si estuviera en servicio, 
iría con gusto á recibirlas. . . . Muchos hay 
(jue no lo (|uieren, ¡yo soy de esos! y vo- 
sotros, vosotros, hijos míos, decidme, ¿que- 
réis que Méjico reciba esas banderas? 

En una exclamación unánime, entusiás- 
tica, ardiente, que parecía un anuncio de fu- 
turas glorias, la turba infantil contestó al 
punto ; 

—¡¡¡No!!! , ^ 

— ¡ Bien ! — exclamó el veterano. — ¡ ¡ Así 
os quiero ! ! 

Y sollozante, bañado en lágrimas, lloran- 
do como un niño, pero radiante de alegría 
el rostro, se dejó caer en el asiento, mur- 
murando : 

— ¡ Salgan .... salgan .... ya dieron las 
doce.... Enrique.... toma tu periódi- 
co!..,. I 



EN EL ANFITEATRO. 



A Vicente A riza. 




I. 



El buen clérigo retiró la jicara, se limpió 
los labios con la nivea servilletita, y luego 
acercó el vaso de agua limpidísima, fresca 
y tentadora, bendijole, y le apuró lentamen- 
te, con beatífica delectación. 

— ¡ Ea ! i Gracias á Dios ! — exclamó, — y 
mientras el criado, un indizuelo muy asea- 
do y listo, quitaba el velador, decapitó el 
tuxteco, le encendió en una cerilla, cuidan- 
do de que prendiera bien, y luego se aco- 
modó en la poltrona. 

Estábamos junto á la ventana. Desde allí 
se veían las últimas casas del pueblo, el bos- 
que, los ejidos, toda la vega. /, ,, 

— Vamos, amigo mío, — prosiguió — con- 
que quiere vd. saber por cuáles caminos lle- 
gué al sacerdocio ? Pues . . . . ¡ con mucho 
gusto! ¡Con mucho gusto! 

Y agregó, sonriendo dulcemente : 



áS':. 



I 20 



iíÉ" ■-'■.'... 



—-Va vd. á oír esa historia. Antes no trie 
era grato recordarfla ; pero, á proporción que 
me hago viejo, aumenta en mí la afición á 
contar las cosas de antaño. Encuentro dul- 
císimo encanto en referir las aventuras de 
la mocedad. Oiga vd. : es un caso por ex- 
tremo original. 

Se compuso de nuevo en el asiento, vol- 
vió los ojos hacia la vega inmensa, lumi- 
nosa, dorada por los postreros rayos de un 
sol de agosto, y distraído, ensoñador, hun- 
dió su triste y apacible mirada en las le- 
janías del valle, más allá del cual entre nu- 
bes ardientes y violadas tintas brillaba con 
rosados fulgores la nevada mole del Ci- 
tlaltépetl. Contempló breve rato la lla- 
nura amarillenta y calorosa de don'de su- 
bían hasta nosotros los mil rumores de la 
tarde, el mugido de los bueyes y el balido 
de las cabras que ramoneaban en los cer- 
cados vecinos. Al fin, como si despertara 
de penoso sueño, tornó á su veguero y á 
la olvidada conversación. 

— Era yo á los trece años un chico tímido 
é inocentón, como toda criatura mimada y 
consentida. Mi santa madre — ¡ Dios la ten- 
ga en gloria ! — me amaba como saben amar 
las madres á sus hijos débiles y enfermizos ; 
me cuidaba empeñosa ; frecuentemente me 
tenía entre vidrieras, y un bostezo, un estor- 
nudo, un desperezamiento, eran suficien- 
tes para que me hiciera guardar cama por 
umohos días, y para (|ue rleclarase que es- 



¿^' 



121 



taba yo de muerte, y acto continuo vinie- 
ra el médico. Llegaba el Doctor. . . . ¡Me 
parece que le veo! Un francés, bretón, de 
Saint-Malo, un paisano de Chateaubriand, 
de cabeza redonda, rostro sanguíneo, cabe- 
llos bermejos, locuaz, ligero de movimien- 
tos, afable y jovial. Sombrero de anchas 
alas, un sombrero singular, invariable, eter- 
no; pantalón de lino, ancho también, an- 
chísimo, inmaculado, sin almidón, que á 
través de sus pliegues descubría correctí- 
simas formas y caía gracioso sobre unos 
pies aplanados y grotescos, que si en un 
tiempo calzaron el zueco vandeano, ahora 
holgaban dentro de unas babuchas de dril 
blanco con punteras de piel charolada, y 
bajo los cuales zapatos, provocando risas, 
pasaba una trabilla arcaica. Llega el buen 
don Adolfo. 

— ¡Eh! ¡Pst! ¡Pst! ¿Qué pasa? ¿Qué 
tiene el principillo? 

Me toma el pulso ; me hace que le mues- 
tre la lengua ; me pone en la frente aquella 
su mano suave y tersa, pálida y pecosa ; mi- 
ra á todos lados, y hace un gesto de contra- 
riedad que mi madre traduce así : "¡ Malo ! 
¡ Malísimo ! ¡ El principillo está de viaje !" 
Hay para ella un instante de horrible silen- 
cio. El médico juega con la cinta de su 
reloj .... Mi madre le mira espantada, y 
yo pienso angustiado en la dieta, y . . . . en 
las medicinas desagradables que me harán 
beber. 

Pelead".— (fi 



122 



— ¡Pst! ¡Pst! — dice don Adolfo— ¡ Na- 
da, Madame ! El principillo está bueno y 
sano, j Pst ! ¡ Que deje la cama ! ¡ Que sal- 
ga ! ¡ Que corra, que juegue al aire libre, 
¿eh ? Carne, vino. ... 

V dirigiéndose á mí: 

— ¿ El principillo quiere pascar? ¿El prin- 
cipillo 'quiere frutas, helados, dulces ? ¡ Pst ! 
¡ Todo, todo lo que quiera ! 

El Doctor se marcha, y mi santa madre 
me abraza alegremente, diciendo: 

— ¡ Hijo ! ¡ Hijo mío ! 

Al evocar aquellas dulces memorias el 
clérigo reía, reía, sí, pero sus ojos estaban 
llenos de lágrimas, de esas lágrimas que re- 
frescan y remozan el alma. Enjugólas con 
su gran pañuelo de hierbas .... El vegue- 
ro ardía que era una gloria, produciendo 
una columna de humo gris que pronto es- 
parcían en el aposento las brisas que ve- 
nían del jardín. I 

El Cura prosiguió : 

— Esto pasaba cada ocho días. A los ca- 
torce años, por prescripción de don Adol- 
fo, me llevaron al campo; me hicieron su- 
bir y bajar, á pie y á caballo ; dispusieron 
que me bañara yo en agua fría, todas las 
mañanas: que comiera yo hasta quedar ahi- 
to, y del campo volví gordo, alegre, colora- 
dote, listo para todo. 

A])enas cumplí los quince años se trató 
seriamente de mi porvenir. No eramos ri- 
cos y en mí cifraban mis padres sils más li- 



123 

son jeras esperanzas. Salí de la escuela, y— 
á decir verdad, — no muy Heno de ciencia : 
gramática, aritmética, (hasta quebrados, 
que nunca tuve aptitud para el cálculo), ge- 
neralidades de geografía, y.... pare vd. 
(le contar! No; algo falta: la debida ins- 
trucción religiosa, y una buena letra. Es- 
cribía yo bien, aunque de cuando en cuando 
se me escapaban faltas de ortografía. En- 
tonces me pusieron maestro de latín — "la 
llave de las ciencias,'' como se decía enton- 
ces — y cáteme vd., amigo mío, metido tarde 
y mañana en la logomaquia del Nebrija, ba- 
jo la dirección de un dómine tolerante, 
adulador y obsequioso, que se hacia len- 
guas del talento y expedición de su discípu- 
lo, cuyas aptitudes clásicas solía poner más 
allá de los cuernos de la luna, con gran sa- 
tisfacción de mis padres. 

Cierto día pensaron que era preciso, in- 
dispensable, para mí, en quien miraban un 
portento, que fuese á proseguir mis estu- 
dios en Puebla ó en Méjico, cerca de un 
mi tío, persona acomodada y bondadosa, 
dispuesta á recibirme en su casa y á conser- 
varme al lado suyo. Mi madre se ponía en 
razón, pero i quiá ! . . . . ¿ Separarse de su hi- 
jo ? ¡Ni por una de las nueve cosas ! Por 
fin, después de hablar mucho del asunto, 
después de consultarle con personas gra- 
ves, se acordó que no me alejaría yo mucho 
de la casa paterna, y que seria , , , . boti- 
rarioí 



124 

Para ello hablaron á un amigó de mí' pa- 
dre, á don Procopio Mecen io. quien me re- 
cibió gustoso en su botica, un estableci- 
miento antiquísimo y á la sazón venido á 
menos por causas que merecen ser conta- 
das. Durante muchos años fué don Pro- 
copio el único farmacéutico de Villaverde, 
y su botica la sola que sacaba los cuartos 
á los vecinos á cambio de agua de azúcar, 
manteca teñida con grana ó con hojas de 
floripondio, y de linaza en polvo. Era mi 
hombre un vejete de nariz aquilina, cuerpo 
enjuto y amojamado, sempiterno jugador 
de conquián .... y de albures, y que había 
convertido su casa en un oratorio de Bri- 
ján. 

¡ Valiente tipo don Procopio ! j Linda bo- 
tica la suya ! Si aquello más que tal se me 
antojaba un almacén de inmundicias, el 
cual — dicho sea de paso — todavía daba 
mensualmente muy buenos dineros á su 
dueño, y tantos que, á no ser por las cua- 
renta, rico habría muerto el propietario. 
Tan escandaloso era el desaseo de mi señor 
maestro, que con decir que limpiaba con la 
lengua, antes de taparlas, la boca de las 
járaperas, queda dicho todo. Por esto se 
imaginará vd. lo demás. 

Allí pasé dos años, haciendo cucuruchos 
de harina de linaza, batiendo ungüento del 
soldado, y vendiendo á los míseros descen- 
dientes del heroico Moctecuhuma, los más 
absurdos específicos, toda la farmacopea 



'■^m-- 



mística y prodigiosa: agua de los siete 
evangelios, sudor de señor San Pedro, lima- 
duras de marfil, bautizadas con el pomposo 
nombre de unicornio, y. . . . polvos para 
enamorar, que no eran más que purita 
magnesia. Todo lo vendia caro mi maes- 
tro ; pero los polvos susodichos se ven- 
dían á veinticinco pesos la onza!!! ¿Un 
robo ? — dirá vd.. Sí, pero robo científico. 
¡ Hay tantos así ! Sepa, amigo mío, que so- 
braban los compradores. 

La botica era un mentidero. Allí se reu- 
nían todos los viejos ociosos de Villaver- 
de, que no eran pocos, para murmurar de 
la holgazanería de los mozos ; allí se leían 
los periódicos, se comentaban las noticias 
que daba "El Monitor Republicano," perió- 
dico favorito de don Procopio ; se discu- 
tía de política y administración ; se conspi- 
raba contra el Gobierno, ó los gobiernos, 
que antaño se mudaban como cataplasmas, 
y se jugaba á más y mejor. Hasta que 
un día, cierto prefecto de pocas pulgas, po- 
co amigo de los naipes y enemigo franco 
de oposiciones é intrigas, desterró á don 
Procopio por desafecto al orden estable- 
cido, y la botica famosa pasó á otras ma- 
nos. 

Fuíme á mi casa muy regocijado. ¡ Ay de 
mí ! ¡ Buena se me esperaba ! ¡ Y yo que 
creía que iba á quedar como chino libre! 
Ya me apuntaba el bozo, ya me gustaba 
campar por mis respetos, de manera que 



12^) 

ine «li ú subir y ú l)ajar callfs. con el som- 
brero de lado y el cigarrillo en la boca. 
Acertó mi padre á darse cuenta de mis ma- 
las tendencias, me ató corto, y me puso en 
cintura. 

— Amiguito. . . . — dijome una noche, — 
basta de ociosidad ! Arregle vd. la maleta. . . 
Mañana á trabajar. 

— Adonde? — j)regunté tímidamente. — Ya 
le he dicho á vd. que era yo nuiy tímido, y 
algo cobarde. 

— ¡Al Hospital! ' j 

— ¿Al Hospital? 

—Si. 

— ¡ Pero .... papá ! ¿ Soy acaso un perdi- 
do, merecedor de tan duro castigo? 

— No vas por castigo. — replicó mi padre 
— vas á la botica á trabajar. Así lo tengo 
arreglado con don Basilio, que ayer en- 
tró de Alcalde. Allí aprenderás mejor que 
en la casa de don Procopio, donde sólo po- 
días aprender á. . . . jugar! , 

— Yo no aprendí á jugar. ' 

— Tanto mejor. 

— Pero, papá .... — iba yo á protestar in- 
dignado. 

— ¡ Silencio ! Y á obedecer. 

/Vcudí á mi madre. La pobrecita estaba 
bañada en llanto. Temía para mí no sé 
cuántas cosas : enfermedades infecciosas, de 
las cuales suele ser foco un hospital; los 
malos ejemplos de mis compañeros de em- 
pleo, el tifo.... ¡qué sé yo! Todo fué 



i2y 

inútil. Al ful, á fuerza de ruegos y de sú- 
plicas, consegui demorar siete días mi en- 
trada en el Hospital. Pero me voy distra- 
yendo, amigo mío, y casi casi me alejo del 
asunto. Dispénseme vd . . . . ¡Es tan grato 
recordar los felices años de la mocedad! 

El clérigo volvió los ojos hacia la vega 
ya entenebrecida. Oíase el rumor del río 
como un gemido prolongado. En el hori- 
zonte quedaban algunos fuegos vespertinos, 
girones de ardientes nubes que se iban apa- 
gando poco á poco. En un claro de cielo, á 
través de leve coloración lila, fulgura an 
lucero tristemente. En los repliegues obs- 
curecidos de la cordillera, en alguna ran- 
chería, humeaban hogueras rojizas, una 
roza, tal vez un horno de carbón. 

— ¿A qué cansarlo, amigo mío? — prosi- 
guió el clérigo, — á qué cansarlo con la ex- 
presión de mi angustia! ¡El hosp'^^al! No 
se apartaba de mi mente aquel edificio som- 
brío, lúgubre, de paredes desconchadas, y 
morada de enfermos hediondos y asquero- 
sos. Fué preciso obedecer. Mi padre an- 
tes tan dócil y fácil á mis ruegos, mos- 
traba esta vez una dureza extraordinaria. 
¿ Por qué tal cambio ? Años después me di- 
jo que uno de los que noche á noche con- 
currían en la botica de don Procopio, le 
había dicho que yo iba por muy malos sen- 
deros. ¡ Mentira ! ¿ Y quién había dicho eso ? 
El más inmoral, el más cínico de cuantos en 
aquella casa conocí ; un jugador empeder- 



tsS 



nido, un viejo libertino (jue tenia un len- 
guaje de carretero. Si las palabras impuras 
repugnan en los jóvenes, qué será cuando 
salen de labios de un anciano próximo al 
sepulcro? En fin, no le juzguemos. Acaso 
le guió el mejor deseo ; pero lo cierto es 
(jue no dijo la verdad. 

En aquellos momentos la vieja campana 
de la Parroquia sonó solemnemente. 

— ¡ La oración ! — dijo el Cura, poniéndo- 
se de pie. 

Rezó en voz baja. Al sentarse me saludó : 

— ¡ Muv buenas noches ! 



II I 

Sigamos la historia. Al presente no con- 
serva el Hospital de Villaverde nada de su 
antiguo aspecto. Entonces era un edificio 
casi ruinoso. Convento de pocos frailes en 
un tiempo y <lespués cuartel, cuando iué 
destinado á hospital guardaba el peor es- 
tado. Lóbrego, sombrío, desaseado, entris- 
tecía al más alegre. La vista de aquellos 
claustros obscuros oprimía el corazón. En 
el piso bajo estaban los hombres ; en el alto 
las mujeres. La botica había sido instala- 
da en un departamento que recientemen- 
te fué cerrado con vidrieras. En las habita- 
ciones contiguas vivían algunos empleados, 
los practicantes y los topiqueros, y un jo- 
ven, mi compañero de labores. En, el Hos- 



T2( 



pital me pasaba yo el dia ; allí comía yo, -" 
en la tarde, á eso de las seis, terminado el 
despacho, ya iba yo caminito de mi casa. 
Durante las horas que permanecía yo en 
aquella triste morada, vivía inquieto y rece- 
loso. Jamás pasaba del corredor y de las 
piezas inmediatas. ¿Entrar en los salones? 
¡ Ni por pienso ! ¿ Ir al anfiteatro ? 
¡ Guárdeme Dios de ello ! ¿ Ver un cadá- 
ver ? ¡ Jamás ! ¡ Si nunca le había visto yo, 
si nunca tuve valor para ello! Alguno me 
dijo que topiqueros y practicantes sabían 
jugar á sus compañeros noveles muy pe- 
sadas burlas. Uno, al acostarse, se encontró 
entre las ropas una mano; otro en la taza 
del café se halló un dedo de niño. Nada de 
esto sería cierto, pero ello es que desde el 
dia en que entré en el Hospital empezó para 
mi la zozobra, y cuidé de evitar las iras y 
las travesuras de mis compañeros. La di de 
valiente; hice ostentación de indiferencia, 
viendo con aparente desdén las miserias y 
horrores de aquel triste recinto. Me volví 
trabajador. Sólo estando ocupado podría 
explicarse aquel retraimiento mío que no me 
permitía salir de la botica. Era yo asquero- 
so; pero procuré vencerme, y poco á poco 
me acostumbré á oír sin repugnancia la 
descripción de las mil y mil enfermedades 
inmundas que agobian á la desdichada pro- 
genie de Adán. En apariencia era yo tino 
de tantos para quienes el dolor y la des- 
gracia de los asilados es cosa insig^nificante 



Delgado.— 17 

/ 



130 

y baladí. Hasta supe hacer bufia y burla 
sangrienta de quienes eran victimas de en- 
fermedades ridiculas. Pero ¡ ay ! amigo 
mío, en realidad vivia yo con el credo en 
la boca. La verdad es que supe ocultar el 
horror que me inspiraba todo aquello, y 
(jue, á fuerza de ingenio, logré pasar por re- 
suelto y decidido. De noche... ¡qué sue- 
ños y qué pesadillas ! Hice punto de amor 
propio no quejarme. Mis padres me de- 
cían : 

— j Ya lo ves ! No querías ir, y ahora es- 
tás muy contento. . . 

Mis compañeros de hospital eran gente 
alegre. Daban bailes en una casa próxima, 
donde vivían unas chicas de no malos bi- 
gotes. Varias veces me invitaron, muchas, 
pero . . . . ¡ imposible ! En mi casa no me 
habrían dado permiso para concurrir en 
ellos. Tanto encomiaban mis compañeros 
las tales reuniones, tanto las celebraban, las 
pintaban tan divertidas, concurridas por 
muchas chicas guapas, de la clase popular, 
es cierto, pero francas y corrientes, que la 
tentación aniquiló en mí miedos y temo- 
res. 

— ¡ \'amos — -me decían mis amigos — 
vamos, ya verás! 

— Xo puedo; — respondí, — los papas no 
me dejan. 

— Mira: — díjome uno de los practiran^ 
tes, — vente á vivir aquí. . . Aquí, de noche, 
tendrás, más libertad. Nos escapáronlos y 
nos iremos de prándiga. 



131 

No era mala la idea. Esa misma noche, 
á pretexto de evitar idas y venidas, solicité . 
de mis padres vivir en el Hospital. Mi ma- 
dre se opuso, pero mi padre aprobó y fa- 
voreció mi demanda. 

— Déjale, mujer, — díjole á mi ma Ire, — 
déjale: que vaya aprendiendo á hombre. 
¡Tú quisieras tenerle guardado bajo un fa- 
nal! 

Pronto quedé instalado en una pieza con-/ 
tigua á la botica. Noche á noche, después 
del toque de silencio, tomábamos el por- 
tante y nos íbamos de tertulia á las casas 
vecinas. Algunas veces no salíamos, y en- 
tonces nos reuníamos todos en mi habita- 
ción. Se charlaba, se reía, se jugaba. Allí 
aprendí y supe cosas que no se enseñaban 
en la casa de don Procopio. Cada semana 
hacíamos, á escote, un baile en la casa de 
las muchachas susodichas, y, cuando la ter- 
titlia era en mi cuarto, cenábamos opípara- 
mente. En tales cenas consumíamos el vi- 
no de la provisión farmacéutica. El triste 
recinto y el cuadro inmediato del dolor hu- 
mano no eran parte á entristecernos. 

Me volví malvado y travieso ; jugué á 
mis compañeros muy buenas pasadas, y . 
siempre impunemente. Nunca sospechaban 
de mí; jamás descubrieron al autor de la 
broma. Al fin recibí el castigo que me te- . 
nia yo merecido.' 

Cierta noche de mayo, noche muy calu- 
rosa, invité á mis amigos á tomar un re- 



4. 



^"í'W 



132 



fresco. Fueron á mi habitación, y bebieron 
á su sabor. Debe vd. saber que en la li- 
monada que les ofreci puse una buena can- 
tidad de emético. \^d. supondrá lo duro del 
trance. Nadie cliistó ; nadie dijo palabra de 
queja. Hasta llegué á creer que la dosis ha- 
bía sido exigua. Xo tardaron en tomar des- 
quite. 

¡ Y de qué manera ! Recuerda vd. 
aquello de Virgilio, 

"Jungebat corpora mortua vivis?" 

Pues asi, ni más ni menos. 

Había obscurecido. El clérigo arrojó por 
la ventana el consumido tuxtcco, y. . . . pro- 
siguió. 



111 



Nadie vino á mi habitación esa noche. 
Pregunté por mis compañeros y me dijeron 
que unos dormían y otros andaban de pa- 
seo. Me eclié en la cama y me puse á leer 
no sé qué librejo de historias amorosas. 
Leí una ó dos horas. A las once me desnu- 
dé, me metí en la cama, apagué la vela, y 
me dormí. Cuando iba yo conciliando el 
sueño, oí en el corredor los pasos del en- 
fermero de guardia que iba y venía, y, allá, 
níuy lejos, el vocear desconcertado de un 
loco, un pobre viejo que decía- ser el Ge- 
neral Miramón. Se pasaba el día en medio 
del patio, gritando, como si estuviera al 
frente de las tropas : 



«aSí,- 



— ¡ ¡ ¡ Batallones ! ! ! i ¡ ¡ Flanco derecho ! ! ! 

Cuando el infeliz callaba, oíase, apenas 
perceptible, un rumor vago que parecía ve- 
nir de los salones : quejas, lamentos 

Acostumbrado ya á tales cosas, como que- 
da dicho, nc tardé en dormirme. 

De repente desperté. Manos férreas me 
sujetaban de pies y brazos. 

Eran mis compañeros, y decían : 

— ¡ Ah 1 ¿ Conque tú fuiste ! ¡ Ahora las 
pagarás todas ! 

Quise moverme y no pude ; quise gritar 
y me taparon la boca. Me amordazaron y 
cargaron conmigo. ¿Adonde? Al anfitea- 
tro. El terror me hizo perder el conoci- 
miento. 

Desperté — tal es la palabra — y me hallé 
en un cuarto obscuro. El horrible olor del 
ácido fénico me hizo comprender en qué 
parte estaba yo. Me habían tendido en la 
plancha, entre dos cadáveres, y atado á 
ellos ! Grité. ¡ Nadie me oía ! Volví á gri- 
tar ... . ¡ En vano ! El anfiteatro estaba 
en el fondo de la huerta; nadie podía oír- 
me. Los villanos habían dejado una lin- 
terna encendida, de tal modo dispuesta, que 
lanzaba sobre mí y sobre los cadáveres un 
reflejo rojizo. Trémulo, angustiado, volví 
la vista en torno mío. De un lado tenía 
yo una negra hedionda, helada, rígida, en 
cuyo rostro había dejado la muerte un ges- 
to de desesperación. ¡ Cómo, sobre el fon- 
do obscuro de aquella cara macabra, apare- 



KU 

cian los dientes blancos y descarnados! 
Abiertos los ojos, contraídas las manos por 
una convulsión tetánica, crecidas las uñas, 
como garras de gavilán, parecía un- figura 
salida del Infierno. Del otro lado tenia yo 
el cuerpo de un obrero cosido á puñaladas. 
En su rostro, intensamente pálido, se di- 
bujaba una contracción de ira y de rabia. 
Jlerido en el abdomen, conservaba aún 
apositos y vendas. Olía á pulcjue agrio. La 
frialdad de los cadáveres me penetraba 
hasta la médula de mis huesos. El rostro 
de la negra estaba junto al mío, y si trata- 
ba yo de apartarme de ella tenía yo que 
descansar la mejilla en la cabeza del obre- 
ro. Trasudaban los cuerpos algo glutino- 
so que t-mpapaba mi ropa Vugné por 

desatarme, luché desesperado por romper 
las ligaduras, y sólo conseguí caer de la 
plancha, con los cuerpos á los cuales me 
habían sujetado. Me resigné á morir, y me 
abandoné sin ánimo, casi sin aliento. En 
mi cabeza caía de tiempo en tiempo una 
gota de agua. Habituado al ácido fénico, 
pronto percibí la fetidez de la negra.... 
En fin, á qué describir aquello que vd. se 
imaginará muy bien ! A poco sentí que al- 
go corría ó se movía sobre mí. Eran ra- 
tones, ratones hambrientos que venían á 
roer los cadáveres. Logré ahuyentarlos á 
gritos, escupiéndolos, moviéndome en 
cuanto me era posible. No supe más de mí. 
Al amanecer vinieron á sacarme de aquel 



í35 

suplicio. Me encontraron sin conocimien- 
to 

Por este camino llegué al sacerdocio. 
¿Quién, después de haber visto tan cerca 
lo que es la muerte, no ve con desdén las 
penas del mundo y las vanidades de la tie- 
rra ? ¿ Quién no piensa en las cosas del 
cielo? 

Al llegar el Cura á este puntode su narra- 
ción, entró un criado. 

Buscaban al Párroco para que fuera á 
asistir á un moribundo. 

— ¿Quién está de viaje? ¿Dónde es? — 
preguntó. 

— Dicen que es allá, en lá última casa 
del pueblo .... Se trata de tío Pedro, el li- 
mosnero. . . . — respondió el mozo. 

— ¡ Ah ! — exclamó el clérigo. Y volvién- 
dose á mí agregó : 

— Con permiso de vd . . . . No tardaré. 
Voy á ver á esc infeliz. Es un leproso. 
Espéreme vd., espéreme para cenar! 



1 



LA CHACHALACA. 



A Pancho González Mena. 






P 



^ 




Allá por los últimos días de Junio cum- 
pliré cuarenta años, y lo que voy á refe- 
rirte, amigo míü, acaeció cuando era yo 
un rapaz, un doctrino que no hubiera po- 
dido recitar de coro, sin tropiezo ni pun- 
to, los diez preceptos del Decálogo. Sin 
embargo, el recuerdo de la pobre avecilla 
no se aparta de mi memoria ni creo que 
se aparte de ella en los dias de la vida .... 

...."El pensamiento humano, 
como el mar, sus cadáveres arroja. 



Así dijo el poeta en admirable canto. 
Ciertamente, el cerebro es un océa- 
no siempre agitado, con frecuencia tempes- 
tuoso, cuyas olas arrojan implacables hacia 
las playas del olvido los despojos del pasa- 
do: esperanzas desvanecidas, ilusiones ma- 
logradas, sueños azules, ardorosos anhe'os, 



•'^^rtr 



140 

vagas aspiraciones, nobles ideas, recaer dos 
regocijados, recuerdos tristes. Pero ¡ ah ! 
éste de la infeliz avecilla lleva años, seis lus- 
iros, de flotar en alta mar, juguete de las 
idas, sin que los turbiones de la adolescen- 
cia, ni las tormentas de la juventud, ni las 
terribles y sondarías tempestades de la edad 
madura hayan conseguido arrojarle á la 
costa. 

Allí está, allí, siempre flotando sobre las 
crestas de las olas, lo mismo en las no- 
ches teneí)rosas que en los días luminosos y 
serenos. Ivs como una gota de tinta en la 
página más blanca del libro de mi vida. 



Una tarde calurosa, ardiente, una tar- 
de primaveral, l'n cielo sin nubes, pero 
inundado de Norte á Sud \' de Oriente á 
Poniente por la calina, como si humaredas 
lejanas, diseminadas en los campos, hubie- 
sen espesado la atmósfera y extendido en la 
sabana, sobre las arboledas, sobre los plan- 
teles de caña de azúcar, un velo de azulino 
crespón. A lo lejos, el río que nos enviaba, 
de tiempo en tiempo, con el rumor sordo 
de sus aguas, aire fresco, y vivificante. A 
un lado, el viejo trapiche con su ruido mo- 
nótono. Al otro el sendero rojizo, que- 
mado por e!l sol, bordado de amarillenta 
grama, de escobillares polvosos, de estramo- 



141 

nios marchitos que suspiraban por las llu- 
vias de mayo. Delante de la casa, en el 
césped húmedo y fresco por el riego re- 
ciente, sobre el verde tapiz, la abuela ve- 
nerable y cariñosa, calados los anteojos, 
repasaba las páginas de no sé qué libro 
piadoso; junto a ella nuestra madre ha- 
ciendo labor, y en la natural y mullida al- 
fombra. Ernesto, haciendo un papalote; la 
chiquitina, la blonda Nini, muy entreteni- 
da con su rorro, y yo, el pacífico Rodolfo, 
sacando de una arca de Noé, juguete en 
boga, elefantes, camellos, cabras, osos, pan- 
teras, jirafas, gallos, gallinas y irnos her- 
mosos y envanecidos pavos reales, cuya 
brillante cola de vidrio hilado se quebral/a 
entre mis dedos. . . . Frente á nosotros, uno 
á uno, lentos, pacíficos, sedientos, pasaban 
los bueyes camino del corral. 

¡ Hermoso cuadro de la vida rústica ! 
¡ Amable grupo doméstico, que nadie hu- 
biera contemplado sin envidia! 

Al trazar estas líneas, al consignar en es- 
tas hojas fugitivas tan dulces y tiernas me- 
morias, descubro por el balcón que ten- 
go al frente la casa de mis padres, la here- 
dad de mis abuelos. Veo los campos, el 
bosque, la dehesa, la vieja chimenea, de la 
cual asciende lentamente al cielo una co- 
lumna de humo azul, y repito los versos de 
Gutiérrez Ggnzález : » . , , . • 

"Ya ese fuego lo enciende mano extraña, 
Ya es ajena la casa paterna!. ..." 



■;^T 



142 



II. 



Obscurece. El cielo brilla con sus mil 
luces, y fulguran en las chozas lejanas las 
llamas del nogar. I 

Ruido de caballerías, voces de fieles ser- 
vidores, una sonrisa en los labios de mi 
abuela, una exclamación regocijada de mi 
madre, Niní que se olvida de su bebé, Er- 
nesto que se levanta, arrojando los carri- 
zos y la navaja .... ¡ Es mi padre que vuel- 
ve de caza! ¡Mi padre con la escopeta al 
hombro y el morral repleto! I 

Corrí á recibirle. Detrás de él venía 
Andrés, el criado diligente, el bondadoso 
amigo, el fiel Andrés, á quien mi padre, sin 
mengua de su autoridad, ni menoscabo de 
su decoro, estimaba y quería como á un 
hermano. 

— ¡ Al comedor ! — decía mi padre, toman- 
do la mano de Xiní. — ¡ Al comedor ! Les 
traigo muchas cosas .... • j 

La curiosidad y la impaciencia nos hi- 
cieron correr. A poco entraba el feliz ca- 
zador, enlazando dulcemente con el brazo 
la cintura de la dichosa compañera de su 
vida. 

Pronta el morral estuvo v^cio y extendi- 
do en la mesa el producto 4e la jornada: 
un gazapo y media docena de perdices. 



:t¿B¡b: 



143 

El conejillo estaba tibio aún : las aves 
yertas. De nieve parecian aquellas patitas ' 
rojas como el coral. 

Se hablaba de los incidentes de la caza ; 
pero nosotros no oíamos nada, en espera 
de las maravillas que nos. habían prometí- ■ 
do. Niní se atrevió al fin á preguntar : í 

— ¿Y para nosotros? ¿Y para mí? 

Sonrió mi padre con aquella apacible 
sonrisa de sus delgados labios ; brilló en 
sus ojos claros y siempre benévolos un re- 
lámpago de alegría, y sacó del morral, col- 
gado en bandolera, un ramo de frutos mo- 
rados, casi azules, un racimo de granadillas 
silvestres, y mostrándole en lo alto de- 
cía: . r.T 

— Para la señorita Niní .... 

La blonda niña dio un salto, queriendo 
atrapar las frutas que al punto cayeron en 
su mano. 

— Para el caballero don Ernesto. ... 

— ¿Qué? — dijimos á una, 

— Para el caballero don Ernesto y para 
Rodolfo, una cosita muy linda. .. . Adivi- 
nen.... ¿Qué será? .. ■ ...f 

— ¡ Un nido de chupamirtos ! , | ^^|-> 

— ¡Un pajarito herido! , .'AIt 

¡o. , . -- _ . A. 

— Caracolitos del almacigo?.... 



Mi madre sonreía ; mi padre se gozaba 
en atormentar nuestra curiosidad- 
Al fin hundió la mano en Jaaprofundk-- 
dades del morral, y nos mostró, cerca (íe , ; 



m^ 



;í!?r- 



T44 

la lampara, un huevo, un liado huevo 
blanco, tinto en la sangre de las perdices. 

— ¡ Un huevo de chachalaca ! De la pues- 
ta de hoy.... Cuando le cogimos estaba 

tibio. La ponedora se fué herida — Y 

pasándole á manos de mi madre, agregó : — 
Límpialo .... 

Ernesto y yo nos disputamos el huevo. 

La autoridad materna puso término á la 
discusión. 

— Le guardaremos para ver si la cope- 
tona blanca, que es buena sacadora, con- 
sigue empollarle. 

Y ya nos parecía ver á la chachalaca que 
íle aquel huevo saJiera ir y venir por el co- 
rral gritando : "Hay cacao, hay cacao \" . . . . 
Y que desde el bosque vecino le respondía 
el macho: "No hay cacao, no hav ca- 
cao!" 



in. 

A las tres semanas, ó poco más, cierto 
día, al despertar, nos dieron una alegre no- 
ticia. La copetona blanca tenía catorce 
polluelos, y muy orgullosa de su nidada 
iba y venía por el corral, luciendo entre sus 
chiquitines uno de extraño aspecto que 
sus hermanos miraban de. reojo,- las demás 
gallinas con éxtrañeza y el señor del har-én 
con altivez y menosprecio. La chachalaca, 
fea, cubierta de obscuro bello, torpe, muy 



145 

distinta de sus vivarachitos hermanos, fué 
desde entonces objeto de nuestros cuida- 
dos, nuestra constante ocupación, el tema 
inagotable de nuestras pláticas. ¿Cuándo 
sera grande? ¿Cuándo la veríamos logra- 
dita ? ¿ No la veremos nunca gritar y re- 
volver el gallinero ? ¡ Qué de idas y veni- 
das ! ¡ Qué de viajes ! ¡ Cómo gritábamos 
todo el santo día : "'; hay cacao, no hay ca- 
cao !...." 

La avecilla plumo con un plumaje pardo, 
triste, luctuoso, que hacía contraste con la ' 
blancura nítida de los polluelos nacidos 
en el mismo día. No tardó en dejar á la 
madre adoptiva y campar por sus respetos, 
y, chiquita como era ni, buscaba abrigo 
por la noche ni gustaba de los cuidados ma- 
ternales. 

Cierto día le dije á Ernesto: " ' 

— ¿ La cogemos ? 

— No, porque huirá ; es arisca y huraña, 
¿ no lo ves ? Los pollitos nos conocen y nos 
quieren, vienen á comer arroz en nuestra 
mano, mientras esa prieta asustadiza y ca- 
nallona. . . . ¡ No la quieras ! 

Me quedé solo é intenté atraparla^ . . En. 
vano. La avecilla huía .... Hice del co- 
rral un pueblo revuelto, y no sin pena hu- , 
be de renunciar á mis propósitos, j Tenía 
yo tantas ganas de acariciar y jugar con la 
chachalaquita ! 

Algunos días después renové la inten- 
tona, pero sin éxito feliz. En la brega me 

IDelgído— 19 



•fff:' 



146 

encontró Ernesto, y por la noche, á la hora 
de la cena, cuando menos me lo esperaba 
yo, prorrumpió: 

— Papá: Rodolfo anda queriendo coger 
la chachalaquita .... 

— No hará tal — dijo mi padre; — no lo 
hará, porque yo se lo prohibo. ¿ Lo has 
oído? 

Con mi padre no se jugaba; una sola 
vez decía las cosas ; nunca repetía sus man- 
datos. 

¡ Ah, Dios mío ! ¡ Qué tentación aquella ! 
De día, de noche, á todas horas me perse- 
guía. En vano quería yo pensar en otra co- 
sa. Aquel deseo iba creciendo, crecien- 
do, dominándome, subyugándome. Así de- 
be suceder á esos hombres que de abismo 
en abismo van á dar en el crimen. 
— ¿ Y por qué no ? — pensé. — j A la obra ! 
Busqué un cesto grande, el mayor que 
había en la casa, y corrí hacia el galli- 
nero. 

Eran las diez de la mañana. Los gallos 
escarbaban en la tierra Hoja, buscando ali- 
mañas ; las gallinas se bañaban en el pol- 
vo ; otras estaban echadas poniendo, y la 
copetona cacareaba alegremente á pico 
abierto: "Pos.... pos.... pos pospore- 
so!" 

La chachalaquita, al verme, huyó y fué 
á refugiarse en el último rincón del co- 
rral .... Allá fui yo con el cesto en alto .... 
Sí, sin duda, llegar y atraparla sería cosa de 
un minuto. 



- / 147 

No fué así. Al acercarme corrió al otro 
extremo del patio, saltó sobre unas matas, 
dio un brinco y consiguió escapar. 

— ¿Te burlas de mí? — murmuré. — ¡Ya 
lo verás ! 

Y empezó el ataque. La avecilla, azo- 
rada, iba de aquí para allá, sin detenerse 
un instante. Las gallinas espantadas, vo- 
laban ó se agrupaban medrosas á la puer- 
ta del patio. Yo, en campo abierto, jadean- 
te, rojo, quemado por el sol, redoblando el 
brío, seguía en pos del animalito, el cual, 
cansado, rendido, cuando yo daba tregua á 
mi persecución, recobraba fuerza, y lue- 
go escapaba victoriosa. Aquello era un vér- 
tigo .... Por fin, en momentos en que el 
animal se detuvo, lancé el cesto y . . . ¡ Chas ! 
I Presa! 

Me detuve á gozar de mi triunfo. 

Cuando yo me incliné, doblando una ro- 
dilla, para echar mano á mi cautiva, oí la 
voz de mi padre, severa y reprensiva: 

— ¡ Rodolfo ! 

Estaba á la puerta del corral. Todo lo 
había visto. De pronto quedé sin movi- 
miento. Me repuse y huí por la bodega. 
Desde allí, mientras mi padre iba á libertar 
á la prisionera, pude ver con espanto que 
mi chachalaquita, laxo el cuello, se agita- 
ba moribunda .... 



r • 



vi^F 



148 



IV. 

Mi padre no chistó. A la hora de co- 
mer, al servirme el primer platillo, llamó 
al criado y en voz baja le dijo algo que 
no pude oír. Estaba yo avergonzado y tré- 
mulo, con los ojos llenos de lágrimas ; me 
latía el corazón como si fuera á salírseme 
del pecho: era yo un criminal que mere- 
cía la horca. 

Andrés volvió, trayendo una fuente cu- 
bierta con una servilleta. Entonces mi pa- 
dre, como nunca severo, dejó su asiento y 
vino á colocarse á mi lado. 

— Rodolfo .... 

No me atreví á levantar los ojos ni á res- 
ponder. 

— Rodolfo — repitió con dureza hasta en- 
tonces desconocida en él — ¡descubre esa 
fuente ! 

Obedecí temblando y ¡Dios santo! 

Allí estaba el cadáver, con el pico abierto, 
destilando sangre .... 

De codos en la mesa, oculté el rostro en- 
tre las manos, sentí que me ahogaba y me 
eché á llorar. 

Ernesto y Niní lloraban también. 

Papá y mamá comían silenciosos, y, sin 
duda, apenados y tristes .... 



149 

Esta es la historia, amigo mió. Cuando 
la recuerdo, y la recuerdo todos los días, y 
siempre con dolor y remordimientos crue- 
les, me pregunto: 

— ¿Qué sentirá el asesino cuando le po- 
nen delante de su víctima? 




MI ÚNICA MENTIRA 



A ExRííJlfc; lÍKRXÁNDEZ GONZÁLEZ. 



I. 



Aquello era todas las noches. 

Apenas apagábamos la vela, principia- 
ba el ruido, un ruidito leve, cauteloso, tími- 
do, como el que baria un enano de Swift, 
que, á obscuras y de puntillas, explorase el 
terreno, temeroso de graves peligros. A 
lo que imagino, "primero reconocía el cam- 
po, iba y venía, subía y bajaba, se pasea- 
ba á su gusto por todas partes, retozaba 
entre las jaboneras de mi lavabo, revolvía 
los papeles de mi humilde escritorio escolar, 
profanando las odas de Horacio y las églo- 
gas de Virgilio ; se trepaba al "buró," y con 
toda claridad oía yo cerca de mí los pasos 
del audaz, el roce de sus uñas en la fos- 
forera, en el libro y en el sonoro platillo de 
la palmatoria. 

Una vez quise sorprenderle, y encendí 
rápidamente una cerilla: estaba encarama- 
do en el extremo de la bujía, como un equi- 



Dcljrad».— .'fj 



V ^^TS^^r? <**:>" 



••^._ 154 ¡ 

librista japonés en lo alto de una pértiga 
de bambú. 

Chiquitín como era, el molesto visitan- 
te me causaba miedo atroz. Sólo de pen- 
sar que, aprovechándose de mi sueño, irla 
á mi cama, se instalarla en las almohadas, 
saltana á mi cabeza v arrastraría por juis 
labios aquella colita instable y helada, me 
daba calofrío. V héteme en vela, como es- 
cucha vn vísperas de combate, conten ien- 
<lo el aliento, atento el oído y abiertos los 
ojos para ver á mi t)sado enemigo. La ima- 
ginación me lo jjíntaba — tanto así le temía 
yo — colosal, horrible, hambriento, feroz 
como una tigre hostigada que ha perdido 
sus cachorros, lín esta inciuietud, nervic>s<), 
sobresaltado, asustadizo, pasaba yo dos <• 
tres horas, mienlras en el otro lecho <ior- 
mía mi padre el sueíio dulce y tranquilo 
que nunca falta ú las personas de buena 
conciencia. 

A la mañana olvidaba yo mis temores 
y recelos de la víspera, sin pensar duran- 
te el día en el ratoncillo aquel de nuestra 
alcoba, teatro de sus correrías. 

Un día, al volver del colegio, encontré á 
mi padre disgustado y mohíno, revolvien- 
do papeles de música y sacudiendo pliegos 
carcomidos. Había descubierto que los ra- 
tones penetraban en el "sancta sanctorum" 
de sus amores artísticos, y cometían allí 
graves delitos, crímenes de lesa majestad. 
La requisitoria fué terrible: habían roído 



155 



obras de raro mérito, <le subidígimo valor : 
una ópera de Alozart, la '"Flauta Encan- 
tada," tres sonatas de Beethoven, y la "Pas- 
toral" y la "Sinfonía Heroica," y qué sé yo 
(juc más ! El proceso había sido l)reve, y co- 
mo no iban á fallar populares jueces, fué la 
sentencia draconiana: i)cna de nnierte, ga- 
rrote vil. 

Ko tuvieron defensor los acusados. Na- 
die se atrevió á aboj^ar p(jr ellos. Yo me 
{lermiti aconsejar un medio infalible para 
ahuyentar á los bandoleros y evitar críme- 
nes mayores. 

— ¡ L'n gato, — dije. — \!nn de esos caba- 
lleros que gastan por las noches luminosas 
gafas, prestará oporttmos servicios en esta 
ocasión. Los malhechores tomarán el por- 
tante y emigrarán á tierras más propicias, 
al comedor, á la cocina, á la despensa. Allí 
no se atracarán de sinfonías clásicas, ni se 
hartarán de solfas inmortales, pero podrán 
encontrar algo más sustancioso y nutritivo. 

Confieso humildemente que al tratar de 
castigar á mis enemigos, que lo eran muy 
temibles para mí los tales ratoncillos, me 
halagaba la idea de un escarmiento ruido- 
so, de una ejecución ])ública, como esas tan 
provechosas para el jieriodismo (informador, 
JKTO, acaso, porque desde niño aprendí á no 
hacer daño alguno á los animales, yo pre- 
fería los medios preventivos; me ocurrió 
f|ue era más llano y conveniente traer á la 
casa un gendarme felino, hábil, experimen- 



156 

¡ 

tado y listo, que con su presencia ahuyen- 
tara á los bandidos. Me repugnaba tender 
lazos ocultos y traidores y convertirnos en 
verdugos, por mucho que eso y más mere- 
ciesen los perjuiciosos. 

— ¡ El "Morrongo" de mi tía Pepa ! — ex- 
clamé. 

— ¿Un gato? — prorrumpió mi padre, sa- 
cudiendo un legajo de valses viejos. — ¿ Qué 
dices? ¿l^ara que tengamos que lamentar 
mayores fechorías ? Xo ; esos señores de la 
raza felina, esos descendientes de Micifuf, 
no han entrado aún, — que yo sepa, — por las 
novedades de la incineración ; siguen sien- 
do inhumadores, y con huésped así. no que- 
dará planta con vida, ni habrá en el jardín 
sitio que no rasquen, ni almacigo que no 
destruyan. 

— Pero, papá 

— Nada de peros... Además, esa gen- 
tezuela es ])or extremo galante, y suele ob- 
sequiar á la señora de sus pensamientos 
con tales serenatas y tales trovas 

— "Música del porvenir". . . . — pensé re- 
plicar, echándola de satírico, pero no tuve 
valor para burlarme de las aficiones de mi 
padre, vagneriano incipiente, y, como tal, 
un tanto apasionado. 

— ^: Un gato, dices ? ¡ Quiá ! ¡ Una ratone- 
ra ! Vete á comprarla. 



_ .■'^jn*f¡k 



Í57 



n 

Yo no quise comprar de esas en que las 
víctimas mueren aplastadas ó sucumben co- 
gidas entre agudos dientes. Elegí una que 
parecía un juguete, una jaulita cilindrica 
de alambre niquelado, montada horizontal- 
mente en un eje, y que giraba al menor 
movimiento de quien, por su mala ventura, 
caía en ella. Así nos ahorraríamos suplicio, 
sangre y muerte espantosa. 

En la noche pusimos la ratonera en el lu- 
gar conveniente, después de colocar en el 
garfio un pedacito de jamón. Nos acosta- 
mos precipitadamente, apagamos la vela y 
íjuedé en acecho. . . . 

De fijo que el nocturno visitante anda- 
ba corriendo la tuna con sus amigos y com- 
pañeros, porque esa noche vino muy tar- 
de, dada la una, pasito á pasito, como si 
recelara del peligro. Caminaba un paso y 
se detenía, avanzaba y volvía á detenerse ; 
algo extraño encontraba en aquel aposen- 
to perfectamente conocido para él. 

— ¿De dónde vendrá? — pensaba yo. — 
¿ De algún convite ? ¿ De algún monipodio, 
donde se conspira contra los engafados ca- 
balleros? ¿De rondar el recóndito alcázar 
donde mora la beldad que le tiene ferido 
de amores ? ¡ Este doncel trasnochador, tan 
aficionado á la música sabía, debe ser un 
calavera de lo fino. 



i5« j 

¡ Ah, picaro ! ¡ Buena se te espera ! Quie- 
ra tu destino que vengas ahito, y no cedas 
á las tentaciones de la gula ! 

El ratoncillo, confiado y seguro, saltó á 
una silla, de allí el "buró" y dióse á ensayar 
sus ejercicios acrobáticos, brincando de la 
cerillera á la palmatoria, por burla, sin du- 
da, por el deseo de reirse de nosotros. 

Le vi bajar y correr hacia el estante. En 
el camino tropezó con un papel, con un 
pedazo de periódico . . . un fragmento de 
cierto diario . . . Ahí se entretuvo largo ra- 
to. ¿Estaría leyendo? No; los roedores no 
han de gustar de esa literatura. Fuese lue- 
go hasta la ratonera, atraído, sin duda, por 
el jamón, y ¡ zas ! ¡ preso ! 

i Qué ruido ! La jaula giraba vertiginosa- 
mente : rin, rin, rin I 

Encendí la bugía, corrí al sitio del suce- 
so. El pobre animalito pugnaba por salir 
y pretendía forzar los hierros ile su cárcel. 

Mi padre despertó. 

— ¿ Cayó ? 

— No escapará . . . ; Y ahora ? 

—Mátale ! " 

— ¡ Cómo ! . 

— ¿ Le tienes miedo ? 

— No, — contesté avergonzado, — pero me 
dá lástima. 

— Confievsa (jue tienes miedo, que te cau- 
sa repugnancia.... Sumerge la jaula en 
una cuba de agua y ahógale. i 



159 



III 



— Heme convertido en un verdugo, en 
otro Carrier, — me dije. — ¡ Yo no le mato ! 

El trasnochador se revolvía en la jaula 
como un loco. Pretendía huir y no conse- 
guía más que acelerar la rotación de su 
cárcel. 

— ¡ Ah, bribón! ¿Volverás á quitarme el 
sueño ? 

¡ Y qué bonito era ! Gris, de color de pi- 
zarra nueva, bien dispuesto, ligero, elegan- 
te, lustrosa la piel, negros los ojitos como 
(los cuentas de azabache. Me miraba aten- 
tamente : parecía lloroso, acongojado, co- 
mo implorando clemencia, pidiendo per- 
dón. 

Traje la cuba y la llené de agua. Iba yo 
:'i sumergir la ratonera.... y el valor me 
falt('). El prisionero no merecía tan duro 
castigo ; acaso no ora autor de las fechorías, 
tal vez era inocente. ¡Qué sabe un raton- 
cillo de esas cosas, de "Don Juan" y de 
"l'^idelio !"' Además: mi víctima tendría pa- 
dres, hermanos, hijos. . . . Tal vez el ham- 
bre le liabía arrastrado al crimen ! . . . . 

Dejé la ratonera y volví á la alcoba. 

— ¿Le mataste? — preguntó mi padre. 

— La verdad ... no ! . . . . Me dio lásti- 
ma .... 



■w 



6o 



— Le tuviste miedo ... y le abriste la jau- 
la. .. .¿no fué así? I 

— Xo, señor, — contesté, — dejé la ratone- 
ra en el patio. Mañana 

— No, al instante vas y le ahogas ! — re- 
puso el anciano, con el tono imperioso de 
quien siempre ha sido obedecido. 

¡ Pobre ánimo cobarde ! Si yo le hubiera 
dicho á mi padre que me faltaba valor pa- 
ra obedecerle ; que aquello me parecía ini- 
cuo, atroz, se hubiera reído de mi sensi- 
blería. 

Me resolví á cumplir lo mandado. 

Pero al fin no lo hice. Salí á la calle y 
allí puse en libertad al ])risionero. 

— Vete y no vuelvas, no vuelvas nunca 
á esta casa, donde si hay deliciosos platillos 
clásicos, hay también ratoneras y cubas. 
No vuelvas que morirás ahogado. Huye 
y no vengas á quitarnos el sueño, ni á cau- 
sarme penas como ésta que ahora me opri- 
me el corazón. 

Huyó el ratoncillo y yo respiré tranquilo, 
venturoso v feliz. , 



IV. 



¿ Qué sentirá un Juez cuando toma la plu- 
ma para firmar una sentencia de muerte? 
¿ Qué pasará en el alma del magistrado que 
por muy altos y poderosos motivos no pue- 



ríe conrorlor la \i(la á un reo de muerte? 
, Se{)aln Dios! 

Esa noche me vi oblij^ado á decir á mi pa- 
riré luia mentira — la iirimcra y la última — 
la única que oyó de mis labios en toda su 
\ida. Esa noche viví niuchos años en uno.s 
cuantos minutos. ¡ iJobadas de chiquillos! 

Y desde entonces no puedo escuchar 
música de Mozart i» de iJeethoven sin acor- 
darn^e del iM'isiunercj á (púen di libertad. 

El cjtro <lía estaba mi novia tocando la 
"Pastoral...." Mientras ella ejecutaba la 
maravillosa sinfonía, }o creía nii'^ar acurru- 
radito en un rincón del teclado al ratonci- 
l!o .'Kjuel, (jue me miraba con sus brillantes 
ojos negros, alegre y festivo, como si me 
í|uisiera decir: ¡(iracias! ¡Muchas gra- 
cias!" 




Delgado.— 5 



/ 



^>í 



1: 



AMOR DE NIÑO. 



Á Cayetaxo Rodríguez Beltráx. 



TT 



í 



le^ 



Ma^ 




¿ Te ríes ? Sí ; un amor profundo, verda- 
dero, que laceró cruelmente mi corazón de 
niño, y que ahora todavía, después de tan- 
tos años, si le evoco, hace palpitar mi co- 
razón dolorido y humedece mis ojos. Oye : 
vida ailegre la nuestra, vida rej^ocijada y 
dichosa que tenía algo del vigor de la ve- 
getación del trópico. í|ue se desbordaba por 
todas partes como las trepadoras en las um- 
brías, ansiosas de aire y de luz. 

De diario las tareas escolares, las rudas 
tareas del Colegio, encorvados sobre los 
clásicos, á vueltas con Horacio y Virgi- 
lio, rabiando con las dificultades de Teren- 
cio y maldiciendo de las pompas de Cice- 
rón. Tarea ingrata, y á mi juicio estéril, 
y que ahora doy por bien cumplida po'*- 
que me inició, sin que yo me diera cuenta 
de ello, en las mil bellezas de la gran lite- 
ratura latina, sin lo cual no repitiera hoy, 



W: 



(66 



lamiéndome los labios, como si gustara de 
añejo vino, aquello del Mantuano: .¿■-i 

Et jam summa procul villarum culmina fiimant 
Majoresque cadiint aliis de monlibus umbrre. i 

Mas para lodo habia tiempo: para sal'r 
á merodear ])or los solares haldios ó des- 
liabitados, á liui-tar naranjas ; para subir á 
lo más alto del cerro \ecino ; para tomar de- 
licioso baño en las pozas más hondas y 
sombrías del turbio Albano, n ir á vocear en 
im llano desierto, á la sombra de un ceibo 
aparasolado y susurrante, la "\'ida del cam- 
po" de Fray Luis de León, el "Israelita pri- 
sionero" de nuestro Pesado y la "^Playe- 
ra" de Justo Sierra. 

Si me es dado por el Cielo llej.;ar á la edal 
de las nieves, y alcanzo larga vida, te asegu- 
ro que en los días brumosos y entristeci- 
dos de mi ancianidad, cuando revivan en 
mí todos los nobles sentimientos que hi- 
cieron latir entonces mi corazón; al volver 
la vista á lo pasado, recordaré con alegría 
infantil aquellas excursiones á través de las 
espesuras y por las tnárgenes de los ríos, de 
las cuales volvíamos cargados de frutos ex- 
traños, de flores campesinas y de mil y ntil 
variadas yerbas montaraces, que cortaba 
nuestra mano amorosa, con destino á una 
niña, bella como no lo eran las pastoras 
virgiHanas, para una mujer de angélica her- 
mosura, todos It^s días soñada v siemnrc 
desconocida. 



íflj 

Algunos de mis compañeros tenían novia 
y les escribían carlitas en papel perfunia- 
(lo, con letra microscópica — eso era paia 
nosotros lo más elegante — y á veces con 
tinta purpúrea, como para decirles que ar- 
dían en amor como el mismísimo Mac'as 
cuyas trágicas aventuras nos ha)3Ían dejado 
boquiabiertos. 

iui mala hora leímos el poema de don 
Juan luigenio. ¡ Qué de cosas no admira- 
mos en él ! ¡ Oué de trozos y escenas nos 
aprendimos mejor que los pretéritos y su- 
pinos ! ¡ Cómo en'-endió nuestras almas ! 

Mis compañeros tenían novia .... 

Y yo ¿por qué no había de hacer lo mis- 
mo que ellos? Pero á decir verdad, ningu- 
na me gustaba. De cuantas chiquillas pri- 
vaban entonces por bellas y discretas, no 
era ninguna de mi agrado. 

Muchachillas casquivanas, — decía yo pa- 
ra mí — que dan oído á los requiebroá de 
esos calaveras de mis amigos ; que hoy se 
enamoraban de éste y mañana de aquél .... 
Yo soñaba con una señorita rubia, de ojos 
azules, esbelta y tímida, como aquella he- 
roína de un drama inglés que, por mi ma- 
la suerte decoraba el gabinete de mi pa- 
dre: Cordelia, la dulce Cordelia, ante la 
cual me c|uedaba yo absorto, ido, estático. 
Aquella sí que merecía los ramos de orquí- 
deas y los haces de heléchos, los frutos ra- 
ros y los nidos de plumón. Y merecía más, 
mucho más : ser amada por tan alta raane- 



♦ «. *^ >'.r «i,i-->i>-». -I. I ' 



■ "ST: 



ir>s 



ra, (jiie la pasión que ella inspirara ennrt- 
bleciera mi corazón, alumbrara mi espíritu 
con luces celestes y señoreara por siempre 
mi albedrio. 

Debía poner mi auKjr en una mujer como 
aquella, como la dulce princesa de rico 
brial, pie breve y largas trenzas, que apa- 
recía en el cuadro, acercándose trénnila \ 
llorosa hacia el mortuorio lecho de su pa 
dre infeliz. 

Y á decir lo cierto, me enamoré de aque- 
lla imagen, y durante muchos meses no vi 
\í más que para admirarla como á un por 
tentó de hermosura, para adorarla rendidt), 
ciego, loco. 

Loco, sí, porque aquello era una locura, 
y á ningún cuerdo le ocurriría prendarse 
de un excelente grabado inglés. Dejé 
amigos y paseos, renuncié á las expansionts 
vespertinas por los collados y las riberas, \ , 
en apariencia, me hice laborioso. Conclui- 
das las cátedras volvía á mi casa, me en- 
cerraba en el gabinete y me entregai)a u 
la contemplación de mi ídolo. 

Mi padre me decía : 

— Xiño. te has vuelto trabajador en 
demasía ; bueno será que dejes un rato esos 
libros. 

— No ; hay que terminar la versión ; esta 
"Epístola ad Pisones"' es cosa seria. . . . 

Y ahí me teníais en el gabinete, feliz y di- 
choso, porque estaba yo cerca de ella, de 
la duh*e Cordelia, di' mi encantadora prin- 



r. 



9 



i-<".síi. . . . Tero ¡ ay ! v\ cuadro estaba c*n alio 
y era preciso tenerle más cerca. Solicité 
el permiso paternal pa'i a arreg'lar el gabine- 
te ; insistí, rooué, volví á rogar, hasta que 
al fin me fué concedido lo que deseaba. 
ProiUo le arreglé á mi satisfacción. El 
cuadro ocupó el sitio principal, donde la luz 
daba de lleno, bajo, al alcance de mis ma- 
nos. 

Cuando salió el criado, á quien no permi- 
tí tocar el cuadro, y me quedé á solas, 
trémulo de emoción, nuirnmrando no sé 
(jué frase apasionada, me acerqué á mi 
ídolo y —no te rías, (lue aquello no era 
jtara reír— di rienda suelta á acjuel amor, 
y como si se tratara de un ser real, hice á 
Tui Cordelia una declaración en toda forma. 

V rendido, sin fuerza, viendo que no res- 
pondía ú la tierna y entusiástica manifes- 
taci(')n de mi sentimiento, avergonzado, he- 
rido en lo más sensible de mi corazíSn por el 
desdén de mi diosa, me arrojé en el sofá 
bañado en lágrimas. 

— ¡ Locura — dirás — locura ! Di cuanto 
quieras; ]»ero, óyeme bien, aunque no me 
creas. Allí, oculto el rostro entre las ma- 
nos, ]X'rmanecí hasta la caída de la tarde. 
( )bscurceió, y por el abierto balcón, entró 
la luz de la luna, y entonces. . . . entonces 
oí en el aposento algo vago y misterioso 
lorr^o el ruido de las corolas que se abren 
al beso de los silfos ; como el tronido de 
las azucenas cuando desgarran su traje 



Del^ido. — 22 



i^i,*.»:.^'! 'í'i;;/.i 



w»^*^p^^*iwwp^wiP""iwip?pill«iiip)Sii!Wi*piw^i^ 



170 



nupcial ; como el rumor de los caiTÍzales 
movidos por el céfiro; como el roce de 
una falda de seda .... i 

Alcé el rostro, y vi, no sé si con asom- 
bro ó espanto, que el cuadro estaba abajo, 
reclinado sobre el nun^o ; cjue el grabado 
crecía con él, y (jue de las tintas obscuras 
de la estampa se desprendía lentamente, in- 
definida, vaga, vaporosa, una figura gracio- 
sa y esbelta, que salió del marco y poco á 
poco se fué acercando hasta llegar á mi . . . . 

Mira, Enrique, no te rías de mi locura . . . 
— Y llegó, sí, llegó, serena, dulce, arrastran- 
do su falda nivea, y cuando estuvo á mi la- 
do, levantó aquellos brazos que tan lán- 
guidamente caían sobre los pliegues del 
brial, y poniendo en mi frente una mano, 
me dijo quedo, muy quedito, con dulcísimo 
acento que resonó en mi alma como el eco 
de una harpa de oro : 

— No llores .... 

¡Un sueño! — dirás. ¿Un sueño de im- 
púber? No; estaba yo despierto, te lo ju- 
ro! 

Alguien entró en el gabinete, llevando 
una luz. La visión se desvaneció. F' cua- 
dro estaba en su sitio, y cuando alcé >s 
ojos buscando á Cordelia, no vi más en e. 
que el reflejo de la lámpara ; un refiejo ro- 
jizo que parecía incendiarla. 

. Desde aí^uel día mi amor fué en aumen- 
to. Ni estudiaba yo, ni leía, ni tenía tieni- 
po para nada, como no fuera para ence- 



i7í 

rraniic t-ii el gabinete, s<')lo con mi amor. 
No, allí estaba ella, pero ¡ ay ! fría, indife- 
rente, desdeñosa ; atenta á su padre muer- 
to, fija la mirada en aquel anciano que 
tendido sobre un lecho de terciopelo ne- 
gro, pálido \ rígido, ni me movía á lástima, 
ni me inspiraba compasión. 

¿Cómo vencer aquella indiferencia? Con 
ruegos H'n vano! V aquel amor de lo- 
co crecía y crecía, me dominaba por com- 
pleto, me avasallaba v me hacía pedazos el 
corazón. 

Abatido, desalentado, huía yo al campo, 
lejos, muy lejos de aquella imagen que ejer- 
cía en mi fital influjo. 

Ya supondrás que los libros me aburrían, 
me cansaban ; que los trabajos escolares 
eran un suplicio para mí, y que Horacio y 
\'irgilio me fueron odiosos como nunca. 

En el campo. ... ¡ah ! En el campo me 
entregaba yo á soñar, á pensar en ella. Sen- 
tado en alta roca, desde la cual se dominaba 
la ciudad, en una roca rodeada de heléchos 
>• de flores purpúreas, me abismaba yo en 
la contemplación de las lejanías, y mi pen- 
samiento vagaba melancólico y lánguido 
por los mares opalinos que fingían en el ho- 
rizonte las últimas luces del crepúsculo. 
Llegaba la noche, y friolento y desalentado 
descendía yo, paso á paso, por la vertien- 
te, trayendo galanos ramilletes para mi 
ídolo; pobres fíores que se marchitaban al 
pie del cuadro, cerca de aquel viejo Lear ya 
odioso para mi. . . . 



^(^i^^BWiprprwwy^PFi >w«nilf|r 



172 



A Nt'ccs cuando vagaba yo con paso dis- 
traído por los campos, me parecía verla 
cruzar rápida y fugitiva por las lunbrías y 
creía escuchar el eco de su voz .... 

Caí enfermo, estuve á punto de morir. 

Quince días luché con la muerte. Al vol- 
ver á la vida, mi primer pensamiento fué pa- 
ra Cordelia. Durante la convalecencia 
quise ir al gabinete. Al i buena madre, de- 
seosa de complacerme en todo, me condu- 
jo hasta allí, ayudada de una amiga, y 
fui. . . . Xunca hiciera yo tal. Al entrar en 
aquel santuario de mi amor misterioso, 
cuando iba yo á ver á aquella por quien sus- 
piraba y padecía, supe con espanto, con ira, 
con rabia, que el cuadro había desaparecido. 
])í un grito y caí sin sentido. . . . 

JJespués me dijeron que el médico, cpie 
durante mi enfermedad me visitaba dos ó 
tres veces al día, con una insistencia' que 
rayaba en mala crianza pidió el cuadro, y 
tanto le pidió á mi padre que hubo de re- 
nunciar á su grabado predilecto. 

í'ues ahora, Enrique, voy á decirte una 
cosa. Ese amor de loco, que locura era y 
nada más, dejó en mi corazón tan hon- 
das huellas, que hasta hoy no le puedo 
echar en olvido. Su recuerdo es dulce 
l)ara mi alma ; es una de esas libélulas de 
oro, una de esas mariposillas cerúleas de 
que habla no sé quién, que vienen hasta 
nosotros desde los vergeles de risueña 
edad, travendn en sus alas frescos aromas 



173 



primaveraíes. algo de la dichosa juventud. 
Más tarde, cuando ya no bebíamos en 
los libros del \enusino 

"El viejo vino que remoza el alma," 

ni gustábamos en las églogas de X'irgilio la 
siciliana tniel, supe (|uc la encantadora niña 
objeto de mis primeros amores, era una he- 
roina de Shakespeare. Y . . . . seré franco, 
mmca he leído esta tragedia del I^ey Lear, 
»le cjue nos hablabas hace poco, ni la he leí- 
do, ni he de leerla jamás. 




i'ii' ■ "I ■■•ji "jwK^ii ]!■ , I . .vi«^i«nmavf;ni|<>*? 



P ■:0':'' ■ 



EL 

Asesinato de Palma-Sola. 

(HISTÓRICO.) 



■■'• ' 



Al Sk. I.k. 1). 

|OSK LórEZ-POKTlLLO Y ROjAS. 



'■Tgr 



jfAíá,. 



■Á 




Cuando el Juez se disponía á tomar 
el portante^ y sombrero en mano 1)us- 
caba por los rincones el bastón de carey 
y puño de oro, el Secretario — un viejo lar- 
guilucho, amojamado y cetrino, de nariz 
aguileña, cejas increíbles, luenga barba y 
bigote dorado por el humo del tabaco — 
dejó su asiento, y con la pluma en la ore- 
ja y las gafas subidas en la frente, se acer- 
có trayendo un legajo. 

— Hágame vd. favor. . . . ¡ Un momenti- 
to ! . . . . Unas firmitas .... 

— ¿ Qué es ello ? — respondió contraria- 
do el jurisperito. 

— Las diligencias aquellas del asesinato 
de Palma-Sola. Hay que sobreseer por 
falta de datos .... 

— Dios me lo perdone, amigo don Cos- 
me ; pero ese mozo á quien echamos á la 
calle tiene mala cara, muy mala cara ! La 
viudita no es de malos bigotes, y 



■ w.«.y) p.j >.„,.ii|.iupiyiij(nu.jipi, uj.iiii 



178 



— Sin embargo. 



■ ya usted vio ! ■ 
— Sí, sí, vamos, dcme vd. una pluma. 
Y el Juez tomó asiento, y lenta y pau- 
sadamente puso su muy respetable nom- 
bre y su elegante firma — un rasgo juvenil 
é imperioso — en la última foja del mamo- 
treto, y eu sendas tirillas otras tantas ('>r- 
denes de libertad, diciendo, mientras el vie- 
jo aplanaba sobre ellas una hoja de papel 
secante : 

— Ese crimen, como otros muchos, que- 
dará sin castigo. Nuestra actividad ha si- 
do inútil .... En fin ... . ¿ no dicen por 
ahí que donde la humana justicia queda 
burlada, otra más alta, para la cual no hay 
nada oculto, acusa, condena y castiga? 

Don Cosme contestó con un gesto de 
duda y levantó los hombros como si di- 
jera : 

— -¡ Eso dicen ! 

— ¿ Hay algo más ? 

— No, señor. 

— Pues, abur ! 

El secretario recogió tirillas y expedien- 
te, arrellanóse en la poltrona y encendió un 
tuxteco. 



En agosto, en plena temporada de llu- 
vias, entrada la noche, una noche muy ne- 



m 

grá y pávurosa, va Casimiro, el lionracid 
y laborioso arrendatario, camino de su ran- 
cho de Palma-Sola, jinete en la Diabla, una 
excelente muía de muchos codiciada, y por 
la cual le ofrecían hasta ciento cincuenta 
duros los dueños del Ceibo, ciento cincuen- 
ta del águila, en platita sonante y contan- 
te, á la hora que los quisiera, peso sobre 
peso/. 

Pero ¡ quiá ! Casimiro contestaba : 
— No, amo. ¿Vender mi Diabla? ¡No- 
nes ! ¡ Si sólo el nombre es lo que le afea ! 
Primero vendo la punta y malbarato el ca- 
fetalito. Vamos, señor amo : antes empeño 
la camisa que vender la bestia ; y luego que 
mi mujer está que no cabe con su muía. Y 
la verdá, señor, cuando va uno en ella, va 
uno mejor que en el tren ! Margarita le tie- 
ne un cariño y una ley, que. . . .¡no es ca- 
paz ! ¡ Ni aunque le ofrecieran por ella las 
perlas de la Virgen ! Si quiere la otra, mi 
amo, la Sapa .... mañana se la traigo. ¡ No 
le recele, patrón ! También la Sapa es 
buena ; casi que como ésta. Tiene buen pa- 
so, ni pajarera ni mañosa. De veras, no 
le desconfíe. Aunque la vea caidita de agu- 
jas. .. . Se la arrearé pa cá, pa que la vea. 
Por la vista entra el gusto. Ya verá qué 
rienda. Se la merqué al cotijeño el año 
pasado. Le di cuarenta. ¡ Es barata ! Cua- 
renta me dan ; ni medio más ni medio me- 
nos. ¡ Es pa los amos y nada les gano ! 
¡ Qué caminos aquellos. Dios santo ! Des- 



'■^W 



180 



(le más acá del barreal comenzaba lu bue- 
no. Zarzas y acahualeras cerraban el pa- 
so, y en algunos puntos eran tales los zo- 
(|UÍteros, que las bestias se hundían hasta 
los encuentros ; pero ¡ allí de la Diabla ! No 
perdía momento, y libre, ligerita, suelta la 
brida, subía, bajaba, costeaba el lodazal, y 
se colaba entre los matorrales como Pedro 
por su casa. 

Iba Casimiro cabizbajo y triste. No ha- 
bía motivo para ello, y sin embargo estaba 
asustadizo, y de cuando en cuando le daba 
un vuelco él coraz('»n. como si le amena- 
zara la mavor desgracia. Ganas le daban 
de volverse al Ceibo y allí i)asar la noche. 

De un lado el llano. Del otro el bos- 
que sombrío, negro, pavoroso, lleno de es- 
l)antables rumores: silbidos de serpientes, 
estruendos de árboles viejos que se caían, 
roncar de sapos en zanjas y lagunetas ; en 
los pochates más altos ulular de buhos, y 
allá, al fin de la selva, el estrépito del to- 
rrente y el ruido creciente del aguacero que 
venía que volaba con un tropel de cien es- 
cuadrones á galope. 

En la serranía, desatada tempestad ; la 
tormenta estacionada en las cimas, un re- 
lámpago y otro, y otro, y truenos, y más 
truenos, como si las legiones infernales ba- 
tallaran allí en combate definitivo. En los 
picachos, en los crestones, en las cúspides 
supremas, los fulgores del rayo se difundían 
á través de las nubes, iluminándolas á cada 



jq^itiiíi,»j^i.H*^j_ I II «^v^-svy-TYYr^wjf^y'T»- 



! 



instante con coloraciones fugitivas, rojas, 
áureas, cerúleas, que dejaban ver el sinuo- 
so perfil de los montes y la negra mole de 
fuliginosa cordillera. 

En el llano, reses medrosas y ateridas 
(|ue. refugiadas al pie de los huizaches, ra- 
moneaban en las yerbas húmedas ; entre los 
matorrales, en las tirillas del arroyuelo, en- 
tre las mafafas resonantes, el centellear de 
los cocuyos. 

¡ A llegar ! — se dijo el ranchero com- 
poniéndose la manga de hule!— ¡A llegar 
(|ue el agua está encima! ¡Anda, Dia- 
bla, que va poco te falta! 

Como si adivinara los deseos de su due- 
ño el noble animal ahirgó el paso y taca, 

taca, taca .... . 

El aguacero. Primero rachas de viento 
húmedo y frío; luego gruesos goterones 
(|ue calan con estrépito en la arboleda, y 
en seguida la lluvia desatada. 

Avanzaba el jinete á la vera del fangoso 
camino. Término de ésta era el maizal : una 
milpa magnífica, ya en jilote, cuyas cañas 
estremecidas por él agua y el viento, reme- 
daban rumores de crugiente seda. De allí 
partía una vereda, ancha y ascendente, al 
fin de la cual estaba la casa. A través de 
las plantas se veía el fuego del hogar que 
ardía con llama titilante y rojiza. 

Por aquel rumbo dirigió Casimiro su ca- 
ballería. l-Ji vano: la Diabla se detuvo 
alebrestada, renuente, erguida la cabeza, al- 
tas las orejas. 



l82 

— ( Epa ! — ,: Qué te sucede ? — exclamó el 
ginete. — ¡ Epa ¡—repitió. 

La Diabla, rebelde al freno, pugnaba 
por volverse. Casimiro gruñó entre dien- 
tes un (crno y azuz(') al animal, hincándole 
las espuelas, pero éste resistía encabritán- 
dose. [ 

— ¿ Nct quieres ? Pues . . . . ¡ toma ! 

Y ¡zas! lui par de latigazos, uno por ca- 
da lado. 

La muía arrancó al trote. 

Entre la milpa quedaba un hombre es- 
condido, envuelto en negra manga, apoya- 
das las manos en el cañón de una escopeta. 



n. 



¡ Qué alegremetíte ardian los leños en el 
hogar ! Tronaban los tizones y las llamas 
se retorcían trémulas en torno del tronco 
ennegrecido, proyectando en los muros 
danzarinas y quebradas sombras. 

Cuando Casimiro llegó ya Margarita le 
esperaba en la puerta. 

Linda campesina de apiñonado rostro, 
esbelto talle y grandes ojos negros. Son- 
reía afable y cariñosa. Aquella sonrisa era 
la sonrisa de la traición, encubridor hala- 
go de una emoción profunda y horrible. 

— Creí (|ue no venías ! ¡ Jesi'is ! ¡ Si vienes 
hecho un pato ! ¡ Quítate la manga que en- 
charcas esto! 



■¿L- 



i83 

— No me pasó e1 agvis- Luego; vo_y á 
desensillar, y á persogar á esta mafiosa que 
en la milpa se me armó de un modo que 
por nada quería andar. ¡ Si no le arri- 



mo ! 



Sintió Margarita que el corazón se le su- 
bía á la garganta, y tragando saliva y do- 
minándose, nuirmuró : 

— ¡ Adiós ! ¡ Vaya ! ¿ Y por qué ? 

— Se asustaría .... Los animales á veces 
ven visiones. Si sigue con esas mañas, 
aunque á tí no te cuadre, se la vendo al 
amo. Yo no sé lo (|ue fué. 

— El mapachín 

— ¡ Puede ! El cuento es que paró las ore- 
jas y que ni á cuartazos quería andar. 

Aflojaba la lluvia y la tormenta cesaba. 
I 'no c|uc otro relámpago allá en la sierra. 
Casimiro desenjaezó en el portalón, fué á 
persogar la bestia y á poco entraba en la 
casa. 

— ¡ Caramba ! Si vieras : echo de ver que 
no traigo la pistola. 

Xo le hace. Pa la falta que me hace. 

Margarita se puso lívida al oír esto. 

— ¿ No bebes ? 

— Échate el café y traite la limeta. Es- 
toy cansado y quiero dormir. 



in. 



Media noche pasada, porcjue el gallo ha- 
bía cantado dos veces, oyóse en el techo un 



1 84 



golpe, como el de una ()ierlra chiquita, lan- 
zada sin fuerza. L'asimiro roncaba. .Mar- 
garita no dormía, no había (|uerido dormir. 

— ¡ Casimiro ! ¡ Casimiro ! 

— ¿Qué cosa? — contest('j medio dornúdo. 

— i Casimiro ! 

— ¡ Oh ! ¿ (jué quieres ! i 

—¿Oíste? 

—No. 

— Alguno anda allá afuera. 

— ¿Por qué? ; 

— Oí ruido. 

— ¡ Déjame dormir ' 

— No; si clarito oí el ruido. Lo.> anima- 
les están inquietos. Oí ruido como de gen- 
te que se acerca. Si vendrán á robarse las 
bestias. 

— No, mujer, si el perro no ladra. . . . 

— Porque no está. Desde ayer no pa- 
rece. 

— ¡Voy! — rezongó el ranchero saltando 
de la cama. — ¡ Y luego que no tengo la pis- 
tola! 

— Coge el machete. 

Rl ranchero se embroct» el zarape, tonv'» 
el machete y salió al portalón. 

El cielo se había despejado. La luna ilu- 
minaba con triste claridad arboledas y mai- 
zales ; ligera brisa susurraba en las palmas, 
y los charcos reproducían aquí y allá, el 
menguante disco del pálido satélite. 

Las muías se rt-volvían in(|uietas. La 
Diabla, al sentir á su aun), relinchó de 
alegría. 



x85 

Margarita dejó el lecho, y quedo, muy 
quedo, de puntillas, conteniendo el aliento, 
fría de terror, erizado el cabello, se fué 
hasta la puerta. Allí, en espera de algo te- 
rrible, se detuvo á escuchar.... 

De repente sonó un disparo. Se oyó un 
grito ; después un ¡ ay ! lastimero ; en se- 
guida im quejido ; y luego el aterrador si- 
lencio del campo adormecido. 

De entre la espesura del cafetal se destacó 
un bulto. Un hombre que con el arma en 
la mano llegó hasta el portalón, y que en 
voz muy baja, como si tuviera miedo de 
sí mismo, como si temiera escuchar sus 
l)ropias i)alabras, dijo : 

—¡Ya!.... 



IV. 



Ocho años después, cierto día del mes 
(le mayo, conversaban muy alegres y en- 
tretenidos el Juez que ya conocemos y su 
Secretario don Cosme. 

— ¿Se acuerda vd,, amigo, — dijo el pri- 
mero, — del asesinato de Palma-Sola? 

— ¡ Vaya si me acuerdo ! — respondió el 
viejo, echando una bocanada de humo. — ■ 
Vd. creía t(ue la mujer, que, por cierto no 
era de malos bigotes, y el muchacho que 
pusimos en libertad.... 

— ¡ y sigo en la mía, señor don Cosme! 

Delgado.— 24 



•'™ 



i86 

En aquel momento entró una mujer que 
llevaba de la mano á un nnichachillo. como 
He siete años, muy raquítico y enclenque. 
La mujer parecía más enferma que la in- 
feliz criatura. Pálida, cxauíi^iie, encaneci- 
da, aparentaba doble edad de la que te- 
nia ; pero en sus ojos brillaba aún vivísinuj 
rayo de hermosura. 

El Juez y su Secretario la reconocieron al 
momento. La miraron de pies á cabeza y 
luego se miraron asombrados. Era Mar- 
garita. 

— ¿ Qué quería vd., señora ? — preguntó el 
Juez. 

La nuijer permaneció muda algunos ins- 
tantes. 

— ^:Qué deseaba vd. ? — repitió D. Cosme. 

— Señor juez: — dijo al fin — ; Se acuerda 
vd. de Casimiro González, aquel que..,, 
mataron en Palma-Sola? 

— Si, ¿por qué? 

— Porque, señor, ya no puedo más .... 
ya esto no es vivir. ... y vengo. . . . vengo 
á decirlo todo, á decir quiénes lo mata- 
ron .... 

— Y.... ¡ ((uiénes lo mataron? — replic'» 
el magistrado con imponente severidad. 

— La verdá, señor, ¡ yo ! . . . . ¡y el cjue 
ahora es mi marido ! 

Y la desdichada nuijer cayó de rodillas, 
y presa de mortal congoja, ahogándose, se 
cello á llorar. 






JUSTICIA POPULAR 



Á Kkasmo Castellanos. 



J 



^'0/ 



1 




Son las diez de la mañana y el sol que- 
ma, abrasa en el valle. Llueve fuego en 
la rambla del cercano rio, y la calina prin- 
cipia á extender sus velos en la llanura y 
envuelve en gasas las montañas. Xi el 
vientecillo más leve mueve las frondas. 
Zumba la "chicharra" en las espesuras, y 
el "carpintero" golpea el duro tronco de 
las ceibas. En las arenas diamantinas de la 
ribera centellea el sol, y en pintoresca ron- 
da un enjambre de mariposas de mil colo- 
res, busca en los charcos humedad y fres- 
cura. 

El boíque de "huarumbos," de higueras 
bravias, de sonantes bananeros y de floridos 
"jonotes," convida al reposo, y las orquí- 
deas de aroma matinal embalsaman el am- 
biente. 

Kn el cafetal sombrío, húmedo y fresco, 
todo es bullicio y algazara, ruido de follajes, 



""íwwpípwwRWír^ 



. ",■ " i».. HUÍ 11 jiipfiHJiíiij ri'yTr' i"»S! 



190 

lisas juveniles, canciones dichas entre dien- 
tes, carcajadas festivas. I 

Temprano empezó el corte, y buena par- 
te del plantío quodíS despojado de sus fru- 
tos purpúreos. 

Limite fiel cafetal es un riachuelo de po- 
cas y límpidas a.íLíuas, i)rotcg"ido por un tol- 
do de pasionarias silvestres que de un lado 
al otro extienden sus guías y forman tupi- 
dísima red florida, entre la cual cuelgan sus 
maduros globos las nectareas granadas 
campesinas. En las pozas, bajo los "ca- 
caos," media d(jcena de chicos, caña en 
mano, y el rostro radiante de alegría, pes- 
can regocijados. Cada pececillo que cae 
en el anzuelo merece un saludo. En tan- 
to, en el cafetal sigue el trabajo, se enreda 
la conversación entre mozas y mozos, y en 
los cestos sube hasta desbordarse la roja 
cereza. 

Cuando calla la gente en la espesura, y 
los graiiujas, atentos á la pesca, se están 
(juedos, resuena allá á lo lejos sordo ruido, 
el golpe acompasado de los majadores : 
¡ tan ! ¡ tan ! ¡ tan ! 

¡ Buena cosecha ! Antonio, el dueño del 
rancho, está contento. El año ha sWo pró- 
vido; los cafetos se rinden al peso de los 
frutos, y ya están listos, en bodega, quin- 
ce quintales completos, que darán á su due- 
ño, vendidos en Pluviosilla ó en Villaver- 
de, cuatrocientos veinticinco duros .... ¡Y 
lo que falta por levantar ! 



tgt 

En el raiiclio, todo es alegría. Trabaja 
imiclia gente. Delante de la casa, en gran- 
des petates, se tuesta al sol buena cantidad 
del preciadísimo grano ; los majadores tra- 
bajan tan bien, que es una gloria el verlos, 
y en el portalón, en varios grupos, las "lim- 
piadoras" separan el "caracolillo" de la 
"planchuela." 

Antonio vigila celoso las labores ; Mer- 
ced, su esposa, trajina adentro. El humo 
sube en espiral del pajizo techo de la casa, 
y el palmear de las tortilleras anuncia que 
ha llegado, ó no tardará en llegar, la hora 
del almuerzo. El humo de la leña húme- 
da que arde en el "tlecuile," inunda casa y. 
portalón, sale por entre los muros de caña, 
y asciende lento y azulado hacia las regio- 
nes despejadas del cielo. Delante de la ca- 
sa, en el espacio libre, bajo los naranjos car- 
gados de fruto, cerca del vallado de carrizos 
que circunda el huertecillo, cacaraquean las 
ponedoras, cloquean las cluecas, pían tími- 
damente los polluelos de la última nidada 
invernal, y el gallo, un gallo giro, de es- 
polones recios y cresta amoratada, orgullo- 
so y envanecido de sus odaliscas, se pasea 
con aire triunfador, hace la rueda á la más 
linda, y, de tiempo en tiempo, lanza á los 
vientos su imperiosa voz : "] quiquiriquí !" , 

Charlan de muchas cosas los del portalón. 
Pancho, el más garrido mozo, habla de ca- 
cerías con los menores ; tía Chepa, de sus 
achaques y dolamas; tío Juan, de su vida 






tí):» 

(lo soldado, de sus hazañas coiilra los }aii- 
quis; y las mozas, todas de ojos negros y 
vivarachos, mientras sus dedos apartan los 
seranos, no dan ])az á la lengua, y hablan de 
cierto mancebo ""charrcador," gala y orgu- 
llo de la comarca, ganancioso en las últi- 
mas carreras de "'Cuichapan," cosechero 
pesudo. y un tipo de lo más reguapo cuan- 
do pasa en el "Tordo." terciado el zarape 
multicolor, al desgaire el galonado som- 
brero, y firme y apuesto en la escarceado- 
ra caballería. Sonríen maliciosas, y bro- 
mean, y lanzan amables indirectas á Nie- 
ves, la hija de Antonio, (jue, según dicen, 
es la preferida del doncel. 

— Oye. Clara — dice una riendo y mostran- 
(\() la blanca dentadura — dice Nieves que 
n<') ! ¡ figúrate ! Si yo la vi embobada, con la 
boca abierta, contemplando á Daniel. Y el 
otro, tan descaradote, que no le (juitaba los 
ojos 

— Los ojos aquellos, que parecen brasi- 
tas. — murmuró otra. 

Xieves baja la vista avergonzada y fin- 
ge que no oye lo que sus amigas están di- 
ciendo. 

Salta tía Chepa, y dice en tono dejoso : 

— ¡ Ah muchachas ! ¡ Ustedes sólo pien- 
san en que se han de casar ! . . . . 

Y volviéndose á sus compañeras : 

— ¡ Pa las riumas, nadita como la tripa 
de Judas!.... En injusión de aguardien- 
tf. tibiecita, por la noche, y donde duele, 



193 

talla y talla, y flota que flota, hasta que 
se embeba! Y de veras: ¡como con la ma- 
no ! Las riumas vienen del aire, y por eso 
se quitan ¿on yerbas de olor. 

Pancho, muy serióte y grave, satisfe- 
cho de su auditorio, sigue contando sus 
aventuras de caza: 

— Los perros comenzaron á latir y yo 
dije : ¡ allá voy ! Y pa allá me juí. Le metí 

espuelas al cuaco ¡y arriba ! De que 

yo vi la cuernamenta, cargué la escopeta, 
y me aguardé por entre los acahuales. El 
venado que pasa y yo que le tiendo el fusil, 
y que le aflojo un tiro, y otro! Saltó el 
animal, cayó, volvió á saltar, se alzó, siguió 
corriendo y yo tras él. Ya le iba yo á 
apuntar de nuevo, cuando lo vi que tamba- 
leaba. Se atrastó entre los huizaches y fué 
á caer entre las yerbas del arroyo. Los 
perros venían latiendo. Yo llegué antes que 
ellos, agarré el cachicuerno, y ¡ zas ! ¡ lo de-, 
gollé ! ¡ Deveras que mi escopeta es buena ! 
¡ Los dos tiros juntos ! ¡ Mira si es buena! 

Todos charlan y trabajan alegremente, 
cuando de pronto una exclamación de Mar- 
celino, el majador que está más cerca del 
portalón, interrumpe la charla. 

— ¡ El chitero ! 

— ¡ El chitero ! — contestan á una, co- 
rriendo hacia afuera, para ver el gavilán que 
anda cerca. 

Ciérnese en el espacio, ó en rapidísimo 
giro va y viene, buscando con mirada fas-. 



t94 

cinadora, al través del follaje, á los tími- 
dos polluelos. 

El gallo dio la voz de alerta ; huyeron las 
gallinas hacia lo más espinoso del cafetal, 
en busca de refugio, y los polluelos se agru- 
pan en torno de la clueca y se esconden me- 
drosos bajo las alas maternales. Sólo una, 
la más bella, una de copete rizado v nivea 
pluma, madre joven é inexperta, parece 
indiferente, y cloquea tranquila mientras 
los hijos, asustados, la buscan presurosos. 

El gavilán va y viene. Ya la vio, ya la 
acecha. En rápido descenso cae como una 
saeta, y rozando el suelo con la punta de 
las alas, recorre el corral, y se va, lle- 
vándose mísero polluelo, el más lindo, el 
más blanco, el más vivo! En vano ha 
querido defenderle la madre. De nada le 
sirvieron á la infeliz el afilado pico y las 
alas robustas. El chitero se remontó con 
su presa, y huye, para devorarla en un pi- 
cacho de la serranía. 

El gallo tiembla; las odaliscas han desa- 
parecido, y sólo se oye, allá en la espesu- 
ra, un grito débil, con el cual avisan que 
el enemigo está cerca, que es preciso huir 
y esconderse en lo más tupido de los mato- 
rrales. 

De pronto exclama Pancho: [ 

— ¡Ya volverá! 

Y corre apresurado hacia la casa. No 
tarda en salir. Trae la escopeta. Al car- 
garla, murmura entre dientes un terno ame- 



'^ÍS!- 



»9S 

nazador. Nadie habla. El mancebo sale 
al llano. Los chicos que pescaban en el 
arroyuelo le siguen, mientras la tía Che- 
pa corre hasta lo más recóndito del bos- 
que. 

De allí vuelve á poco persiguiendo á las 
gallinas. Estas, azoradas, corren hacia el 
portalón. Tranquilas y descuidadas, al abri- 
go del viejo techo, se creen seguras, y el 
gallo torna á sus requiebros y paliques y 
las gallinas á su cacareo, y las cluecas á 
cloquear, y los polluelos vagan alegres y 
descuidados del peligro que les amenaza. 
Sólo la copetona blanca está triste y ape- 
nada, j Ha perdido un hijo ! 

— ¡ Ahí viene ! — gritan de pronto las mu- 
jeres. — ¡Silencio! 

El gavilán torna en busca de otra presa. 
Seguro de arrebatarla vuelve victorioso. 
.Se aproxima lentamente como si fuera á 
ranchos lejanos .... Pero repentinamente 
acelera el vuelo, duplica la fuerza de sus re- 
mos, sube, y baja, trazando en el espacio 
curvas caprichosas, y de pronto cae en el 
corral. Suena un tiro, y el rapaz carnívo- 
ro, herido en una ala, viene á tierra, volte- 
jeando y vencido. El tiro del mozo fué cer- 
tero. Resuena en el portalón un grito de 
júbilo. La chiquillería corre en tropel y se 
agrupa en torno del ave moribunda. 

Pancho, con la escopeta al hombro, muy 
orgulloso de su puntería, acude también. 

Las mujeres comentan y celebran caluro- 



iqé 



sámente la muerte del chitero. Los chi- 
cos quisieran hacerle pedazos. El ave, mo- 
ribunda, casi exangüe, aletea y se agita con 
las últimas convulsiones de la agonia. 

El mozo mira un rato á su víctima y lla- 
ma la atención de los niños acerca de las 
pujantes garras del animal ! 

^— ¡Ahora, muchachos, á cole^arlo! ¡En 
el jobo del camino ! 

Momentos después, entre los gritos de 
los muchachos, y saludado por mil silbidos, 
el gavilán queda pendiente de la rama más 
vigorosa del copado jobo. Aún está vivo 
el rapaz ; pasea en torno suyo los feroces é 
inyectados ojos, aletea de cuando en cuan- 
do, y por fin expira en uno ú otro balan- 
ceo. Las poderosas y anchas alas quedan 
laxas; las corvas garras quedan crispadas, 
y del abierto y amarillento pico se despren- 
den, lentas y pausadas gruesas gotas de 
.«>angre negra, espesa y humeante. 

— ¡ Viva Pancho ! ¡ Viva ! — gritan los chi- 
cos, y se retiran del patíbulo tarareando un 
toque militar. . . . ¡tan, tan tarrán, tan. . . . 
tan, tarrán tan ! ¡ Rata plan ! \ 



EL DESERTOR. 

Al incomparable novelista, 
D.José María DE Pereda. 



n 




Cerca de un cerrito boscoso, en lo alto 
de una loma está el rancho. Del otro lado 
de la hondonada, á la derecha, una selva 
impenetrable, secular, donde abundan fai- 
sanes, perdices y chachalacas. A la iz- 
quierda, profundísimo barranco. Una sima 
de obscuro fondo, en cuyos bordes desplie- 
gan sus penachos airosos los heléchos arbo- 
rescentes, mecen las heliconias sus brillan- 
tes hojas, y aljre sus abanicos el rispido 
huarumbo ; un desbordamiento magnífi- 
co de enredaderas y trepadoras, una casca- 
da de quiebra-platos, rojos, azules, blan- 
cos, amarillos-copas de dorada seda que la 
aurora llena de diamantes. En el punto más 
estrecho de la barranca, sobre el abismo, 
un grueso .tronco sirve de puente. 

Allá muy lejos, muy lejos, cañales y 



200 



plantíos, los últimos bastiones de la Sierra, 
el cielo de la costa poblado de cúmulos, en 
el dbal dibujan los galambaos cintas 
movibles, deltas voladoras. Más acá som- 
bríos cafetales, platanares rumorosos, mil- 
pas susurrantes, grandes bosques de ce- 
dros, ceibas y yoloxóchiles, sonoros al so- 
plo de las auras matutinas, musicales, har- 
mónicos. Allí zumban las chicharras 
ebrias de luz, y d€Ja oír el carpintero la- 
borioso, los golpes repetidos de su pico ace- 
rado. 

Un manguero de esférica y gigantesca 
copa, toda reclamos y aleteos ; á su pie 
dos casas de carrizo con piramidales techos 
de zacate : una, chica, que sirve de troje y 
de cocina ; otra, mayor, cómoda y amplia, 
donde vive la honrada familia del tío Juan. 

Afuera canta el gallo, un gallo giro, muy 
pagado de la hermosura de sus cuarenta oda- 
liscas ; cloquean irrascibles las cluecas apri- 
sionadas ; cacarean con maternal regocijo 
las ponedoras y pían los chiquitines de la 
última nidada veraniega. En el empedrado 
del portal('»n, Ali, el viejo y cariñoso A!i, 
sueña con su difunto amo, gruñe, y, de 
tiempo en tiempo, sacude la cola para es- 
pantarse las moscas. 

En el horcón, en su estaca de hierro, un 
loro de cabeza jalde parlotea sin [.arar: 
"¡ Lorito perrro, perrro!.... ¿líres casa- 
do?.... ¡ Já. . . já. . . . já. . . ! ¡ Qué rega- 
lo!" 



20I 



Los mancebos están en el campo, en la 
milpa, en el cafetal, en la dehesa. Las dos 
muchachas, Lucía, la de los ojos negros, 
y Mercedes, la del cuerpecito gentil, andan 
muy atareadas en la cocina. Humea el te- 
cho de la casa, huele el aire á leña verde que 
se quema, y el palmotear de la tortillera re- 
suena alegre y brioso, como diciendo : ¡ Ve- 
nid, que ya es hora! 

Señora Luisa trabaja en el portalón, sen- 
tada en un butaque, caladas las antiparras. 
Junto á ella duerme el gato, hila que te 
hila. . . . -■ 

La desdichada mujer, antes tan fuerte y 
animosa, se siente ahora débil y cobarde. 
No han bastado á calmar su dolor tres lar- 
gos años de llorar día y noche. Pasan las 
semanas y los meses, y ¡ en vano ! No pue- 
de olvidar á tío Juan, á su "pobre viejo," 
como ella le decía. Ni un instante aparta 
de la memoria aquella noche horrible, tem- 
pestuosa, sangrienta, en que, volviendo de 
la Villa, en la cuesta del Jobo, unos ban- 
didos asesinaron al honrado labriego. 

— ¿De qué sirve — piensa — que reine en 
esta casa la abundancia; de qué sirve 
que los cafetos se dobleguen al peso de los 
frutos y los maizales prometan pingüe cose- 
cha, y la torada cause envidia á cuantos la 
ven ? ¿De qué sirve todo esto, y qué vale, 
si quien debía gozar de ello, primero que 
nadie, quien trabajó tanto y tanto para con- 
seguirlo, no vive ya? 



UiljfiJo.— a6 



/■; 



mi^^^'^rmmmmw^miBmm'^^m^ 



20: 



La buena anciana prende la aguja en 
el percal, se quita los anteojos y enjuga sus 
mejillas con la punta de un gran pañuelo 
azul. Suspira, se santigua, y reza, quedito, 
muy quedito .... 



II. 



El desertor salió al campo con Anto- 
nio. El pobre hombre es trabajador y se 
desvive por ayudar á los muchachos, pa- 
gando así la hospitalidad que recibe. Cuida 
de las reses cuando los muchachos están en 
la Villa, raja leña, desgrana mazorcas y la- 
bra cucharas y molinillos. En la noche, 
después del rosario y de la cena, se pone á 
leer. Sabe leer y escribir muy bien. Se- 
ñora Luisa lo quiere nuicho. El deser- 
tor — así le llamaban todos — paga el cariño 
de la anciana leyéndole las vidas de los San- 
tos, en un tomo del "Año Cristiano," muy 
viejo y comido de polilla. \ 

De todos se oculta, temeroso de ser co- 
nocido y delatado á la autoridad. Pero allí 
está seguro, protegido por aquellas gentes 
tan nobles y sencillas, que le miran con lás- 
tima y le tratan como si fuera de la casa y 
de la familia. Lucía y Mercedes le sirven 
al pensamiento. Los muchachos le traen 
de la ciudad puros, cigarros y aguardiente 
catalán para (|ue haga las once. Antonio 
le regaló una blusa de franela azul; Pe- 



203 

dro, un pantalón nuevo ; señora Luisa unas 
botas de baqueta, por(|ue el pobre hombre 
estaba casi descalzo. 

Los muchachos le hallaron una mañana 
en el cafetal, dormido, cansado, enfermo, 
acaso muriénüose de hambre. Le desperta- 
ron, le montaron en el overo y le llevaron 
á la casa. 

El les cuenta cosas de j^ucrra y batallas 
que entretienen y divierten á los mucha- 
chos ; les refiere lances con los indios bár- 
baros y horrores de la "pronuncia" y de la 
"bola," que asustan á la viuda, la cual no 
puede comprender que los hombres se ma- 
ten así, cuando los campos están pidien- 
do á gritos que vengan á cultivarlos, y ofre- 
ciendo pagar con creces el trabajo. 

Dice el desertor que es de Sonora; que fué 
arrebatado de su casa, por la leva; que era 
feliz y dichoso al lado de su mujer y de 
sus hijos : una niña que apenas gateaba y un 
chiquitín, muy vivo, que hacía ya unas pla- 
nas tan lin<(las, que á poco iba á ganar á 
su maestro. Dice también que desertó, por- 
que ya estaba cansado de aquella esclavitud 
y aburrido de servir en el Regimiento, y si 
llegan á descubrirle, le fusilarán sin re- 
medio. 

Cuando de esto se trata, señora Luisa, 
muy conmovida, le tranquiliza, diciéndole 
que en el rancho está seguro ; que le oculta- 
rán, que nada le ha de faltar; que cuando 
íjuiera y le convenga irse, tendrá caballo 



204 

y dinero para el viaje ; no mucho, pero al- 
go, lo que se pueda .... 

El infeliz, agradecido y con los ojos 
llenos de agua, promete ser útil á sus pro- 
tectores. 



III. 



Aún no vuelven del campo los mancebos. 
Señora Luisa sigue en su labor y las mu- 
chachas disponen el almuerzo. Oyense vo- 
ces desconocidas en la vereda. Cinco hom- 
bres llegan armados con sendas carabinas. 
El Teniente de Justicia y los suyos. 

— ¡Alabo á Dios! 

— ¡ Alabado sea ! — murmura la viuda, de- 
jando la obra — ¡ Adentro la gente ! . . . . 

— Comadrita, buenos días . . . . ¿ cómo va 
de males? ¿Y las muchachas y Antonio y 
Pedro ? 

— Buenos, compadre . . . ¡ con el favor de 
Dios! 

— ¿Y mi comadre, y el piltontli? 

— ¡ Con salú, comadrita ! 

— Siéntate, jálate el banco. . . . ¿Qué te 
trae por acá? 

— ¡ Ay, comadre ! ¡ Cosas ! 

— ¿ Vienes á llevar á mis hijos ? 

—No.... 

— ¡ Como vienes tan arniao v con tu pa- 
trulla ! 



— No, comadrita. . . . cosas de la teneh- 
cia. 

— Pronto pixcaráii los muchachos 

y el día de la viuda van á tener fiesta .... 
Traerás á todos para que se diviertan. Yo 
no quiero fandango, pero ¡ qué se ha de ha- 
cer ! ¡ que se diviertan ! ¡ h-stán en sus años •! 
¡ Sólo tu compadre no se divertirá ! ¿ Te 
acuerdas — agregó con ternura, lanzando un 
suspiro — cómo se divertía mi viejo, con sus 
años y todo ? ¡ Parecía un muchacho ! 

— Lo mesmo, comadrita; pero consué- 
lese, que no se menea la hoja de la milpa 
sin la voluntad de Nuestro Señor! A nos- 
otros no nos pertenece averiguar lo que 
es motivao á esas desgracias .... ¡no más 
pedir por el alma del difunto 1 

El labriego pretendía consolar á la po- 
bre anciana. Esta, llorosa, prosiguió : 

— ¿Qué te trujo, Pablo? 

— ¡Ay, comadre! Una orden del Juez, 
ésta. . . . — y sacó de la bolsa del pantalón 
un papel doblado en cuatro. — Esque acá 
tienen escondido un hombre ! . . . . 

Señora Luisa se estremeció sorprendida. 

— ¿Un hombre? 

— Sí, un hombre que es un criminal. 
Esque ustedes lo tienen escondido aquí. . . . 
sin saber quién es ¡ que si lo supie- 
ran ! 

— ¿ Pues quién es ? 

— Dicen El Juez dice que es ma- 
ñoso .... 



..'•5^ 



— A decirte lo cierto, — replicó la ancia- 
na llena de susto, desechando un presenti- 
miento horrible y dominando la emoción — 
á decir la verdá, aquí tuvimos, aquí estu- 
vo un probé desertor Vino y nos 

pidió hospitalidá, y se la dimos .... Ya 
sabes : Dios nos manda socorrer al ham- 
briento y dar posada al peregrino .... Pe- 
ro el probecito ya se fué. ... ¡ ya se fué 1 ,'a 
otra semana, el día domingo. Así es que 
vinieron tarde. . . ¡ Más vale! ¡ Probes gen- 
tes ! Las cogen de leva, después se deser- 
tan y luego los quieren fusilar. . . . 

— Sí. comadrita, muy verdá que es eso, 
pero el que estuvo aquí no es de esos, no os 
desertor como se les afigura .... á uste- 
des. 

— Pues entonces . . . . ¿ qué es ? 

— Yo, la verdá, comadrita, no quisiera 
decírselo, pero lo que es desertor. ... ¡no 
es ! En el Juzgado me dijeron que era. . .-. 

— ¡ Acaba, por María Santísima ! 

— Que es, vaya, pues uno de los que . . . « 
uno de los que maltrataron á usté, coma- 
drita, y de los que machetearon al probé de 
mi compadrito 

— ¿De veras ?— exclamó la anciana páli- 
da como un cadáver. El Teniente hizo una 
señal afirmativa. 

— ¡ No ! No lo creas .... serán calunias y 
falsos. . . . 

Así dijo la viuda aparentando serenidad, 
pero én sus ojos relampagueaba la vengan- 



za, y sin quererlo, dirigía iracundas miradas 
hacia el cafetal, donde á la sazón estaba el 
asesino. 

— Sí, comadrita .... Si ya los otros caye- 
ron en poder de la Justicia, y cantaron, can- 
taron, cantaron toditito .... De seguro que 
los afusilan ! 

— ¡ Pues si es, que sea ! — replicó señora 
Luisa, levantando los hombros. — ¡ Que 
sea ! Ya está perdonado .... ¡ Gracias á 
María Santísima que ya se fué! Pero no 
lo creas, no lo creas ; han de ser falsos tes- 
timonios .... Ese hombre no tiene cara de 
asesino, compadre ! ¡ Si vieras, compadre ! 
¡ Si vieras, cómo leía la vida de los san- 
tos ! . . . . Si tú quieres registra la casa .... 
Si aquí estuviera, si estuviera aquí, yo mis- 
ma te lo entregaba, sí, yo misma, para que 
pagara su delito. Eso es lo que merecen 
esos bribones . . . . ¡ que los cuelguen de un 
palo! 

Fuese el Teniente seguido de sus com- 
pañeros. A poco llegaron los muchachos. 
El desertor, temeroso de ser descubierto ó 
de que dieran con él, se había quedado ocul- 
to en el cafetal. 



Si . 



2o8 



IV. 

La viuda y las muchachas hablaban en 
el portalón con Pedro y con Antonio, un 
campesino fornido y valiente. Traía un ma- 
chete al cinto y escuchaba á la anciana con 
generoso interés. j 

— Pero, ¿quién lo denunció? 

— ¡ Quién sabe. Sería el mayoral de Xo- 
chicuáhuitl 

— Pues entonces, señora madre — dijo el 
mancebo con aire resuelto y franco, echán- 
dose atrás el jarano,— que se vaya lue- 
guito. Le daremos el overo. No, mejor 
el tordillo, ya está viejo, pero todavía an- 
da bien No hay más que meterle las 

espuelas... ¡ni eso! Con sólo hablarle, ni 
el polvo le ven á uno Le daré mi pis- 
tola, y algo, aunque sea para los prime- 
ros días. 

—Como tú quieras ; lo que quieras, pero 

pronto ! 

—Entonces, tú, Pedro, te vas al otro la- 
do de la barranca. Allá te lo despacho. Le 
das el caballo, con la silla vieja ; le dices que 
todo se lo regalamos ; que nos escriba pa- 
ra que sepamos de él ; que no lo vayan á 
coger porque se la truenan ! Tú, Lucía, re- 
cógele sus cosas y hazle la maleta con todo. 
Ponle veinte pesos y mi sarape. Pero así, 



2og 

prontito .... Voy á traerlo para que se 
despida de ustedes .... 

— No, Antonio, ¡ eso sí que no ! No quie- 
ro verlo aquí ! — replicó la anciana inquieta 
y sombría, en lucha con su conciencia. 

— ¿ Por qué ? 

— ¿ Y si vuelve mi compadre ? 

— Tiene usté razón. Entonces de allí lo 
despacho. 



V. 



Al volver Antonio, la viuda y sus hijas 
estaban en el portalón, esperando ver al fu- 
gitivo, cuando pasara i>or el estrecho y peli- 
groso puente. 

— ¡ Se va llorando ! No quería, no que- 
ría.... — contaba Antonio. — Me encargó 
muchas cosas para ustedes ; c|ue no se olvi- 
den de él; que él mandará una carta cuan- 
do llegue á su tierra; que si lo cogen y lo 
fusilan, que le rueguen ;'i Dios por su al- 
ma ! 

— ¡ Pobre ! — murmuraban las muchachas 
y lloriqueaban. Señora Luisa callaba. No 
pudo más, llamó aparte á su hijo, y di jóle 
en voz baja : 

— ¿Sabes quién es ese hombre? i 

— ¡.\o! 

— ¡ Uno de los que mataron á tu padre ! 

La heroica mujer no dijo más y se cubrió 
el rostro con las manos. 

Del¿acle.— 2- 



2IO 



Antonio entró rápidamonto on la caía y 
salió á poco con un rifle. 

En aquel instante el ■'desertor,'' con la 
maleta al hombro, iba llegando al puente. 
Antes de atravesarlo se volvió para saludar 
á los que le miraban desde la casa, y gi'i- 
taba : I 

— ¡ Adiós ! ¡ Adiós ! 

Antonio preparó el rifle y apuntó. 

Al ruido del arma, señora Luisa se diri- 
gió hacia el vengador. 

— Xo tires, hijo mió, — gritaba la ancia- 
na con sublime energía. ¡ Dios te está mi- 
rando ! 

El joven bajó el rifle, le arrojó con des- 
precio, y quedó mudo, fija la vista en el 
suelo. Después, sin desplegar los labios, pa- 
so á pasito, se acercó á la viuda y la abra- 
zó . 

Lucia y Mercedes se miraban atónitas. 

El desertor pasó el puente, suliió la 
cuestecilla, y se perdió en la espesura. 

El loro parloteaba oii su estaca : 

— "Já já . . . já ! ¡ Qué regalo !" 



LA NOCHE TRISTE. 

(1819.) 



Al Sr. Lie D. Victoriano 
SALArjo Alvares. 



I 



■fNV 




I. 



Era el Sr. don Francisco de Hevia, Coro- 
nel del Regimiento de Castilla, un militar 
por extremo pundonoroso, valiente y ame- 
ritado, tan quisquilloso en las cosas del 
servicio, que pasaba por uno de los jefes 
más exigentes y terribles de cuantos soste- 
nían en Xueva España los derechos de la 
corona de Carlos \\ 

Nunca risa placentera alegró aquel su 
rostro moreno, donde parecían unidos en 
simpático maridaje el ardor impetuoso del 
morisco y la férrea energía del castellano. 

Distinguíale, por desgracia, altivo y co- 
lérico caráctter, del cual se contaban ho- 
rrores tamaños, y tales que á ellos atri- 
buían muchos el que no hubiera alcanza- 
do grados mayores en los Reales Ejérci- 
tos. Ni en formación ceñía espada, — se- 
gún fama — por expresa prohibición de S. 



214 I 

~M., — á causa de haber matado á un reclu- 
ta, cierto (lia de parada en un arrebato 
de ira. 

Era tan aseado (|uc, al decir de sus asis- 
tentes, tenia tantas nuulas de ropa blanca 
como dias el año, y jamás, ni aun estando en 
guerra, se le vi('> en los vestidos la más le- 
ve mancha. 

Cristiano viejo } rancio — como I)uen cas- 
tellano — aunque un si es no es maleado por 
aquel liberalismo re^alista, declamador y 
ardiente de la Junta de Aranjuez, que por 
boca de Quintana. }' en proclamas escri- 
tas, á juicio de Capmany. en "'estilo anfibio 
con bocabulario francés." desahogó sus opi- 
niones histórico-políticas, nuestro Coro- 
nel, muy extraviado en lo que toca á fue- 
ros eclesiásticos, no embargante lo cual 
cumplía casi de diario con sus deberes reli- 
giosos, como si le hubiesen estado prescnip- 
tos y ampliamente ])recisados en la ( )rde- 
nanza. 

No gustaba de compañeros ni de fiestas 
ni de holganzas, huía de galantes aventu- 
ras, aunque no era insensible á los encan- 
tos de recatadas femeniles bellezas, y te- 
nía por fruto vedado las ruidosas alegrías 
de la trashumante vida militar. Galante y 
cortés con las damas cuyo trato no busca- 
ba, pero que nunca veía con desdén, mos- 
trábase cariñoso con los niños y leal y 
franco con sus ann'gos, (|ue eran pocos, y 
entre los cuales se contaba tmo nniv vir- 



"'W 



■ -»'5 . 

tuoso y sabio, el Sr. Dr. don Miguel Va- 
lentín y Taniayo, honor y gloria del pul- 
pito mejicano, y otro nniy probo y benéfi- 
co, el acaudalado peninsular don Juan An- 
tonio Ciónicz, de grata memoria, introduc- 
tor de los mangos de Manila y del café en 
la comarca cordobesa. 

Placíale el juego, pero de mod(j singular: 
todos los días pasaba largas horas en sa 
casa ó en la fonda, jugando al solitario, 
entretenimiento infantil ((ue le ponía á sal- 
vo de incidentes y lances asaz peligrosos pa- 
ra hombre como él de ímpetus tan fieros. 

Bastaba el nombre de Hevia para alejar 
las guerrillas insurgentes algunas leguas 
en contorno, y á Jefe tan activo, perito y 
afamado, debió muchos triunfos el poder 
virreinal, así como la pacificación de las 
\'illas de Orizaba y Córdoba, allá por el 
año de 1820. 



II. 



Corría tranquilo el de 19, y los habitan- 
tes de la Muy Leal Villa de Orizaba, pa- 
cíficos y laboriosos por atavismo, gozaban 
de los beneficios de la paz, sin temor de 
que americanos ó realistas entraran á saco 
su próspera ciudad. 

El comercio y la agricultura iban reco- 
brando, poco á poco, su perdida activi- 



'^^m: 



216 I 

dad ; la arricrada del Interiur bajaba hacia 
la Costa para buscar Hetes en la V'eracruz 
o traer de Alvarado camarones y pescado 
secos ; y el vecindario comenzaba á repo- 
nerse de perjuicios y daños causados por 
la j^uerra. Mas otras calamidades le te- 
nían conturbado y en aflicción : un terremo- 
to había echado á tierra el tercer cuerpo di 
la torre de la Concordia, hermoso templo 
de los padres oratorienses ; el sarampión 
arrebataba docenas y docenas de chiquillos, 
y horrorosa sequía malogró las siembras de 
tabaco, los "frijolares," como los llamaban 
rústicos y labrieg^os, en los cuales plantíos ci- 
fraban los orizabeños risueñas esperanzas 
de pingües necesitados medios. 

Afligidos y apenados los piadosos habi- 
tantes de la pluviosa villa, hicieron, según 
la vieja usanza, novenario solemnísimo en 
honor y gloria de la milagrosa Imagen dei 
Señor del Calvario. — don precioso del limo. 
Sr. don Juan de I'alafox y Mendoza, atra- 
biliario obispo de la J'uelíla de los Ange- 
les, — más digno de memoria por su "His- 
toria de China," que por sus ruidosas que- 
rellas contra los Hijos de San Ignacio de 
Loyola, — en demanda de misericordia y 
remedio de males. 

Llenábase de gente, mañana y tarde, la 
vetusta y humilde capilla del venerado Cru- 
cifijo, á las horas del devoto ejercicio, en 
el cual concurrían los fieles con sendas 



2 17 

candelas de cera y sendas limosnas ; se reza- 
ba el "rosario" ó la "vía-sacra;" se canta- 
ba la "letania de los santos," el "alabado" 
ó el "Jesús amoroso," y "remataba todo," 
— como dicen los apuntes de un curioso — 
"con una fuerte disciplina ó azotaina." 

En aquellos tiempos de severa piedad y 
de heroico amor patrio, era costumbre en 
Orizaba, siempre que alguna calamidad 
afligía á los vecinos, — y grandísima fué 
para éstos la pérdida de la cosecha de ta- 
baco, — que el 1. Cabildo dirigiera atento 
oficio al M. R. P. Guardián del Colegio 
Apostólico de San José de Gracia, pidien- 
do misión pública á la benemérita Comu- 
nidad. Los buenos frailes accedían gus- 
tosos, y á los pocos días se daba comien- 
zo al cristiano ejercicio. 

Pidió misión en esa vez el M. I. Ayunta- 
miento, á la sazón presidido por uno de los 
más conspicuos vecinos, y, con asistencia 
del Concejo y en la primera quincena de 
octubre los franciscanos principiaron sus 
evangélicas y santas tareas, á tiempo que 
una compañía de volatines y faranduleros, 
capitaneada por un payaso de fama, llama- 
do Félix Cancela, tendía maromas, alzaba 
tablados y sacudía sus arambeles en el co- 
rral de la Ronca Llamas, dueño de un pa- 
lenque de gallos, sito á espaldas de la ca- 
pilla donde se celebraban los expiatorios 
cultos. 

Delgado. -«8 



2l8 



•Ya verás, lector amable, cúnio la paran 
dula provoct» "casns helH," poniemlo fren- 
te á frente la espada y la colluo^a. ¡ 



III. 



\'iernes. 15 de octubre, día de Santa Te- 
resa y tercero ó cuarto de misión, á eso de 
las tres de la tarde, salieron los francisca- 
nos 'del templo parrocjuial. 

Tocaban rogativa las campanas, y los 
frailes asistidos de sus le<^os y crucifijo en 
mano, al frente de numerosos diversos gru- 
pos de gente, tomaron por distintos ba- 
rrios de la \'illa. cantando el himno de los 
"Cora;i!ones," llamando á penitencia y diri- 
giendo á los tibios, á los indiferentes y a 
los pecadores públicos con (juienes se to- 
paban al paso punzadoras saetillas. Asi 
llamal)an á ciertas coplas ó versos sueltos 
de arte mínima con que daban descanso al 
rezar y oportuno alivio al fatigado pre- 
dicador. 

En la calle más amplia, en la más có- 
moda encrucijada se cumplían los actos 
principales del ejercicio. Allí cualesquiera 
vecinos proporcionaban una mesa monu- 
mental, labrada en cedro perdurable, de 
aquellas de ])esado asiento y garras de león, 
la cual quedaba ¡)ronto cnnv('rtida en pul- 



^-.■y,. 



2I< 



pito, sustentador á las veces de nuiy elo- 
cuentes oradores en ((uienes rebosaban, jus- 
to es decirlo, conmovedora elocuencia y 
eficaz unción. 

Terminado entre lágrimas el vehemente 
discurso, seguía adelante la procesión pa- 
ra detenerse en la plazuela próxima, don- 
de otro orador, tan elocuente como el pri- 
mero, subía á la improvisada cátedra, y así 
el numeroso concurso podía escuchar y es- 
cuchaba lloroso y hondamente conmovido 
tres ó cuatro sermones qut le movían á pe- 
nitencia y á vivo dolor de sus pecados. 

Al caer la tarde, cuando la noche baja- 
ba á todo correr por las entonces boscosas 
faldas del Borrego, uno de los grupos, — 
presidido por Fray Joaquín Ferrando.— 
y que venía del no distante monasterio del 
Carmen, acertó á detenerse, nadie ha sabi- 
do si casual ó intencionalmente, frente ai 
corral de la Llanos, donde volatines y fa- 
randuleros se daban á Satanás y lamenta- 
ban la falta de concurrentes que admira- 
ran y aplaudieran los chistes y glosas de 
Cancela, el salto mortal del más hábil de 
los volteadores, y el donoso pasillo ó d 
picaresco saínete con que se pondría tér- 
mino á la fiesta. 

Predicaban frente al palenque los fran- 
ciscanos, y (cosa rara en frailes españoles) 
tronchan contra el teatro con más ardor 
que Tertuliano y con más encono que el 
mismísimo Juan Jacobo Rousseau. 



Exasperados lt)S volatines y temerosos 
de un (|uebrant(), (jue no consiguieron evi- 
tar, no sa])ian (|ué hacer, hasta que, al fin. 
Cancela, enharinado y pintarrajeado de mü 
colores, y vestido ya el traje sembrado de 
oropeles, se decidió á jugar el todo por el 
todo. 

Algunas personas estaban de tertulia cer- 
ca del tablado: el Sul)delegado don Pedro 
María ["ernández ; algunos oficiales del Ba- 
tallón de Castilla ; mi abuelo paterno, cuyo 
nombre llevo, y c(ue había salido de Cór- 
doba con la familia toda, huyendo del vómi- 
to, que ese año hacía de las suyas en la 
Villa de los Treinta Caballeros ... y el mis- 
mísimo Ilevia (|ue, por caso raro, había de- 
jado aquella tarde su partida de solitario. 
para concurrir en el corral con algunos 
amigos. 

Dirigióse Cancela al Coronel, — acaso 
porc|ue de sus pocas pulgas y de su enérgic:) 
carácter esperaba eficaz remedio. — y que- 
jóse del mal éxito del espectáculo anuncia- 
do por culpa de los padres que á las puer- 
tas del corral .echal)an contra la profana di- 
versión, y con perjuicio de la Compañía, 
rayos y centellas. 

Oyóle paciente el irascible Coronel, 
quien cambi<'), en \oz baja, breves y termi- 
nantes palabras con el subdelegado, orde- 
nándole que prestara atención á los que- 
josos. Salii') al pimto don Pedro María v 



221 

suplicó á los misioneros que fuesen á con- 
tinuar su sermón á sitio más apropiado y 
distante, y obedientes los frailes siguieron 
calle arriba hasta la plaza del Cura, y cerca 
de don José Bermúdez, hoy esquina de la 
Calle 4a. del Calvario v 3a. de San Ra- 
fael. 

Pero ni por esas venía la gente al espec- 
táculo, y Hevia, que tal vez deseaba dar 
esparcimiento á su ánimo, comenzó á im- 
pacientarse. Hal)l<') con uno de los vola- 
tines, quien le dijo (]ue los franci.scanos 
seguían predicando no lejos del improvisa- 
do coliseo, ^'lont(') en ira al oírle, y hacien- 
do á los presentes imperioso ademán para 
que le siguieran, salió camino del lugar in- 
dicado. 

A poco andar se encontró con la multi- 
tud que de rodillas escuchaba el sermón, 
y pasando entre ella con no poca dificul- 
tad, que su violencia de ánimo hacía mayor, 
emprendió acercarse al (jrador. Mas no 
había llegado hasta él, cuando blandiendo 
el bastón, principit'j á gritar en tono de có- 
lera mal re])rimi(la : 

— ¡ I 'adre! ¡ ^'a le mandé decir (jue fuese 
á predicar á su convento! 

El misionero seguía su discurso, sin dar- 
se cuenta tie lo (]ue pasaba, cuando el pue- 
blo piadoso que había comprendido ya la 
actitud amenazante de ITevia, prorrumpió 
en gritos tremendos, de "¡Viva Jesús!'" 



!22 



"i Muera el denionio!" que por tal tuvieron 
las mujeres, y muchos hombres, al impio 
que tenía trazas de arremeter contra quien 
predicaba el Evangelio. 

Cierto mozo llamado Ángulo, lechugino 
de baja clase é hijo de una viuda (jue, al de- 
cir de los maldicientes de antaño, no era de 
malos bigotes ni de nuiy santa vida, arre- 
bató á Hevia el bastoncillo. En unos cuan- 
tos segundos llegó la valiosa caña á manos 
del orador. 

Esto fué para la nuiltitud como se,ñal de 
ataque. Todas las nmjeres se ])recipitaron 
contra el irritado Coronel, y dieron sobre él 
á golpes y pellizcos. 

A duras penas consiguió Hevia salir del 
paso ; retrocedió, y tomó por las calles de 
San Miguel, de la líóveda y de la Factoría 
hasta las casas fiel Marqués de la Colina, 
frente á la Plaza del Mercado, donde esta- 
ba el cuartel. Entre» echando espuma, — 
como acostumbramos á decir de quien está 
montado en cólera — y desde la ])uerta del 
cuarto de banderas gritó con voz tonante : 

— ¡ Granaderos ! ¡ Arriba ! ¡ Carguen ! 

Y salió á poco á la cabeza de los grana- 
deros, que iban al mando inmediato del Ca- 
pitán Pasaron. 

Protegidos por la obscuridad formaron 
silenciosamente los soldados al costado de 
la Parroquia, cuyo cementerio estaba rodea- 
do entonces por una barda con arcos in- 



-^f- 



223 

vertidos ct)ino los que ahora pueden verse 
en la iglesia del Carmen. 

Las mujeres saboreaban su triunfo. El 
sermón había terminado, y frailes y devotos 
cantaban el "Alal)ado," cuando una voz 
terrorífica los hizo callar, 

— ¡ Apunten ! ¡ I-'uego ! 

Y soiK) una descarj^a. Por fortuna Pa- 
sar(')n, en voz 1)aja. había ordenado á la 
tropa (|ue disparase al aire. 

Hevia mand('t carinar de nuevo ; pero no 
había sobre (¡uién tirar. La multitud se 
había dispersado, buscando refugio en las 
casas vecinas y por las calles próximas. 

El beli'coso jefe refren(') sus iras y dispuso 
(jue los granaderos volvieran al Cuartel. 

Esto se conoce en las tradiciones de Plu- 
viosilla con el nombre de "noche triste de 
Orizaba y derrota de Hevia por las viejas."' 

Noche triste fué a(|uella para todos; no- 
che de zozobras y de susto. Contábase que 
al día siguiente la Plaza del Cura, hoy Par- 
que Castillo, estaba cubierta ele sombreros, 
rebozos, chanclas y zarai)es, (|U.e sus dueños 
no se habían atrevido á recoger. 

El 16. antes de medio día. la M. R. Co- 
munidad del Colegio Apostólico de San Jo- 
sé de Gracia, presidida i)t)r su Guardián, 
un santo van'>n. trasunto de los Gante, los 
ATotolinia v los Serra. Fray Lorenzo So- 
cies, con diligencia cristiana y seráfica hu- 
mildad, dieron á Hevia, en su alojamiento 



m 



224 



completa satisfacción por sucesos' de la vís- 
pera. }• le [)i(Heron "[)or Jesucristo Cruci- 
ficado." que viera con ojos de piedad á los 
devotos y pacificos habitantes de la "Muy 
Leal Villa de Orizaba." 



A 4 de Septiembre de 18S9. 




mi 



La- Misa de Madrugada. 

(1866) 

Al Sk. Pkko. 
D JuAx Makía de la Bandera, 



^'^"fTv ~ "~ ■ 







I. 



El reloj (le la Basílica dio las tres. Y lue- 
go, en la alcoba inmediata, el "cucú" del P. 
Rector las dio también, como repitien- 
<lo la hora, y á poco el achacoso y cascado 
])éndnlo del dormitorio lanzó metálico ron- 
(|uido, y, tras un ruido de leves campani- 
llas, nun^muró : ¡ tin ! ¡ tin ! ¡ tin ! 

La llamita blanca de la veladora chispo- 
rroteaba vacilante y próxima á extinguir- 
se. Agonizaba. De cuando en cuando, 
como si (piisicra agotar las pocas fuerzas 
(|ue le (piedaban, ardía con luces juveni- 
les, languidecía casi hasta apagarse, y es- 
tallaba después en azulados medrosos re- 
lámpagos que parecían aumentar la inten- 
sidad de las sombras dando á los objetos, 
principalmente, á la cajonera monumental 
— verdadera cómoda de sacristía — aspectos 
extraños y terríficos. 



"^m: 



JjX 



La i.u;ual(la<l de los nuu-hles, la (^)l()(:a- 
ciúii simétrica <lc las camas alineadas á ca- 
lla lado coiilra los murijs, la desnudez he- 
lada de éstos, la vaga claridad lunar que 
trabajosamente entraba i)or los vidrios em- 
pañados }• rolos de las xi'utanas. daban al 
sal('>n mucho de la ])a\'orosa tristeza (jue 
tienen las salas (\v los hospitales. 

Cuando se reanimaba la vi'ladora perci- 
bía yo desde mi lecho el gran cuadro de la 
( iuadalupana, i)rotectora del dormitorio }• 
del colegio, anti(|nísimo cuadro, de marco 
plateresco, curioso ])atrocinio en el cual es- 
taban retratados el Arzobispo Xúñez de 
Jiaro y el Can('inigo lU-ile \' Cisneros. 

Mis trece compañeros dormían á pierna 
suelta. J 'obres niños de coro, bulliciosos 
"coloraditos" de la Insigne é lm])erial Cole- 
giata de .'^^anta María de ( ¡uadalupe, causa- 
dos por el trabajo, rendidos por la diaria 
faena de ayudar dos i) tres misas, salmodiar 
las horas can(')nicas. acolitar aipií y alLá, 
en la Catedral, en el l'ociti), y en el C"erro 
ó en las Ca])uchiinas. esturliar versículos y 
repasar h-cciones de gramática, explicadas 
todas las tardes ])(jr un caballero nuiy ama- 
l)le y nmy lechuguino (|ue cada lunes nos 
obseipiiaba con caramelitos deliciosos de 
'"El l'araíso 'J'errestre," los niños caían to- 
das las noches — al decir del P. Vicerrector 
— como piedra en barranco. Dormían ese 
venturoso sueño de los trece años que la 
inocencia y el cansancio hacen más pro- 



2 29 

fundo y sereno. Yo solamente estaba des- 
pierto. Dulces recuerdos del hogar pater- 
no, avivados el dia anterior por una carta 
tierna y sentida como todas las que una 
madre escribe al hijo ausente, me tenían en 
vela presa de t(jrmentoso insonmio. 

Lejos, allá muy lejos, á muchas leguas de 
la gran Ciudad, lejos de aquellas estériles co- 
linas i)obladas de cactos y de malezas es- 
])inosas, habla ríos de aguas límpidas y so- 
noras, praderas entiorecidas, montañas bos- 
cosas. ... Y allí estaban mis amiguitos de 
la niñez, mi nodriza, viejos servidores que 
me cuidaran como á las niñas de sus ojos, 
mi casa, mis padres, mi alegría, mi dicha. 

El colegio con su aspecto monacal, con 
sus altas jiaredes ennegrecidas, con su es- 
trecho patio, sin fuentes, sin flores, sin ár- 
boles ; las cúpulas cercanas ; las cuatro to- 
rres de la Basílica, siempre iguales, siem- 
pre en el mismo sitio, pesaban sobre mi al- 
ma como la losa de un sepulcro. . . . 

¡ Quién se hul)icra escapado de allí, co- 
mo pájaro fugitivo, para emigrar con las 
golondrinas, moradoras de los vetustos 
camjjanarios que á fines de Septiembre, allá 
por el día de San Miguel, partían en ban- 
dadas rumbo al Levante, hacia la casa de 
mis padres ! 

En mis días nublados, (jue lo eran todos; 
en mis tristezas de muchacho ensoñador y 
melancfMico; en mis horas interminables de 
atroz desconsuelo, aquella vida de trabajo, de- 



230 

masiado monótona y seA-era para alegres ni- 
ños ; aquella vidaentresaccrdotal yestudian- 
til, era para tni desesperante, acongojadora, 
horrible; siempre ignal, sólo turbada por 
los exámenes, las tiestas de hís Naturales y 
de la Aparieión y por nuestra ñesta, la bri- 
llante fiesta de los Santos Inocentes, en (|ue 
nuiy seriotes nos dábamos el gustazo de 
v^^r cómo un "coloradito" entonaba los al- 
mos y dirigia el coro, otro cantaba la ca- 
lenda y otro tenía durante la misa, bajo su 
enflorada batuta de plata, á Larios, á Mo- 
ran, á Valle y al mismísimo i'. Caballero, 
y lo que era mejor, reír, ese día, de salmis- 
tas y cantores que, no sin refunfuños ni mo- 
hines, tenían que cargar los ciriales y co- 
lumpiar los incensarios. 

Habría yo cambiado mi vida por la de 
un mendigo, con tal de (jue me hubiera si- 
do dado volver al seno de los míos, á mis 
fértiles cam])os. á mis alegres montañas, al 
hogar de mis i)adres. 

Cuando ahora hago memoria de aquellos 
tiempos, siento (|ue los amo y suspiro por 
ellos; pero entonces los días me ])arecían 
sin sol; los meses, todos, invernales; los 
años se sucedían uno y otro iguales, grises, 
tediosos, desolados, ("reía í|ue en todo el 
nnmdo no había otro más infortunado (jue 
yo. 

¡ (Jué de ])enas ! ¡ Xi los mártires, cuyos 
tormentos nos conl.'ib.n loila-^ l;is noches el 
"Año ("ristianol" 



231 

Mis compañeros dormían tranquilos : eran 
felices. A menudo recibían la visita de sus 
amij^os, de sus parientes, de sus padres ; no 
les faltaban los besos maternales. Yo era el 
único que vivía allí como en tierra de cas- 
tijL^'o, sin más días alegres que aquellos en 
i|ue recibía de mis buenos padres una car- 
ta llena de santos y piadosos consejos. No 
tenía yo cerca de mí, ni parientes ni ami- 
gos. 

¡ Qué (hilccmcnte dormían mis compañe- 
ros ! Me parece c]ue oigo roncar á Al- 
berto Garay y á Gallardito, un gemelo deli- 
cado como un vidrio veneciano, ya enton- 
ces habilísimo calígrafo, capaz de copiar 
con rasgos de su pluma, el Pasmo de Si- 
cilia y la Concepción de Murillo. 

Acaso soñaban con una tamalada prome- 
tida por el Penitenciario ó el Magistral; tal 
vez con una excursión dominguera á Santa 
Isabel, á la Escalera, ii Punta del Río, ó con 
una tarde de e(|uitación en pacíficos polli- 
nos, por los llanos, antes desiertos y siem- 
pre desolados, de la liacienda de Aragón. 

Mi única idea era volver á la casa pater- 
na. Siempre estaba mi pensamiento en la 
Casa de 1 )iligencias, ó iba camino de Rio 
l'Vío sin temor de malliechores y guerri- 
lleros. 

Al fin, esa noche, el sueño me rindió. 
ICmpecé á soñar. . . . 

La diligencia. . . . Montañas cubiertas de 
rica vegetaci<')n . . . Un volcán . . . Una ciu- 
da<l ■ciuerida. . . . ¡ Mi hogar!. . . . 



232 

Pisaba ya los umbrales de mi casa, cuan- 
do oí mi nombre.... }■ desperté. El P. 
Rector, palmatoria en mano, estaba junto 
á mi, y somMendo me decía : 

— Ami¿,^uito. . . ¡levántese vdl. . , . 



11. 



A poco, casi todos los nuicliachos esta- 
ban despiertos. El dormitorio se liabía 
animado como ])or encanto, con esa anima- 
ción regocijada (|ue S(')lo se ve en l(js cole- 
gios, si un suceso tan importante como 
inesperado viene á turbar el orden, l'nos 
sentados al borde de la cama, otros vistién- 
dose, preguntaban con tenaz curiosidad al 
criado que acababa de entrar : 

— ¿ Qué sucede ? 

— Xada .... 

— ¡Nada! ¿Y nos despiertan á esta 
llora? 

— Para que bajen á la i^^lesia Di- 
cen que viene el Emperador 

— ¿ El Emperador ? — preguntaron en co- 
ro los desi)i.ertos (¡ne aun no dejaban la ca- 
nia. ; El Em[)erad()r ? 
. —Sí. 

— ¡El Emperador! — exclamaban como si 
}a vieran entrar por la puerta del dormi- 
torio al blondo Arcliidu(|ue. precedido de su 
1 -illante cuerpo de alabarderos y seguido 



Tt*j,f 'í-; 



de vistoso cortejo, todo placas, diamantes 
y cruces. 

— Si — afirmaba c! criado — y la Empera- 
triz. . . . 

— i Oué Em])tratriz ni c|ué alcachofas! — 
murmuró un soñolcnto desperezándose. — 
¿La Emperatriz ;'i las cuatro de la maña- 
na ? 

— Si, viene á oír misa. ... 

— ¿ A estas horas ? ¡ Sólo (pie esté loca ! 
i Q"é gusto que no tengo que levantarme ! 

La charla y el desorden eran tales en el 
dormitorio, que el P. Rector salió, y con 
acento severo, dijo desde la puerta de su 
cuarto : 

— ¡Silencio! Cuatro nada más.... 

Los demás .... ¡ á dornn'r ! . . . . ¡ Jubilado 
por dos meses el que no obedezca ! — y vol- 
viéndose á mí, agregó : 

— ¡ Los mantos nuevos ! ¡ Sobrepellices 
liampias ! 

¡ Era natural ! Los mantos nuevos, los 
de paño de Sedán, unos mantos de grana, 
ancluuosíjs, cardenalicios, c|ue habían cos- 
tado un dineral y (|ue únicamente veían el 
sol en días solemnes: y en las fiestas clási- 
cas. 



IIL 

r.ajamos á la l'asílica. La sacristía es- 
taba iluminada. El P. ^íondragón dispo- 
nía sobre la cómoda central ricos paramen- 

Ucljjíul'j.— i'-. 



234 



tos. El sacerdote que debía celebrar la 
misa conversaba á la ])uerta del chocolate- 
ro con el Rector y los canónij^i-os del F'a 
vrio y jNíelo. Este último gran madruga- 
dor y enemigo implacable de los "colora- 
ditos".... Conversaban vivamente y decían : 

• — Sí; S. M. la Emperatriz se marcha á 
Europa. 

Pasa algo nuiy grave. . . Se dice que Na- 
poleón. . . . (|uiere retirar las tropas. . . . 

— ¡ T^sto se va ! ¡ V.sio se va ! — repetía un 
canónigo. 

Nosotros no entendíamos de esas cosas, 
impulsados por la curiosidad y huyendo 
de las niiratlas amenazadoras del Sr. i\IeU), 
corrimos al templo Creíamos encontrarle 
engalanado é inundado de luz. listaba obs- 
curo y desierto. Ardían las seis velas de 
los arbotantes de plata ante la sagrada Ima- 
gen, seis cirios en el altar y seis blandones 
del presbiterio. No había trono. Del la- 
do del l^vangelio dos sillones y dos reclina- 
torios ta))izados de terciopelo carmesí, con 
galones de orn, y. . . . nada más! 

Meses antes, el mismo sitio vio á los AIo- 
narcas en todo el esi)lend()r de su alta dig- 
nidad. I na legión de cortesanos llenaba 
el templo. Diplomáticos, ])olíticos, gran- 
des damas, chambelanes, soldados de di- 
versas naciones, ujieres, pajes y alabarderos 
rodeaban á los Soberauijs. VA con el toisón 
al cuello. I^ll.'i ceñida In sien con la impe- 
rial corona. 



23Í 

Entonces aclamaciones, músicas, vítores, 
entusiasmo, delirio, adoración. ... 

Ahora, silencio, indiferencia, soledad. . . . 

La obscuridad del templo oprimía al co- 
razón : algo lúgubre y fatal flotaba en las 
tinieblas. 



IV. 

E\ sacerdote ya revestido esperaba en la 
puerta de la sacristía la llegada del Sobe- 
rano. 

Oyéronse en la plaza rodar de coches, 
voces de mando y ruido de armas. Abrióse 
de ])ar en par la puerta del costado y un 
grupo de personas entró en la Basílica. 
Algunas de ellas se quedaron cerca del 
cancel, otras se perdieron entre las som- 
bras de la nave central. 

Los Monarcas vestían traje de camino. 
Subieron lenta y majestuosamente las gra- 
das del presbiterio y tomaron asiento en 
acjuellos sitiales que parecían derribados 
de un trono. 

Dos individuos, ihambelanes acaso, se 
colocaron detrás, y ahí permanecieron cru- 
zados de brazos é inmóviles como unas es- 
tatuas. 



'^W 



236 



V. 



Principió la misa. 

Oficiaba un capellán imperial. 

Nosotros, llenos de curiosidad, no apar- 
tábamos la mirada del imponente grupo, 
más atentos á los movimientos de k>s Re- 
yes (|ue á los sagrados ritos. ¡ Xi (|uien 
pensara en eí vino de las vinajeras ! 

El Emperador oraba en silencio. 

La Emperatriz rezaba en una lengua que 
para los niños de coro era desconocida 
Rezaba con fervor, y su \ oz, vibrante algu- 
nas veces, parecía conuj entrecortada jk)!' 
los sollozos. A través del velo cjue le cu- 
bria el rostro brillaban las lágrimas, refle- 
jando la luz de los cercanos cirios. 

— ¡ \ an de viaje! — pensaba yo. — Pasa- 
rán por allá, ])or mis campos enflorecidos, 
por mis alegres montañas. . . Si el Empera- 
dor me dijera: — "'.Xiño, ,; quieres venir con 
nosotros?" "Te llevare á la casa de tus 
padres. ..." Resjiondería (|ue sí. ¿ Por cjué 
no? ^; Por qué no había de poder lle- 
varme ? 

¡Dicen que los reyes lo pueden todo! 
¿Dichosos ellos c|ue se van! 

Si en aquellos momentos en (|ue envidia- 
ba yo al Monarca, alguien me hubiera di- 
cho al oido (|ue yo era más feliz (|ue Maxi- 
miliano, me hubiera reído de cpiien tal di- 
jera y no le hubiese creído. 



:¿í¿ak.. 



-53? 



A la llora ilc la lílevaciún, cuandu las ale 
gres nulas tic las cain¡)anillas cíe oro resj- 
iialjan en el sileneitjso recinto, la Empera- 
triz, ñja la mirada en la Jiostia, avivó el 
fervor de sus re/os, y su acento dolorido 
tenia tantí: ternura (¿uc llegaba al cora- 
zón. 

Des[)ués, al acercarnos j^ara darles á be- 
sar la patena, dicien(k)Ies : "pax tecum," 
la Princesa murmuró al oído del blondo 
Archiduque algo que le hizt> sonreír tris- 
temente. 

Terminada la nn'sa, durante algunos mi- 
nutos, los Soberanos siguieron orando en 
silencio. 

Las primeras luces de la aurora clareaban 
en las altas ventanas de la cú])ula y teñían 
con suaves tintas de rosa las ricas balaus- 
tradas de ])lata. 

Salieron los Monarcas de aciuel templo, 
al cual llegaron por vez primera entre las 
aclamaciones ardientes de im pueblo des- 
lumbrado y lleno de risueñas esperanzas y 
salieron ])ara no volver jamás. 

Oyéronse otra vez ruidos de armas, vo- 
ces de mandíi y rodar de carruajes. Los 
Príncipes se alejaron y los '"coloraditos," 
muy ajenos á la gran tragedia cuyo pri- 
mer acto acababa de principiar, tornaban á 
su triste colegio alegres y parlanchines'. 

El capellán imperial los había obsequia- 
do, en nombre del Monarca, con hermosas 
monedas de oro, en las cuales estaba gra- 



^- 



vT 



í^,8 ' 

l.)a'lo rl noljli' insim tU^l Stjhcraim, >' 'juc 
hrülaban como il sol ((uc i'ii a(|ucllo.s ino- 
nu'ntos suhia á los ciclos, inundaiulo cié luz 
el inconiparahlc \ alie de México. 

Mientras el I', de la liandera — nuestro 
buen rector- -se (|uedó en el chocolatero, 
departiendo con los cani'inij^'os, volvimos 
al Colejí'io. 

íbamos á enseñar á nuestros compañe- 
ros las hermosas monedas, cuando el pe- 
rezoso que prefirió dormir á ver de cerca 
á un rey y á una reina, burhni y festivo co- 
mo siempre, se adelanti'» hacia nosotros, 
preguntando : ¡ 

• — Estos no lo (juieren creer.... ¿no es 
cierto que la Emperatriz está loca? 

y sin esperar la respuesta, dio la vuelta, 
riendo á carcajadas. 




BAJO LOS SAUCES. 

iFRAGMKNTOS DI". U\ DIARIO.» 

Á [usé F Rivera- 




Muchos y muy herniosos sitios tiene el 
Albano en aquella margen, pero el que yo 
pretería, es, sin duda, el mejor. Está más 
allá de la Fábrica, río arriba, á la izquier- 
da, en los términos de una dehesa siem- 
pre verde y mullida cjuc se extiende hasta 
las faldas boscosas del San Cristóbal. Es 
un rincón formado por los derrumbes y 
ampliado por las crecientes, que la fecunda 
vegetación tropical no tardó en invadir, cu- 
briéndole de verdura en pocos años. Po- 
blóle de sauces y de álamos ; regó en el 
cantil simientes de mil plantas diversas; 
sembr(') gramas i)erennes en el pedregoso 
suelo, y ornó el peñón, (jue en el fondo se 
esconde acurrucado, con musgos y liqúe- 
nes. Los sauces sueñan cosas tristes incli- 
nados sobre la corriente adormecida y ses- 
ga; los alarnos alardean de su esbeltez y de 
sus copas susurrantes. 

Trajeron los vientos al peñón polen de 

Delífado.— Ji 



'■iv- 



242 

orquídeas: brotaron por todas partes las 
begonias para ostentar «us hojas aterciope- 
ladas, y los heléchos prosperaron aqni y allá 
para lucir cada verano sus túnicas de seda. 
Los conv^ólvulos treparon j)or todas ])artes, 
derrochando cráteras y festones ; las arvoi- 
deas hurañas buscaron abrii^o y humedad, 
y mientras los lirios campesinos se ins- 
talaron con las ovas crinadas cabe el rau- 
dal silencioso, los romeros acuáticos vinie- 
ron rodando en busca de los islotes. 

Sitio encantador como perdido en un ba- 
rranco, lejos de la ciudad y no conocido de 
cazadores. 

¡ Cuántas mañanas de invierno, cuántas 
lardes de otoño, pasé á la sombra de a(iue- 
¡los sauces melancólicos ! Tendido en la 
grana, á tm lado el libro, dejaba yo vagar 
el pensamiento por las regiones encantadas 
de los mundos imaginarios. 

A los catorce años, cuando las esperan- 
zas juveniles no abren aún sus llores ; cuan- 
do no sabemos todavía lo que es dolor, gus- 
ta el alma de la soledad de los campos y pa- 
rece que encuentra en las arboledas, en las 
aguas, en las llores y en los jiájaros. ann- 
gos cariñosos (jue contestan á todo cor) 
una sonrisa, (|uc repiten dulcemente nuniT 
bres amados. 

No me arredraba la distancia y frecuentcT 
mente huía \p á mi rincón querido, segu- 
ro de hallar én él algo nuevo (|ue hasta 
entonces se había o»-ultado á mi curiosid^cj: 



243 

Conocía yo todos los escondrijos del bos- 
quecillo, todas las plantas, todos los árboles, 
todos los nidos, y todos los pajarillos mora- 
dores de aquellos follajes. Aquel sitio era 
mío, sí, mío; nadie podia disputármele, y 
como el rico que visita sus propiedades, las 
sementeras, las florestas, las tierras de labor 
y los prados, recorría yo a<]uel sitio, dán- 
dome cuenta } razón de cuanto allí tenía. 

¡ Ni los invernaderos de un rey guarda- 
baPi más tesoros ! ¡ Si creo (jue allí había 
todas las plantas, desde el hisopo humilde, 
hasta el cedro orgulloso! 

En primavera me daba lirios de suave 
aroma ; en estío flores extrañas de rosada 
corola ; en otoño frondas teñidas de púrpu- 
ra, y en invierno liqúenes pajizos. Los mo- 
radores de mi jardín, los mirlos y los jilgue- 
ros me regalaban, de abril á julio, con ce- 
lestiales músicas, y en la estación pluviosa 
no era raro encontrar allí alguna garza de 
nivea pluma que triste y melancólica soña- 
ba, sin duda, con lagunas distantes y lejanas 
tierras. Al ruido de mis pasos en la hoja- 
rasca alzaba el vuelo, trazaba en el aire 
grandes círcuUís é iba á perderse en la ri- 
bera opuesta. 

Pero ni pechirrojos, ni jilguerillos huían 
de mí. Cerca, al alcance de mi mano, can- 
taban que era una gloria. Desde allí no se 
descubrían ni la ciudad, ni los montes que 
circundan el valle. Apenas se veían los 
terhos fje la fábricji. ]í\ chimenea altísJniH 



^. 



244 



que dispersaba al Aliento, al grato viento 
vespertino, el humo negro de sus hornazas, 
como la pknnaztin de cien aves, sobre el 
cielo azul, dorado por las postreras luces del 
dia. 

Soñaba yo. JJeivditos sueños de la edad 
venturosa que no \ ienen á turbal' dolorosas 
memorias; que son como el rellejo de una 
alma virgen, y que nixs hacen viajar por las 
regiones de lo ])orvenir, en alas de la glo-, 
ria ; (|ue nos llevan en misterioso esquifj, 
liacia las tierras azules del |)rinier amor. 
Amor presentido, santo como las cari(;ias 
materiales, puro conio la gota de rocío (|ue 
ilumina con nndticolores cambiantes la co- 
rola de temprana tk>recilla. y ctjn el cual se 
c(ímpa<lecen á maravilla las selvas rumortj- 
sas, el ruido de los pájar(js en los tiidos, el 
capullo f|ue se entreabre, destilando esen- 
cias, el querellarse de la t''»rtola. el arroyur- 
lo garrido, las mariposas que orean sus alas 
y (|ue se aprestan á volar, la música agreste 
de los vieiUos en los carrizales inquietos, 
en las copas de los álamos, y en el tri-ífe 
follaje de los sauces, en los árboles de los • 
ríos, imagen de la vida en los árlxjles de los 
sepulcrc'js, símbolo del dolor. 

¡ Cómo at|uella virgen naturaleza tenía 
respuestas ])ara toda (|ueja, voces de aliento 
para toda esperanza, halagadoras frases pa- 
ra toda ilusión ! 

La gloria se me aparecía entre aquellos 
árboles, luminosa, olímpica, coronada de 



oslrc'llas ; el aiiiur sur|^ia ante mis ojos bajo 
la forma de j,a'ntilísima doncella, y la vida 
toda me anticipaba sns s^oces sin nna som- 
bra de dolor. 

¡ 1 {enditas horas aíjncllas en (jne la en- 
soñadora fantasía volaba rauda por las re- 
giones del éter, \' ajena á las desventnras 
de la vida, se emljriagaba de luz, de aroma 
y de poesía ! ¡ Ah si me fuera dado volver á 
fjozarlas ! A la caída de la tarde decía yo 
adiós á mi jardín, á mi río, á mis bosques, 
á mis flores y á mis pájaros. La noche ba- 
jaba á todo correr de las montañas ; el río 
dejaba oír su voz en las quebradas ; la fá- 
brica encendía sus luces, y en las chozas del 
monte fulguraban las hogueras. 

Kl vientecillo helado me hacía estremecer 
con estremecimientos de muerte, como si á 
los placeres de la tarde fueran á suceder 
agudos dolores, y lentamente, con paso des- 
mayado, me dirigía á la ciudad, envuelta 
ya en la sombra. 

Allá, en la región del Poniente, un refle- 
jo rojizo : el sol que se iba, que se había ido 
ya. Por todos lados montañas obscurecidas. 
En medio del valle, la ciudad despidiéndo- 
se de la luz con el .solemne tañido de sus 
campanas. En el cielo, saliendo de entre 
una nube negra orlada de plata, unas cuan- 
tas estrellas, la luna creciente, entristecida, 
pálida. 

Ayer visité ese sitio para mí tan querido. 
No ha variado. El hacha del leñador ha res- 



24l' 



pelaclu los álamos y los sauces ; aun exis- 
ten aquellas plantas que eran mis amigas, 
aun cantan en el i)eñ(')n los i)ajarillos, y el 
rio corre hoy entre los carrizales tan sere- 
no y adormecida como en aquellos felices 
años de mi juventud. Pero j ay ! ni árboles, 
ni flores, ni linfas, ni pájaros, ni vientos me 
hablaron de aquellos ensueños de color de 
rosa que encantaron las dulces horas de mi 
mocedad. No tuvieron para su viejo amigo 
ni una palabra consoladora. Hace veinte 
ganos ! i Cuántas lágrimas ! 




CREPÚSCULO. 

(Recuerdos de un viaje i la Costa de Sotavento.) 



Salimos de ^Vledellín y pronto perdimos 
de vista sus espesos l)osqiies regados por la 
deliciosas corriente del Jamapa. 

Caminábamos siguiendo el hilo telegrá- 
fico ; al través de inmensas llanuras alfom- 
bradas de pnkligos gramales, donde {)a- 
cian pintorescas toradas que lentas y co- 
mo perezosas se alejaban de nosotros al 
aproximarse nuestras cabalgaduras. 

Nos rodeal)a un horizonte sin límites cu- 
yo círculo no interrumpía ni la remota lí- 
nea de una selva, ni la silueta de un árbol, 
ni los caprichosos y esfumados contornos 
de una montaña, ni la oscura sombra de 
agreste caserío. 

Kl cielo, cubierto de plomizas nubes, ape- 
nas dejaba ver. de cuando en cuando, una 
ráfaga tJe oro que, rompiendo el nublado, 
parecía anunciar á los campos el ocaso pró- 
ximo del sol. 

Diluido. -33 



Ni una ñor, ni una ave que hiciera ñu- 
ños monótona aqueila sabana dcnde .u 
vista se perdía y la imaginación pleg^aha 
las alas, vencida por el cansancio Ni ru- 
mor de aj^^uas, ni susurros del viento.... 
sólo oíamos el jiaso <le nuestros caballo.^ 
y la voz del guia (|ue cantaba, entre dien- 
tes, triste son de la tierra, } (jue se adunaba 
por lo desmayado y lánguido al i)álido es- 
pectáculo c|ue teníamos delante, por exlre- 
mo extraño en aíjuellas fértiles \ fecun^ 
das regiones á la hora del crepúsculo. 

l'oco á poco se despejó el cielo, y apa- 
recieron en las profundidades de su bóveda, 
azul como el zafiro, magníficas nubes : ha- 
cia Oriente largos celajes horizontales ipie 
declaraban la proximidad del mar ; hacia 
el ( )caso los gigantescos cúmulos de las 
comarcas montañosas, teñidos de jalde y 
púrpura por el sol que caía, cúmulos que se 
movían lentamente, sinudando castillos feu- 
dales presa de las llamas, lagos de fuego, 
ora serenos, ora tempestuosos, animales 
heráldicos de aspecto espantoso, peces de 
gualda c^ue bogaban en linfas blancas, aves 
(le lumbre, águilas ardientes que cruzaban 
el esoacio centellantes, con brillos de hor- 
naza, endriagos y quimeras que se entrela- 
zaban y eh'currían en giros incomprensi- 
bles y pavo/osos. A la izquierda aparecie- 
ron pronto, interrumpiendo la igualdad fa- 
tigosa del paisaje, las cercanas lagunas del 
Mandinga, hermosas como espejos de pla- 



,á¿¡át 



25» 

la, eii cuyos cristales desplegaban sus ve~ 
las, como una parvada de cisnes, multitud 
de esquifes pescadores. A la derecha la es- 
tupenda vegetación tropical surgía an- 
te nosotros con toda su regia magnificen- 
cia. 

Atra\ í'samos la "raya" de una "mata." 
A la uiiifv)rmidad de ía llanura sucedió de 
pronto la pompa abrumadora de las selvas 
vírgenes. 

Altas y gentiles palmeras, de múltiples 
formas, las unas irguiéndose soberbias con 
sus penachos inquietos, desplegando las 
otras sus ruidosos abanicos, columpiando 
aquellas, al soplo del terral, sus graciosos 
plumeros; "Pochotes" colosales que espar- 
cían al viento el nítido vellón de sus frutos 
maduros ; higueras aparazoladas de niveas 
llores, airosos papayos; plantas de follaje 
Habetiforme; "cocuites" florecidos de suel- 
tos y flexibles tallos; gramíneas altísimas, 
por cuyas cañas trepan enroscándose los 
convólvulos campesinos, como si quisieran 
alcanzar los extremos pegajosos de sus 
guías, la espiga en sazón que ondea cim- 
brándose; ceibas seculares entre cuyos 
brazos arraigan las bromelias, robustas, 
recias, indómitas, con flores vpie semejan 
sagitas y dardos tintos en .sangre; orquí- 
deas de forma singular y penetrante aro- 
ma; magiares de follaje craso y raíces col- 
gantes que bregan y bregan largos años" 
para llegar al pantanoso suelo todo envuel- 



¡^:- 



^■^^ 



lu en una red de rubuslos bejucos y me- 
nudas trepadoras (jue impiden el paso \ 
coronan las copas de los árboles con oi)u- 
lentos ramilletes de campánulas de mil co- 
lores. 

Allí {germinan, crecen y Horecen "mantos 
de la VirjL;en" cerúleos y sanguíneos, "quie- 
braplatos" de alba y delicada corola, legu- 
minosas áureas de l)racteados festones, 
entre cuyas guías anidan y revuelan, como 
un puñado de pedrería arrojado al través 
de la selva, coliljríes de incansable presti- 
gioso vuelo, luciendo en sus plumas los 
más variados } maravillosos esmaltes ; ma- 
riposas de tul de opalinas alas ; centzontlis 
de canto dulcísimo y de vibrante voz ; '"tur- 
piales" de rojo pecho, "sargentos" carmi- 
nados, torcaces grises, melancólicas y arru- 
lladoras ; "cardenales" de gallarda cresta ; 
y papagayos y tucanes, cuyos colores codi- 
ciaría la paleta de un pintor. 

La noche se acercaba. El sol incendiaba 
con sus postreros rayos la llanura, y un 
murmullo solemne y misterioso se alzaba 
por todas partes. 

Parvadas de toda especie de aves cruza- 
ban el espacio en bajo vuelo, y parejas de 
loros buscaban su nido en lus "overos." 
En lo más alto del cielo, sobre el raudo 
torbellino de garzas blancas y de color de 
rosa que iban hacia lás lagunas se tendían 
en movibles cintas los ánades salvajes. 

Hundía el sol en las vagas lejanías su 



253 

disco enrojecido, y rojas estaban las nubes 
y roja la llanura. Las tinieblas luchaban 
por extinguir los últimos fulgores de la 
luz ; el murtnullo del campo aumentaba y 
subia á los cielos como las plegarias de un 
pueblo devoto (jue ora ante el altar, y 
cuando, á intervalos cesaba la greguería 
de los loros, la serpiente dejaba oir su agu- 
do silbido. El pájaro "vaquero" lanzaba 
su grito i)rolongado, y el "ataja-camino" 
saltaba tena/ é incansable delante de nos- 
otros. 

Ante a(|uel cuadro jamás presenti(k) y 
nunca imaginado, lleno de fe, de a^lmira- 
ción, de respeto y gratitud, detuve mi ca- 
ballo, y trémulo, con la frente baja, mur- 
muré el nombre sacrosanto del autor de 
tantas maravillas. 



Se apagaron los últimos fuegos del cielo, 
se obscureció la tierra, y el sol al hundirse 
mostró el nevado pico de Orizaba, que 
trajo á nuestra mente el recuerdo de seres 
queridos. 

Cesaron cantos, ruidos, rumores y mur- 
mullos, comenzaron á encender los cocuyos 
sus linternillas, y seguía mi camino, oyen- 
do los cantos melancólicos del guía. 



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K 



.<H^KJ9*ri *\\- 



:.^i 






EPILOGO. 



Á Maxuel J. Oth'Ón 



:43^y 



i -i*. 




— ^¿Quieres saber esa historia? Pues la 
sabrás. Es una novela. Un idilio fué para 
iní. Pero lo más interesante es el epílogo. 

Y mi amigo se acomodó á sus anchas en 
el asiento, cerró *el libro que tenía en las 
manos, — una de las últimas obras de Bour- 
get, — encendió un cigarro y habló así. 

— Era allá en nuestra tierra, hace trein* 
ta años, cuando aun no cumplía yo los vein- 
te, ¡ qué digo ! cuando aun no tenía los die2 
y o'^ho. ¡ Felices años ! ¡ Felices días aque* 
líos ! i Cómo aleteaba entonces en mi alma 
la mariposa azul de las esperanzas juveni- 
les, de que hablas en uno de tus libros! 
Tú andabas á la sazón prendado de cierta 
amiga mía, linda doncella de esbelto talle, 
de rubia cabellera, y de ojos lánguidos, 
húmedos como una violeta en cuya corola 
tiembla vacilante y límpida una gota de ro- 
cío. ¿ Te acuerdas de ella ? Esa mujer deci- 



Delgarto.— J5 



w 



258 

dio de tu vida, despertó «rf.t^í^sueñdis de g'lo- 
ría, y te hizo retraído y ppelancóljco y. ♦y.^ 
^ Píop.ósita de Matilde, debo decirte que láv 
vi el año pasado en Tampico. ¡ Si la vieras ! 
.... No conserva nada de aquella espléndi- 
da belleza, á la cual te rendiste á los pocos 
días. Hálleme á Matilde en un baile. Había 
ido con su hija, una pollita morena y co- 
queta, en quien parece haber renacido la 
graciosa hermosura materna. Conversamos 
toda la noche. Ya sabes que yo ni bailo ni 
juego, de manera que al encontrarme á la 
que fué tu novia, tu Beatrice, como la lla- 
mábamos todos tus amigos, me dediqué á 
conversar con ella, á charlar de los bue- 
nos viejos tiempos, y á distraer mi ánimo 
un tanto entristecido, con la sinfonía pri- 
maveral de los recuerdos juveniles. Aun se 
acuerda de tí Matilde. Nada de sus amores 
contigo se le ha olvidado, y al hablarme de 
aquella época feliz — feliz como ninguna pa- 
ra nosotros, — sonreía alegremente, y en sus 
ojos azules titilaba una lágrima. Pero va- 
mos al asunto. Mientras tú vivías prendado 
de Matilde, y no estudiabas y hacías ver- 
sos, yo, menos romántico que tú, y más 
dado á fiestas y bailes que á poesías y no- 
velas, enamoraba, ¿sabes á quién? á esa 
mujer á quien saludé tan cariñosamente en 
la última estación. Vive en la ciudad próxi- 
ma ; está casada con un ebanista habilísi- 
mo, y ahora va á reunirse con él, después 
de tres meses de ausencia. El marido es ese 



259 

joven vestido de negro que vino á recibirla. 
¿ No haces memoria de una trigueña de 
ojos negros, soberbios, luminosos y atercio- 
pelados, que vivía allá por el barrio del 
Cristo ? ¿ No ? i Pues norabuena ! ¡ Mejor 
que mejor! 

La conocí en un baile. Me interesó des- 
de luego aquella niña tímida al par que vi- 
varacha, recatada y amable, en cuyas pupi- 
las parecían centellear todos los astros del 
cielo tropical. Bailé con la joven una, dos 
y tres y cuatro piezas. Se mostró conmigo 
tranca y sincera, pero tan discreta y hones- 
ta, que no me atreví á murmurar á su oí- 
do ni una sola frase de galante. Hija de un 
artesano acomodado y laborioso, Elena, 
aunque de humilde cuna, estaba bien rela- 
cionada y era amiga de las señoritas más 
empingorotadas de Pluviosilla. Todas sus 
amigas, compañeras de colegio en su ma- 
yoría, la distinguían y la amaban. Así la jo- 
ven, sin dejar su esfera, frecuentaba la me- 
jor sociedad, sin que ésta, ni el trato con 
los ricos despertaran en ella locas aspira- 
ciones y amüición de lujo. Elena, vestida 
de percal, era tan elegante como susi/ami- 

Dígote que me gustó la chica. Me inte- 
resó su modestia, su airecillo donoso y su 
tímido donaire, y esa noche, en mi casa, de 
vuelta de la fiesta, me dije : "j No hay re- 
medio ! ¡ Voy á enamorar á Elena I" Y qué 
de veces, mientras tú subías y bajabas en 



26o 

busca de tu Beatrice, yo te dejaba para ron- 
dar la casa de la chica! 

Por fin, una noche, — llovía á mares, — en 
la reja, después de muchos meses de ha- 
cerle el oso, me dijo que me amaba. Ocul- 
tamos nuestros amores. Los amores ocul- 
tos tienen mucho encanto, pero. . . son por 
extremo peligrosos. ... Ni la vecina más 
curiosa, ni tú, que me acompañabas por to- 
das partes, ni la familia de Elena, sospe- 
charon aquellas relaciones. Le hablaba yo al 
caer la tarde, mientras tú hablabas con Ma- 
tilde, y ni en el paseo ni en el templo ni 
en el teatro, cuando Elena iba, pudo darse 
cata de aquellos amoríos. Elena me 
amaba, sí, me amaba con la dulzura del 
primer amor, como se ama á los diez y sie- 
te años, cuando ni desengaños ni dolores 
han marchitado el corazón, y el cielo es pa- 
ra nosotros todo luz y la mísera tierra un 
prado de azucenas. Yo la amaba también. 
¡ Pobre niña ! ¡ Cuan tierna y cariñosa ! 
¡ Qué confiada y qué amante ! En los prime- 
ros meses soñaba con ser mi esposa, y me 
decía : 

— Mira : seremos muy felices. Mis padres 
te amarán tanto como yo. Viviremos tran- 
quilos en una casita muy linda. Acabarás la 
carrera, y nos casaremos, y como yo no am- 
biciono ni deseo lujos y grandezas, fácil- 
mente lo arreglarás todo. Yo soy pobre, de 
cuna humilde, hija de un honrado artesano, 
es cierto ; pero tus padres me amarán por- 



201 

que soy buena, sí, soy buena, y seré mejor 
para hacerte dichoso, y para que tu familia 
me estime y me quiera. Mira : te adoro con 
toda mi alma ! ¡ Vivo para tí ! ¡ Sólo para 
tí! Mi dicha mayor es estar á tu lado, 
i Ámame, ámame como te amo! 

Pero después desapareció la alegría en la 
pobre Elena. En vano inquirí, durante mu- 
chas semanas, la causa de aquella tristez:*. 
Elena callaba. Entonces me hice el apasio- 
nado; me mostré rendido como nunca, y 
conseguí que la pobre muchacha me abrie- 
ra su corazón. 

— Me mata una pena; — díjome, — un sin- 
sabor constante. Tú me amas, lo sé, lo com- 
prendo, lo palpo ; pero 

Y se echó á llorar. 

Enjugué con mi pañuelo aquellas lágri- 
mas, y besándole cariñosamente las manos, 
le rogué que me dijera la causa de su pe- 
na. 

— Me amas, sí, pero no te casarás conmi- 
go! No soy la miujer que tú deseas, ni tu 
familia me aceptaría. ¡ Si no soy más que la 
/lija de un artesano! 

Dupliqué el ardor de mis palabras, le 
juré una y mil veces que luegp que termi- 
nara yo la carrera, al recibir el título de 
abogado, la llevaría al altar 

Serenóse la niña, y con una superioridad 
moral que me llenó de admiración, exc'a- 
mó: 

— ¡Te entregué mi corazón y tuyo es! 



202 



Te amaré siempre. . . perú estos amores 
terminarán cuando tú quieras, cuando tú 
lo desees. ¡ Guárdeme la Virgen de ser un 
obstáculo para tí ! El porvenir es tuyo. No 
pienses en mí. El día que me digas adiós, 
serena, tranquila, te escucharé sin que de 
mis labios salga una queja ; me miraré en 
tus ojos por la vez última, y me despediré 
de tí para siempre. 

Pasaron meses y nie.<^.es. Un español 
abrió una tienda en la casa de enfrente ; la 
tienda atrajo parroquia y movimiento 
en aquella calle, y fué preciso fijar ol:a llo- 
ra para nuestras citas. Entonces le hablaba 
yo á las diez de la noche. 

Elena era cada día más apasionada, más 
amante. El fuego de !a nubil ardió en ella, 
y á la timidez de otro tiempo sucedió en Ele 
na cierto atrevimiento que me nacía tem- 
blar. Cierta noche me dijo: "aquí no pode- 
mos hablar tranquilamente. La ca.sa conti- 
gua está vacía; nosotros tenemos la llave. 
Ya sabes que la entrada es una para las dos 
casas. Toma la llave, y á las once (no. mejor 
á las doce), á esa hora ya mis padre? duer- 
men, vienes, entras, y allí me encontrarás, 
ó allí te iré á buscar." i 

Vacilé .... pero acepté la llave y la cita. 

Recorrí calles y calles, y, á decir vtrdad, 
preocupado, temeroso y descon*.ento de mí 
mismo. Aquello era una infanra. Burlar 
la confianza de aquellos buenos ancianos 
era una cobardía. Odio á quien abus^i de 



263 

la confianza en él depositada. Los pobres 
viejos tenian en su hija una fe ciega. Me 
decidí á no faltar a la cita, pero me sentí 
encanallado. 

Fui esa noche, y fui otras muchas. '• 

Estábamos á fines de Diciembre. ¡Oné 
noches aquellas! ¡Cómo las recuerdo! El 
patio desierto; piezas y corredor á ohscu- 
ras ; en el jardincillo abandonado algunas 
flores tardías que embalsamaban el aire ^son 
penetrantes perfumes tropicales, y allá, a lo 
lejos, el sordo rumor del río, el monótono 
rodar del Albano azotado por el sur 
caldeante que traía en sus soplo> de fuego 
el susurro de las arboledas del valle. En la 
fuente el surtidor cantaba alegremente. 

Entraba yo sigilosamente, como un la- 
drón, me instalaba en el alféizar de una 
ventana, y allí esperaba á Elena. Pero ¿á 
qué contarte, uno á uno, los encantos de 
aquellas noches? Mas no creas que falté, 
en lo más mínimo, á los respetos debidos á 
aquella virginidad exuberante y tentadora. 
Un firme sentimiento de respeto; la voz 
maternal siempre resonante en mis oídos ; 
los nobles ejemplos de mi padre, — cuya su- 
blime rectitud era á mi alma noble estíriiu- 
lo, — fueron para mí freno y escudo. 

El idilio llegaba á su término. El cielo 
invernal, todo diamantes y luces, es testigo 
de que más de una vez la pobre Elena cayó 
en mis brazos ebria de amor ; pero no de 
ese amor que nos hace buscar en los mil 



:-rw^: 



264 

astros que pueblan el firmamento, espacios 
infinitos para el alma, sino ese otro que nos 
aniquila y nos abate y nos hunde en el cie- 
no. ¡ La mísera carne ! Una noche, por fin, 
me sentí como al borde de un abismo; lle- 
né de besos el rostro de la doncella ; oprimí 
con mis labios aquellos ojos meridionales, 
y estrechando entre mis brazos y sobre mi 
pecho aquella cabecita ensoñadora, tras el 
supremo esfuerzo de una voluntad próxima 
á romperse villanamente, díjele á Elena : 

— ¡ Perdóname ! Debemos separarnos an- 
tes que caer en el abismo abierto á nuestras 
plantas ; debemos sacrificar nuestros más 
caros afectos en aras del deber. Serías mía... 
pero á costa de terribles y eternos remordi- 
miento^! Tus padres no merecen esto; tú 
misma eres digna de más noble destino. No 
por una pneocupación, que no falta nunca 
en la mujer vulgar, me juzgues con dureza. 
Te amo, pero debo dejarte. Nuestros des- 
tinos son diversos y sendas distintas nos 
apartan en el áspero camino de la vida. 

— ¡ No hables más ! — exclamó rechazán- 
dome. — ¡ Todo me lo has dicho ! 

Pero luego, tomando entre sus manos mi 
cabeza, me besó larga, apasionadamente. 

Y se fué. 

No volví á verla. Semanas después partió 
con su familia. A los pocos años supe que 
se había casado. Hace tres meses, al bajar 
b«cia Pluvíosílla, la encontré en esa esta- 
ción, donde la saludé hace media hora. Iba- 



205 

nios pocos pasajeros: algunos extranjeros 
que volvían á su patria, y yo. Al detenerse 
el tren entró Elena con tres niños. Una chi- 
quitína graciosa y vivaracha, y dos mucha- 
chos listos y simpáticos. 

Ya conoces la novela. Ahora conocerás 
el epílogo. 

Saludé á Elena, la cual se mostró cariño- 
sa y amable, y, como había tomado asiento 
cerca de mí, no tardamos en tejer animada 
conversación. Era imposible no hablar de 
lo pasado, pero ambos nos sentíamos con- 
tenidos ; ella por nobilísimo pudor, y yo 
por natural respeto. Nunca, créemelo, nun- 
ca empañaré los cristales de la fuente lím- 
pida de mis afectos juveniles. 

Me presentó sus hijos. 

— Son cuatro — me dijo. — He dejado uno 
en el colegio. Es un mocito muy formal, 
muy aplicado y muy obediente. 

Y agregó sonriendo: 

— Estos nó. La niña sí es buena. Los 
otros no son malos, pero traviesos como 
pocos ! 

Y los mandó con la niña á un extremo 
del vagón. 

Hablamos de cosas indiierentes. Después 
me contó que sus padres habían muerto. 
Ella se había casado con un hombre muy 
decente, nmy henrado, muy trabajador, 
muy estimable y muy estimado ; no eran ri- 
cos, pero vivían en la abundancia. Y »l lo» 
muchachos, — como ella lo esperaba, — se lo 



266 



graban, la obra de la vida habría sido com- 
pleta y feliz para ellos. Y agregó con hidal- 
ga confianza. 

— i Soy feliz ! ¡ He sido muy feliz ! 

Oncdó un instante pensativa, y despué.^ 
de un rato de silencio, "onrojada y algo tré- 
mula, continuó : 

— ¡ Y esa felicidad te la debo á tí, sí, á 
tí ! No te olvido nunca, porque no puedo 
olvidar á quien me detuvo al borde del 
precipicio. Aquel amor era una locura .... 
Habría sido un infortunio para los dos. 

Y sonriendo alegremente, bajos dos oj<is 
y enceindi'da la color, díjomie: 

— Mira: ¿te he dicho que te debo mi fe- 
licidad ? ¡ Pues no es cierto ! Nada te de- 
bo. Ya te pagué la deuda. ¿Sabes lo que 
hice cuando nació mi primogénito? ¿A que 
no lo adivinas? 

—No. 

— Le puse tu nombre. ¡ Se llama conio 
tú 1 



Y mi amigo, al acabar su naración, me 
miró satisfecho. Estaba contento de sí mis- 
mo, y en sus ojos titilaba una lágrima. 

Abrióse en aquel momento la puerta del 
vagón, y un garrotero gritó : 

— ¡ Estación de Rinconada ! ¡ Dos minu- 
tos ! I 



á^ 



• / 



El Retrato del Nene. 



(IHSTOKIA AMOROSA.) 

Á Ciro B Ceballos, 




"tu ¡turas fait un crime? 

un crime n'est pas bien r.ifi' 
cil á faire, va, li suffit d'avoir 
liu coutape aprés le désir...." 

MALLARME. 



La muchacha era simpática, alegre, tra- 
bajadora y muy metidita en casa. Los ve- 
cinos, que eran muchos y muy curiosos, 
no la veían sino rara vez, al entrar ó salir, 
cuando en el balcón, de mañanita, lavaba 
la jaula del canario, un canario muy bulli- 
cioso y cantador, ó cuando regaba aquel 
rosal anémico y entristecido, cuyas flores 
primaverales eran cada año más y más pá- 
lidas y caducas. 

Inés se pasaba el día cosiendo, cerca del 
anciano, ó leyéndole los periódicos. Vie- 
jo empleado, pobre y con pocas econo- 
mías, muy dado á la política, no podía vi- 
vir sin periódicos, sin el pasto diario de la 
chismosa gacetilla. Entretanto la tía, doña 



^w^'- 



270 

Carmen, andaba por ia cocina ó en otfbs 
domésticos queltaceres. 

— ¡ Qué bonita muchacha !— decían to- 
dos. — ¡ Qué hacendosa y qué buena ! 

Juho mismo no sabe cómo fué aquello. 
Jamás correspondió Inés á sus guiños ni á 
sus plácidas sonrisas de enamorado. 

La chica se mostraba desdeñosa y casi 
casi despreciativa. 

El vio que la cosa no pegaba y dejó de 
pensar en ella. 

Pero un día de fiesta, en marzo, á la sa- 
zón que charlaba en la esquina con dos ó 
tres amigos, pasó Inés muy guapa y empe- 
rejilada, Imda como un sol. 

— ¿Adonde irá? — díjose el mancebo, y 
siguió de lejos á la joven por calles y calles, 
hasta que la vio entrar en una casa de buen 
aspecto, allá por la Colonia de Guerrero, 
en una casa baja, cuyos dueños, á juzgar 
por el mueblaje de la sala, debían ser per- 
sonas de cómodos y regulares recursos. 

Julio, sin meditarlo, casi maquinalmente. 
volvió á su casa pensando en la niña, y en 
nn dos por tres escribió en el primer papel 
(¡UQ encontró á mano media docena de fra- 
ses apasionadas, breves y concisas, para de- 
clarar su atrevido pensamiento. Pintábale 
un amor vivísimo, profundo, eterno, nacido 
de una mirada, y ardiente como el sol me- 
ridiano en día canicular ; amor que era la 
única ilusión de su vida, primera y última 
esperanza de ella, término y meta de todos 



271 

sus anhelos y ambiciones. Esperó á la chi- 
ca en el zaguán toda la tarde, y á eso de las , 
cinco y media le dio el papel. Un papel, 
si, que ese nombre merecía aquella carta 
escrita de prisa, doblada sin cuidado, en- 
tregada con despótico ademán, y para la 
cual no tuvo ni una mala cubierta. Y no 
porqur Julio no la tuviera, sino porque se 
complacía en menospreciar las fórmulas so- 
ciales y alardeaba de caprichoso, singular 
y excéntrico. ., . .. 

La chica, sorprendida al parecer, toda tré- 
mula y ruborosa, tomó el papel, y sin de- 
cir oxte ni moxte, entró apresuradamente 
y ganó la escalera. 

En varios días no vio Julio á su preten- 
dida. 

— ¿ Por qué no sale ? — se decía. — ¿ Qué le 
pasa? ¿Estará enfermo el viejo? 

Y desde su ventana, á través de los vi- 
drios empañados, rotos y cogidos con la- 
ñas de papel, observó horas y horas la casa 
de la chica. Hasta que una mañanita, cuan- 
do él salía camino de la escuela, con el 
Maynz bajo el brazo, apareció Inés en el 
balcón. Viole encendida y sonrojada, pero 
alegre y risueña. Una mirada mortecina, 
una sonrisa zalamera, y una rosa caída co- 
mo al descuido, y que al caer se deshojó, 
lo dijeron todo. 

Julio volvió temprano, sin pensar en el 
pasco diario por Plateros y San Francisco. 
Le esperaba Inés, muy arregladita y com- 



•■'i&' 



27Í 

puesta. Al cruzar el patio, cuando el man* 
cebo pasó cerca del balcón, hacia su pobre 
y destartalado cuartucho, á tiempo que no 
habia en acecho ni vecinas ni vecinos cu- 
riosos, Inés dejó caer un papelito que Ju- 
lio se apresuró á recoger, y sin volver el 
rostro, subió la escalera y se encerró en 
su pieza. 

El amor del estudiante estaba correspon- 
dido. ¡ Y qué bien que escribía la chica ! 
Letra clara, elegante, aunque de rasgos dé- 
biles y tímidos. Dicción correcta, expresi- 
va y sincera. Le amaba, sí, le amaba, hacía 
mucho tiempo, desde el día en que le co- 
noció, desde el día en que vino á vivir en 
aquella casa. 

Inés no mentía. Le había sido simpáti- 
co é interesante aquel mancebo de veinte 
años, pálido, melancólico, de negro y se- 
doso bigote. Era guapo el mozo, y, ade- 
más, parecía de excelentes costumbres, es- 
tudioso, retraído, pulcro y enemigo de pa- 
rrandas y juergas. Acaso era pobre como 
ella ; acaso estudiaba briosamente para pro- 
porcionar en no lejano día á sus padres, allá 
en el retiro de un Estado distante, bienestar 
y abundancias, y pagarles con ellos, y con 
mucho cariño, tantos afanes, tantos sacrifi- 
cios y tantas privaciones. 

Inés leyó la carta de Julio, la encontró 
sincera, leal y apasionada, y pensó dar 
cuenta de ella al anciano y á la tía Car- 
men ; pero temió que la solicitud amoro- 



F- 



273 . 

sa del melancólico estudiante fuese mal re- 
cibida. Otros amores con uno de Medicina 
le habían ocasionado muchos disgustos. Su 
padre era muy raro ; pero la tía era peor. 
De seguro que verían mal al muchacho. 
Ellos no querían novios, 5' menos si eran 
estudiantes. ¡ Todavía si fuera alguno del 
comercio, pase! Pero un estudiante.... 
iquiá! Tienen porvenir, es cierto; pero 
cuan pocos llegan á alcanzarle. Casi todos 
ellos son unos perdidos, llenos de vicios . . . 
Además : ella era lo único que el anciano 
tenía en este mundo .... ¡lo único ! 

Resolvió no hablarles del asunto, y con- 
testar la carta favorablemente, porque le 
quería mucho, mucho! 

Bien se compadecía esta manera de pro- 
ceder con el carácter de la niña. Era lis- 
ta, y aunque un poco tímida, hizo valor de 
su timidez, y no vaciló en corresponder el 
amor de Julio. 

Este, á su vez, era tímido también, más 
tímido que ella. Sin mundo, sin experien- 
cia alguna, bueno de por sí y sin conocer 
ni apasionamientos ni contrariedades, so- 
ñador y melancólico, para él, siempre en 
conversación consigo mismo, siempre en- 
cerrado con sus añoranzas en el estrecho 
recinto de su alma, el amor era una fantasía 
poética, ó una aventurilla pecaminosa co- 
mo tantas y tantas de sus compañeros que 
andaban siempre en enredos y líos. El amor 
como fantasía poética le parecía excelente 

Delgi. lo. —33 



274 

para Iniocr versos, ("onio aveiilura pccaiui- 
iiosa y equivoca un drama tentador, cuyas 
peripecias anhelaba conocer y cuyo final 
trágico no le asustaba, porque él era listo, y 
no dejaría (pie la cosa llegara hasta las últi- 
mas escenas. Va sabría poner término á la 
obra en el punto más oportuno y convenien- 
te. Le repugnaba proceder de mala fe jaque- 
lio no cuadraba con sus buenos sentimientos, 
con el buen concepto en que le tenían pa- 
dres, amigos y parientes; pero ello es que 
cuando en algún corrillo, en los corredores 
de la Escuela, oía de boca de los compañe- 
ros la narración de tantas galantes aventu- 
ras, algunas tales y tamañas que le espan- 
taban, no pudiendo él contar ninguna en 
que apareciera de protagonista, ora en 
amores con alguna mujer casada, como 
Ernesto ; ora en líos con alguna pecadora, 
como Pepe y Emilio, ó en lances de seduc- 
ciones y paternidades clandestinas, como 
Arturo y Jorge, se retiraba triste, le pare- 
cía que no era hombre, que sin esos deva- 
neos y sin esas locuras, que locuras eran 
y muy grande (él no lo negaba), no había 
personalidad viril que fuese posible, ni ju- 
ventud ni vida. Nada de esto decía; pero 
era el tema constante de sus pensamientos, 
su manía, manía que le perseguía por to- 
das i)artes : en la Escuela, en la ca.sa, en el 
paseo; en Plateros, al ver una mujer bo- 
nita ; en el teatro, con cualquiera fábula 
dramática; en la zarzuela, ante las desen- 



^7S> 

vnlf liras fie tiples y coristas, ó al ver tan- 
la gente (|ue salia de verbena, y tantas pe- 
cadoras provocativas y hermosas. 

Aquellos amores fueron al principio bo- 
bos : cartitas y saludos, cartitas que le pa- 
recían tontas y saludos que se le antojaban 
fórmulas de cortesía, que todos tenemos pa- 
ra el amigo, lo mismo que para el desco- 
nocido ; para la mujer hermosa y elegante y 
para la fea y cursi ; para aquellos que nos 
simpatizan lo mismo que para quienes nos 
son repulsivos y odiosos. 

Aquellos amores no tardaron en hacerse 
íntimos. Obtuvo Julio la primera cita. ¡ Qué 
fie emociones ! ¡ Oué ])ali)itarle el corazfSn, 
cf)mo si fuera á salírsele tlel pecho ! La en- 
trevista fué en el descanso de la escalera, v 
rápitla, brevísima, á la hora en que, por 
frecuente flescuido de la portera no anlía 
aún en el zaguán y en el pasillo las vie- 
jas lámparas brumosas y faltas de petrcj- 
leo. 

No eran fáciles aquellas entrevistas. La 
tía era viva y maliciosa, y el anciano no 
dejaba que su Inés, su gallarda Inés, le 
dejara á esa hora. 

— Ven — le decía — siéntate á mi lado y 
léeme el periódico ! 

Había que obedecerle. En tanto Julio 
se desesperaba en la ventana, esperando la 
hora de la cita. Tanto, tanto se desespe- 
raba, que una noche le dijo terminante- 
mente : ' , 



<«i 



276 






— ¡ Esto 110 puede seguir asi ! No me 
agrada esta inquietud ; me violenta^ me 
exaspera .... 

— ^^Si tú pudieras. ... 

— ¿ Qué ? 

— Salir luás tarde. 

— ¿A (|ué llora? 

— A las once. . . . á las doce!. . . . 

— Si mi tía guarda la llave. . . . ! ¡ Noche 
á noche la ])one bajo la almohada. . . . ! 

— Pues.... ¡cosa más fácil! ¡Tomarla 
de allí! 

La idealidad imperó soberana en el mu- 
chacho. Aquellas entrevistas á la media no- 
che, siempre temerosos y llenos de zozobra, 
tenían un encanto particular. Ella le abría 
su corazón. La confidencia era cada día 
más franca, y en cambio de la apasionada 
sinceridad de Inés, Julio exponía sus pro- 
yectos de futura felicidad, sus más hermo- 
sos sueñ< is de dicha, allá en la modesta casa 
l>aterna. cerca de los buenos ancianos que 
no cesaban de rogar por él. 

Lleg(') octubre. Julio pas > mediananien- 
te, y pocos días después partió para el re- 
moto Estado en busca del apacible hogar, 
donde sus padres le esperaban con los bra- 
zos abiertos. 

Regresó á mediados de diciembre. Pre- 
textó no sé qué exigencias de matrícula y 
dejó á sus padres. 

Inés le llon') al partir; lloráronle sus pa- 
dres al despedirle ; pero no volvió á pensar 



277 

en ellos, ni en el hogar distante, luego que 
vio á la chica. 

En la primera entrevista, después del re- 
greso, qué de sueños azules, qué de ilusio- 
nes dichosas, qué de promesas para los años 
futuros y qué de juramentos apasionados. 
Una boda modesta ; un juzgado en la villa 
natal ; una casita muy sencilla y elegante ; 
el cariño de los viejecitos. ... la familia. . . 
en fin, ¡ la felicidad ! 

Inés correspondía á tanto amor con su 
inocencia y su ficsinterés. Xi santos anhe- 
los, ni locas ami)ici()nes. la desviaban de 
aquel afecto í|ue la unia á julio como la hie- 
dra al roble. .Mas. ¡ ay ! pronto la mari- 
posa cerúlea de la idealidad fué plegando 
sus alas, y en medicj df lus fantasmas va- 
porosos de aquel amor purísimo, apareció- 
sele á Julio la imagen de Tnés, opulenta de 
formas, soberbia de gentileza, pródiga y 
tentadora do hermosura. Acjuellos amo- 
res le parecian á Julio inútiles, mezqt:inos, 
neciamente platónicos. ¡ Cuan diversos de 
aquellos que eran como la indispensable 
novela de la vida de sus amigos y compa- 
ñeros ! 

Cierto día, ó mejor dicho, cierta noche, 
en el descanso de la escalera Julio se mos- 
tró violento y disgustado. Le inquietaba la 
conversación allí, en aquel sitio, y propuso 
á Inés que fuera á su pieza : allí estarían 
ron más comodidad ; allí no temerían la lle- 
gada de algún vecino trasnochador. El 



278 

aposento era feo. liúnicdo, liMireju^o ; pero 
el amor tiído lo embellece \ alegra. Harían 
de cuenta que estaban ya en su casita. ^' 
la doncella cedió á los ruec^os de su aman- 
te, y, noche á noclie. mientras doña Car- 
men dormia \- el anciano reposaba, el hu- 
milde cuartucho de Julio era teatro de un 
idilio dulce y romántico. ]C1 joven res- 
l)etuosc^ ella confiada y amante al la- 
do del futuro compañero de su vida. 

;\sí pasaron meses y meses. 

Julio no se ])resent(') á examen sino has- 
ta principios de año. Con trabajo logró 
pasar en Civil y en Romano, y vcAú al la- 
do de sus padres. I 'ero no tard»'» en vol 
ver. Al llegar, á poco de llegar, supo la 
terrible noticia: Inés ya no vivía en aque- 
lla casa. Se habían mudado á otra, situa- 
da en un barrio : á una casita comprada 
con los ahorros del anciano, en la cual vi- 
virían á sus anchas y en la cual podrían vi- 
gilar la finca sin necesidad de cobradores, 
que naturalmente exigían retribución por 
sus cuidados. 

Allí buscó Julio á Inés. 

La nueva casa fué fatal para el anciano, 
el cual, apenas instalado en ella, cayó en 
cama. Cuando Julio tuvo noticia de la en- 
fermedad de (h)U José, el honrado viejo 
estaba agonizante. Había testado en fa- 
vor de su cm'iada «lona Carmen, y en ]io 
eos días una cnfirnicdad puimtmar se le 
llevó á la tuml>a. 



i^éáá.. 



r- 



279 

Todo varió. El cambio de domicilio y la 
muerte del padre de Inés, interrumpieron 
por varias semanas aquellos amores. 

Tornaron las cartas, y al fin volvieron 
las citas, en el atrio de un templo, antes ■> 
después de misa, ó en la casa de una amiga 
benévola. 

Inés estaba triste y abatida. 

Julio se manifestó muy apesarado por 
la muerte del anciano, y en una carta le de- 
cía á la joven : 

"Hemos perdido á nuestro padre. Nun- 
ca tendremos lágrimas suficientes para llo- 
rarle. Yo tiemblo al pensar (jue el mejor 
día voy á padecer como tú. Yo partici 
po ahora de tUb dolores : cuando la muer- 
te enlute mi hogar, ¿tendrás lágrimas pa- 
ra llorar conmigo ?" 

Este sentimiento no era profundo ; pero 
sí muy sincero. Julio era bueno. Todo 
lo noble y levantado le era grato; pero le 
perdía una cierta vanidad, muy recóndita 
y disimulada en él. No le gustaba pare- 
cer bueno : creía que eso era impropio de su 
sexo, como señal de afeminación, como el 
rebajamiento de las energías y de la en- 
tereza de un hombre, y en charla con sus 
compañeros, más de una vez contó lances 
y percances mentidos en que él se hacía fi- 
gurar como protagonista de más de una 
aventurilla amorosa, en las cuales él había 
hecho alarde de habilidad y experiencia. 
Necesitaba que sus amigos y compañeros 



2 O 



supieran que no era él tan tímido y bon- 
dadoso como le suponían. Y lo que al 
principio fué historia inventada, se con- 
virtió poco á poco en realidad. Pronto no 
rí fué para Inés el mancebo respetuoso y deli- 

cado, el idealista melancólico, el soñador 
lleno de pasión. Más de una vez se estre- 
meció la nuichacha al oír en boca de su 
amante frases atrevidas, juicios acerca de 
los demás, que delataban en el mozo ideas 
amplias en punto á moralidad y rectitud. 
Julio las emitía penosamente, le dejaban 
dolorido y rebajado ante sí mismo ; pero fa- 
talmente volvía á ellas hasta (jue fueron en él 
cosa común y corriente. Desde entonces nni- 
dó de carácter. Le tentó la cantina ; dejóse 
arrastrar á malos sitios, y al volver de una 
parranda, á la hora en que se apagaba la 
luz eléctrica, débil, agotado, enfermo de 
alma y de cuerpo, bajo la excitación fati- 
gante del alcohol, algo, en lo más íntimo 
de su ser, le decía: "Vas mal, vas por 
muy mal camino ! . . . . ¡ Qué dirían tus pa- 
dres!" El, colérico contra el buen conse- 
jero que tan severamente le hablaba, se 
complacía, despechado, en recordar los 
pormenores de la juerga, y hacía esfuer- 
zos para sentirse orgulloso de su nueva vi- 
da, muy pagado de su hombría juvenil, y 
fuerte y vigoroso para seguir adelante, en 
aquel camino por donde iban y transitaban 
tantos jóvenes y tantos compañeros. 
Los libros dormían olvidados cu un rin- 



28l 

con. Escribía poco á sus padres, pretex- 
tando exigencias del estudio, y siempre 
aquellas cartas, breves, brevísimas, termi- 
naban con peticiones de dinero. Siempre 
dinero.... más dinero! "Con lo que le 
mandaban no podía vivir. Necesitaba ro- 
pa, calzado, libros, libros nuevos : el profe- 
sor había señalado otro texto que costaba 
muy caro. ..." 

La chica arregló las cosas como pudo : 
se vistió, salió para la casa de sus amigas y 
en una esquina tomó el tranvía, hasta lle- 
gar al punto en que Julio la esperaba. 
^; Adonde iban ? Saltaron del carruaje como 
dos hermanos y siguieron á lo largo de la 
calzada, bajo los chopos cubiertos de hojas 
nuevas. Ella, tímida y asustada. El, afa- 
ble y placentero. Ocurrióle á Julio entrar 
en un panteón. Allí visitaron la capilla y 
se pasearon entre los sepulcros. Hallaban 
plácido y misterioso encanto en hablar de 
su amor en aquel recinto de la muerte, á la 
hora en que el sol caía, renovando en las 
cordilleras las pompas purpureas de la au- 
rora, cuando en árboles y vallados canta- 
ban los pájaros, y las flores marchitas de 
los sepulcros despedían sus últimas aro- 
mas. 

De pronto Inés se sintió sobrecogida de 
espanto, pavor de nnierte le heló la san- 
gre. 

— Vamonos, Julio, vamonos ! — decía — 
¡ Tengo miedo ! 



^^... 



282 



Estaban solos. Los sepultureros conver- 
saban con unas mujeres á la entrada de la 
necrópolis. Xadie los veía. 

— ¡ X'ámonos, julio.... — repitió la don- 
cella. 

Julio, sonriente, la estrechó fuertemente 
entre sus brazos, y luego, tomando entre 
sus manos la cabeza de Inés, miróla fija- 
mente, con mirada triste y melancólica al 
principio, y luego ardiente, aguda, pene- 
trante como una hoja damasquina. 

— ¡ \o, n(') ! — exclamó imperiosamente. 

y la besó en la boca. Un beso de fuc- 
¡iro, prolongado, subyugador. . . . 

Inés se estremeció como una sensitiva, 
aparta) dulcemente á su amante, y .... apa 
reci(') bañada en llanto. 

Julio tuvo en aquel momento un instante 
de compasiva sensibilidad. No dijo una 
sola palabra, y abrazó á la joven que recli- 
ne') graciosamente su cabeza en el pecho del 
mozo. 

Después de un rato de silencio, sólo tur- 
bado por las palpitaciones aceleradas del 
corazón de la doncella, Julio dijo en tono 
cariñoso : 

— ¡No llores, Inesilla! ¡Ale haces mu- 
cho mal ! ¡ No llores ! 

¡ Y con un par de besos secó los ojos de 
la pobre nnichacha ! 

El sol se había puesto, dejando en el 
horizonte una gran faja de rojizas nubes. 

Vibradora y piante cruzaba sob'"c el ce- 



S ) 



283 

hienterio y vSobre la enamorada pareja una 
bandada de gorriones, runihíj á lejanas 
eras. 

En la aguja dorada de la capilla encendía 
el sol occiduo un dardo incandescente. 

— Mira.... — dijo Inés más tranquila — 
¡ cuántos pájaros ! 

Y agregó riendo : 

— X'ámonos. . . . ¡ tengo miedo! 

Inés llegó á su casa ya muy tarde. Doña 
Carmen la esperaba impaciente é inquieta. 
La joven se disculpó de su tardanza, dicien- 
do (|ue sus amigas la habían detenido; (jue 
no volvió sola, pues Claudia, la vieja criada 
de las López, la había traído. Julio la dejó 
en la calle próxima, y antes de decirle adiós 
le dio una cita para el próximo domingo. 
\'ol verían al panteón y pasarían alegremen- 
te la tarde. El sitio, aunque triste, era her- 
moso, y si ella no quería entrar otra vez 
en el fúnebre recinto, se irían á campo tra- 
\ieso <) á lo largo de la calzada. 

Inés ofrecí') acudir á la cita con toda pun- 
li;;didad; jkto antes, para que él no la es- 
pejara en vano, si ella no podía ir, en una 
cartita, en la del sábado, se lo avisaría. 
Como siempre: á las cinco de la tarde le 
buscaría la criada en la caiUina más cer- 
cana. 

Esta cri-ada era la conñdente de los amo- 
res de Jnés; pero ni á ella, mereciéndole, 
como le merecía, tanta confianza, le conm- 
nicó la escapatoria de aciuella larde. 



-■asr 



284 



Inés tenía resuelto no acudir á la cita. Al- 
go en el fondo de su conciencia le repro- 
baba lo que habia hecho. 

— Xo; — se dijo la doncella — no iré! Ju- 
lio es muy bueno ; pero cualquiera poclria 
verme y no tardaría en venir con el chis- 
me. -Xo, (jue me escriba ; c|ue hable con- 
migo á la salida de misa, en el jardín del 
Seminario, donde al paso, sin que nadie lo 
advierta, él me da su carta todos los do- 
mingos y yo recibo la suya. 

Xo fué. 

Pisa noche <lespert<'> varias veces muy 
apenada. Tuvo pesa<lillas. Soñó con la cal 
^ada, con tranvías (jue iban y venían, con 
ciclistas (|ue pasaban cerca de ella rápidos 
como un relámpago ; con un grupo de 
ebrios (|ue, al encontrarse con ellos, se rie- 
ron y dijeron algo (jue disgustó á Julio, y 
que ella no entendió. Algo malo, sin 
duda. 

Volví*'» á dormirse \ volvió la pesadilla. 
Inés soñ<') (|uc estaba sola en el panteón ; 
<|ue vagaba perdida entre los sepulcros ; 
que se abrían de par en par las puertas 
de la capilla, y que las figuras todas de los 
cuadros con que están decorados los mu- 
ros del templo, salían una por una, pálidas, 
ílemacradas, exangües, cadavéricas, arras- 
trando larguísimos sudarios. El cemente- 
rio estaba obscuro, y las vidrieras de co- 
lores do las ojivas centelleaban con luces 
rojas, azules y violaflas. Los espectros He- 



2«5 



vabaii á su amante, é iban en busca de 
ella.... Acongojada, ahogándose, como 
si pesara sobre su pecho la losa de una tum- 
ba, despertó Inés. Tuvo miedo, mucho mie- 
do, V encendió la bujía. Ahí cerca, en el to 
cadtV, en una copa, estaba la rosa que ha- 
bía traído, una rosa pálida, muy olorosa y 
reanimada, cortada por su amante en el se- 
pulcro de un judío, sepulcro extraño, con 
inscripciones incomi)rensiblos. — en hebreo, 
al decir de Julio,— y en el cual no se alzaba 
enhiesta y protectora la cruz de Jesucristo. 

— Xo iré, — repitió Inés — r.o iré ! — Y as- 
pirando el aroma de la cercana flor se que- 
dó dormida. 

Fueron y vinieron cartas, pero ella no 
concurrió á las citas d 1 mozo. Este, muy 
disgustado, le escribió diciéndole mil co- 
sas. La acusó de infideiidaú. "El era po- 
bre V por eso le despreciaba. ¡Así pagan 
las mujeres á quien bien las quiere !— decía. 
— ¡ Asi malogran ilusiones y disipan espe- 
ranzas!" 

El mancebo terminaba su carta con fra- 
ses sombrías v amenazadoras .... Si ella 
no le quería, si le olvidaba, si no concu- 
rría á la cita, se volaría la tapa de los se- 
sos ! 

La pobre niña leyó aquella carta y se 

echó á llorar. 

Concurrió á la cita, y no sólo á esa. si- 
no á otras muchas. Pretextaba ir de visi- 
ta á casa de las López (que al fin no ve- 



v'??^ 



2^6 



nían nunca á casa las tales ann'^as ni habla- 
ban lunica C(jn doña (.arnicn) v i\v niedio 
día en adelante aciidia á la entrevista, y lue- 
go Julio la dejaba en la (Jolonia de Gue- 
rrero. Otras veces, á las tres de la tarde, 
la esperaba el mancebo en la Indianilla, } 
poco á poco, muy de bracero, llegaban al 
panteón. 

— ¡ Son hermanos ! — exclamaban algtinos 
al encontrarlos. 

i Qué grata c|ue llegaba hasta allí la músi- 
ca del hipódromo, á la cual se mezclaba e! 
silbido agudo de la locomotora, y á veces, 
traído por el viento, el vocerío de los «luc 
llenaban la Plaza de Toros. 

Esa tarde Inés estaba triste. 

— ¿Qné tienes? — le decía Julio. 

— Nada. 

— ¡ Nada ! ¿ Y estás llorando ? 

Inés no hablaba. Apenas atendía á la 
conversacií'm de su amaine, cuyos besos le 
parecían fríos, y cuyos brazos rechazaba co- 
mo si fueran á ahogarla. 

— r" Qné tienes? — sui)lici') el mozo. 

— ¡'Xada! 

Alontó en cólera Julio, impacientado por 
el silencio de la joven, y díjole tales cosas, 
que la pobre nuichacha rompió á llorar, \- 
entre sollozos y lágrimas exclauK'» doh^rida : 

— ¡ Pues lo diré ! 

Rra hora de salir. Iban á cerrar el jjaii 
teón. El tranvía había pasado ya, y era pre- 
ciso irse. 



li 



2»7 

En el camino, en momentos en fjnc los 
concurrentes á las carreras se alejaban ale- 
gremente y suntuosos carruajes desfilaban 
hacia la gran ciudad, donde por todas par- 
tes encendía sus estrellas la luz eléctrica, 
Inés, reclinada en un árbol, y como teme- 
rosa de su vida, confesó. ... 

¡ A qué decirlo ! Lo que la esposa confie- 
sa sonriendo ; lo cjue en el hogar bendecido 
por Dios es un fulgor de aurora, y que pa- 
ra Inés era llanto, angustia, obscuridad de 
noche tempestuosa, duelo y aflicción. 

— ¿ De veras ? — exclamó Julio con noble 
orgullo — ¿ De veras ? — repitió con un arran- 
que de alegría. 

Pero de pronto, tomando el brazo de la 
joven é impulsándola hacia adelante, mur- 
muró : 

— Ya pensaré lo que debemos hacer. 

Y echó á andar del lado de la joven, aba- 
tido, cabizbajo, mudo... 

Llegó el tranvía, montaron en él y to- 
maron asiento cerca de la entrada, uno al 
lado del otro. Julio encendió un cigarillo. 
l^n el otro extremo del coche venía una jo- 
ven rubia, vestida elegantemente, y cerca 
de ella el esposo, un muchacho apuesto, 
gallardo, de carácter alegre. Enfrente una 
niñera, una nnichacha guapa, vestida á la 
europea, que traía en el regazo un niño 
blondo como un haz de trigo, que dormía 
serena y dulcemente. ¡ Con qué envidia 
contempló Inés el simpático grupo ! ¡ Con 



>M 



qué tristeza le miraba Julio, á cada instan- 
te más sombrío ! 

Despertóse el nene, y despertó lloran- 
do. Tomóle la madre, le llenó de besos, y, 
meciéndole, le acalló poco á poco. 

— ¡Duerme, ángel mío... duerme! ¡ Po- 
brecito! ¡Tu cuna te espera! 

Inés se inclinó hacia su amante y en voz 
muy baja le dijo : 

—¡Julio! ¡Julio! 

El pensativo mozo se volvió sobresalta- 
do : 

— ¿ Qué quieres ? 

— ¡ Mira. . . . ! — Y con una señal le mos- 
tró á la joven madre, que, con el mayor 
cuidado, abrigaba al rorro. 

— ¡ Bonita mujer ! — respondióle Julio, 
y tornó á su meditación interrumpida, á su 
abatimiento invencible y á su principiado 
cigarrillo. 

Frío de muerte, que le llegaba hasta los 
huesos, sintió la joven. Suspiró profunda- 
mente, y dos lágrimas, que brillaban como 
dos diamantes, rodaron por sus mejillas. . 

Al separarse, díjole el mancebo : 

— Ahora, hasta dentro de quince días ! . . 
Me examinaré el día quince. Al domingo 
siguiente nos veremos. ¡ Es preciso estu- 
diar ! . . . El Jurado está bravo ... El maes- 
tro no me puede ver. . . me odia! Cuídate 
y no dejes de escribirme. Yo tal vez no pue- 
da ponerte ni dos renglones . . . Estaré muy 
ocupado . . . ¡ Adiós I 



289 

Retiróse Julio á su cuartucho, preocupa- 
do y calenturiento. Tiróse en el lecho y dió- 
se á meditar en el problema aquel de tan 
difícil solución, y que de pronto, cuando 
menos se le esperaba, aparecía terrífico. 
¡ Qué de ideas y sentimientos tan diversos 
se agitaban en el alma del mozo! La pri- 
mera impresión había sido grata, gratísi- 
ma, hasta le había arrancado un grito de 

júbilo. Pero después después. . .¡ay ! 

¡ cuántos temores ! ¡ cuántos recelos, cuán- 
tos remordimientos!. ... 

Aquel corazón extraviado por el mal 
ejemplo, embriagado con el vino de las pa- 
siones juveniles, tan caluroso y tan incitan- 
te, entraba repentinamente por el sendero 
recto, tornaba á la razón. Su conducta le 
parecía á Julio indigna de un caballero, de 
un hombre bien nacido ; pero ya no era tiem 
po de entregarse á esas meditaciones. Lo 
iiecho hecho estaba, y no había remedio. 
El deber aconsejaba salvar el buen nombre 
de Inés . . . . ¿ Cómo ? Era muy sencillo .... 
¡ Casarse ! ¡ Pero y con qué ! Estudiante de 
segundo año, no contaba con más recur- 
sos que la exigua pensión que mensualmen- 
te recibía de sus padres, pensión que á ve- 
ces llegaba tarde v no siempre completa. 
]'^1 primer año no faltó nunca, ni el segun- 
do ; pero en éste venía, á veces, incompleta, 
lo cual decía bien claro, las dificultades pe- 
cuniarias de sus padres. Bien sabía Julio los 
apuros de su familia. Más de una vez le ha- 



290 

bían escritu que fuera económico; que pro- 
curara reducir sus gastos porque el Go- 
bierno había retirado la pensión ; que si las 
cosas seguían asi, si ios negocios no mejo- 
raban, tendría que volverse á su Estado, y 
allí entrar en una oñcina para ganar algo y 
esperar que los tieni])os fuesen más próspe- 
ros, i Qué carrera ni (|ué abogacía! — escri- 
bía la madre. — ^'a estamos viejos. \\\ padre 
cada día decae más ; yo de lodo me canso. 
Mejor será que vuelvas al lado nuestro. Yo 
quiero verte, hablarte, tenerte cerca de 
mí, en la mesa, en todas partes ; saber que 
uescansas en la pieza contigua á la nues- 
tra " Y la santa mujer terminaba 

dando á su hijo media docena de buenos 
consejos, qtie enternecian al muchacho, pe- 
ro de los cuales ninguno era seguido. 

Meditaba Julio en su vida pasada y la 
comparaba con su vida actual. El había lle- 
gado con el corazón sano, sin fjue en él hu- 
biera nada malo, y ahora le sentía podri- 
do, enfermo. Había huido para siempre de 
su alma aquella dulce y benéfica tranquili- 
dad generadora de plácido sueño; su al- 
ma, antes como lago lim])idísimo. le parecía 
ahora hedionda charca, en la cual hozaban 
todas las malas pasiones y todos los vicios, 
como cerdos perezosos é inmundos. 

¡Quién pudiera volver á a(|uellos días fe- 
lices, á los placeres inocentes de los prime- 
ros años juveniles, á los amigos de la tie- 
rra nativa, á la vida sencilla del hogar ! 



291 

Aquella vida brillante y tentadora, con la 
cual soñaba al llegar á la ciudad, ¿«jué ha- 
ba sido? ¡Misera existencia de estudiante, 
llena de privaciones \- de amarguras ! Al 
principio fastidiosa y monótona, después 
traída y llevada por malos sitios; la tertulia 
en la cantina ; la orgia ridicula en la tienda 
prúxihia ; la crápula diaria, el trasnoche se- 
guido; el beso y la caricia de la meretriz 
callejera ; en fin, fango y miseria ! Y ahora, 
;c|ué haria? ¿Huir? ¿Escaparse á su Esta- 
llo y decir á sus padres que estaba enfermo 
\ i)ermanecer alli, en el rancho de su tío, 
meses y meses? El cpiería á Inés, ¡pobre 
muchacha ! pero una boda era im])osible. 
El todavía, por poco que valiera, podía or- 
denar su vida, estudiar, doblar el curso, co- 
sa nuiy hacedera, y recibirse, y luego. . . . 
Luego se establecerla, y entonces vendría, 
arreglaría todo y se casaría. Una iilea 1ü 
asaltaba, una idea crue!. injusta, pero (|ue 
era preciso tener en cuenta: ;era la conduc- 
ta de Inés, garantía suficiente para lo futu- 
ro? ¡Xo! ¡El lo vería! .Si la nuichacha se 
conducía bien, él sal)ría ciunplir con sus 
deberes. Asi correspondía á un caballero. 

Pero había algo más inmediato en (pie 
pensar. ¿Qué haría? ¿Obligaría á Inés á 
dejar á su tía y á huir con él ? Esto le re- 
pugnaba. Si llevaba Iss cosas por ese cami- 
no no seria fácil evitar im escándalo. . . ¿Y 
qué vida se le esperaba ? Una vida de mise- 
ria V de hambre, cuyas consecuencias eran 



rw 



292 

horrorosas y patentes. El trabajaría, busca- 
ría un empleo: pero él ,t]ué sabia hacer? 
¡ Xada ! ; Para qué servia ? ¡ Para nada I 

Aquella fué una noche de horroroso iu 
somnio. Maldijo el día en (|ue conoció á 
Inés, y al recordar nno por uno los pornie 
ñores ile acjuella historia amorosa, sintió 
asco de sí mismo. ¡ Cuan odiojsas le parecie- 
ron aquellas citas, acpiellas cartas, aípiellas 
entrevistas en el pante('>n y en a(|uel cuar- 
to de hotel, frío, innnuido. donde liabía caí- 
do, rendida ])or el amor y la palabra hala- 
jíadora, la virtud sin mancha de la pobre 
(loncella ! Si íloña Carmen llegaba á saber 
lo que pasaba, acaso abandonaría á Inés. 
De los i)ocos bienes de su padre nada era 
suyo. La tia era la heredera ; de modo que 
para la infeliz nuichacha no había más por- 
venir c|ue la miseria. Doña Carmen la des- 
pediría. ()curri(')le ir, hablar con la señora, 
y leal y noblemeiUe descubrirle todo. Oue 
le esperaran : él concluiría la carrera, traba- 
jaría, y todos vivirían felices! I'.sto era lo 
cuerdo, lo racional. Si doña Carmen no 
aceptaba esto, ella respondería de todo, y 
ei habría cumplido con su deber. 

;Y sns padres. (]ué dirían? ¡ (Ji'é i)esar 
tají horrendo ))ara ellos! .\o; había <\uc 
ocultir'es a(|uella desi^racia. .\o debían sa- 
b.r nada. Pji ñu, se dijo i)ara concluir, 
vencido por el sueño y ciunido si' oía, a 
par (|ue !a voz de las cam])anas llamaban /i 
nii.sH en el tem])lo cercano, la diana del 



■ ^F'' 



^9^ 

cnaiicl vtriiio: ¡Las rosas dificiles se re- 
suelven por sí sola^ ! 

l'n día y otro pasaron. . . Inés c-scril>ía ú 
diario. ivxi,QÍa cu todas sus cartas una re- 
solución de julio. 

\ olaha el tiempo: ya él se habría exami- 
nado. ])od¡a ir á ver á sus ])adres, hablar 
con ellos, volver \' arrcj^lar tíxlo. "]\le lle- 
vas con ellos ; seré buena hija ; los cuidaré, 
los amaré como tú, más que tú, y alli, aun- 
que no te vea yo más cjue cada año, alli te 
esperaré. Xo creas, agregaba Inés como en 
un arranque de orgulk), que pido esto por 
mí. . . . ¡"S.'a sabes ])or <|uien lo deseo! 

Julio se apartó de sus amigos. A ninguno 
quiso conliar lo que le j)asaba, y huía de sus 
compañeros, l'aín') el ])eríodo de exámenes 
y no puso un pie en la I^lscuela. 

■J.as rartas de Inés eran cada día más exi- 
gentes. F.n ellas rogó, suplicó, y cuando 
lagrimas y ruegos no bastaron, y Julio re- 
husó á la joven una y otra entrevista, para 
lo cual agoló todos los pretextos, la joven 
vino amenazante. 

■'l'j-es un villano, un mal caballero! 
Desgraciada de mi c|üe di oídos á tu amor. 
No sui)e con i|uién trataba. ¡ Si te hubiera 
conocido!. . . . ¡ .Me asombra tu cobardía! ' 

Kn obsequio de la verdad, Julio no pro- 
cedt'a con premeditación. El problema le 
]^reocu])aba, pero no encontraba la solución 
conveniente, y dejaba correr ^1 tiemj»). A 
veces para divagar sus pensamientos se iba 



J94 

al teatro ^> á la cantina. N'olvia ebrio y dor- 
mía hasta las diez de la mañana. 

"¿CJué haces, en (|né piensas? ¿ Xo tie- 
nes sans^re en las venas? — escribía Inés. — 
Ivsa conducta luya al)re entre nosotros uii 
al)isnK) y hace imposible toda felicidad." 
■Ivspera'" — contestó Julio. 

Incs se cansó de esperar, y una t.'rde re- 
cibió el mancebo un papel tan duro y ter- 
minante. c(ue el estudiante montó en cólera. 
"Si hoy no resuelves, mañana lo sabrá 
todo mi lía. l'ero no diré tu nombre. Quie- 
ri hacerte el favor de evitarte molestias " 
Julio, irritado, no contesto. 
Jnés no volvió á escribir. 
iVsi i)asaron tres semanas. j 

VA mozo pas(') una tarde por la casa y la 
encontr»'» \acia. luí los balcones había pa- 
peles que decían: "Se alquila." 

Entro, jireguntó á los porteros por la fa- 
milia, y no le dieron notii'ia exacta de doña 
Carmen ni de Inés. 

"Dicen que se fueron ])ara. . . no sé qué 
parte! Nosotros somos nuevos aquí... El 
nuevo dueño es un señor (jue vive allá por 
la Rinconada. . . . en el 7. 

Eueron inútiles todas las investigaciones 
de Julio. Pero ¡ ah ! las López sabrían de 
Inés. I'^ié á (juerrero, y a(|uella casa tam- 
bién estaba vacia. .\i (|uien supiera de 
ellas. 

Julio se examinó en Enero y corrió al 
lado de sus padres. Necesitaba amor, ca- 



29S 

riño, consuelo ; la atmósfera límpida y salu- 
dable del hogar paterno, la luz de las vir- 
tudes de sus padres. Allí se enfermó. Ese 
año no volvió a México. Sano de cuerpo, 
pero nuiy enfermo del alma y de la concien- 
cia, pas<') alli seis meses. Regres»') y se insta- 
l(') nuevamente en su cuarlito. tan lleno para 
nuevamente en su cuartito, tan lleno para 
él de recuerdos dolorosos. ¿Qué sería de 
Inés? ¿Qué de su hijo? Hizo más y más 
activas investigaciones. Si daba con Inés 
procuraría hablarle ; de rodillas le pediría 
perdón : escribiría á su padre, cjue era tan 
bueno, y todo (juedaría arreglado: se casa- 
rían, y con esa honrada resolución vivía» 
pensando siempre en el fruto de aquellos 
tristes amores. 

rodo fué en vano. Encontróse cieita vez 
á la criada, y le pregunt(') i)or sus amas. Na- 
da sabía. Doña ('armen la despidió una no- 
che, y ella no volvió á verlas. 

Concluía el año. julio acababa de exa- 
minarse y se disponía á hacer la maleta pa- 
ra irse á ver á sus padres. El buen ancia- 
no estaba enfermo, y le llamaba con insis- 
tencia. Debía salir al día siguiente, y vol- 
vía de hacer algunas compras. 

Al entrar, el portero le entregó una car- , 
ta. ¡ Era de Inesilla ! ¿ De dónde venía aque- 
lla carta? La había dejado en la portería 
un hombre desconocido, un charro, al pa- 
recer un ranchero 

Con ansia febril abrió Julio la carta. En- 



Irc (lus curtuncs, atados cuii una cinta azul, 
venía un retrato, el retrato de un nene 
muy gracioso. En el reverso de la fotogra- 
fía Inos había escrito. 

"Tu hijo. 
Se llama como tú." 

i Ouc niño tan lindo! ¡Qué ojitos tau 
hermosos ! ¡ Los ojos de la madre ! En aque- 
lla carita risueña descubrió Julio, desde lue- 
go, algo del rostro de su padre, del buen 
anciano que no sabía que era abuelo, que 
no lo sabría nunca, y que enfermo, acha- 
coso, próximo á bajar al sepulcro suspira- 
ba por el regreso de su hijo. 

El retrato era malo, como hecho en un 
pueblo, por algún aficionado (') por un fo 
tografo trashumante. . . . ¡ Pero el nene era 
tan hermoso ! 

Julio regrese) en febrero Al otro día de 
su, llegada tomó el retrato, se fué al Cinco 
de Mayo, y mandó hacer una amplificación. 
Aunque la fotografía era deficiente, el ta- 
lento del dibujante supo mejorar el retrato, 
y ahí está, en el cuarto del mancebo, en un 
marco dorado, arriba de la humilde mesa, 
llenando de alegría á cuantos le miran, y 
haciendo soñar con delicias domésticas y 
gracias infantiles, á cuantos contemplan 
aquella boquita risueña, aquellos ojitos 
vivarachos y aquellas manecitas hoyosas. 

¿ Y doña Carmen é Inés ? 

¡ Sábelo Dios ! 

Cuando algún amigo, de los pocos que 
tiene, le pregunta á Julio: 



297 

— ¿Y (iiiién es estf iicnc? 

Julio rospumlo: 

— ¡ Un sobriiiito! 

Y dice para sí, tristeiucníc y con los 
ojos preñados de lágrimas, (juedo, njuy 
<|uedo, como si temiera oir la voz de su con- 
ciencia : 

— ¡ L' n remordimiento ! 




11 



MI SEMANA SANTA 



i\ loAQUí'x Rodríguez. 



•íí, 



^ 




Si herniosas é imponentes son las ceremo- 
nias del culto cat»'»lico en las ^•randes basí- 
licas y en las snntnosas catedrales, no U) son 
menos en el humilde tetnpl > de ima aldej 
escondida en los bosíjues com-.) nn nido de 
])erdic(s ertre los raizales. 

Simple lie i;"nstado de visitar esos teni- 
])los (|n>' la ])iedad sencilla y la fe ardiente 
de los cam])esinos y de los pobres levantan 
á la vera de los caminos. .\ la sombra de 
esos campanarios poblados de palomas, 
d(, «cansa el caminante; en el recinto 
de esos santuarios lia\' para el peregrino 
de la tierra voces misteriosas <iue le con- 
suelan y le hablan de un mundo mejor ; ))a- 
recc f|ue allí, ajena á las agitaciones del 
nuindo, el alma vislumbra las claridades 



302 

de esa región donde el dolor acaba, donde 
se aquietan las pasiones, donde le esperan 
seres amados, los primeros compañeros 
del viaje de la vida. 

r:J^3r (|ué no buscar en el campo, k-jo; 
del bullicio de la ciudad, en la región mon- 
tañosa, benéfico descanso durante los dias 
que la Iglesia consagra :i la conmemora- 
ción de la pasión y muerte de Jesucristo? 
En esia vez, como en otras, resolvimos 
dejar por algunos dia.s la buena ciudad 
de Pluyiosilla. inás devota (|ue nunca al in 
de la Cuaresma, é ir á gozar, en com])añ!a 
de muy buenos amigos, de una hospitali 
dad verdaderamente castellana, en una lia- 
cienda situada en la Sierra de Zongolica : 
ir en busca de paisajes y de colores, de cua 
dros rústicos y de j)iadosas emociones. De 
mañanita, á los rayos de una aurora naca- 
rada que anunciaba caluroso dia. salimos 
de la túrrida ciudad, camino de las tierras 
calientes. 

Nos bacían compañía dos amigos de ca- 
rácter festivo, de inagotable verba, tan en- 
tusiastas como nosotros para estas excur- 
siones campestres, que á cambio del can- 
sancio y del molimiento de huesos, dan vi- 
gor al cuerpo y oxígeno á la sangre. 

Caballeros en sendas midas iban nn's 
compañeros, v, como era del caso, bien pro- 
vistos para el alnuierzo. El uno. mancebo 
de veintitrés años. alt(\ descuajaringado, 
ayer un niño bulicio.so v salador, como 



./ 



3^3 

cierto monaguillo malicioso y charlatán 
que alegra con sus diabluras las páginas 
de la ''Calandria," y ahora más afecto á la 
liturgia católica que á las labores del co- 
merciante, más dado al misal y al brevia- 
rio (|ue al libro de caja y con incipiente 
vocación al sacerdocio. ¡ Dics se la dé fir- 
me y verdadera, no como la de aípiel pro- 
tagonista de la incomparable novela de D. 
Juan \'alera! Se ])crece por un incensario; 
se muere por una sobrepelliz, y al juicio de 
mis benévoloiS. lectores dejo el estimar los 
entusiasmos de mi amigo en aíjuel viaje, te- 
niendo, como la tenia, una semana santa en 
I)erspectiva, ocho días de solemnes ritos, 
en los cuales sus servicios de acólito iban 
á ser necesitados. 

VA otro, de exigua estatura, de madrileña 
barba, de ojillos entre adormidos y parle- 
ros, de frase chispeante é incisiva, en él 
delatora de andaluza sangre, muy abruma- 
do con el sombrero de anchas alas, hacía 
curioso "pendant" al futuro misionero 
apostólico. Mientras éste hablaba de las 
graves ceremonias de los dias santos, el 
otro se mostraba profano en demasía, ta- 
rareando zarzuelas, declamando versos del 
Hamlet, como si coreara con melodías tea- 
trales las salmodias de nuestro compañe- 
ro. 

Allí íbamos los tres; un poeta dramático, 
un novelista v un candidato á la negra so- 
tana ; cadfi u'no con su manía, como don 



-.r 



Quijote en Sierra Morena, admirando al 
rubicundo Febo \ al saltador y alegre jil- 
guerillo, cuando la vega de Tuxpango des- 
plegaba ante nosotros sus maravillas tro- 
picales, sus montañas, sus cascadas, sus 
cuestas penosas, sus caiiaverales pintores- 
cos, su espléndido río, que á las primeras 
luces matinales brillaba como una serpiente 
de platino. Atrás (|uedaba Pluviosilla con 
sus cam])anari()S y sus fábricas, despere- 
zándose á la íaUla de sus cerros, corriendo 
á nu'sa á Santa Marta y aprestándose á ce- 
lebrar devota y recogidamente las fiestas de 
Pascua. 

Sabort-andu ricos cigarrijs de Tuxtla, con 
(|ue la bondad de todo un traductor de 
Shakespeare acertó á obsequiarnos, baja- 
mos la cuesta de Tuxpango, sitio memora- 
ble para algimos miembros de la Prensa 
Asociada. (|ue más liabituados á las lides 
])eriodísticas í|ue á ecuestres hazañas, de- 
mostraron allí, no ha nuichos años, que sus 
brios y su letra menuda no eran bastantes 
á sostenerltjs cu un bucéfalo pacífico y mo- 
dorro. 

La vega nos recibía con sus mil rumores, 
con sus embriagantes aromas primaverales. 
C(jn un calorcillíj estival, (jue por fortuna 
nuestra se convirti*') dos horas después, al 
tramontar las cumbres de Tlazololapan, en 
tenue bruma, grata y benéfica. 

¡Hermoso valle! ¡Rica heredad! Sober- 
bio cuadro el de aquellos campos de caña 



305 

de azúcar y de aquellos extensos cafetales 
va florecientes, á los que servía de fondo la 
cordillera, sobre la cual, nota alegre de 
aquella sinfonía agreste, se destacaba el ca- 
serío con sus grandes edificios, su templo, 
sus ganados, su puente colgante y sus hu- 
meantes chimeneas ! Gorgeaban los mirlos, 
gritaba el conchío, parloteaban aves sin 
nombre, y allá, á lo lejos, cruzaban los pe- 
pes lanzando desapacible grito, grito bra- 
vio, huraño y montaraz. 

En el hermoso puente de los Micos á la 
vista de un magnifico panorama, ensorde- 
cidos por el estruendo de las aguas de Río 
Blanco, que espumantes y arrebatadas se 
precipitan allí para juntarse con las dej 
Metlac, nos desayunamos alegremente y 
dimos fin en poco tiempo á una botella de 
cierto vinillo de Chiclana, cuyas excelen- 
cias recomendamos sin reserva á todos 
los afectos á lo bueno. Al decir de nues- 
tro compañero, no el futuro misionero pa- 
ra quien todos los vinos son iguales, sino 
al decir de nuestro amigo el chispeante vo- 
ceador de versos ingleses y eterno narra- 
dor de chascarrillos, el tal vinillo era me- 
jor que aquellos de que' habla el comensal 

de Mecenas : 

"Til heredero, más djpno, de su copa 
VírtPTá sobre el suelo el vino raro 
Que guardas crn candados, y que envidiar 
l.as pontificias crnas." * 



* Versión do don Jopó Jonqn^n rceaílo. 



■ •< ■TTijI' 



306 

Consumidos, y no sin ardiente y regoci- 
jada disputa, los últimos restos del famoso 
vinillo de Chiclana, nuestro donoso poeta 
dio término al desayuno con un buen par 
de naranjas de la tierra, y á tiempo que el 
sol se velaba en densas nubes y aparecían 
envueltas en movibles gasas las altas mon- 
tañas que debíamos trepar, y menudísima 
lluvia alegraba árboles y hierbas, monta- 
mos á caballo y emprendimos la marcha 
rumbo al rancho del Fresnal, donde acaso 
nos esperaban ya. 

Pocos lugares conozco más bellos que 
ese del Fresnal, situado en una vertiente 
quebrada en plano y en medio de las más 
ricas galas de la vegetación tropical. ; In- 
comparable vista la que se disfruta desde 
allí en los días despejados ! Al frente el 
cerro de Chicahuaxtla, cubierto de árboles, 
con sus rincones de Barrientos y de Cuapi- 
chapa, sombríos cafetales, piojales pro- 
ductivos, platanares extensos, y mil caba- 
nas que parecen colgadas de las rocas ca- 
lizas. Hacia acá, las florestas y sementeras 
de Zapoapan, verdes dehesas donde pacen 
numerosas toradas, y las rancherías con 
sus techos pajizos, de los cuales se levan- 
taba, lento y azulado, el humo de las ho- 
gueras matinales. 

A la izquierda, la fecunda vega de Tux- 
pango, cruzada por el Río Blanco, — Al- 
bano, como clásicamente acertó á llamarle 
inspirado poeta, en quien el amor al estro 



W^'S-'^^:.: ■ . •■•ffr 



3í>7 

antiguo no extinguía el amor á la musa 
moderna, — cañales de gayo color, bosques 
vigorosos, aguas rumorosas, y allá, detrás 
de la frondosa alameda, la alta chimenea do 
la fábrica) que en aquellos momentos anun- 
ciaba con agudo silbido, que era tiempo de 
suspender el trabajo. 

A la derecha, la Hacienda de Zapoapita ; 
los planios del Fortín ; los campos de las 
Animas, á los cuales presta alegría,* con su 
aspecto europeo, gracioso chalet ; la 
barranca de Metlac, sobre la cual flota al 
nacer el día blanco velo de bruma; los 
puentes y túneles del Ferrocarril Mexica- 
no; los pastos de Monte Blanco; las cor> 
(Hileras de Huatusco, que, en abra inmen- 
sa, dejan ver entre las claridades de un ho- 
rizonte de límpida atmósfera, y en las va- 
guedades de luminosa lejanía, la mole irre- 
gular del Cofre de Perote. 

Pero nada de esto vimos nosotros esa 
mañana. El norte lo envolvía todo con 
sus nublazones, y así nos conformamos con 
gozar de la vista del puente de los Micos, 
que apoyándose en dos rocas gigantescas 
parece que enarca el lomo para dar paso al 
impetuoso río que, todo iris y espumas, 
todo borbotones y estruendo, como ansioso 
"de juntarse con el Metlac, se precipita vo- 
ceando bajo un arco colosal, verdadero 
arco de triunfo, que durante siglos entrete- 
jieron para honrarle altas ceibas, bejiicc-tb 
frondasoív, convólvulos muelles, orquídcars 



3^8 1 

(le embriagante aroma, bromelias sanguino- 
sas y álamos susurrantes de pulidas brancas 
y ligero follaje. ¡ 

Nos esperaba en el rancho un Joven 
agricultor, fíor de los ganaderos de aquellos 
contornos, que debía hacernos compañía. 
Después de aceptar, más para dar calor al 
cuerpo que por afición á los alcoholes, una 
copa de exquisto tequila, y no sin aguar- 
dar á que nuestro acompañante cambiara 
de caballería, muy envueltos en mangas 
de hule que noisl protegían del chipichipi, 
seguimos adelante. El poeta mustio y silen- 
cioso ; el futuro misionero salmodiando "in 
mente," jeremiacos trenos, y nosotros, de- 
partiendo con el nuevo compañero, que só- 
lo cesaba de referirnos lances de caza v 
campesinas aventuras, para cuidar de su 
tordillo, roble y hermoso animal, mimado 
por nuestro amigo como una esposa en los 
primeros meses de la luna de miel. Cruzá- 
bamos espléndida floresta, dehesas y bos- 
ques, que si son hermosos cuando los abra- 
sa el ardiente sol de aquellos cielos, pre- 
sentan singular belleza cuando, como en 
aquella mañana, viene á rcsfrescarlos me- 
nudísima lluvia. 

No tardamos en dejar la llanura, y pron- 
to principiamos á subir la cuesta del Me- 
xicano. A las primeras vueltas perdimos de 
vista los campos de Tuxpango, que iban 
fincdando velados por la bruma: y éstn, 
más y más esj^esa á ¡iroporción que nos 



si&^ 



W ■' - ■ -^'f^- ■ -J^r 



309 

acercábamos á la cima, envolvía en tules, 
en blondas, en vaporosos velos, los enci- 
nos y los itzcuahuites, las palmeras cha- 
muscadas, que, como espectros, se alzan 
en las rozas, las heliconias risueñas que in- 
clinaban hacia el estrecho camino sus reso- 
nantes hojas, los platanares protectores de 
nuevos cafetos, en cuyas ramas, dulce 
promesa de cuantiosos rendimientos para 
el año venidero, despuntaba ya, en leves co- 
pos, nivea floración. 

Por aquella cuesta trabajosa bajaban los 
indígenas camino de las llanuras, serenos, 
indiferentes á la lluvia y á los peñascales, 
y menos huraños de lo que esperábamos, 
se hacían á un lado, entre las acahuale- 
ras, para dejarnos libre el paso, y saludar- 
nos en su lengua, en el idioma de Cuauh- 
temoc, con una frase reverencial que nun- 
ca llegan á decir completa. 

Estupendo debe ser el panorama que 
desde allí se divisa á las primeras luces de 
sereno y hermoso día ; pero, á decir lo cier- 
to, dejándonos de fantasías y descripciones, 
en aquellos momentos sólo alcanzábamos 
á ver á las plantas que limitaban el camino 
por ambos lados, el suelo fangoso y las 
rocas resbaladizas por donde trepaban 
nuestras caballerías. 

Caminábamos á través de la niebla. 

Aquello era como si fuéramos escalando 
nubes. El silencio de los viajeros decía bien 
claro que estaban acometidos de invernal 



3^0 

tristeza. De tiempo en tiempo, de los re- 
pliegues del monte, de las ocultas y hojosas 
hondonadas, alegres, agudos, vibrantes, 
subían los trinos del clarín montaraz, que, 
sin duda, al borde del nuevo nido nupcial 
requebraba de amores á su desdeñosa com- 
pañera. 

Por fin llegamos á la deseada cima del 
Tlazololapan. De un lado barrancas pro- 
fundísimas, cultivadas vertientes, peñasca- 
les bravios ; del otro, la montaña alta, bos- 
cosa, que parecía crecer á nuestra vista. 

Allí salimos de la bruma, nos quitamos 
las mangas de hule, volvió á nuestras al- 
mas la alegría, y los rayos tibios de un sol 
benéfico bañaron en áureos resplandores 
las arboledas húmedals' y las hierbas aljofa- 
radas. 

Descubrimos la casa de la finca en 
lo alto de una estribación. Pardo y triste 
edificio, reconstruido hace pocos años, pe- 
ro que acusa todavía vetustez colonial, y 
que más parece morada de cartujos que ha- 
bitación de labradores. Allí cantaban los 
gallos, cacareaban las gallinas, ladraban 
los perros, y de las arboledas que rodean 
la finca nos traía el grato viento meridia- 
no mil aromas de flores desconocidas. Por 
momentos esperábamos oir el tañido so- 
lenme de la campana claustral. Veíamos 
el corredor, el terrado, los techos enne- 
grecidos, la capilla ancha, baja, sombría, 
conjunto semejante en un todo, salvo en 



3'i 

lo exuberante de la vegetación, aquí rica 
y sonriente, allá pobre y descolorida, al 
monasterio de la Rábida que hospedó al 
Genovés. 

l^ara que la ilusión fuese completa, y nos 
creyéramos, ya que no en Huelva, si á las 
puertas de la Trapa, sólo faltaba un deta- 
lle que hubiera completado á maravilla el 
cuadro que teníamos delante : un monje 
pensativo, mudo como estatua, la vista en 
tierra y la mente en las cosas del cielo, 
que con la azada al hombro y la capucha 
calada, cruzara el tortuoso sendero y se 
perdiera en la espesura. 

De cuantos íbamos allí, ni nosotros, ni 
el traductor de Shakespeare, ni el que tan 
orgulloso se mostraba de su buen tordi- 
llo, teníamos nada de Colones, ni jamás 
descubriremos un nuevo mundo. Acaso 
esta suerte osttá reservada á nuestro com- 
pañero, el de la incipiente vocación religio- 
sa, el que salmodiaba "in mente" las quejas 
de Jeremías. 

Acaso le esté reservado descubrir en 
África, ó en las islas del Mar del Sud, nue- 
vas tierras, pueblos desconocidos, donde 
planite la Cruz de JesucriiSto; millares de 
idólatras que por su mano serán bautiza- 
dos, y salvados por su apostólico celo, de 
la esclavitud del pecado y de las cadenas 
de Satanás. Acaso, en tierras que la Geo- 
grafía no conoce aún, sucumba en el marti- 
rio y vuele al cielo, llevando ri;a coseciía 



3'^ 

de almas ; acaso llegaremos á verle declara- 
do Apóstol de esas futuras cristiandades. 

En aquel punto debíamos encontrar un 
amigo cariñoso y afable que nos prometie- 
ra venir á nuestro encuentro, de modo que 
desde alli principiaron los gritos para 
anunciarle nuestra llegada. Pero en vano ; 
nadie respondía á la estentórea voz del fu- 
turo jesuíta, que, falto de espuelas, muy 
estiradas las piernas, taloneando sin cesar, 
azuzaba su muía para correr á reunirse con 
quien, de seguro, estarla esperándonos por 
allí desde las nueve de la mañana. 

No quisimos detenernos en Tlazolola- 
pan, ni siquiera á echar un trago que nos 
diera fuerzas para bajar hasta el fondo de 
la barranca. Seguimos adelante por un ca- 
mino pedregoso, tan sensiblemente incli- 
nado, que más de una vez temimos dar en 
tierra con nuelsitros cuerpos, y salir por las 
orejas de nuestros caballos. 

Gritábamos con toda la fuerza de nues- 
tros pulmones, llamando al obsequioso y 
cortés amigo, que por allí estaría en espera 
nuestra. ¡ Qué hermosamente repetían los 
ecos nuestras voces ! ¡ Qué sonoro voceo el 
de aquellas montañas, como el de irritada 
multitud popular! 

Algunas veces, en respuesta á nuestros 
gritos, contestaban los indígenas y rústicos 
que labraban las heredades en las cerca- 
nas vertientes, con un silbido burlón, ó 
con ese ahullido particular, agudo y prolon- 



•l?^ 



3^5 

gado, propio de montañeses ó gente llane- 
ra, que necesitan iiaccrse oír de quien está 
á larga distancia. Se creería que imita al 
chillido de los pepes, pájaros de las re- 
giones cálidas que saben descubrir desde 
nmy lejos al transeúnte, aun al través de 
espeso bosque, y parecen anunciar á los 
moradores de la selva que un extraño an- 
da por aquellos caminos. 

l^enoso por extremo era el que nosotros 
bajábamos, el más duro y cruel de cuantos 
recorrimos ese día. Se desliza como ser- 
piente por una desviación de la montaña, 
V termina en el fondo de una barranca, en 
una rambla arenosa que aun conserva hue- 
llas del último ciclón. Rocas gigantescas 
y árboles altísimos declaran que lay aguas 
bajaron por allí con ímpetu tremendo, re- 
novando los horrores del Diluvio. 

Entregados á la consideración de aque- 
llos estragos bajábamos hacia la cañada, 
resignados á la suerte que tan malos pa- 
soc nos guardaba, cuando el esperado ami- 
go, un mancebo "charredor" y afable nos 
salió al encuentro. 

Después de los saludos cariñosos, empe- 
zamos á tejer entretenida plática, á la cual 
dieron trafma y urdimbre frescas noticias 
de Pluviosilla, juveniles recuerdos, inci- 
dentes del viaje, bromas ligeras y chispean- 
tes, rabietas del futuro guerreador de las 
huestes de Loyola, el desdén olímpico con 
que nuestro compañero el poeta, — decidor 

Del^.iilu.— 41- 



3M 

andaluz algunas veces y en todas ocasiones 
ingenioso — decía (jue miraba aquellas cues- 
tas penosísimas, que en nada le arredraban, 
pues había recorrido por largos días y en 
pésimas cabalgaduras, los más atroces y 
espantables desfiladeros de ambos mun- 
dos, — no sé si en los Andes ó por las ás- 
peras cumbres del Simplón, — y también 
¡ ay ! con dulce tristeza memorias de se- 
res queridos que ahora gozan de la celes- 
te patria. 

En el fondo de la barranca, bajo la co- 
pa de un árbol soberbio, hicimos alto pa- 
ra refrescar con un trago de aguardiente 
y un sorbo de agua turbia, pedidos á los 
moradores de cercana choza, que no que- 
daba ni una gota del célebre y reputado 
vinillo chclanero, — 'procedente de ciertos 
almacenes de Orizaba, — y en vano requeri- 
mos la damajuana para que cumpliera en 
nosotros una obra de mJslericordia. 

¡ Adelante con la cruz ! ¡ Adelante con 
nuestros míseros cuerpos, con nuestra hu- 
manidad maltrecha! En Tlanepaquila nos 
aguardaban para comer, y dados aquellos 
caminos, no recorreríamos en dos horas 
la distancia que nos separaba de la finca. 

Quien guste de los paisajes montañosos, 
que visite esa región. Allí encontrará ad- 
mirables puntos de vista. No parece sino 
que allí, sabe Dios cuándo, horrendo ca- 
taclismo levantó la tierra, como movida 
interiormente por un hervor potentísimo, 



Js^.. 



3'5 

y que, de pronto, en plena ebullición, todo 
quedó petrificado. No hay allí un solo va- 
lle, y, si le hay, no merece tal nombre por 
lo exiguo y estrecho: cañadas, cerros, ver- 
tientes, montañas que se encaraman unas 
sobre otras, como ansiosas de dominar las 
grandes á las chicas : cerros y cerros en 
caprichosa perspectiva, cimas redondas, pi- 
cachos agudos, desfiladeros rojizos, y por 
todas partes una vegetación estupenda, en 
que se mezclan y confunden las plantas tro- 
picales, los abetos junto á los bananeros, 
el mamey no lejos del ocote. Aquí y allá, 
y más allá, y más lejos, ranchos, chozas, 
platanares, cafetos, rastrojos, un tapiz de 
mil colores, de mil verdes distintos y diver- 
sos, desde el obscuro y subido de los bos- 
ques seculares, apenas matizado con el to- 
no alegre de los renuevos de primavera, 
hasta el amarillento de las milpas y las ca- 
ñas de azúcar. 

A medio día todo reposa adormecido en 
majestuoso silencio. Es como un mar de 
simas profundas, como un oleaje de cum- 
bres altísimas, que tiene algo de la inmen- 
sidad del Océano, algo de la serenidad del 
cielo en una noche tropical sembrada de 
luceros. 

Después de medio día, suspirando por la 
rica manzanilla, con que el señor don 
Pablo Rodríguez suele recibir á sus hués- 
pedes, á quienes sabe dispensar una hospi- 
talidad verdaderamente castellana, y no 



3'6 

hay qu<j decir arábiga, que sería lo más 
exacto,, por aquello del vino vedado á los 
hijos de Mahoma, y suspirando también 
por la soi-ia (jue nuestros estómagos vacíos 
nos pedían muy elocuentemente, avista- 
mos el caserío, término de nuestro viaje. 

Allí estaba, en la risueña ladera, como 
sobre un tapete de felpa sérica, sembrado 
de magníficas rocas, con sus amplios co- 
rredores, con su elegante templo, cuya to- 
rrecilla levanta hasta los cielos gallarda 
cruz de hi rro ; mística exaltación del san- 
to lábaro hecha por el arte cristiano, lo 
niismu en las basílicas y en las catedrales, 
que en las iglesias campesinas, como para 
decir al creyente, al peregrino de este va- 
lle de lágrimas, que en lo alto está toda es- 
peranza (]f" vida y salud. 

Y aquí vienen como de molde unos lati- 
nes, aun(|ue estas páginas de viaje huelen 
á sermi'n: "In hoc signo vinces." 

Dos horas después, cansados, molidos 
de huesos, — y no era para menos, — hacía- 
mos honor á un faisán de aquellos bos- 
ques, ricamente condimentado y sazonado 
con la salsa del buen apetito, que es la me- 
jor de todas las salsas. Apelo, en caso de 
disputa, al mismísimo Brillat-Savarin. 



■.^3Cr!6^^,*:.v ., 



3*7 



II 



El Domingo de Ramos no hubo misa. 
El sacerdote que semanal iamente viene de 
Zongoli'ca á celebrar el santo sacrificio nu 
podía dejar su parroquia. Y es lástima : se- 
rian ix)r estremo bellas en aqitella iglesia 
perdida en los pliegues de la cordillera la 
bendición y procesión de las palmas. Con- 
vidan á ellas los campos engalanados por 
la primavera, y siempre enflorecidos, con 
sus árboles de frondosas ramas y sus pal- 
meras gemidoras. 

A la pom¡)a solemne de su dominica,, 
traerían los naturales y los rancheros de 
esas comarcas, ramos de mil flores maravi- 
Llosaií?, palimiais, la'urelds y ramajes aromá- 
ticos. ¡ Y qué conmovedora y que pinto- 
resca es una procesión on torno <\£ aqueí 
templo, á la luz esplérfdia de un día prima- 
veral, mientras el viento trae de los ce- 
rros aromas y trinos de pájaros, y repica 
el campanario en son de fiesta, y suben al 
cielo límpido y sereno los cánticos litúrgi- 
cos. 

Nos conformamos con gozar del merca- 
do, admirando rústicas beldades y oyendo 
hablar por todas partes el idioma d'e Cuauh- 
tcmoc. 

Muy contentos y divertidos pasamos los 
primeros días, siendo objeto de atencio- 
nes y obsequios por parte de nuestros hos- 



:«w 



pitalarios y caballerosos amigos, y en espe- 
ra (le varias personas que vendrían á pasar 
á Tlancpaquila los días santos y del 
sacerdote que debía celebrar los divinos 
oficios. 

No tuvimos más novedad que un temblor 
de tierra, un ligero movimiento oscilato- 
rio de E. á W., muy sensible en aquellas 
alturas y (¡ue dio motivo á largas horas de 
risas y buen humor. 

Es el caso que nuestro compañero, el de la 
incipiente vocación religiosa, tiene á los 
temblores un miedo singular. Impresio- 
nado por el de la víspera, asustado aún y 
temeroso de otro más fuerte, fué víctima 
del malévolo ingenio del poeta. 

Este, con la facilidad que enhebra versos 
y estrofas, supo enhebrar el lecho del asus- 
tadizo, y después de hablarle de los más 
célebres terremotos que registra la histo- 
ria, de las erupciones del Vesubio, de la 
ruina de Lisboa y de los horrores de Gua- 
temala ; tras eruditas disertaciones acerca 
de los fenómenos séisniicos, tras de citar 
la carta de Plinio á Tácito, que, por cier- 
to, buenos sudores nos causo en las aulas» 
cuando menos se lo esperaba nuestro ami- 
go tembló, tembló suavemente tres veces 
en media hora, y otras tantas el asustadizo 
mancebo, salió por la ventana de un salto, 
encomendándose al Señor, entre la mal 
contenida risa de sus compañeros. 

Cortos paseos, largas siestas, sabrosas 



F?- -r:v-- ■^'■y?P^-lr^ ^ 



3^9 

J:)látícas, breves lecturas y dilatadas parti- 
das de ajedrez nos entretuvieron los tres 
primeros días. El martes, á media mañana, 
llegó el sacerdote, y por la noche, los ami- 
gos esperados, un notario de fácil palabra 
y luengos bigotes, y un caballero, propie- 
tario, todo corrección y mesura, que, des- 
de luego, se mostró temeroso de Lais dia- 
bluras que sabían preparar aquellos com- 
pañeros tan poco gravedosos, sin que su 
genial dulzura fuera parte á ocultar los 
infundados recelos que le traían inquieto. 
Con su amigo el notario, un joven tan de- 
cidor como piadoso, algunos otros que no 
cuadraban de haraganerías, tomaron por lo 
serio la santificación de sus almas, se die- 
ron á la oración y al recogimiento, y cuan- 
do los divinos oficios terminaban, y no era 
hora de ir á la mesa ó de pasear por los 
campos, se dedicaban á rezar como' bue- 
nos sacerdotes; por la mañana, prima, 
tercia, sexta y nona, y por la noche víspe- 
ras y completas, maitines y laudes. 

Menos santo que ellos, más dado á las 
disipaciones mundanales que al breviario, 
mientras ellos rezaban, quien esto escribe, 
se deleitaba con una hermosa novela de 
Dickens. 

¡ Dios se lo perdone ! 



-V^í» 



320 



III 



A (jué cansar á U^s lectores con narra- 
ción pormenorizada de cuanto hacíamos y 
dejábamos de hacer, y concretémonos á las 
soíenmidades religiosos de esos días, que, 
no por celebrarse en la capilla de una ha- 
cienda, estuvieron menos magestuosas que 
en la ciudad, antes, por el contrario, fue- 
ron severas é imponentes. | 

El rezo llamado de tinieblas, grave, 
triste, funerario, aquella salmodia monóto- 
na que repite los acentos doloridos de Je- 
remíai* y llora las desveituras d^e Jerusalén ; 
aquellos oficios del jueves, á la mitad de 
los cuales enmudecen las campanas, aque- 
lla comunión solemne y la procesión so- 
lemne, después de la misa, para depositar 
la sagrada hostia en esp'éndido monumen- 
to, hablaron elocuentemente á nuestras 
almas de las eternas promesas y de la di- 
vinidad del Cristiíuiismo. No oraban en el 
recinto de aquel templo grandes y podero- 
sos- ni el lujo ni la vanidad de trajes y 
personas distraían nuestra mente de los 
santos misterios ; rústicos y labradores, 
miserables indígenas de pobre vestido y al- 
mas sencillas, iban en pos de la procesit^n, 
y a(|uel acto me parecía que decía más de 
la verdad de la creencia católica, que los 
discursos de muchos celebres apologistas. 



TRP- 



32t 

Pero nada como los oficios del viernes; 
enlutados el altar y el sacerdote, apagadas 
las candelas, velado el Crucifijo, el minis- 
tro postrado al pié del ara. La narración de 
la gran tragedia del Calvario, de los más 
grandes misterios de la redención del hu- 
mano linaje, aquieta el espíritu y le hace 
reposar en una dulce y serena contempla- 
ción. 

En tal día, ora la Iglesia por todos sus 
hijos ; ora por ellos, doblando Ja rodilla, 
por el Papa, por todos las órdenes sacerdo- 
tales, por los depositarios del poder públi- 
co, por los catecúmenos, por los navegan- 
tes y por todos los atribulados y aflgidos; 
ora también por los herejes y cismáticos, 
y por los judíos y los gentiles. 

Al conmemorar la muerte de Jesucristo, 
pide grandes mercedes, se postra en tierra 
y hunde la frente en el polvo, demandando 
gracias espirituales y temporales; pero al 
orar por el pueblo judío no se arrodilla, 
como |iara manifestar que es patente en la 
nación deicida el castigo divino. Sin templo 
ni patria, vaga proscrita por el mundo, 
perseguida en todo tiempo, odiada en to- 
das partes, purga su perfidia, sin que po- 
der ni riquezas le valgan para vivir en paz 
y en tierra propia. 

Y dé los oficios de ese día, nada como la 
adoración de la Cruz. Descúbrela el sa- 
cerdote y la muestra al pueblo, y pobres y 
ricos, amos y servidores, sabios é ignoran- 



"322 

tes se acercan á adorarla, mientras el coro 
canta en tres lenguas, hondas quejas y do- 
lorosa lamentación: "Pueblo mío, ¿qué te 
he hecho? Te saqué de la servidumbre de 
Egipto, y me enclavaste en una cruz 1" 

A fuer de cristianos y de artistas debe- 
mos decir que no creemos que haya en el 
culto católico otra ceremonia más bella y 
conmovedora, más imponente y más pia- 
dosa. No es posible asistir á este acto sin 
que las lágrimas asomen á los ojos. Toda 
la religión cristiana está en esa ceremonia. 
¡ Qué decimos ! Toda la vida del cristiano. 
Creemos ¿y por qué no decirlo? que á 
cuantos se acercan en ese día á adorar la 
Cruz, deben ser concedidas por el cielo 
grandes mercedes. Nosotros no olvidamos 
en aquel momento á cuantos hemos ama- 
do, á cuantos nos amaron y nos aman, y 
oramos fervientemente por el descanso eter- 
no de nuestros padres. 



Y el sábado, ¡ qué alegres sonaban las 
campanas en aquellas serranías ! ¡ Cómo re- 
petían los ecos el regocijado repique, el 
tronar de los cohetes, el estallido de las 
cámaras y los disparos de los morteretes, 
l'resco viento movía las arboledas y los 
ecos iban repitiendo de monte en monte 
la estruendosa salva. 

^ En los primeros días de Pascua, mus- 
tios, cabizbajos, como los rancheros que 



w 



323 

regresan de "seraanasantear," volvimos 
por Coetzala, Cuichapa y Córdoba, á la 
túrrida Pluviosilla, y á nuestra casa, aho 
ra entristecida por desgracias recientes y 
profundos dolores. 

Y hoy, desde aquí, desde el humilde 
cuarto de trabajo donde rendímos culto fer- 
viente á ia Belleza y al Arte, teniendo al 
lado los nuevos libros que el cartero acaba 
de traer, oyendo el canto regocijado de un 
pajarillo de aquellos montes de Tlanepa- 
quila, que Dios bendiga, al dar término á 
estas páginas sin color ni aliño, enviamos 
cariñoso saludo á nuestros amigos de allá, 
deseando que les sean gratas y entreteni las 
á la hora del crepúsculo, cuando el astro 
rey dora las cimas con melancólicos ravos, 
mugen por las pendientes los ganados que 
vienen al abrevadero, y la campana, con 
voz devota y pausada, convoca á la ora- 
ción. 




1 



y 



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l-iMa. :■ 



,.A DONDE VAS? 



'7"r' 




Declina el ¡gol, y al hundiirse detrás de la 
vastiüi cordillera, baña en oro las cumbres 
del Citlaltépetl y arrastra en llanura y de- 
hesas su manto de púrpura. 

Fatigados y lentos vuelven los toros del 
abrevadero, y el zagal, recogida la honda, 
siguie de lo lejos á las reseisL 

Humea la choza, humea, y hermosa co- 
lumna de humo azuloso y fragante, sube v 
:sie diifunde en el espacio por sobre los ra- 
majes enflorecidbs. 

¡ Espléndida tarde ! La última de mayo, 
i Espléndido crepúsculo ! \ Cuan alegre la 
música diel pueblo alado ! ¡ Qué grato el 
aroma de las flores campeíslinas ! A'bren las 
maravillas sus corolas de raso a'l soplo del 
viento vespertino, y resuena en el barranco 
la voz tremendla de Albano. 

Allá — en el fondo del valk — Pluviosi- 
11a, — la túrrida Pluviosilla, — parece arder 



328 í 

incendiada por las últimos fuegos del sol, 
y nube de grana y oro, con reflejos de gi- 
gantesca hornaza, anuncia ardiente día y 
viento obrasador. 

En las regiones de Oriente, en piélagos 
de (')palo, vaga)n esquifes de plata con vel'as 
rcí.-'iadas y cordajes de color de lila. 

Pais'o á paso, en una yegua retinta, avan- 
za por l'a vereda el buen Andrés. El mozo 
garrido piensa en las lluvias que aiuin no 
vienen ; en el cafetal agostado y imarchiito 
¡>or los calores de mayo ; en la nivea flora- 
ción, (jue, á las primeras aguas, será como 
niveo i>lunraj.e entre las fron<las de los ca- 
fetos, cuaindo el izote, erguidlo como un co- 
cotero, dé á los vientos, entre lalsi recias 
púaiH, su ramillete de alabastro. Piensa en 
el fruto rojo, en la cosecha pingiiie, en la 
venta ojxjrtuna y al contado, en los días ale 
gres de dic'iiembre y enero, en la fiesta 
nupcial, eni la boda ruidosa, y en su ama- 
da, soberbia campesina de ojos negros, en 
cuyas pupilas centellean tcxlalS' las estrellas 
del cielo. 

Y dice para si : 

— Otro año, y el rancho í¡erá mío ! ¡ Otro 
año. y ese prado y esa ladera darán |)astos 
á nws reses. y seré el más rico de la co 
marcaí y el más feliz de todos. Carmen es 
buena. . . . ¡ No hay otra como ella! ¡ No la 
hay ! Para ella ni fiestas rti baildsL ¡ Su 
casita y nada más que s^u casita ! Ya no 



^Mt.. 



■ ^~:~y- Vf : ■ 



picnisa cu Pablt). ¡ Qué ha de pensar en 
ese haragán ! ¡ Todo eso pasó, pasó para no 
volver ! 

Y recuerda con ra1)ia aquella noche en 
que vio á su amada acompañada de su ^ 
rival. El con el zarape al hombro, lucien- 
do el airoso sombrero bordado, haciendo 
alarde de su dinero y de su felididad. Ella, 
¡qué hermosa! Y isie dijo: 

— ¿Sí? Pues yo le venceré. Y se dio al 
trabajo, á la diaria y penosa labor rústica, 
trahajanido <l'e sol á sol, sin tregua ni dle!»- 
canso. 

El éxito ha coronado sus afanes. Haiit 
pasadb seis años y es rico. No como su'á 
vecinos los arrend'ataríos de Maita- Virgen ; 
pero tiene dinero. Lx>s cafetales producen 
mucho, y todo isaldrá — tiene que salir — á 
las mil maravillas. Avanza el ca'baillero á 
la vera 'del cafetal, dichoso y feliz. Carmen 
no le espera. Le cree muy lejos, en Tie- 
rra GaJiente, allá en las llanurais del San- 
tuario. L-e lleva unos cocos, y un pañuelo 
de seda que parece un montón de hier- 
bas cubierto de flores. Ya está cerca, ya va 
á llegar Dejará la yegua en el po- 
trero y llegará á la casa sin que nadie lo 
sienta. ¡ Vale que los perros le conocen y 
no saldrán á recibirle ! . . . . 

— ¡ Pie á tierra ! — ise dijo. Y bajóse y per- 
sogo la bestia de un huizache. 

Sacó un bulto de las árganas, y paso á 



r-f 



paso, casi de puntillas, para que no sona- 
ran las espuelas, se deslizó á lo largo del 
vallado. Humeaba la choza, y oiaisle en 
ella el palmear de la tortillera. Sin duda 
que á esa hora todos andarían en el campo, 
y Carmen, muy tranquila, sentada en eil por- 
talón, estaría cosiendo, mientras el loro, en 
su jaula, no >.e cansaría de gritar : 

"¿ Eres casado ? ¡Ja ... . jajá ! . . . . ¡ Qué 
regalo !" 

Piaban los polluelos en torno de la casa. 
El gallo se pavoneaba entre s'us ddaliscas, 
y las,' cluecas ¡)erezosas encamiinaban su ni- 
dada hacia el corral abierto. 

Relinchó un caballo en el corra'l ; contestó 
la yegua en el potrero, y el sultancillo del 
gallinero cantó ailegremente. Detúvo&fi el 
mancebo, y detúvose alarmado y receiloso. 

— ¿ De quién es ese caballo ? — exclamó — 
¡ es el de Pablo ! — se dijo palpitante. 

Y se acercó á la casa. Carmen reía. . . . 
Reía el afortunado mancebo. 

Rugió la hiena de los celos en el cora- 
zón de Andrés, rugió terrible, y él pobre 
muchacho, trémulo, fuera de sí, buscó su 
pistola, la preparó, y al adelantansie resuel- 
to, colérico, se detuvo .... 

Una imagen venerable había cruzado por 
su mente : el rostro de una anciana buena 
y cariñosa, que triste y apenada decía: 

— ¿Adonde vas? 

Y Andrés retrocedió, y despacio, como 



33' 

había venido, regresó al potrero, montó en 
su yegua y se alejó del rancho. 

El sol se había, puesto, dejando en los 
espacios una leve claridad rosada. 

Las: campanas de Pluviosilla, con toque 
solemne y piausaido, entonaban el ainge- 
lus. 




► 



I 



Vi- 



¡ASI! 



Á José Fernández Alonso. 



r 




Y esto fué lo que me contestó. 

"Llegaba yo á esta casa (que es tuya tam- 
bién, ya lo sabes), cuando advertí que va- 
rias mujeres, unos cuantos hombres y algu- 
nos granujas, miraban hacia la puerta de 
Pedro, el muchachón aquel que estuvo á 
mi servicio dos ó tres meses, y á quien 
tú conociste aquí ; aquel mozo tan bueno, 
tan humilde y tan senciHo, cuya inteligen- 
cia te cautivó, y cuya "piedad filial" — diré- 
lo á la manera clásica, — te dejó encan- 
tado: 

"¿Qué había sucedido? ¿Qué pasaba? 
Algo muy grave, sin duda, pues en los ojos 
de las mujeres, — lavanderas unas, y otras 
torcedoras de "pitillos," — como acostum- 
bras decir, — se retrataban el espanto v el 
miedo, y en el rostro de los varones se leían 
el asombro y la sorpresa, una y otro cau- 



336 

sados por algún suceso singular y terrífi- 
co. Sí, ¡algo muy grave!- 

"A la sazón salía de la casa un gendar- 
me, muy de prisa, como si fuera en pos 
de un fugitivo, ó tratase de pedir auxilio á 
sus compañeros. 

"Soy curioso también, (que la curiosidad 
es ingente en la familia humana) é impul- 
sado por vivo deseo de saber lo que pasa- 
ba, me entré en la casa. 

"Encontréme allí con unas cuantas per- 
sonas : el vecino inmediato, un barbero bo- 
rrachín ; su amigo el cerrajero, otro que 
bien baila, de la misma calaña y con las 
mismas aficiones alcohólicas ; — Guadalupe, 
la casera, muy conocida en estas calles por 
su voz de sargento, sus bigotes, y sus an- 
chas caderas de isócronos movimientos; 
Luz, su hija, una doncella de buen porte, 
y Marcelino, el talabarterillo galante, glo- 
ria y prez del gremio, y tentación de todas 
las muchachas nubiles del barrio. 

"Estaba también don Justo, el Juez de 
Manzana, un carpintero de obra gruesa, 
hombre serio y formal, á quien puedes fiar 
oro molido, ¡ qué digo ! diamantes de subi- 
dos quilates, como quien dice el "Regen- 
te" ó la "Montaña de luz," ¿Qué había 
pasado ? Poco : — me respondí — un asesi- 
nato de esos de que hablan diariamente los 
periódicos ; un suicidio de esos que son ya 
moneda corriente Nada para estos 



m^' 






337 

tiempos en que las naciones fuertes se com* 
placen en hacer pedazos á las débiles, y 
por ello merecen vítores y aplausos de las 
naciones cultas, — esto es armi-potentes ; en 
que las repúblicas humanitarias y los im- 
perios altruistas se tornan en un santiamén, 
en conquistadores de las naciones que tie- 
nen pocos barcos ; y en que un pueljlo, con 
aprobación franca de su Purpurado, sabe 
mover jijuerra á otro pueblo pefjueño, prós- 
pero, pacífico y virtuoso. 

"¿Qné injusticia, qué iniquidad, qué ho- — - — 
rrendo crimen se habría cometido en esta 
casa, asilo de una pobreza honrada y dig- 
na, y que hasta hoy fué morada de virtud, 
de cariño, de trabajo y de economía? 

"Esto pensaba yo, al entrar en aquella 
habitación (jue siempre vi clara y bonita 
y que ahora me parecía obscura y fea, y / 

al apartar á cada lado para abrirme paso, 
á todas aquellas gentes que atónitas y mu- 
das de terror rodeaban un lecho ensangren- 
tado 

"Pronto supe todo. Delante de mí, en 
un lecho revuelto, había un cadáver, calien- 
te aún, con la palidez agónica en el rostro ; 
sudorosos la frente y el cabello ; las manos 
crispadas ; contraída la boca, con cierta ex- 
presión de sorpresa y rabia al mismo tiem- 
po, como si de aquellos labios carnosos y 
sensuales se hubieran escapado á la par 
lina blasfemia procaz, un grito de horroro- 

l»elir«lo.— 43 



3$^ 

sa fíesesperación. En el pecho, sobre la ni- 
vea blancura de la camisa, tenía una man- 
cha de sanp^rc ; una mancha, negra en el 
centro, de sol)erbia púri)ura el contorno. 
Una manta roja, extendida por manos pia- 
dos^as y caritath'as, velaba lo quic. el pudor 
debía ocultar. 

"Tratábase de un mozo decidido, guapo, 
resuelto, fornido y valiente, que dos días 
antes, en una tienda muy conocida, afable 
y decidor me había vendido puros tuxte- 
cos de excelente clase. 

"En un ángulo de la habitación, refugia- 
da entre los muros, como si hubiera bus- 
cado aquel sitio para que se la tragaran 
las paredes, había una mujer que lloraba, 
(pie lloraba á mares, en ciertos momentos 
casi ahogada por los sollozos, y que se cu- 
bría tenazmente el rostro con un "rebo- 
zo" claro, taml icn manchado de sangre: 
la madre de Pedro. 

"Era éste un buen chico, trabajador, de 
excelentes ccstiimbrcs, po o dado á juer- 
gas y parrandas, cuid.-ido.sísimo de su per- 
sona, cumplido, recto, cabaHeroso, y tan 
buen hijo que todas las madres le ponían 
pof mod'elo. y que sábado á sábado, entre- 
gaba á la suya todo cuanto en la semana 
había ganado. 

"A los once años quedó sin padre. Este 
voló arrebatado por insidiosa galopante 
tisis, sin dejar á su familia más patrimonio 



.A^ 



.^. 



339 

que una butiia reputación., adquirida^ á cos- 
ta de mil privaciones y de largos años de 
vida 'laboriosa, en el ejercicio de penosas y 
mal retribuidas tareas. 

"La madre, — á quien tú conociste— era 
joven y linda, y no tenía más que veinti- 
séis años, muy lucidos y frescos. 

"Pronto madr« é hijo se vieron en la 
miseria. Como la enfermedad de don An- 
selmo fué breve, pues solamente duró dos 
meses, algo de las economías del buen ar- 
tesano quedó en el fondo del arcón, guar- 
dado allí entre las prendas domingueras. 
Con tales dinerillos vivieron algunos me- 
ses, cerca de un año. 

"Pedro entró de aprendiz en un taller, 
y tanto se aplicó, trabajó de tal modo y 
tan bien se condujo, que á poco tuvo suel- 
do, y desde ese día acudió en auxilio de su 
casa, y alivió en María Antonia la diaria 
tarea de lavar sin descanso, almidonar los 
viernes y aiplanchar los sábados ta/pde y 'no- 
che, hasta que la campana mayor de la 
Parroquia toca el alba, y llamaba á la mi- 
sa de cuatro, á descalzos y mal trajeados, 
á mozas deslizadas y á viejas madrugo- 
tías. 

"Vida feliz vivían Pedro y María An- 
tonia. Ella contenta, satisfecha de su hi- 
jo; él muy amoroso, muy pagado de ella." 

— "Mi madre — solía decir á sus amigos, 
— no es vieja ni fea. ¡ Nada de eso! ¡Qué 



■75?S- 



ha de ser fea ! ¡ Por ella no pasan los 
años ! . . . . Pero no volverá á casarse. Ni 
yo me casaré mientras ella viva, por mucho 
que son grandes, y muy grandes las ga- 
nas (jue tengo de casarme con Clara, la hija 
de mi maestro, líoríjue el casado casa quie- 
re, y yo no he de dejar á mi madre, que 
tanto me ama, y que es tan buena, tan 
honrada. . . . porque ¡eso si! á honradi no 
hay quien le gane ! 

".Y Pedro vivía sin decir á Clarita oxte ni 
moxtc ; sin gastarse ni un centavo fuera 
de casa, sin .el previo consentimiento ma- 
terno ; dichoso y sin penas, sin temores ni 
zozobras, sin más placer que el teatro dra- 
mático, fuente para él de vivas emocio- 
nes ; la lect'irra de una íjue otra novela, 
(historias como él decía) devorada en el le- 
cho ríe diez á once de la noche ; uno que 
otro baile, allá de cuando en cuando, co- 
mo quien dice ]>or Corpus y San Juan, ^' 
echándose encima en chaquetillas galanas, 
chalecos blancos, corbatas de vivo matiz, 
pantalones ceñidos y bien cortados, botines 
bayos, de aguzadas puntas, y sombreros 
engalonados y donairosos, cuanto María 
Antonio le reservaba económica para ta- 
maños lujos y para tales juveniles elegan- 
cias. 

"Pero ¡oh dolor!.... Ese día, media 
hora antes de mi llegada, ó poco menos, 
veinte minutos á lo más, en un instante, 
todo varió para el pobre mozo. 



voüit; 



.■ .«"S";.; • ■':?¿i ^r^ 



"Salióse Pedro, después de comer, muy 
alegre y entusismado, porque se iba á los 
"toros' — asi lo dijo á Maria — y no volvería 
hasta las once y media ó doce de la no- 
che. Le habían convidado á cenar unos 
amigos suyos y luego se irían al teatro. 

"Pero no lo quiso así la suerte. Al lle- 
gar á la Plaza de Toros, — donde torearía 
esa tarde mi célebre "mataor,"— al ir á acom- 
prar ti billele echó mano al bolsillo, y. . . . 
i nada . . . . ! ¡ni una peseta ! 

"Viose tentado de irse á vagar por ba- 
rrios y callejas, y así pasar la tarde: pero 
el bullicio de la nmltitud que llenaba las 
callles próximas al coso ; la alegría de la 
gente ; el pasa-calle que una banda ruidosa 
tocaba allí cerca ; el calor de la siesta y la 
espléndida belleza del cielo, fueron al mo- 
zo poderoso incentivo. 

"Voilvióse á la casa á traer dinero 

i Nunca lo hiciera ! ¿ Qué vio, qué descu- 
brió, qué tempestades de ira y de dolor es- 
tallaron repentinamente en su alma dulce 
y bondadosa ; en qué nube de púrpura se 
sintió envuelto ; qué piélago de sangre le 
arrolló entre sus olas ? Pedro no acertará a 
decirlo, ni si acertara lo diría. . . . ! 

"Ello es que loco, con todas las tinieblas 
del Infierno en la mente, y en el corazón 
todos los odios de Luzbel, buscó en torno 
suyo algo, que no encontraba, que al fin 

halló, algo con que poder matar, y 

¡ mató ! 



342 

"Y mató á aquel hombre traidor é infa- 
me amigo, que le ofendía y le deshonraba 
en lo que más <iuería Pedro, en lo que amia- 
ba más, en lo que había sido para él, has- 
ta ese momento, dicha, ternura, cariño, 
amor noble, desinteresado, purísimo, como 
bajado del cielo, su vida, su alma, todo, 
todo ! 

"Mató y huyó. 

"¿Esta fuga agravará su delito? ¿Le 
absolverán ? ¿Le condenarán ? No lo sé. 
Acaso tú podrás decírmelo. 

"Al enterarme de lo acaecido y al me- 
ditar en lo que había pasado, severo para 
con el seductor, y justo y recto para con 
eil infeliz mozo, me dije : 

"¡ Tuvo razón ! ¡ Así debía hacerlo, así lo 
hizo, y así debe hacerse, así ! 

"Te devuelvo el libro de Lombroso, 
Mándame el tomo de Beccaria y las poe- 
sías de Manzoni. 

Tuyo. — Enrique.'' 

Drizaba. I900. 



rá^.. 



r V- 



RIGEL. 



Á Enrique Guasp de Pekis 



„-,.. .f... 




Erase que se era, en no sé qué comarca 
de CUNO nombre no quiero acordarme, un 
pueblo de pocos habitantes, casi desierto 
durante nueve meses del año, y concurridí- 
simo en tien)i)ü de baños. Situado á ori- 
llas del mar, á la failda de pintoresca colina 
y en una pradera siempre enflorecida, á 
donde no llegaban ardores veraniegos, y, 
mucho m<'nos, escarchas otoñales, año con 
año era sitio predilecto de opulentos bur- 
gueses, de semiricachos retirados de agios 
y logrerias' de empleados en vacaciones^ 
de mercaderes salvos del mostrador y vícti- 
mas del reuma, de niñas opiladas, de glo- 
tones gotosos, y de lechuguinos y caballe- 
retes i)ropensos á la tisis, la cual no parece 
batirse en derrota á pesar de la guerra que, 
como se dijo en ciertas Cortes, le tenía de- 
clarada un médico catalán. En tal pueblo, 
con las truchas de su río y las ostras de sus 

Delgado.— 44 



^m^ 



346 

playas, y más que con otra cosa con los 
aires purísimos del pintoresco lugar, se for- 
talecían el celebro todos los bañistas, y en 
Jijiras y barcadas se pasaban los días y las 
semanas y los meses, para volver luego .1 
brillante pudridero de la Corte, en busca de 
bailes y de recepciones, de comilonas dis- 
pépticas y de óperas vagnerianas. 

Uno de tantos señores como al pueblo 
venían era el señor don Cándido de Alta- 
mira y Tendilla, Marqués de Altramuces, 
en un tiempo agregado de embajada, n- 
quillo, gastado, lleno de dolamas y de crue- 
les desengaños, con tres ó cuatro achaques 
de gota en el cuerpo, y harto de zarándeos, 
de parrandas elegantes y de juergas aristo- 
crtáicas, con muchas desilusiones en el al- 
ma y mucho desprecio para los hombres y 
sus cosas, y i)or tanto obsequioso, atento, 
observador, fino, y, además, inteligente, 
leído y atiborrado de letra menuda. 

Una noche, recostado en la baranda de 
un balcón del Casino, — de aquel casino 
cursi, donde durante la temporada se reu- 
nían á diario los bañistas, fumando rico 
veguero y contemplando el cabrilleo de la 
luna en las aguas trancjuilas del surgide- 
ro, díjose don Cándido, con acento grave 
y solenme : 

— "Cándido: ya tú no estás para subir 
y bajar ; has pasado ya de los cincuenta, y 
guapo aún, sin que necesites de afeites v 



.347 

peluqueros, no tienes ni humor alegre ni 
buena salud para volver á la vida de la Cor- 
te, á las emociones del "treinta y cuarenta" 
en los alones del Veloz; á las tertulias de 
los Duques de la Carrasca, á los bailes de 
los Marqueses del Prado, y á las noches 
del Real, donde ya no volverás á escuchar 
la voz dulcísima de tu amigo Gayarre. Ha- 
rías muy bien en irte á Madrid, y en quitar 
casa, y en volverte con doña Prudencia, tu 
excelente ama de gobierno, á esta aldea 
tranquila, é mstalarte aquí, en un "chalet" 
cómodo y elegante, para vivir en este pue- 
blo, ni envidiado ni envidioso, (como dijo el 
poeta) y gozar de beatífica paz durante lois 
quince ó vei'nte años que, á todo tirar, te 
quedarán de vida, y eso si te cuidáis y te tra- 
tas bien, y donde esperarás el instante temi- 
do en que estires la pata y cierres los ojos 
para siempre." 

Y dicho y hecho. Nuestro don Cándi- 
do, que era marrullero y solterón y egoís- 
ta, compró á un creso del lugar cierto "cha- 
let," en que, durante la estación balnearia, 
habían vivido unos títulos tronados, y se 
fué á Madrid, y á las pocas semanas ya 
estaba de regreso, con docenas y docenas 
de bultos y cajas, con dos ó tres criados 
listos y de buen parecer, y con la bonísima 
de doña Prudencia. A^ 

Instalóse don Cándido, instalóse como 
correspondía á su carácter y linaje, y para 



34» 

lio niuiirsc tic fastidiu y matar los días, que 
en aquel pucolo se le hacían eternos, idos 
ya los bañistas y vuelto el lug^arejo á su 
propia modorra y á su inmutable soledad, 
t;azóse el descorazonado caballero termi- 
nante ]jrograma : levantarse temprano ; ba- 
ñarse en seguida ; luego pasear un rato á 
caballo; desayunaise después; en seguida 
ker la ct)rresj)ondencia para saber los chis- 
ms de la Corte ; escribir unos cuantos ren- 
glones á sus íntimas y á sus amigos del 
"Veloz ;" charlar un rato en la botica, (que 
era el mejor mentidero del pueblo) ; visi- 
tar, un día sí y otro día no, al Médico y 
al Cura, (|ue eran allí las únicas personas de 
buen trato; dar un pasco por la playa ó 
por la pradera ; gozar de las sorpresas cu- 
linarias de doña Prudencia; leer los perió- 
dicos que traía el coneo de la tarde; jugar 
tresillo con sus dos amigos, y luego me- 
terse en la cama para cjue el calorcillo de 
las ropas le ailiviara del reuma. 

Y así vivía don Cándido, trancpiilo y con- 
tento, sin más afectos (jue el cariño de do- 
ña Prudencia, ni más amor que el que tenía 
á un perrito de lanas consentido y mimo- 
so, (|ue, como un chi(iuillo, comía instala- 
do cómodamente en una sillita al lado de 
su señor, con babero al cuello y cuidado 
por una doncella fresca y rozagante, gala 
y guapeza de la servidumbre. 

¡ Y qué bien que era tratado el animalito ! 



lwr~''y- 



349 

Así como le atendían en la mesa, á mdüefd 
(le simpático ahijado ó predilecto sobrino, 
así le consideraban y le miraban en el salón, 
Suyos eran las alcatifas pérsicas, los coji- 
nes de pluma y los tapetes de Utrech. 

¿ Hacía calor ? Pues ¡ baño para Rige! ? 
¿ Soplaban vientccillos fríos ? Cerrar las vi- 
drieras, y que entrara Rigel. ¿ Llegaba el 
invierno? \'enga la camisa aforrada de 
nutria, la camisa purpúrea con las inicia- 
les de don Cándido y la corona consabida, 

— ¡ Prudencia . . . . ! Rigel tiene ham- 
bre. . . . Déle usted galletitas inglesas ó 
un emparedado de perdiz ! ¡ Prudencia ! 
¡Prudencia! Esta criatura tiene sed.... 
Déle usted grosella .... ¡ Por Dios, Pru- 
dencia ! Rigclito está enfermo. . . ¡Que lla- 
men al Doctor ! 

V Eustaquio, el inglés, el gallardo criado 
de mesa, corría en busca del facultativo, y 
Rigel era puesto .en cama, en una linda ca- 
mita de bronce ; la hermosa camita con 
edredón y colgaduras de gasa, colocada 
en la misma alcoba de don Cándido. Lie 
gaba el médico, recetaba, y ahí tenían us- 
tedes á don Cándido á la cabecera del en- 
fermito, y á doña Prudencia dando al pe- 
rro las medicinas, velándole el sueño, y . . . . 
aplicándole lavativas, si eran necesarias. 
Más de una vez se turnaron los criados cer- 
ca del lecho de Rigel para guardarle el 
sueño. 



35<^ 

Nó paraban aquí el cariño y los mimos 
de don Cándido para Rig-el. Queríale co- 
mo á un hijo. Charlaba con él, le daba 
consejos, le rejjrendía cuando era necesa- 
rio, por cuakpiiera fechoría, y á veces se 
pasaba con él horas y horas, haciéndole 
brincaf á través de un aro, como á los goz- 
quecillos del Circo. 

Don Cándido se hacía lenguas de Rigel : 
ponía por las nubes su inteligencia ; decía 
maravillas de sus habilidades, y ponderaba 
el iinistinto de aquel perro, en quien decía 
encontrar cosas dignas de un ente de ra- 
zón. 

Nada de esto parecía natural á la nume- 
rosa servidumbre del "chalet." ni al Médico 
ni al Párroco. 

— Señor Cura, — decía y repetía doña 
Prudencia — ¡ qué cosas tiene el señorito ! 
\ El mejor día nos sale con que Rigcl vaya 
á la escuela para (pie le enseñen á leer! ¡Si 
temo que quiera que le instruya usted como 
á los doctrinos que van ail templo todos los 
domingos á rezar el catecismo ! ¡ Si no le 
trata como á perro, sino como á una per- 
sona ! ¡ Y habla con él y le conversa ! ¡ Y¿\ 
voy yo creyendo lo que dice el palafrenero 
(que no por ser gallego deja de tener ta- 
lento) que hay perros en quienes encarnan 
las almas y que por eso las personas los 
estiman y les tienen ley. ... ! 

— ¡ No tenga usted cuidado, doña Pru- 



■W'^ ■ 



35Í 

'flcncía ; — respondióle el clérigo, enarcando 
Las cejas, y sacando del bolsillo la taba- 
quera — ya, ya, ya, señora ! Hablaré á nú 
amigo del asunto. ¡ Si que le hablaré ! 

Cumplió lo prometido, y dulcemente, con 
toda cortesía, habló de ello á don Cándido, 
citándole textos de Aristóteles y de Santo 
Tomás acerca de la debatida cuestión de si 
tienen alma los animales, y trayendo á 
cuento no sé (jué versículos del Génesis, 
para impugnar la opinión de algunos que 
en ellos creen encontrar, con poca razón, 
que las Santas Escrituras parecen atribuir 
á los animales inteligencia y reflexión. Pe- 
ro nuestro don Cándido no hizo caso de 
los razonamientos de su buen amigo el 
Párroco ; le entraron por un oído y por el 
otro le salieron, y Rigel siguió tan queri- 
do y tan mimado como siempre. 

Meses después, en ocasiones diversas, 
durante la partida de tresillo, volvió á la 
carga el Cura ; pero todo fué inútil. Don 
Cándido no se dio por entendido, y cierta 
vez en que el buen señor le habló del asun- 
to — y por cierto que ya no en tono dulce y 
benévolo, sino severo y reprensivo, — el 
egoísta solterón mostró tal desagrado v 
cortó de manera tan brusca la conversación, 
que el excelente don Benigno dominó su 
indignación clerical, calló, y pensó que 
procedía no volver más á la casa d'C su 
amigo don Cándido, en quien suponía me- 
jor sentido, más cultura y mayor seso. 



35* I 

l*oro, cátate, lector piadoso, qué un día 
^c cnfcnnó Rij^cl, y se enfermó de veras, 
y alarmóse don Cándido, y con él la servi- 
dumbre toda, y el Doctor fué llámalo, y 
vino, y recetó, y volvi'), y tornó á recetar, 
y leclari') (jue el caso era desesperado, y 
que Ri^d estaba "in artículo mortis." Al- 
j^^uien habló de llamar al albéitar, y no fal- 
t') (|uien suspirara ¡lor im discretísimo tra- 
tamiento homeopático. El!o es (jue el ani- 
malíto si,tíuió de gravedad, entró en a^o- 
nía, estiró las patas, y... . se murió! 

Supo el Cura la terrible desj^racia de la- 
bios del mt-dico, y su] O (jue don Cándido, 
ap.enado como por la pérdida de un hijo ó 
de un hermano, estaba abAtidísimo. Pero 
el asombro de! sencillo clérigo llegó al col- 
mo cuando al llegar á la casa rectoral se 
encontró en la mesa de desj)acho una es- 
quela enlutada, elegantísimamente enluta- 
da. AI tomarla creyó el Cura f|ue alguno 
de sus más conspicuos feligreses hal)ía fa- 
llecido de rápida nnie;te. sin tiemj)o pa- 
ra llamar á su párroco, y sin los consiguien- 
tes auxilios espirituales. Rompió la ne- 
ma y leyó la cs(|uela : En ella, y muy dolo- 
ridamente, comunicaba don Cándido el fa- 
llecimiento de Rigcl, é invitaba á todos sus 
amigos para la inhumación del cadáver, 
acto que "tendría lugar" al día siguiente, 
á las nueve de la mañana, en el jardín del 
"chalet," bajo Ior sauces del bosquete, 



"J-: 



353 

El asombro del Cura trocóse de pronto 
en suprema indignación cristiana; tomó 
de nuevo el manteo que se habla dejado en 
la percha ; calóse el de teja, y fuese de- 
it;chito á casa de don Cándido. 

Estaba ésta de duelo. El jardín había 
sido despojado de todas sus galas prima- 
verales, y en el centro del saloncito, con- 
vertido en capilla ardiente, había suntuoso 
túmulo, sobre el cual, en riquísimo ataúd^ 
forrado de niveo naso y circuido de flores.... 
y de cirios perfumados yacía Rigel. Dos 
lacayos vestidos con magnificas libreas, de 
nieve los cuellos y de charol deslumbrante 
las botas, en pie é inmóviles, guardaban al 
féretro. En la estancia vecina, tumbado en 
un sofá, y triste y lloroso, estaba don Cán- 
dido, quien al oír la voz del párroco se le- 
vantó á recibirle, como si esperara de la- 
bios de su tertulio una frase de oportuno 
y supremo consuelo. 

— ¡ Amigo y señor don Cándido ! — ex- 
clamó el clérigo. — ¡ Esto no se puede to- 
lerar ! ¡ Esto no puedo tolerarlo yo ! ¡ Ni 
entre paganos se ha visto cosa semejante ! 

Calmóle don Cándido con un ademán, 
diciendo : 

— Pero, señor Cura. ... ¡Si era mi úni- 
co amigo ! ¡ Si por su cariño, y por su leal- 
tal y por su inteligencia ha sido Rigel 
digno de esto, y de más ! 

— ¡ No, señor don Cándido ! 

Itel^ ido.— 45 



354 

— ¡ Sí, padre, sí ! 

— ¡ Don Cándido ! ; Don Cándido ! ¡ Qué 
c stá usted d'icienido ! 

— Oig'anie usted, ainioo mío. . . . — supli- 
C(S el doliente. 

— Oigo á usted. 

— Si supiera usted (pié agradecido fué 
Rigel. ... ¡ Si le hubiera used visto en sus 
idtimos nionientos ! ¡ Partía el corazón !. . . . 
.Vlentaba penosa y difíciiniente ; el frío de 
la muerte le iba invadiendo poco á poco, 
y fijos en mí sus ojos tristes y llenos de 
lágrimas, parecía darme el último adiós ! 
Acerquéme, le acaricié, y le dije : Rigel, 

líobrecito mío: ¿quieres un bízcochito? 

¿ Cn biizcochito de los que tanto te gustan, 
de los (pie te di(') una tarde el señor Cura? 
¡ Y no me contestó ! 

— ¡ Qué había de contestar ! 

— ¿Quieres que te líeve á mi cama? 
¿ QurLeres (pie te arru'Ilie entre mis brazos'^ 
¡ Tampoco res!pondi() ! 

El clérigo hizo un gesto de sever^sima 
desaprobación. 

Don Cándido .siguió dicien'do : 
— ¿Qué quieres? ¿qué deseas? ¿Quieres 
hacer testamento? Y entonces, dando un 
(piejido, y moviondio la pesada cabecita en 
señal de aprobación, me dijo que sí. 

El Cura miraba de hito en hito á su ami- 
po, quien prosiguió diciendo :— ¿ Quieres de- 
jarle algo á Prudencia que tanto te ha 



'■^yr^ ;.::'- : -xf*-;. 



355 

querido?. . . . Con un movimiento de cabe- 
za me dijo que no. ¿A ios demás criados 
que te han atendido y cuidado cariñosa- 
mente? — No. ¿Al señor Cura, que, aun- 
que no te ha querido nunca, ha sabido 
darte uno que otro bizcochito, cuando ve- 
nía á tomar chocolate? Y me dijo que sí, 
que sí, con expresión tan dulce como do- 
lorida, fijando en mí 'la mirada empalide- 
cida de sus ojitos azules. ¿Cuánto quieres 
dejarle ? ¿ Quinientas pesetas ? ¿ Mil pese- 
tas ? ¿ Dos mil pesetas ? Y lanzando el úl- 
timo quejido y moviendo la cabecita, me di- 
jo : ¡ Sí ! ¡ Sí ! ¡ Sí 1 Y yo, señor Cura, debo 
cumplir sin demora la voluntad de mi pobre 
y agradecido Rigel. . . . 

Y don Cándido tomó de un velador cer- 
cano una linda carterita de raso, (de esas 
(lue sirven para obsequios galanes) y -la pu- 
so en míanos 'del clérigo. 

Entonces éste, volviendo el rostro ha- 
cia la capilla ardiente y guardándose la 
cartera con la siniestra, mientras, impul- 
sado por la costumbre, trazaba con la dies- 
tra un garabato á manera de cruz, exclamó : 

— Señor don Cándido : pues perrito que 
tal hace. . . . "'requiescat in pace." (i) 

l'hivlosilla. á 15 lili mayci íIc 19U'.. 




356 



No bien teriiiiiió mí aiiiití^o su aiiiinaiU y sii^^estiva narración díjelc que 
iha yo á escribir el tal cucntecillo, y (lue, asi me ayudara Dios, pronto le ve- 
ría en libros ó en pcrió<licos. Contestóme entonces el aplaudido jurisconsul- 
to que le tenía aprendido de una seftora muy devota, y que era posible <|ue 
el susodicho cuento an<luviera escrito, á maravilla, en al^fún libro de Voltai- 
re ó de lioccact in. Ahí va, pues, sin que yo me atribuya la invención. Con- 
viene aurej^ar, en descargo úc mi conciencia literaria, que es muy conocitlo 
el cnentecillo. ¿(Juicn no ha leido la "Historia i!e t>il Blas de Santillanav" 

"Esta aventura del perro nuicrtu está tomada de una de las fábulas dr; 
Avieno. Hn esta, un hombre entierra con todas las ceremonias de la reÜ- 
jíión cristiana á un perro (jue tenia en ^;ran estima. Súpolo el (jbispo de la 
ciudad en que moraba y mandó llamar á nuestro hombre para dennístrarlr 
su herético proceder y aun para imponerle un muy iírave castij^o. Cuando 
supo el <luerto íiel perro la ira del obispo, no se altero mucho, sabiendo del 
pié (pie cojeaba su ilustrisima. Se presentó a su reprensor, y oyó mansamen- 
te la filípica que tuvo á bien diri^jirle. Lue^fo que terminó ésta, nuestro h()m- 
bre con nuicho sosiego dijo: "Señor, noextañéis que haya enterrado con ce- 
■remonias cristianas á un perro, por que era muy digno de semejante honra 
por sus virtudeb. Cuando hizo testamento dejó varias mau<las piadosas para 
que yo su albacea, las cumpliese con toda puntualitlad. Itntre ellas está pa- 
ra Vítz un legado que se encuentra en la presente bolsa". — lil obispo se son- 
rió y le dijo, tomando el tlinero:— "Habéis liecho bien en tributar tales ho- 
nores á un perro tan tlevoto. Id en paz". 

Hsta fábula se ha impreso muchas veiesen España, traducida en nues- 
tro idioma, y con permis(j de la Inquisición, al fin del libro de Hisopo." 

Véase: "Historia de CA\ Itlas de Santillana". lib. V., páj^. 54a, traducida 
jKir el 1*. Isla, con notas ilel lixmo. Sr. í>on A<lolfo de Castro, y prólogo de 
Don Manuel Cañete, de la K. Aca<teutia Española. — Harcelona. — Hspasa, 
Eilitores. [Sin fecha en la portada]. 

Véase también "I-e testamrnt (yniípie", óst-alaXCVl novela de "Les 
cent nouvelles noiivi-lles." , 




iM£. 



r- 



PARA TESTAR 



Al Sr. Lie DON Joaquín Baranda. 



•?í< 



I. 



El Dr. l:Vrnán'<lez, levantándose y 
componiéndose las gafas, dio á uno de los 
jóvenes la receta que acababa de firmar, y 
óste la puso en luanas de lui lacayo (jue es- 
peraba en la puerta. 

— Estas enfermedades cardiacas, tan obs- 
curas y tan misteriosas, son de las más 
traidoras. 

Los cuatro mozos palidecieron. 

El médico prosiguió : 

— Paréceme que hemos llegado al prin- 
cipio... idiel fin!... Debo ser franco : ha- 
ría muy mal en no decir la verdad, y en fo- 
mentar en vdes. ilusiones y esperanzas que 
no deben abrigar. Mi pobre amigo no vi- 
virá mucho Vamos muy de prisa 

— Pero, Doctor.... — repuso el más jo- 
ven — con eso ¿quiere vd. decirnos que ha 



r^" 



360. 

llegado el momento de que papá haga testa- 
menlo y de que dicte sus últimas disposi- 
vionies, y, en p'ocas palabras, de que se pre- 
pare para morir? 

— ¡ Si ! — contestó tristemente el faculta- 
tivo. - 

— Por mi parte.... — exclamó el mayor 
— . . . . no pienso ni en bienes ni en inte- 
reses. ¡ Si no hace testamento, (]uc iu> le 
haga ! j No es necesario ! Y así, como yo, 
piensan todos mis hermanos. ¿ No es 
cierto? 

— ¡ Sin duda ! — dijo Luis. 

— Pero un hombre de negocios, como el 
padre de vdes., por bien arreglados que 
teng-a (los suiyos, necesita dar instrucciones 
y ide]>e dejalr todo aclarado, á fin áe c|ue 
sus herederos no tropiecen mañana con di- 
ficultad alguna. Además : las creencias re- 
ligiosas de don Ramón exigen que .... 

— ¡ Eso sí ! — prorrumpió Jorge. — En 
ellas hemos sido criados y educados. Los 
intereses terrenos poco importan ; pero hay 
otros ele tejas lairriba .... 

— Está bien, Doctor; no hablemos más; 
— dijo Alejandro — pero ¿quién de los cua- 
tro tendrá valor para decir á papá que de- 
be arreglar sus asuntos, testar y prepararse 
para morir ? 

Los cuatro se miraron atónitos, llenos de 
lágrimas los ojos. 
— En estos casos, muchachos, — replicó el 



3^1 

médico — nadie como una nmjer para decir 
á un enfermo que se acerca la última ho- 
ra. Yo me limito á recomendarles que no 
pierdan tiempo. Esto va que vuela, ch ! No 
creáis que ese alivio dure mucho. La en- 
traña esa está muy lastimada. ¡ Horroriza la 
irregularidad del puso! 

— i Vd., Doctor! — suplicó uno de 

ellos, — vá. el viejo amigo de la casai; ¡ vd., 
el cariñoso médico ! . . . . 

— Deber penoso me impones. 

— i Yo lo haré ! — exclamó Jorge. — Duro 
es el trance, el paso gravísimo .... pero no 
me faltarán ni energía ni valor. Apuraré 
hasta las heces cáliz tan amargo. Y no 
perdamos ni un minuto 

Sus tres hermanos le detuvieron. 

— ¡ Jorge, por Dios 1 

— No teman. Procederé con pruden- 
cia, con tino, con la mayor delicadeza. Es- 
to, por motivo de respeto y de amor filiales, 
cf>rresponidie á uno tUe nosotros. Si cuando 
vinimos al mundo fué nuestro padre, quien 
I leño de júbiito y raidiante de alegría anunció 
iiuesbro nacimiento, es natural y debido que, 
en caso como lel presente, el saber que papá 
está próximo lall sepulcro, sea uno de noso- 
tros quien le idiga que no tardará mucho la 
llora die la partida! 

Nadie contestó. 

Y Jorge, presa del dolor, casi ahogado 
por los sollozos, logró, al fin, dominar su 

Delgado.— 46 



36. I 

angustia, secó sus lágrimas, y sin aguardar 
la respuesta de sus hermanos, resuelto, de- 
cidido, firme el paso, encaminóse hacia la 
habitación del enfermo. 

Y Alcjanidro }• ¡\a;n(')n \' Luis, uno en 
pos del otro, sin decir palabra, cubriéndo- 
se el rostro con las manos, se apartaron del 
médico, y cada cual se refugió en un si- 
llón, llorando, llorando á mares, pero "llo- 
rando para adentro." 

En tanto el Doctor Fernández fingía en- 
tretenerse, examinando los dibujos mara- 
villosos de un vaso nipón, obra de antiguo 
y afamado artista, un vaso soberbio, lác- 
t!.'ü, eln'irneo más bien, rodeado, como por 
un collar de soles, con una rama de crisan- 
temos imperiales, y en el cual desplegaba su 
fantásticocs plumajes mi haz de graimíneas 
vaporosas. En el salón todos callaban; 
afuera, en la suntuosa pajarera de cristal, 
los canarios se decían de amores, cantan- 
do en coro su plácida sinfonía primave- 
ral. 

Pasó mucho tiempo, y, por fin de tan lar- 
go silencio, el buen médico habló, dirigién- 
dose á Alejandro : 

— i Obra magnífica ! 

El joven no contestó. Luis fué qu'en, 
haciendo poderoso esfuerzo, se incorooró 
en el sillón, y dijo con acento de incompara- 
ble tristeza: 

— Papá le compró en San Francisco de 



■ífirsisí-'P,- 



5(>3 

California. Con él obsequió á mamá, el día 
en que bautizaron á Jorge .... ¡Si ella vi- 
viera ! 

En ese momento apareció el mozo en el 
fondo de la sala. Detúvose bajo la colga- 
dura de la puerta, apoyóse vacilante en el 
tiiucbleniás cercainio, y, 'después, se adelantó 
hacia el médico, y poniéndole una mano 
sobre el hombro, mientras con la otra se 
enjugaba los ojos, dejó escapar desolada 
esta palabra : 

—¡Ya! 

— ¿Ya c|ué ?— .exclamaron Henos de espan- 
to los tres jóvenes, dejando sus asientos, 
como si Jorge les hubiera querido decir ; 
"¡ Ya expiró !" 

Serenólos con un ademán. 

— ¡ Calma ! — les dijo. — Me oyó tranquilo 
y entero. (No tuve necesidad de hablar 
mucho). Me dijo: "que ya lo esperaba; 
(¡ue estimaba en cuanto va-líiají mi vailor y mi 
firmeza; que no nos afligiéramos, que mo- 
rir es cosa tan natural como nacer: que él 
no tenía esperanzas de vida; que ya sabía 
lo que tenía porque de una enfermedad co- 
mo ésta, murió mi mamá; y, en fin, que 
viniera el P. López, que es un sabio, que 
es un santo, y que también viniera el nota- 
rio." No perdamos tiempo. 

— ¡Gracias á Diois, Doctor! Tú, AHejan- 
dro, corre en busca del sacerdote. Tú, Ra- 
món, ve á traer al escribano. No hay que 



3^4 

perder ni un instante. Así lo quiere papá. 
¡ Que pongan el coche ! . . . . 

— ¡ Vamonos en el mío ! — dijo el Doc- 
tor. — Volveré esta tarde .... 

Y los tres salieron. 



11. 



Escribano y testigos aguardaban en el 
sal(')in, aconipañados de Luis. Ramón, Ale- 
jiaindro }■ Jorge, nerviosos é incjuietos, se pa- 
seaban en el corredor. Más de una hora 
hacía que el P. López estaba al lado del en- 
fermo. 

De pronto se presentó en la sala el sacer- 
dote, l'orzada serenidad disimulaba su emo- 
ción. 

El notario y los testigos, creyendo que el 
P. López venía á buscarlos, se levantaron, 
dispuestos á seguirle. 

— No, caballeros ; — se apresuró á decirles 
dulcemente, — no es tiempo todavía! Don 
Ramón desea hablar antes con sus hi- 
jos 

— ¡ Ramón ! ¡ Alejandro ! ¡ Jorge ! — díjoles 
.su hermaniQ — Papá nos Idama. 

Los cuatro se dirigieron á la alcoba, se- 
guidos del clérigo. 

El enfermo estaba sentado cerca de una 
ventana, en un sillón Voltaire, rodeado de 
almohadas y cojines, y vestido con una ba- 



■•^mSf'f-^'';; 



ta (le cachemira, de matices áureos, empa- 
lid'ocida por el uso, y cuyos pliegues no 
bastaban á cubrir l'as piernas, hincliadiais y 
ceñidas por estrechos vendajes, y los pies 
deformados que descansaban con peso 
plúmbeo en amplios pantuflos de nutria in- 
dígena. 

¡ Qué demacración la de aquella cara I 
¡ Qué palidez la de aquel rostro exangüe ! 
j Qué alentar á ratos tan fatigado y tan pe- 
noso ! ¡ Qué amoratamiento en torno de los 
labios ! ¡ Y qué brillo el de aquellos ojos 
circuidos id'e tintias violáceas, y en los cua- 
les parecía que la vida se iba concentran- 
do para espl'enldler con las últimias ll'amas, 
y luego apagarse poco á poco! 

El moribundo, — que moribundo estaba 
iion Ramón, — ^con k frente sudorosa, di ca- 
bello desarreglado y la barba crecida, hin- 
chadas y moraduzcas las manos, y en el 
semblante los primeros rasgos de la faz hi- 
pocrática, semejaba una imagen fiel de ago- 
nizante, á la cual sólo faltaban los últimos 
toques de un pincel realista. 

Las cortinas de la ventana, recogidas á 
cada lado contra las jambas, dejaban ver 
(^i jiardín : rosales enflorecidos, follajes exó- 
ticos, y La fuemte iroclciaida de hieráticos pa- 
piros que bañaba con lluvia leve la regade- 
ra del surtidor. 

— Venid, hijos míos, venid ; — dijo el en- 
fermo con voz débil — venid y sentaos cerca 



3^6 ! 

de mí ; necesito veros, hablaros, que estéis á 
\\i' lado. Teiigio (|ue deciros mucho: mu- 
chas cosas muy graves. ... y solemnes, y 
temo que para ello no me alcance la vi- 
da. vSí, muchas cosas muy importantes, y 
nmy dolorosas. . . . 

Calló un instante como para tomar alien- 
to, en tanto que los jóvenes se colocaban en 
lorno suyo, y iue<ío. mientras Jorfi^c le aca- 
riciaba, y al ver que el sacerdote se dispo- 
nía á salir, detuvo á éste en tono supli- 
cante, 

— No, no amigo mío, no se vaya vd. ; le 
necesito a(|uí Alejandro: una siillla pa- 
ra el padre. 

Luego que todos estuvieron sentados, 
prosiguió el enfermo: 

— Acabo de arreglar con Dios todas mis 

ouientas ¿no es verdad, amigo mío? 

Pues bien, ya le he pedido que me perdo- 
ne, y El, en su infinita misericordia, no 
habrá de negarme su perdón. . . . Ya le he 
-ogado y seguiré rogándole, mier'^ras me 

quede aliento, que os proteja, y que os 

bendiga.... Ahora 

El moribundo parecía vacilar. Los jó- 
■'cnes, angiiistiaiclios. tenían fija la niiiialda en 
la alfo'irl)iia,. Rl P. López, juntas las 
manos sobre las rodillas, inclinada la cabe- 
za y entornados los párpados, oraba. 

— Ahora. . . . — continuó el enfermo, tré- 
mulo, casi balbuciente, é interrumpido á 



■.iáSÉLX 



^3SÍ7- 



menudo por la fatiga. — La vida es dura, 
muy clvii!-a ; toldo en ello es dolor, y cuíiindo 
creemos haber alcanzado felicidad y paz, 
vemos que se nos disipan como el humo. 
Este mundo es un valle de lágrimas, en el 
cual tenemos mucho que sufrir y mucho 
i[\K padüccT. . . . Yo. . . era polsre, muy po- 
bre. A fuerza de privaciones y de traba- 
jo, ya lo sabéis, conseguí hacer mi fortu- 
na. .. . No un capital fabuloso, no, pero sí 
grande, más de dos millones, sanos y bien 
habidos. Pocos me deben y no debo á na- 
die. 

— ¡ Papá, quién piensa en riquezas ! — ex- 
clamó Jorge, que apenas podía hablar. 

— '; CaiTa ! — rcpr.so don Ramón. — Escú- 
chame : dos veces fui casado. De mi primer 
matrimonio son Alejandro y Ramón; del 
.^pgmi'dio, tú, Luis, y tú Jorge. . . . La mayor 
diclia de mis años ha sido el veros siem- 
p'^e unidos, siempre como' buenos herma- 
nos, sin que la menor sombra de celo ó de 
rivalidad haya nublado vuestra vida juvenil 
V d'ichos'n/. . . . Os vivo muy agradecido: 
me habéis amado y habéis honrado mi nom- 
bre. También os agradezco que unos ha- 
yáis respetado la memoria de mi primera es- 
j'Osa, y que otros hayáis amado y re9j>eíado 
:'' ^a seGTi'nd^, co::io si á ella debierais la vi- 
da. Habéis honrado á vuestros padres .... 
¡ Dios hará que del mismo modo os honren 
vuestros hijos ! El os bendecirá como 05 
bendigo yo. . . . 



368 

La fatiga le hizo callar. Un momento des- 
pués, volviéndose á Jorge, le dijo: 

— ¡ Dame agua ! ¡ Tengo nnicha sed ! 

Levantóse el mancebo y trajo un vaso 
eu un platillo de cristal. ¡ Cómo sonaban 
las dos piezas en manos de Jorge! Dio de 
beber á su padre, y éste siguió: 

— ¡ Es cosa singular ! De ella me he feli- 
citado mil y mil veces. Ninguno de vos- 
otros se parece á mí. Eu cada uno veo el re- 
trato de la que os dio la vida. . . Lo que voy 
á deciros, ya el padre lo oyó de mis labios 
en el tribunal de la confcción. Os pido 
para lo que vais á escuchar, el mismo sigilo. 
Lo que voy á deciros es penoso, es cruel, 
sí ; i)ero yo os piklo, por Dios, cjue tenj^iais 
valor y serenidad para oirme y para escu- 
char lo que va á deciros este hombre que 
se va, que se muere, y que os ha querido 
tanto 1 

Los jóvenes se miraron los unos á los 
otros, como diciéndose : "¡ Papá principuia á 
delirar!" 

— Sí, es muy amargo lo que vais á saber. 
Es preciso (|ue haga yo testamento. To- 
• los, según lias leyes, sois mis Irerederos, v 
yo no quiero, en uso de los derechos que 
ellas me conceden, mejorar á nadie, ni á tí- 
tulo de justa indenmizacicn. Y sin embar- 
go. . . tal vez estoy obligado á hacerlo 
con alguno de vosotros. No gusto de pre- 
ferencias, cine siempre son odiosas, por mu- 



^SJ¿ÍA. 



' ^-TJT.-' 



cho que una moral y una conciencia, tan 
rectas como las mías, me lo manden y me 
lo ordenen* ■' 

— ¡ Papá ! — Insistió Jorge, en tono de con- 
gojoso ruego. — ¡A qué tratar de intereses! 

: — Sí, es preciso Uno. ... uno de 

vosotros . . . . no es hijo mío 1 * •' '-« " 

Nadie habló. Nadie respiraba. El enfer- 
mo; como repuesto de una horrible emo- 
ción, y como libre de un gran peso, prosi- 
guió : 

— La casualidad, . . . no, la desgracia, üiíá 
desgracia, providencial sin duda, me ló hizo 
saber hace dos años . . . Una carta, hallada 
con otros papeles en una cartera de viaje, 
carta que pronto fué devorada por las 
llamas, me lo dijo todo ; me reveló que uno 
de vosotros no tiene derecho á mi fortu- 
na. . . Todos sabéis, y tú principalmente 
Jorge, tú que vas á ser abogado, que, por 
graves motivos de moral y por muy al- 
tas razones de justicia está prohibida la 
investigación dé la paternidad...... An- 
te la ley todos sois hijos nííos ..... pero 
si todos heredaseis por iguaJ, alguno lle- 
garía á ser dueño de lo que pertenece á los 
demás. Bien, á vosotros, que habéis sido 
tan nobles y tan buenos hijos, toca decidir. 
¿ Queréis que diga quién de los cuatro no 
es hijo mío, y, sialbiénidiólo, ceíder los tres 
parte proporcional en favor del cuarto? 
¿Queréis hacer la misma cesión, todos á 

Delgado.— 47 



370 

una, é ignorar siempre, siempre, quién es 
el que por malos caminos vino á este ho- 
gar, á vivir bajo este techo, á gozar de bien- 
estar y opulencia, y á tomar mi nombre? 
Escoged. 

El sacerdote levantó los ojos al cielo, pi- 
diendo favor. Los jóvenes se contemplaron 
asombrados, y en todos los ojos fulguró un 
relámpago de duda, de duda horrible, que 
algo tenia de los reflejos del Infierno. 

— ¡ Escoged ! — repitió el enfermo impe- 
riosamente. 

Y los cuatro mozos se pusieron en pie. 
Todos querían hablar, pero ninguno se 
atrevía. I 

— ¿Queréis ignorar siempre, quién no 
es hijo mío? 

— ¡Sí! — contestaron á una. 

— ¿ Cede cada cual la parte que le corres- 
ponde en favor de los otros ? 

— ¡Sí! — ^volvieron á contestar. 

— Pues bien, — prosiguió el enfermo, en 
cuyo rostro resplandeció satisfactoria ale- 
gría, — ^así lo esperaba yo ; estaba seguro de 
ello. ¡ Todos sois dignos de ser mis hijos !.., 
Ahora, oid mi último consejo, mi postrera 
súplica : yo he perdonado ya, desde que su- 
pe todo. Vosotros también debéis perdo- 
nar. Que ninguno de vosotros piense mal 
de aquella á quien debe la vida, porque co- 
rrería peligro de cometer la maycM* injusti- 
cia, la de calumniar á la mujer que le llevó 



r 



371 

en su seno. Pude callar, y llevarme mi se- 
creto í '1 septiilcro, pero no debía yo tomar so- 
bre mí las consecuencias de una falta que 
no había cometido. . . Ahora, venid, y abra- 
zadme para que os bendiga ; en seguida que 
entre el notario, y después .... des- 
pués rodead mi lecho de muerte, ben- 
decidme, y luego que expire yo, cerrad mis 
ojos con un beso de perdón ! 

Pluvifisilla, Asfosto de 1900. 




MARGARITA. 



Al Sr. Lie DON Ignacio Pérez S alazar. 



i 



:!?*:: 






IC^w-TRir; V "■ 



No ni€ atrevo á decir que ella fué cau- 
sa de todo. Acaso la buena sénior^ tuvo 
lazón. Era madfre y debía alejar á sus 
hijos de todo peligro. Rero ello es que la 
nmchadia fué á dar, mediante la aproba- 
ción del Cuira, y gracias á sus buenas re- 
laciones y á su prudente influjo, á la casa 
del señor Lie. don Marcelirio de Agua- 
yo, persona cristianísima, de mediana edad, 
riquillo, miuy acneditadio en el foro, bien re- 
putado en el pueblo, casadí> y. . . . sin hi- 
jcis ! 

El Cura vio claramenite en el asuntQ, y 
le dijo á doña Carlota: 

— ¿Lo has pensado bien, hája mía? Diez 
años lleva esa criatura á tu lado; de ti ha 
recibido piadosa educación, y si tú has vi«- 
ro hasta hoy á Margarita como á hija tuya, 
ella,— nque es buena, dulce,— te ama y te 



m. 



376 

respeta domo si te dcbierai la vida. Tienes 
razón, sí que la itiene«, y yo soy el primero 
en concedértela. Tus hijos van siendo 
graindes, y son uig^ps chicos simpáticos y 
listos. Paco tiene ooho añlos (¡cómo pasa 
el tiempo! no parece sino que ayer fué el 
bautizo) y quien no lo sepa creerá que tie- 
ne catorce; JEd'uairdito tiene doce, y quien 
por primera vez le vea y k trate, diré, no 
lo dudes, quie itiiene más de quince. Son ex- 
cedentes muchachos, excelentes, hija. ¡ Dios 
te ha bendecido en ellos ! No creo, como 
TÚ, que el peligro sea inminente... Todo 
depende de. la manera como los eduques. 
y del modo como dirijas tu casa 

— Sí, Padre; pero recuerde vd. lo 

quie pasó con la muchacha aquella á quien 
con tanto cariño acogieron en la casa d"^ 

don Prudencio Uópez vd. sabe en 

qué paró todo. Un matrimonio desigual, — 
¡y, démonos de santos! — .puso término á 
la avenitura y al escándalo AlfoUiSo me- 
recía otra miuijer. . . . 

— ^Sí, hija mía; peno tú me permitios 
que te diga que Alflonso, que es persona 
inteliígente, rica y culta, no era ni es rcip- 
delo de honestas cositumbres, y que en el 
iiogar — sea esto dáciho sin ofensai de la 
CT'Btiana caridad— no ha tenido nunca 
bínenos ejemplos. Se puede ser rico y la- 
borioso miercadler; se puedie gozar, como 
don Prudencio, de magnífica fama comer- 



377 

cial; se puede tener el respeto que él di- 
nero trae y lleva, y, sin «mbargo,, no ser 
ni buen esposo ni biien padre de familia! 

— ¡Padre! ■¡■(ím-y >. in ..«íí . 

— Es la verdad, hija mía; y, en casos 
como éste, debe decirse discretamente, pa- 
ra explicar las cosas...... Pero, en fin. 

tu resiolución es irrevocable Iná ea 

niña á casa de Aguayo. ... Y tú quedarás 
tranquila. i ; . 

Y allá £ué dos d'as después. 

¡ Y gué guapa que era ! ¡ Qué exuberan- 
te juventu^d! ¡Qué grácil hermosura la 
de liai pobre huérfana para quien desde muy 
temprano tuvo la vida rudezas de madras- 
tra celosa, orueldades é inclemencias de 
enemigo sañudo! 

Esbelta, donairosa, mórbida y siempre 
vibrante, con todos lids fulgores del cie- 
lo en* los ojos, todas las negruras de la 
niQiche en la crénoha, en las mejillas ro- 
sas die abril, en los labios claveles grana- 
te y en la boca finísimas perlas; decido- 
ra y suelta de palabra, y gracilosa y gen- 
lil, era Margariita una presea, un tesoro, 
diríamos, poniendo en cuenta lo hacendó 
so de la donoella, cualidad en que pare^- 
ir sumadas casi todas las virtudes domésti- 
cas, en Margarita todas muy claras y res- 
plandecientes, y sólo en ocasdlones empa- 
ñadas por cierta ligereza y cierto coque- 
tismo incipientes, y «na vehemencÉa de pa»- 

Delgado.— 48 



378 

sionics af^dtivas y un raro ardorcillo d« al- 
ma que eran cau^a de miedo y desazón en 
doña Carlota, siempre que la nubil muoha- 
cha, en los arranques de su alecto, acaso 
de gratitud, y, sin duda alguna, de cariño 
purísimo, abrazaba y besuqueaba á los ni- 
ños, sus "lindos hermamitos,'' como ella so- 
lía d-ecir, y como «Ha no dejaba ájt repe- 
tirlo en frecuentes crisis de pasión, que 
eran precursoiras át largos días de tedio, 
de profundas mdliancolias y de tenaces año- 
ranzas^ 

Doña Carlota, al considerar todo esto, 
&e decía: 

— ^¿Cuál será el despernar de mis íhijos^ 
¡llovidos por las efusiones impetutoisas de 
€sta criatura? 

Esta pregunta, á la cual no daba satis- 
factoria restpuesta el exiguo caletre de la 
prudente señora, determi'nó, como queda 
didio, la separación de Margarita. 

Volvió doña Oarloita á su casa, y apro- 
vechándose die la ausencia de los chicos, 
llamó á la doncellai para comunicarle lo 
que tenía resuelto de acuerdo don el Cura, 

— ¿Qné. mandaba vd? — dijo Ha joven. 

— (Siéntate ahí, en ese sillón, frente á 
mí. Tengo que hablarte de un asunto muv 
serio. 

La señora, que en el fondio era buena, 
sintió un nudo en la garg^nlta. No sabía 
por dónde empezar. Por fin, habló dulce- 



■JHk. 



379 

mente, con suma ddicadcza, como si te- 
miera oCender á la jovern. 

¿Qué düíjo? ¿Cómo de insinuaoión en in- 
sinuación logró que la joven recibi"era. la 
terrible noticia? 

La dioncelila, asustada, como «i estuvie- 
ra próximo á caer sobre su cabeza, conver- 
tido en nuenudos trozos, el tedio que las 
cubría, preguntó: V 

— ¿ PkDr qué ? 

— 'Hija mía: — respondió la dama — por 
motiívos de conciencia! 

iPiionto comprendió la j oven que la dul- 
zuTai de la "señora" — así la nombraba — 
no era más que un velo ocultador d« algo 
ofensivo y por extremo cruel. No replicó, 
no dijo nada en» donltra de la reeoOlución 
■que le habían comunicado; pero no pudo 
ocultar su emoción al saber a qué casa de- 
bía ir. 

— ¡No, — exclamó — allá no! 

Quedóse sorprendii<^ dioñai Carlota, é 
iba á replicar, cuandlo Margarita, serena 
ya y resignada, agregó: 

— Tiiene vd. razón ; allá, allá ! Sí,, sí, con 
mucho gusto! 

Y mientras la "señora" ie retiraba an- 
siosa» de poner itérmino á tan temida y 
penosa escena, la infeliiz huérfana se que- 
dó pensando en la triste desolación de su 
vida, en el abandono de su alma, en la 
crueldad con que la apartaban de lo únv 



-niirn 



■/> 



Pf ^So 



co que para ella tenía luz, flores y alegría, 
en aquel amor plácido y apa:cible de los ni- 
ños, en quienes había puesto todas las ter 
nuras y todas las energías de un corazón 
adolorido. Ella, ella tenía la culpa de cuan- 
to le pasaba. ¿Por qiué, por qué había 
puesto su cariño en aiqudlos "mucha- 
ahos?" -1: 

Y en las arcanidades de su mente los 
llamaba con este nombre, y aun quería 
encontrar otro, otro más despreciativo. Pe- 
ro la idea de diespreciarlos le quemaba las 
sjenes, y bajahai hasta sus ojos en lágri- 
mas que caían en su corazón como gotas 
de plomo derreti'do. ... 

Oculto el rostro entre las manos, le pa- 
recía á Margarita ver á los niños de vuel- 
ta de la escuelia: Paiquiíto, cariñoso y amá- 
bale ; Eduardttíio, grave y atento, ambos con 
sus libros y sus pizarras bajo «1 brazo, an- 
siosos de llegar á Ja casa en büUca de la 
acostum'^ rada mieriendia. I a doncella creía 
verlos entrar; verlos cómo llegaban en bus- 
ca de ftl'la, p na qui n teníaíi' mimos y ca- 
ricias. 

Recogí) cjanto tenía, giiajrdó todo «n 
un baúl, y se dispuso á salin 

— No urge, — dijo la señora — no urge, 
hija mía. . . . mañana 

— -¿Mañaniai? No, señora, lo que ha de 
ser tarde que sea temprano!.... 

— 'Pero, hija i 



^¿ik..- 



3«i 

Y ia joven insistió en irse, é insistió de 
id] manera, que doña Carlota le dijo: 

— Bien .... Te llevaré ; pero sabe que el 
Sr. Aguayo tiene entendido que irías ma- 
ñana. 

— No; jamás !^—ceplicó. — No será eso 
motivo de gran disgusto para ese señor. 
Puede v'd. estar segura de que me recibi- 
rá muy cariñosamente ! 

lEstas palabras de la doncdla parecie- 
ron extrañísimas á doña Carlota, pero no 
le causaron alarma. 

— ^Vamos, hija mía. . . . puesto que lo de- 
seas. Un criado te llevará todo. 

En el camino una y otra callaiban. Do- 
ía Carlota presentía algo fatal. Margari- 
ta lloraba á mares, pero dási'mulaba su pe- 
na y enjugaba sus ojos furtivamente. 

Casi al llegar á la casa de Aguayo la jo- 
ven se detuvo .... Doíía Carlota pensó 
que Margarita no quería entrar, que re- 
pentino arrepentámiento la detenia ; mas lü 
joven .enjugó sus lágrimas, y, sonriendo 
tristemente, dijo en tono irónico que pa- 
ra doña Carlota pasó inadvertido: 

— ^Señora: ¿cree vd. que ese señor será 
bueno conmigo? 

— Sí, hija mía. Es un hombre muy hon- 
rado de lo más honorable Así lo 

dicen todos, así me lo aseguró el señor 
Cura. ■ •'■■ i""'-^! " ■ ''\ 

— ¡Ah! Pues si así es.... ¡mejor! eso 



,fSfr 



más tengo que agradecer á vd. Ha sido 
vd, como mi madre. . . . Todo lo que sov 
y cuanto valgo á vd. lo debo .... Salgo 
c^e la casa de vd. muy agpradecida. ¡ Es tan 
dulce la gratitud! A los niños les dirá us- 
ted ¡ No, nada ! ¡ No les diga Vd. na- 
da I Pero que los quieran como yo.. 

que los cuiden como yo los he cuidado. 

Y entraron en la casa. 

Eíl Sr. Aguayo salía en aquellos mo- 
mentos. Al verlas lanzó una exclamación 
jubilosa. 

— ¡ Bien venidas ! ¡ Bien venida, Marga- 
rita ! No esperaba' yo verlas hoy ¡ Pa- 
sen ustedes! 



Tres días después recibió doña Carlota 
una carta brevísima que decía así: 

''Me apartó vd. de lo que más querí-i 
yo, dte lo que más amaba, de lo que amo 
aún, de esos lindos niños, por quienejs fui 
buena. ¡ Dios se lo perdone á vd. ! Le acom- 
paño esa carta para que se imtpong^ de 
ella, j Es muy interesante !" 

Su agradecida servidora. 



MAR 



IT 



Doña Carlota despil^egó el pliego, y le- 
yó con ansiosa curiosidad lo que en él es- 
taba escrito. 



■ S^3 

Era una declaración amorosa dirigida 
a Margarita por Aguayo. ¡Y qué declara- 
ción ! La infamáa y la lujuria la habían dic- 
tado. 

La buena señora, asombrada, se cubrió 
el rostro, y exclamó para sí: 

' — j Teniai razón el señor Curj 1 





V .•■ 



•VJl 



VÍÉi 



índice 



paga. 

Biografía <U4 autor, v 

iMóIogo .wxvii 

/ Adolfo J 

^ Mi Vot'in.'t 11 

Amista^l 23 

i Amparo. 33 

En IjOKítinia Dofcnsa . . , . 45 

¥A Oa ha llera njro o9 

La Gata 73 

;;To roooül «5 

•- Voto Infantil 105 

^ En ol Anfit-eatro. 117 

La Chachalaca 137 

Mi Única Mentira 151 

Amor típ niíiOv ........... • lí^»ó 

El Asesinato de Pahna-Sola 175 

\ Justicia Popular. . 187 

El Dosortor 197 

La Nocho Trñsto 211 



JíiQll'- 



Í?T 



38^' i 

- I 

■' Líi ^íisa (le Ma(lni;:a'ln . 22."» 

\ Bajo l(.s Sauci«s 2:10 

X Crepúsculo 247 

Epílojjo 2."» 

• El lictrato (lol Nono 2r.7 

\ Mi Semana Santa ■ 2U'.! 

/'A Dónde Vas? '.','2Z* 

¡Así: [)?,:', 

líifíei :u:? 

Para Testar VJu 

Maríiarita ST.'Í 




-^t. 



ALGUNAS ERRATAS 



l'i'iK Línea Dice 



Lóase 



VI 


19 


agenas 


ajenas 


IX 


24 


aérenos 


jíjenos 


X 


17 


1895 


l?f75 V 


XT 


5 


resfenteó . . . 


regenbó 


XI 


21 


manera novelar 


manera d^^ novelar 


XVIII 


25 


y angustia . . . 


angustia 


XX 


3t 


echos y dere- 








chos 


hechos y derechos} 


XXIV 


4 


Gortas 


Cortas 


XXIV 


29 


ospitital ... 


espiritual 


XXV 


30 


protegerla. 


postergarla 


XXIX 


34 


hervoriyado. . . 


herborizado 


XXX 


22 


regenteando. . . 


regentando 


XXX 


25 


Pereda, .... 


Pereda 


16 


32 


artería. . . 


arteria 


36 


30 


vermllonado. . . 


bermeüonado 


42 


3 


Acababa 


Acabada 


65 


2 


monstruos. . . . 


monstruosos 


69 


14 

14 


rifías 


riflen 


m 


acontecen .... 


acontecer 


72 24 y 25 sa- ludarlo. .. 


sa- ludarlos 


75 


13 


leehuginos 


lechuguinos 


8S 


16 


aparecen 


esparcen 


M 


9 


sarapes 


zarapes 


94 


22 


imponente . . . 


impotente 


95 


19 


imponente .... 


impotente 


97 


4 


un 


en 



388 



fáíf. I^ltiea Dice 

97 17 majestuoso.... 

97 17 cesáreo. ... 

100 la hijares.. 

1"2 17 girones 

127 11 girones 

12:< 13 fulgura 

158 9 Le vi 

158 19 bugía 

166 1 1 ceibo 

177 4y5 lar- guilucho.. 

181 26 e ugiente 

184 25 sarape 

192 9 siirape 

192 10 galonado 

194 4 espinoso ..... 

203 2 baqueta 

211 4 Alvares 

214 15 bocabulario. . . 

214 17 muy extravido 

218 1 barandula. ... 

218 3 colluga 

219 31 tron oban 

222 35 lechugino 

223 24 sarap.'S 

224 1 por sucesos 

236 21 esperanzas j... 

242 6 y 7 arvoi- deas . . . 

248 12 ganos 

250 32 lagunas del.... 

251 18 aparazoladas... 
251 20 flabetiforme. . . 

251 24 los 

2'3 28 seguía 

275 19 ardia 

281 ?0 espanto; pavor 

292 32 llamaban 

340 18 devorada 

361 26 el saber. . .. 



Léase 

majestuosa 

cesárea , 

ijares 

jirones 

jirones 

fulguraba 

Le ol 

bujía 

ceibo I 

lar-guirucho j 

crujiente i 

zai ape 

zarape 

galoneado 

espeso 

va(^ueta 

Al varea 

vocabulario 

andaba muy extravia* 

do 
farándula 
cogulla 
tronaban 
lechuguino 
zarapes 

por los sucesos 
esperanzas, y 
aaoi- deas 
aQos 

1 aguaos de 
aparasoladas 
flabeliforme 
con los 
seguí 
ardían 

espanto. Pavor 
que llamaban 
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CUENTOS t^ SOTAS 



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BIBLIOTECA PARA LaS FAMIUAS 



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Está ya terminado, y ^e venta, el primer {omo 
de esta Biblioteca. Se intitula; Leyenda» dé U^ 
Santísima Virgen Sefuirán: Vidas de Madres 
de Santos, Eugenia de Gnérin, Diario de moa 
joven, etc. 

Álbum ob la Cobonacióii 

DE LA santísima VIRGEN DÉ GUADALUPE, 

Primera y segunda parte. 

nos Toiios folio, psofosambntb ilustrados. 

Todo católico amante de Nuestra Señora de Gua> 
dalupe, debe tener este libro y consenrarlo como 
una prueba de su amor y deTOción á la Excelsa 
Patrona de los mexicanos y como un recuerdo de 
|as fiestas de su Coronaciótti. 

En la 1^ parte está la Historia de la Aparición 
y del culto de Nuestra Seftora en su advoeación 
de Guadalupe, la historia detallada de suC6legia> 
ta, hasta las últimas obras ejecutadas, con mil no- 
ticias Curiosas é interesantes. 

La'2* parte contiene la critaica extettsa^ deta 
liada y documentada de las fiestas de la Corona» 
^tdn de la Santísima Viseen^ con la serie d^ los 
sermones predCeadósenelmesdeOctulM'e de 1895. 

Los dosvtomos están impresos con todo lujo y 
contienen más de 30O ilustraciones. Entre ellas 

FICORA LA DEL MOMBNTO PltBClSO DB LA COROKACÍÓH 



De renta en la Administración y Librería d» 
EL TIEMPO, Cer^a de Santo Donáingo rtAm. A, f 
en las demás Librerías de la Capital: 

En los Estados, en las cáSíís de ios A|rent<^ y 
corresponsales de Rl TfEHPO. 






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BfBLIOrECA OE^üTOHgSmrcXICANOS. 



Tomos JPÚBI.ICAO0S: 
qnarfMn.--VI7VIl y VüTOj^iciilos Tartos.^ 



{aan de Z|nltrf«n.— _. - „ ^ 
X Biotr«n)b~x Opúsculos varjot 



vnropS 

Obra» 4* Pb^ C<mTKB«AB«^ToMim I y IL T««<ro. 
-.ObMs de ViLLASBffoB T Vaf.Ai«ftoB.-TonKf1. BMadlo» 

. Obnn lit«raii«s de D, Victobiano AafiBBos. — Temo L 
Artlí^los-soéttos. ••"•»• 

-Obras #»i>.^B LdPBz poBTiwu» Y Rojas,— TdWoL- 
'■ÍL/ •'*í!''iJ»<»'«'* inédita.- Tomo 11. NóVttaa, Cortas. 
ObfasjdBO>ffTn.>Tomb I. OpAscalos ▼«río*. • '"^•"•* 
Obras de O. J. Fbbm* RAmBEx.-Tema I. Opflscultw hls- 
^cos.^ Tomo 11, AdiHoHes á laBtblMtcth^t Beris- 

'ilí'^fiü***'?**' T*^?™*» "5 Adiciones á t» mWoUeTdt 
BeristúiiL(conc\a^6n^j Opúsculos historie*». 

Obras merarias de P. Jo^ obJbsús CtrBrAaí.-Tomo L 
Discursos rentosos. - ^ 

Obras de D. Ii^iiacio Mahvbl AltaiSBaiio.— Tomo 1 
Poesías t Opúsculos literarios. '^ ?•«" 

Obras de D. MANtfBt E. db Gobostua.-T^úto romple- 
to.— Trea,tomo8 

Obrks déO. Locas Alauám.— Tonos I, II y III.~DÍserta« 
ciones sóbrete Historia de México. ^- ■^""- 

8k2* i**^Ü*» «*« í^; 3*A'«0M BABAiiDA^Ün tomo. 

Obras deO. IKapau. Anobi. ob t.APB«A.— Tomo L 

tl^^^t^'SSf!^*''^'''^''' P-«do. Pacheco, 
Obraif delX lÜMiel Payao; Tome » o. Novelas cortas 
NoyelasCoriM díe Aulorcü Mexicano* Ttemo:? o 
. "o."*_í*2' L"**» ALAiiA».—T«!mp ñr.- Apéndice» « 
'•ak ^*í^*t?'*i?<í« >» Historia de México;'^ 
t¿m*tótÍcos'' Fblkíiaiio VBLirxQiHtz.~/)Msctf- 

Obrasde RoÁBABCBiú.-Ton»o I. CüBBTOs. 
ObrasdeD.JbséMf Bo« IMccena.— Tomos 39 « i>e_ 
'*/S!Sr**r*á* '«Jl»v«sí6n Norte-americMna^i 1B4é-tt«,* 
ObiaBdeIU>«Bái«eiia->Tomo lV.-B|oni|í«fc 
S?"* í • 5* ípnwiido OsldeMtn -Poénfuy Teatro. 
Obras de D. Rafael OelKado.Tomo iVcSentw. 

: •"_ RbPbbnsa; : ' 

^^w!'^n^¿f^ o3S355í^o2!l?¿í; PaMMtek Bl- 

.-?'*!^ ^ ííafa C6tttraraBr-7^Mó^TH.^toá8BoiM, Poe- 

OMaa de 5<mB(BrBvdftirm¿erÍMit, 
Pnccao pB c«D4\ájid: 
|l£2^ «od« I^RepüMlcá y $2en et«ztranjero 

'V^^'^P^o* !*• tomos serán enteramente ianalea al 



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